15 septiembre, 2011
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¿Quién es Martín Girard?

Por Mar Abad ( @marabad )

La Taberna es un lugar que no existe. Ni existe Juanita la Muerte, ni la Mujer Invisible, ni el capitán Grason. El único que existe es Mourinho, pero es, probablemente, el que menos importe. La Taberna abrió un día de septiembre del año pasado para hablar de fútbol, cuando lo que menos importa es el árbitro, un penalti o la goleada. La verdadera historia es la ficción que envuelve a la realidad del campo y la música que desprende su lectura.

Este espacio literario estaba ubicado en las páginas de deportes de El País y era uno de los más valorados del periódico. Lo firmaba Martín Girard. ¿Periodista? ¿Escritor? ¿Futbolero? O, en definitiva, amo de todos estos oficios a la vez.

Es eso lo que hace que haya varias lecturas en todos sus artículos. Que el aficionado descubra esos otros momentos que nunca mostraría una retransmisión deportiva. Que el amante de las novelas encuentre el relato del amor de Helenio Herrera (H.H.) por su madre. Ella le salvó la vida, cuando tenía 3 años, en un hospital de Casablanca. Él era capaz de matar por ella.

La serie, llamada ‘Entre fantasmas’, “tiene un poco de espiritismo porque empezaron a aparecer personajes”, especifica Girard. “Fueron surgiendo solos. Iban llegando en función de los huecos que dejaba”. Y así surgió su dulce Amanda.

Me sorprendió saber que el hombre invisible era mujer y se llamaba Amanda. Vino a verme y me ofreció sus servicios. “¿Qué clase de servicios?”, indagué con temor e inconfesables esperanzas. “Puedo escribir al dictado tu articulito deportivo”, propuso. Confieso que sentí alivio y decepción. No necesitaba una mecanógrafa, pero acepté por curiosidad. Sin más ambages, se sentó en mis rodillas. Era invisible pero no incorpórea. Sus glúteos se acoplaron a mis muslos y sus cabellos se enredaron en las patillas de mis gafas. Supuse que era rubia, no sé por qué. “Pelirroja”, corrigió, como si me hubiera adivinado el pensamiento, “y, por cierto, ni entiendo de fútbol ni soy ningún fantasma como, con tanta ligereza, me endilgabas la semana pasada. Soy mujer, de carne y hueso, pero nadie me pisa, como a otras, la sombra. Ni ninguna imagen me atrapa en ningún espejo”. Asentí sumiso. Me exigió, entonces, que titulara el episodio con su nombre. Y lo hice así. Dejándome llevar, sin duda, por reminiscencias cinematográficas, la califiqué equivocadamente de “mi dulce Amanda”. (El País. Mi dulce Amanda. 9 de noviembre de 2010)

Dice el periodista que empieza a escribir “sin saber qué va a salir”. “Tomo referentes y me intereso, sobre todo, por la utilización de las palabras. Me dejo llevar como si fuera una aventura. Como si el paso precediera a la huella. Pero nunca me invento nada. Las declaraciones que uso son siempre reales”, matiza. “Solo lo cuento de forma literaria. Esto desconcierta y muchas personas piensan que me lo invento”. Lectores turbados ante crónicas deportivas así…

En el fondo de su inescrutable transparencia, Amanda sigue siendo una irreductible romántica. La muy hija de perra insinuaba que Messi ya no era tan Messi desde que, según ella, la novia le dejara. Y que Puyol y Piqué, como Casillas en el Real Madrid, habían metido el pie, si no la pata, en las pantanosas páginas del corazón, donde, si introduces la punta de un zapato, la mierda te sube a la garganta. No di crédito a sus aviesas previsiones. Aunque Messi esté más serio y falle más ocasiones, nada me hace suponer que padezca mal de amores. Tampoco creo que una fotografía de cumpleaños convierta por arte de birlibirloque a Puyol y Piqué en un par de futuros Beckham. Ni la extemporánea patada de un Casillas, fuera de sus casillas, vulnera la impecable imagen ni la probada profesionalidad del portero enamorado. (El País. Verde, resaca, amanecer. 22 de febrero de 2011)

Martín Girard tiene también algo de personaje, algo de ficción. No nació a la edad cero. Nació un día, de repente, en una redacción, cuando tenía 25 años.

Eran los años 60. El joven ovetense conocía bien el fútbol. Vivía en Barcelona pero viajaba a menudo a Italia para espiar a los equipos de fútbol que se tendrían que enfrentar al Inter de Milán de H.H., “el más famoso, odiado y admirado entrenador de todos los tiempos” (así lo califica Girard y así era como lo conocían entonces).

El encargo venía de familia. Más o menos. Herrera era el segundo marido de su madre y quien le hizo aprender a mirar esas otras cosas que pasan lejos del balón. El fútbol se convertía en estos informes en un trabajo de alquimista al que se había encomendado la fórmula de desconcierto del contrario y el gol inesperado.

Una mañana de noviembre el informante estaba en los vestuarios de los campos de Linate, en Milán. El Inter había terminado su entrenamiento. Olía a sudor. Y entre las duchas y las conversaciones del equipo, hizo una entrevista improvisada a Herrera. Volvió a Barcelona y la llevó a la sede de dos revistas deportivas que ya no existen: Dicen y Lean. No había nadie en la redacción. La dejó al conserje y se fue con su esposa, Hélène, al cine de las Ramblas para dejar correr las horas. Proyectaban El hombre con rayos X en los ojos.

“Toda la redacción estaba expectante. El director, Julián Mir, quería conocerme. La entrevista había gustado mucho y me pidió que hiciera más”, cuenta Girard.

Pero al marcharse, Mir vio que no estaba firmada y le preguntó su nombre. “Mi relación familiar con Herrera y mi oficio de espía de fútbol me hacía intentar pasar siempre inadvertido”, asegura. Tenía solo unos segundos para contestar. Mmm… “Girard” (era el apellido de su mujer). Mmm… “Martín” (“De pronto recordé que un compañero de facultad decía que era un buen nombre para un periodista”, explica). La entrevista apareció publicada con la firma de Martín Girard.

Ese nombre, además de un pseudónimo, era “un rol que encubría mi timidez transmutándola en osadía e incluso sardónica agresividad”. En aquel tiempo la libertad de expresión estaba amordazada. La censura tenía maniatados a los periodistas pero el deporte servía, según el periodista, de “válvula de escape”.

Girard empezó a entrevistar a deportistas. Los artículos parecían radiografías de un momento. Quizá porque en su condición de espía había desarrollado un olfato finísimo o, quizá, porque la película del hombre con rayos X en los ojos había dejado un don en su mirada. Nadie escribía entrevistas con esa precisión ni se paraban a relatar detalles que, para otros, no tenían lugar en una página de periódico.

“¡Malditos sean los croissants! Este, señores, es mi juramento preferido. ¡Para una vez que el entrevistado de turno vive al lado de mi casa, acaba citándome en el último rincón de la ciudad! Si no estuviera en ayunas y, por tanto, si gozara de mejor humor, habría empezado esta entrevista diciéndoles: <>.
Algo así habría escrito si no estuviera en ayunas. Pero estoy en ayunas. Y, en ayunas, me producen alergia las descripciones y soy incapaz de contarles lo sucedido en <>. Y, más aún, cuando lo sucedido es tan nimio y poco reseñable como una cerilla apagada en un cenicero. Así pues, se impone, ante todo, que desayune. Desayuno.

Y ahora reanudo el reportaje, y los sórdidos y oscuros callejones me siguen pareciendo sórdidos y oscuros, pero menos.

Ese era el principio de la entrevista a James Cagney en el semanario Dicen, el 10 de noviembre de 1961. Los artículos dejaban a veces el balón y alcanzaban la política o el arte. Entrevistó a Dalí, a Buñuel… Y la única entrevista al ex dictador cubano Fulgencio Batista durante su exilio en España, publicada en El Noticiero Universal, la firmó Girard.

Esta nueva forma de escribir provocaba cierto desconcierto. Levantaba amores. Provocaba indignación. Las redacciones de los periódicos en los que escribía recibían decenas de cartas alabando y maldiciendo al periodista. “¿Y qué me importa a mí lo que desayune el señor Girard?”, decían algunos. El croissant del desayuno aparecía a menudo mezclado en la traslación de la conversación de entrevistador y entrevistado.

En 2010, en su artículo Pelirrojamente peligrosa (El País, 12 de julio de 2010), el bollo volvió a mostrar sus patas:

Si la mujer invisible no fuera invisible, sería pelirroja. Así la imagino mientras me tomo un café con croissant y la vida, como la mujer invisible, se me antoja pelirrojamente peligrosa. Mi dulce Amanda es bella pero tan pérfida y ladina como ese ministro de ínfulas napoleónicas y vanidosa sonrisilla capaz de provocar a los controladores del cielo para que, poniendo el país patas arriba, caigan en la fosa de los cocodrilos por su propio pie. Claro que los susodichos controladores siempre podrán hacer suya la máxima de la abuela de Mourinho: “Si te tienen envidia, tienes que estar muy feliz”. O las patibularias palabras del mencionado nieto de la añorada abuela tras la debacle del Camp Nou: “Esta es una derrota fácil de digerir”.

En la novedad va implícita la acogida y el rechazo. En aquellos años 60, Julio Cortázar y Gabriel García Márquez ya se interesaron por él y fueron a visitarle. El tiempo, décadas después, dictó sentencia. En 2004, el escritor Javier Cercas dijo que “Martín Girard hizo Nuevo Periodismo una década antes de que Tom Wolfe bautizara el invento”. Juan Cueto, en 1981, escribió: “Como todavía no había nacido Tome Wolfe, nadie supo entonces que lo que Martín Girard hacía era Nuevo Periodismo”.

La firma se hizo famosa en las páginas de la prensa barcelonesa de aquella época. Pero para Martín Girard la gloria es solo un lugar de paso. Se aburre entre las hojas del laureado. “Cada vez que tenía éxito en algo, me apetecía cambiar de actividad. El éxito me hace sentir como que ya he llegado a un sitio. Me cansé de hacer periodismo y lo dejé radicalmente”.

Empezó a escribir literatura y, al poco, se interesó por el cine. En 1966 comenzó a rodar. Y el tiempo hizo de Gonzalo Suárez, el verdadero nombre de este periodista, a un escritor de culto y uno de los directores más conocidos del cine español.

Hace muy pocos años el cineasta volvió al periodismo y en esta ocasión lo hizo “de forma más decididamente literaria que nunca”. “Volví al fútbol para jugar con las palabras. Me importa un bledo el fútbol. En realidad, es una materia literaria. Nunca lo había llevado al extremo de la Taberna”, cuenta.

El eterno retorno había vuelto a mirarle a los ojos. Llegó la fama y Girard se ha desinflado. “Ahora me apetece la acción”, dice. Este mes tiene previsto comenzar el rodaje de su próxima película. “Soy especialista en huidas, en evasión. Partiendo de la ficción solo te puedes acercar a la realidad. Es una ley física, una forma personal de ver el mundo. La literatura es el salvaguarda de la vida con el cara a cara. En la biblioteca de mi padre había un mundo más aceptable que el de la guerra”. Probablemente, todo empezara ahí.

La taberna londinense cerró con la llegada de este verano que acaba.

“Siempre nos quedará París”, susurró el Diablo a Doris antes de dejar la taberna y ella sintió un cosquilleo medular que le subía y bajaba por la espina dorsal al tiempo que al capitán Grason le brotaban en la frente dos flamantes cuernos. Al caer el cierre metálico, los personajes se dispersaron. Juanita la Muerte, guadaña al hombro, y la Mujer Invisible, mi dulce Amanda, seguida por su hijo Ultrasur, tomaron diferentes derroteros. Rezagada, la Caperucita Roja, que llevaba la Lata parlante de Lotina a modo de GPS, esquivó los lobos de Piccadilly Circus y emprendió el regreso a la Puerta del Sol, cuya acampada había cobrado inquietantes sesgos de junta de vecinos. (El País. El puente de los frailes negros. 7 de junio de 2011)

Tres semanas después llegó el cierre definitivo del último capítulo (hasta nuevo aviso) de las idas y venidas periodísticas de Martín Girard con el artículo La pelota de trapo (28 de junio de 2011). Esa pelota, unas medias negras de algodón de la madre de H.H., “rellenas de trapos y papeles, cortadas y cosidas” (mucho mejores que las pelotas de papel, las piedras y las latas), es la bola con la que empezó a jugar el entrenador del Inter cuando vivía en una barraca de Casablanca y la pelota que –escribe Girald– “rodando, le dio fama, dinero y gloria, y esta es una historia por las que el fútbol, pelota mediante, es algo más que un duelo de fatuidades y una feria de traficantes”.

Ilustración: Javi al Cuadrado


             

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