18 enero, 2013
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La cultura de los prototipos

Por Mar Abad ( @marabad )

arduino

Ya no hay tiempo para pruebas. Haz y lanza al mundo. Que el proyecto evolucione mientras viva. Que cualquiera lo mejore. Esta nueva forma de trabajar está impregnando las raíces de la economía, la política y la sociedad. En todos los rincones del mundo.

La economía industrial creía en lo absoluto. En la pieza final. Hasta llegar a ella su inventor había ido diseñando versiones. Eran los prototipos que iban añadiendo mejoras hasta dar con el producto definitivo. Nunca más se admitirían retoques. En la puerta colgaría un cartel: ‘El proyecto está cerrado’.

La economía digital cree más en lo provisional. Los productos en pruebas o en beta han dejado su estatus de segunda categoría. No hay versiones definitivas. Hay productos o servicios en constante evolución. El proceso continúa siempre abierto. El cartel, en la puerta, dice: ‘Proyecto acepta mejoras’.

“La gente piensa en el significado de prototipo como un estado anterior al final”, explica el investigador Alberto Corsín. “Se empezó a hablar mucho de prototipos en ingeniería y de ahí dieron el salto a la producción en serie. Nosotros queremos llamar la atención sobre otra clase de prototipos. Existe un nuevo paradigma en el que no hay ensayo. Es un tipo de objeto que se abre a estar siempre en beta. Un producto que nunca está acabado. Se halla siempre en transición. No hay un antes y un después. Este hecho está transformando el diseño industrial, pero el auténtico paradigma del nuevo concepto de prototipo es el software libre”.

La experimentación y la búsqueda de mejoras forman parte del ADN del software libre, los wikis o los servicios en beta. No existe el espejismo que el marketing construyó hace años: “Es muy caro, pero merece la pena. Es un frigorífico para toda la vida”. Ese argumento, hoy, roza el absurdo.

Primero, porque, como dice la cultura milenaria china, lo único que permanece es el cambio. Y segundo, porque, conforme crece la velocidad de la evolución tecnológica, se reduce la vida útil de los objetos.

Este nuevo concepto de beta permanente surge de la mano de la cultura digital. El caso más claro, según el investigador del CSIC, es el software libre (programas y aplicaciones informáticas que pueden ser usados, copiados, estudiados, modificados y distribuidos libremente por cualquier usuario, como, por ejemplo, Linux, Mozilla Firefox, Open Office, WordPress…). “Estará modificándose siempre que haya programadores que lo quieran mejorar”, apunta. “Es un proyecto abierto de organización, diseño, desarrollo y producción de infraestructuras colaborativas. Avanza reescribiendo su propia infraestructura. Es un ejemplar no tanto a seguir, como a seguir construyendo”.

aurora

(Imagen: Auroramixer, reproducida bajo licencia CC)

Ocurre lo mismo con el hardware libre. Estos dispositivos comparten la filosofía de cultura abierta y expansión del conocimiento del software libre. Son, por ejemplo, el mezclador DJ Aurora 224, la videoconsola Uzebox o la placa Arduino. “No existe un diseño terminado. Te bajas la información de Arduino y te haces tu placa base”, explica Corsín. “El CERN (Organización Europea para la Investigación Nuclear) también está abriendo algunos de sus diseños y los está convirtiendo en hardware libre”.

En esta nueva forma de entender el prototipo, ningún producto o servicio tiene una versión definitiva que no se pueda tocar. Nunca va a quedar antiguo porque irá evolucionando con los usos de las personas. Su desaparición se produce “porque deja de interesar”, especifica el antropólogo. “Los usos del producto generan su propia obsolescencia”.

El concepto de prototipo no es solo aplicable a objetos. También describe la política y la economía. En su artículo Política: modelos y prototipos, Corsín relata que, en los últimos 20 años, los estudios sociales de la ciencia y la tecnología se han interesado por “las cosas (la manera en que los archivos, los papeles, la documentación y la cacharrería, en general, enturbia y ensucia cualquier descripción de un evento o una situación social)”.

Dice el investigador que no solo es necesario conocer qué hacen las personas. También hay que saber cómo y con qué lo hacen (“cómo circulan los papeles, dónde se guardan los archivos, qué formatos se usan para registrar las comunicaciones”) porque las cosas y las personas “se formatean mutuamente”.

La transparencia o el gobierno abierto, por ejemplo, facilitan la participación ciudadana en política. En cambio, el modelo actual, blindado en la oscuridad de sus comunicaciones y filtrando las preguntas de los periodistas en las ruedas de prensa, intensifica la brecha entre gobernantes y gobernados.

Igual ocurre con la economía. Ese lenguaje y esos productos crípticos, que ni los propios analistas y agencias de calificación comprenden, crean una barrera infranqueable entre la ciudadanía y los dirigentes económicos. La era digital asume que la política y la economía debería funcionar como un prototipo más, abierto y en constante evolución.

Voz… Otra forma de contar…
La cultura de los prototipos genera una serie de efectos en cadena que la separa aún más de los usos de la era industrial. “Estas comunidades se organizan de forma distinta. Los grupos generan documentación abierta y colaborativa, y esto tiene consecuencias en la propiedad intelectual (copyright) y en la propiedad industrial (marcas y patentes)”, indica el coordinador de ciencias sociales en la Agencia Nacional de Evaluación y Prospectiva (ANEP).

“Cambia la forma de documentar una investigación o un desarrollo. El grupo trabaja con archivos abiertos y todo queda registrado en los documentos comunes. Hay que decidir qué géneros literarios se emplean”, especifica el investigador. “En el caso del software libre, por ejemplo, los debates se producen siempre en el ordenador. Las dinámicas de sociabilidad son claras. El grupo va avanzando mediante el trabajo común y, a veces, llegan a un punto en el que se atascan y no hay acuerdo sobre qué hacer. En este caso, se ha documentado que no es infrecuente que las polémicas que se producen en los foros responden a una cultura bastante masculina. Hay mucha arrogancia. El que más grita es el que se impone. Esto no es intrínseco a la cultura de los prototipos pero sí hemos visto que ocurre en la comunicación de software libre. Las dinámicas de trabajo del hardware son distintas porque las personas de un mismo proyecto sí se suelen ver en persona”.

Dice Corsín que también se producen nuevas formas de documentar la información. “El ejemplo más claro es Wikipedia. Es un archivo que permite documentar sucesivas versiones de un documento y la autoría es distribuida. Esto supone una innovación archivística. Los registros documentales están en proceso de transformación”.

“Otra novedad es la cuestión sobre qué es una prueba documental”, continúa el investigador. “Antes el proceso era muy lento. En la Enciclopedia Británica, por ejemplo, una actualización requería esperar una serie de años hasta que saliera una nueva edición o hasta que se introdujeran adendas (apéndices). Ahora se actualiza al momento. Una modificación se legitima al instante”.

El investigador comenta que “las nociones de autor y de experto” también son hoy distintas. “En la Enciclopedia Británica siempre hay firmas de autores. En la Wikipedia la autoría se disuelve. Puedes ver qué usuario ha creado la entrada y quiénes las han modificado pero son solo registros informáticos”.

Lejos… Los orígenes…
¿De dónde viene esta cultura de los prototipos? No hay una explicación única. “Hay varias teorías”, dice el graduado en antropología social por la Universidad de Oxford. La primera se remonta al final de la Segunda Guerra Mundial. “Hay historiadores que hablan de las formas de trabajar y las prácticas de colaboración que se utilizaron cuando acabó la guerra. EE UU hizo un gran esfuerzo en reunir a técnicos de distintas disciplinas para desarrollar la bomba atómica. Antes de eso los científicos de campos diferentes no solían juntarse en un mismo proyecto. Los investigadores tuvieron que desarrollar nuevas formas de entenderse y crear un espacio de trabajo común”.

Una segunda teoría lleva los orígenes de la cultura de los prototipos a la cibercultura, entendida, según el antropólogo, como “la última expresión de la contracultura de los años 60. Los hippies que vivían en California despotricaban del ambiente rancio de la Guerra Fría. Era un escenario donde imperaba el miedo a un desastre nuclear, a los misiles cubanos… Estos hippies se fueron al monte y abandonan la civilización tal y como la conocían. Pero no prescindieron de la tecnología”.

El manual de instrucciones de esa nueva civilización se fue construyendo en un fanzine. Se llamaba Whole Earth Catalog y su editor, Stewart Brand, hablaba de objetos que harían posible una forma de vida más creativa y más autónoma (libros, ropa, máquinas, semillas…). Su intención era animar a sus lectores a diseñar un estilo de vida propio en vez de asumir, sin cuestionárselo, lo que la cultura dominante pretendía imponer.

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(Imagen de Wikimedia Commons reproducida bajo licencia CC)

El primer número apareció en 1968. Tres años después la publicación consiguió un Premio National Book. Un hito en la historia de esos galardones porque, hasta entonces, nunca lo habían concedido a un fanzine. “Tenía una tirada de más de un millón de ejemplares”, indica el investigador del CSIC. “En este grupo de intelectuales había nombres como John Perry Barlow o Howard Rheingold”.

El primero fue el poeta y ciberlibertario que fundó la Electronic Frontier Foundation. Es el ganadero y ensayista que presentó la Declaración de Independencia del Ciberespacio ante el Foro de Davos en 1996 que decía: “Gobiernos del Mundo Industrial, vosotros, cansados gigantes de carne y acero, vengo del Ciberespacio, el nuevo hogar de la Mente. En nombre del futuro, os pido en el pasado que nos dejéis en paz. No sois bienvenidos entre nosotros. No ejercéis ninguna soberanía sobre el lugar donde nos reunimos. No hemos elegido ningún gobierno, ni pretendemos tenerlo, así que me dirijo a vosotros sin más autoridad que aquella con la que la libertad siempre habla”.

El segundo, Howard Rheingold, es el crítico y ensayista que acuñó el término ‘comunidad virtual’. El estadounidense considera que mediante estas comunidades se puede alcanzar una democracia descentralizada y habla, incluso, de una posible comunidad digital global.

Unos años después, Steward Brand participó en la organización del primer Congreso Hacker. Fue en 1984 y, entre los asistentes, se encontraba Richard Stallman, creador de la licencia GPL (destinada a proteger la libre distribución, modificación y uso de software) y uno de los mayores activistas del software libre. “Ellos son los hippies que inventaron un discurso contracultural y nuevas comunidades a través de la tecnología”, indica Corsín.

Una tercera hipótesis atribuye la raíz de la cultura de los prototipos a algunas vanguardias artísticas como los situacionistas. La Internacional Situacionista nació en 1957 con la intención de acabar con la sociedad de clases y el capitalismo. Estaba formada por un grupo de intelectuales que inspiraron ideológicamente acontecimientos como el Mayo del 68 francés. “Estos artistas crearon un fanzine llamado The Situationist Times, en 1962, que decía en sus páginas: ‘Quedan permitidas todas las formas de reproducción, deformación, modificación, derivación y transformación’. En esa época, Pinot Gallizio desarrolla el concepto de sociedad antipatente”, explica el investigador. “McKenzie Wark es uno de los académicos que más ha investigado sobre los referentes hacker en el situacionismo. El australiano expone en su obra titulada 50 años de recuperación de la Internacional Situacionista la influencia que tuvo la estética creada por este movimiento en el arte y el activismo actual”.

Roces… Caricias que duelen…
En la cultura libre y de los prototipos se cumple también la ley universal del ni todo es bueno ni todo es malo. Entre sus puntos oscuros está la posibilidad de “convertirse en un proyecto hegemónico” y “generar fricciones con los derechos de propiedad indígenas y tradicionales”, especifica el investigador. “No está claro que una cultura abierta sea fácilmente reconciliable con las producciones culturales de ciertas sociedades indígenas”.

Corsín inventa una situación imaginaria para explicar el conflicto. El protagonista de esa historia es un occidental que va de vacaciones a Bali. Allí viaja hasta un poblado lejano. Ese día, los indígenas hacen una representación que forma parte de sus rituales. El turista lo graba y lo cuelga en YouTube. Un director de teatro lo ve, monta una obra en Broadway basada en la actuación y la comercializa atribuyéndose los derechos de autor. “La comunidad indígena no tiene ningún derecho sobre sus creaciones y, además, se puede caer en la ofensa”, apunta. “En algunas comunidades reservan ciertas celebraciones para las personas que han realizado un determinado rito de iniciación. No es un acto abierto a toda la comunidad. Si una persona que lo graba, lo sube a YouTube o lo emite por la radio, puede vulnerar las normas sociales de esa comunidad”.

También puede ocurrir, y sucede a menudo, que una multinacional farmacéutica vaya a un poblado en América Latina a descubrir sus conocimientos medicinales. Esta sabiduría es de dominio público. Los extranjeros indagan esta información en los mercados locales y después los incorporan en los productos con los que se lucran. Los indígenas, a cambio, no reciben ningún tipo de compensación.

Es aquí donde hay que poner la lupa. Dice Corsín que “lo más interesante no es imaginar el mundo que va a surgir de la tecnología. Es descubrir las complicaciones que supondrá el acceso a la tecnología. ¿Qué pasará con los individuos que decidan no compartir su vida en la Red? Hoy la información es una fuente de desigualdad. La conectividad abre brechas entre las personas. Tenemos que observar dónde se generarán esas cuñas”.

(Imagen de portada: Snootlab reproducida bajo licencia CC)


             

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