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4 de octubre 2012    /   CREATIVIDAD
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ConKerr Cancer: almohadas de colores para hacer felices a los niños en el hospital

4 de octubre 2012    /   CREATIVIDAD     por          
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Sylvia Rueda es una valenciana a la que le gusta hacer fotografías, dibujar y ver cómo caen las hojas en Wollaton Park cuando llega el otoño. Han pasado 5 años desde que vive en Reino Unido y dos desde que se trasladó a la ciudad universitaria de Oxford. Es una mujer de ciencias, trabaja como investigadora en el tratamiento de imágenes médicas para la Universidad de Oxford, pero cree en la magia, y el mérito no es de las historias de J. K. Rowling.

Recuerda muy bien la primera vez que visitó el departamento de oncología del Hospital Infantil de Oxford. La sala de juegos estaba vacía, había bastante espacio y juguetes pero ningún niño estaba jugando en ese momento. Mientras avanzaba por los pasillos, siguiendo a la enfermera que le servía de guía, su atención se fijó en un pequeño detalle: había una mariposa blanca que agitaba sus alas frenéticamente contra el ventanal.

Rueda sabe que el cáncer es una enfermedad difícil, que no hace distinción por edad y que muchos niños deben agotar largas estancias en los hospitales mientras la padecen. Que durante temporadas que se prolongan más de lo deseable, esos niños dejan de ir a la escuela, dejan de jugar en espacios abiertos, de interactuar con sus amigos y, muchas veces, de sonreír como lo hacen siempre.

Sabía muy bien que, por mucho que quisiera, no podría librar a estos niños de su enfermedad.

Pero un día conoció la existencia de un método que alegraba la estancia de los niños en los hospitales y se planteó lo siguiente: “Podemos transformarlos y llenarlos de color. Podemos hacerles sentir un poquito más cómodos. Podemos crearles mundos mágicos que les inviten a soñar y que les permitan seguir siendo niños. Eso sí que podemos. Podemos hacerles sonreír”.

Estaba dispuesta a defender su hipótesis desde el total convencimiento y sabía que, aunque muchos de los principios aplicados en el método son mágicos, la ciencia le daría la razón.

Alguien más lo había puesto en marcha, había muchas posibilidades de que los niños reaccionaran positivamente ante la influencia del color, y encontró la inspiración que buscaba en la historia de Cindy Kerr.

A Ryan, el hijo de 12 años de esta británica, le diagnosticaron cáncer de huesos. Durante los meses que debía permanecer ingresado en el hospital, su madre tuvo una idea para alegrar su habitación y hacer su estancia un poquito más llevadera.

Empezó a coser fundas de almohadas de colores vibrantes y divertidos. Kerr observó que Ryan sonreía, así que pensó que si sus fundas de almohadas sacaban sonrisas a su hijo era muy probable que con los demás niños del hospital sucediera lo mismo.

Y funcionó. Cindy Kerr siguió cosiendo y, como ya se sabe, los efectos de la alegría tienden a ser contagiosos. En el año 2002 el método de Cindy había superado la fase de inducción, era un detalle pequeño pero los niños estaban contentos, y eso era mucho más de lo que se hubiese podido imaginar.

Se corrió la voz y la idea de Cindy se convirtió en Conkerr Cancer. Lamentablemente, Ryan ya no está pero la idea que inspiró a su madre en el estado de Philadelphia alcanzó tales dimensiones, que el año pasado en todo Estados Unidos, Canadá y Sudáfrica se repartieron más 300.000 fundas de almohadas.

En Oxford, Sylvia Rueda empezó a contar la buena nueva a sus amigos y no aceptaba un “no sé coser” por respuesta. Estaba resuelta a reunirlos a todos, a traer el té, las galletas y el costurero.

Organizó su pequeño grupo de voluntarios y, para sorpresa de las enfermeras, se presentó un día en el hospital con la primera tanda de fundas de almohadas terminadas.

En ese momento, una niña de dos años entró en la sala de juegos con un gotero conectado a su corazón, su madre la ayudaba a desplazarse, le gustó una funda con animalitos de colores que no quería soltar por nada del mundo y se puso a jugar.

La experimentación era prueba superada. A la hora de la siesta, los niños durmieron con sus fundas nuevas. Esa tarde en las habitaciones del hospital había silencio y también color. Quedaba oficialmente inaugurada la primera sucursal de Conkerr Cancer en Europa.

Las enfermeras disfrutan especialmente el momento del reparto de las fundas de almohadas, y la alegría de los niños al recibirlas compensa con creces el esfuerzo de los voluntarios que colaboran con Conkerr Cancer en Oxford y en el resto de países del mundo.

El poder de convencimiento y el entusiasmo de Rueda han motivado a voluntarios de todas las edades, hasta los más pequeños de la casa quieren ayudar. El pasado mes de diciembre decidió cambiar las fundas de almohadas, temporalmente, por calcetines de navidad que se repartieron en el hospital durante la noche buena. Esta vez también recibió calcetines desde España y Finlandia.

La tesis de la valenciana concluye que “los niños se llevan las almohadas a su casa al finalizar su estancia en el hospital. Algunos niños les toman mucho cariño. Para ellos son algo especial, como lo puede ser un peluche o cualquier otro objeto del que uno se encariña cuando es niño. Algunos piensan incluso que es una funda mágica y la tienen que llevar consigo a todas partes”.

Aquella mariposa blanca que aleteaba insistentemente detrás del ventanal del hospital hizo que Sylvia Rueda pensara justamente en eso, en la magia, en sus insondables aspiraciones y en la obstinación que la lleva, aquí, allá, dondequiera que hay alguien que, todavía, cree en ella.

Sylvia Rueda es una valenciana a la que le gusta hacer fotografías, dibujar y ver cómo caen las hojas en Wollaton Park cuando llega el otoño. Han pasado 5 años desde que vive en Reino Unido y dos desde que se trasladó a la ciudad universitaria de Oxford. Es una mujer de ciencias, trabaja como investigadora en el tratamiento de imágenes médicas para la Universidad de Oxford, pero cree en la magia, y el mérito no es de las historias de J. K. Rowling.

Recuerda muy bien la primera vez que visitó el departamento de oncología del Hospital Infantil de Oxford. La sala de juegos estaba vacía, había bastante espacio y juguetes pero ningún niño estaba jugando en ese momento. Mientras avanzaba por los pasillos, siguiendo a la enfermera que le servía de guía, su atención se fijó en un pequeño detalle: había una mariposa blanca que agitaba sus alas frenéticamente contra el ventanal.

Rueda sabe que el cáncer es una enfermedad difícil, que no hace distinción por edad y que muchos niños deben agotar largas estancias en los hospitales mientras la padecen. Que durante temporadas que se prolongan más de lo deseable, esos niños dejan de ir a la escuela, dejan de jugar en espacios abiertos, de interactuar con sus amigos y, muchas veces, de sonreír como lo hacen siempre.

Sabía muy bien que, por mucho que quisiera, no podría librar a estos niños de su enfermedad.

Pero un día conoció la existencia de un método que alegraba la estancia de los niños en los hospitales y se planteó lo siguiente: “Podemos transformarlos y llenarlos de color. Podemos hacerles sentir un poquito más cómodos. Podemos crearles mundos mágicos que les inviten a soñar y que les permitan seguir siendo niños. Eso sí que podemos. Podemos hacerles sonreír”.

Estaba dispuesta a defender su hipótesis desde el total convencimiento y sabía que, aunque muchos de los principios aplicados en el método son mágicos, la ciencia le daría la razón.

Alguien más lo había puesto en marcha, había muchas posibilidades de que los niños reaccionaran positivamente ante la influencia del color, y encontró la inspiración que buscaba en la historia de Cindy Kerr.

A Ryan, el hijo de 12 años de esta británica, le diagnosticaron cáncer de huesos. Durante los meses que debía permanecer ingresado en el hospital, su madre tuvo una idea para alegrar su habitación y hacer su estancia un poquito más llevadera.

Empezó a coser fundas de almohadas de colores vibrantes y divertidos. Kerr observó que Ryan sonreía, así que pensó que si sus fundas de almohadas sacaban sonrisas a su hijo era muy probable que con los demás niños del hospital sucediera lo mismo.

Y funcionó. Cindy Kerr siguió cosiendo y, como ya se sabe, los efectos de la alegría tienden a ser contagiosos. En el año 2002 el método de Cindy había superado la fase de inducción, era un detalle pequeño pero los niños estaban contentos, y eso era mucho más de lo que se hubiese podido imaginar.

Se corrió la voz y la idea de Cindy se convirtió en Conkerr Cancer. Lamentablemente, Ryan ya no está pero la idea que inspiró a su madre en el estado de Philadelphia alcanzó tales dimensiones, que el año pasado en todo Estados Unidos, Canadá y Sudáfrica se repartieron más 300.000 fundas de almohadas.

En Oxford, Sylvia Rueda empezó a contar la buena nueva a sus amigos y no aceptaba un “no sé coser” por respuesta. Estaba resuelta a reunirlos a todos, a traer el té, las galletas y el costurero.

Organizó su pequeño grupo de voluntarios y, para sorpresa de las enfermeras, se presentó un día en el hospital con la primera tanda de fundas de almohadas terminadas.

En ese momento, una niña de dos años entró en la sala de juegos con un gotero conectado a su corazón, su madre la ayudaba a desplazarse, le gustó una funda con animalitos de colores que no quería soltar por nada del mundo y se puso a jugar.

La experimentación era prueba superada. A la hora de la siesta, los niños durmieron con sus fundas nuevas. Esa tarde en las habitaciones del hospital había silencio y también color. Quedaba oficialmente inaugurada la primera sucursal de Conkerr Cancer en Europa.

Las enfermeras disfrutan especialmente el momento del reparto de las fundas de almohadas, y la alegría de los niños al recibirlas compensa con creces el esfuerzo de los voluntarios que colaboran con Conkerr Cancer en Oxford y en el resto de países del mundo.

El poder de convencimiento y el entusiasmo de Rueda han motivado a voluntarios de todas las edades, hasta los más pequeños de la casa quieren ayudar. El pasado mes de diciembre decidió cambiar las fundas de almohadas, temporalmente, por calcetines de navidad que se repartieron en el hospital durante la noche buena. Esta vez también recibió calcetines desde España y Finlandia.

La tesis de la valenciana concluye que “los niños se llevan las almohadas a su casa al finalizar su estancia en el hospital. Algunos niños les toman mucho cariño. Para ellos son algo especial, como lo puede ser un peluche o cualquier otro objeto del que uno se encariña cuando es niño. Algunos piensan incluso que es una funda mágica y la tienen que llevar consigo a todas partes”.

Aquella mariposa blanca que aleteaba insistentemente detrás del ventanal del hospital hizo que Sylvia Rueda pensara justamente en eso, en la magia, en sus insondables aspiraciones y en la obstinación que la lleva, aquí, allá, dondequiera que hay alguien que, todavía, cree en ella.

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Opiniones 2
  • Me ha emocionado ver que aún queda gente buena en el mundo y que comparte tan buenos sentimientos con quien más los necesita. Enhorabuena por su hija Sylvia y enhorabuena a usted también porque si su hija es así, será porque tiene unos sólidos valores que son los que transmite la propia familia, esos valores tan escasos hoy en día, pero que están ahí y acaban saliendo. Un abrazo desde Madrid.

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