08 enero, 2013
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El sastre de la tipografía

Por David Garcia ( @srgarcia )

Todos tenemos héroes, incluso los que mejor hacen su trabajo. Cuando Joancarles Casasín vio un gran cartel en el Paseo de Gracia barcelonés, en el que Leo Messi decía que “la historia me persigue, pero yo voy más rápido”, dibujó una sonrisa ladera y se sintió feliz. “Éramos Messi y algo que había dibujado yo”, dice. Lo que él había trazado era la tipografía de Adidas para la campaña All In. Porque Joancarles Casasín hace eso, tipografías. Lo hace en su estudio, lo suficientemente alejado de la ciudad como para poder desconectar cuando lo necesita.

Joancarles Casasín (unió sus dos nombres porque, cuando salía al extranjero, pensaban que Carles era un apellido) es, siempre que trabaja, un hombre solitario. No importa si está rodeado de otras personas. No repara en su presencia, no habla con ellas “hasta que llega la hora de comer”. Considera la suya, la de creador de tipografías, una profesión onanista en la que se ha formado de manera autodidacta. Así le va bien y así quiere vivir, tranquilo y feliz. “Me llevo bien conmigo mismo”, asevera.

Casasín, diseñador gráfico, comenzó a plantearse lo de vivir haciendo tipografías cuando fundó en 2005, a propuesta de Marc Panero, Baselab, un departamento específico integrado en el estudio Base y dedicado exclusivamente al diseño de tipos. “Lo mío era y es aún el blanco y negro. Sólo tipografía. Ahí progresé más que nunca”.

Antes había fundado un equipo de diseño junto a Andreu Balius, un profesor de Bau , la escuela donde se formó tras pasar también por Elisava. Se llamaba Typerware y recibía encargos como la tipografía corporativa de la Universidad de Salamanca. Esa aventura terminó en el 2000, cuando el diseñador emigró a Estados Unidos a disfrutar de una beca para completar un proyecto curioso. “Se trataba de emular la textura irregular de los libros impresos en el siglo XVIII mediante la programación de una familia tipográfica. Aprendí más sobre el diseño de tipos que durante los seis años anteriores. Fui asesorado por Font Bureau y estuve rodeado de gente con talento e historia en el negocio de la tipografía”, declara.

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Por aquella época, en nuestro país no había nada parecido. “En España no había tradición de diseñadores de tipos. No existía ningún ‘maestro’ de quién aprender”, lamenta. Joancarles Casasín volvió a España, a Base, donde llegó a diseñar una tipografía para el San Francisco Art Institute y otra para BeTv (el Canal+ de Bélgica).

Cuando languidecía el año 2011, el diseñador dejó Baselab. Desde entonces dedica la mayor parte de su tiempo a MyStarAutograph.com, una web de fotografías firmadas de estrellas del deporte. “Lo mejor de este trabajo no es el diseño ya que yo no dibujo letras. ¡Las dibujan ellos! He aprendido mucho creando y planificando todo el proceso, el flujo de trabajo y las herramientas con las que producir las fuentes. Es un proyecto que es como un eterno work in progress”, señala.

La iniciativa está en constante renovación y ampliación y, más allá de ‘traducir’ las caligrafías de deportistas como Leo Messi (¡hola, otra vez!), Cristiano Ronaldo o Rafa Nadal, a Joancarles Casasín le atrae el hecho de estar investigando y desarrollando herramientas como brazos mecánicos, aplicaciones de reconocimiento de la escritura o inteligencia artificial. “Es alucinante las posibilidades que tenemos. En unos siete meses he producido cerca de cuarenta tipos con más de 4.000 caracteres cada una. Incluso me he encontrado limitado por el software existente”, explica. “También vamos a entrar en el mercado coreano, con lo que seguramente voy a tener que aprender a hacer tipografías con caracteres de ese idioma para programar las nuevas herramientas”.

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Casasín vivía en Barcelona pero se ha cansado de ella. Piensa que la ciudad ha dejado de mirar a quien habita aquí y se concentra en quien va a visitarla. “Es hostil para quien vive allí”, se lamenta. Es más productivo cuando trabaja sin distracciones, rodeado de tranquilidad. Al final, en la gran urbe, “hacía más cosas de las necesarias por la noche y la cosa se complicaba”. Ahora, mientras trabaja, puede ir al mercado de Santa Coloma de Queralt y estar de vuelta sin perder mucho tiempo, puede preparar a la vez una comida con todo el tiempo que requiere, o puede caminar al final del día entre dorados campos de cereales. “A veces también huele a mierda, pero es estiércol, no mierda de perro”.

Sus dos posesiones más preciadas son una vieja guitarra, “que suena a chatarra, pero es lo que buscaba en ella”, y una Lambretta. Tiene otras guitarras menos antiguas, una biblioteca y una colección de discos donde predominan las guitarras, los bajos y las baterías. Le apasiona el Garage y sus sonidos trufados de fuzz, y ahora está con el Soul (Northern y Early incluidos) o el Rythm & Blues, pero no el de ahora con Alicia Keys y Beyoncé sino el de antes, el de la Motown y la Stax. De hecho, siempre que trabaja está escuchando música. “El silencio me molesta”, aclara.
En ese escenario es donde Casasín moldea letras y crea alfabetos. Allí, entre cereales, estiércol y los Kinks, crea proyectos que, casi en su totalidad, llegan por encargo. “Mis tipografías ya se han vendido antes de comenzar a esbozarlas. Es muy difícil vivir del diseño de tipos, y no puedo especular con la suerte ni invertir el tiempo necesario en crearlas para luego esperar a ver si alguien las compra. Hacerlas solo por encargo ha sido mi posición. Soy un sastre de la tipografía”, explica.

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Las tipos de Joancarles Casasín van a parar a agencias de publicidad o branding y diseñadores gráficos. Su reputación y su nivel le dan para dedicarse casi en exclusiva a proyectos grandes. Su currículum incluye a Adidas y su bonus, por la mitomanía hacia Leo Messi, o las tipografías de algunas revistas como la mítica Super Pop, Integral o Historia (de National Geographic). Sin embargo, le tiene especial cariño al trabajo que hizo con la tipografía corporativa para los transportes públicos de Montreal (STM), en Quebec, Canadá. “Fue el primer trabajo ‘gordo’ que hice para el exterior”, declara.

Su proceso de trabajo suele comenzar con un briefing que “habitualmente incluye referencias a tipos existentes, formas, detalles que interesan, cosas que gustan, etc.”. Además del mero trabajo de armar las tipografías, Casasín tiene que encontrar la chispa que haga a cada una diferente, “el extra que quiere el cliente. Él marca los objetivos”.
Define la tipografía como algo sencillo y complicado al mismo tiempo. “En realidad, son solo formas. Formas blancas y formas negras que se interrelacionan. Dibujas los caracteres básicos que contienen las formas elementales (rectas y curvas, ‘HOno’), de ahí sale el patrón esencial de una tipografía”.

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A partir de ahí, se dibujan las letras y se asigna el espaciado. “Todo va de relaciones entre espacios blancos y negros, formas y contraformas”. Comienzan las pruebas. El catalán usa palabras para ellas; primero, en un editor, y luego, en InDesign. “Para ver cómo funciona una tipografía yo quiero ver palabras. No quiero dibujar letras bonitas, quiero leer palabras bonitas. El idioma es importante. En InDesign el texto falso para rellenar las cajas es el latín. Es una memez probar una tipo en latín si no es una tipo para el Vaticano”, cuenta.

Para trabajar utiliza programas como RoboFont, Sublime Text, el Terminal, FontLab, Metrics Machine, Prepolator y Superpolator, y lo hace casi todo en un Mac, aunque a veces usa Linux y testea las fuentes también en Windows. Saca pecho diciendo que el programa que más rápido ejecuta las operaciones lo ha escrito él y lamenta la excesiva dependencia que hay actualmente de estas herramientas. “Se pone de moda algo solo porque el software lo permite. ¿Cuántos diseñadores usarían degradados de color si el software no los hiciera con tres clics?”, pregunta.

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Casasín cree que su obligación es conocer bien este software y, llegado el caso, ser capaz de variarlo y adecuarlo a las necesidades de cada uno. “Igual que un carnicero sabe afilar sus cuchillos. Muchas herramientas que hacen pequeñas tareas me las programo yo, así no dependo de lo que un programador ha pensado que era lo mejor para mí. Cada vez más soy ‘Juan Palomo’. Optimizo el tiempo y optimizo la perfección”, dice rotundamente.

Todos los entornos cambian. Su trabajo, claro, también lo ha hecho desde que comenzó a desempeñarlo. Empezó estudiando procesos artesanales con Letraset (letras transferibles) y terminó ya con los primeros Macs. “De repente, diseñar tipografía se puso al alcance de cualquiera que tuviera un ordenador. Era todo mucho más fácil, factible, era más rápido ver resultados”.

Igual que en otras industrias, como la de la música, la vieja escuela también se resistió al cambio. “Se escandalizaban de que cualquiera pudiera hacer un logo o una revista, aunque después ellos acabaron confeccionándolas ¡con Freehand! Antes las letras había que dibujarlas a mano, grandes, sabiendo a qué tamaño iban a ser usadas para adaptar su dibujo. Antes había que saber qué se estaba haciendo y cómo funcionaba todo”, explica cuidadosamente. Aclara que, desde que apareció el ordenador, cualquiera puede hacer una tipografía. “Y yo me alegro. Otra cosa es que mole. Diseñar una tipografía es distinto a dibujar letras. Una tipografía es un sistema. Sólido, flexible y coherente. Antes no se podía hacer sin un conocimiento profundo”, remarca.

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Admite que tiene una complicada relación con gran parte de lo que ve ahora. “Cuando recibo los newsletters de la mayoría de fundiciones, simplemente las ojeo en diez segundos y las tiro a la papelera. Solo hay refritos. Su ‘originalidad’ se reduce a buscar una forma que se diferencie de las demás en algún detalle. Ahí debería estar el esfuerzo, en la diferenciación”, cuenta.
Cree que hay muy poca gente capaz de hacerlo y, en un gesto autocrítico, no se incluye entre ellos. “Me considero casi incapaz de hacer algo interesante y nuevo, por eso trabajo en tipografía a medida. Cumplo con un encargo y no engaño a nadie. Me encantaría tener un mecenas para poder dedicar el tiempo a algo nuevo y propio. Pero aún no lo he conocido”, señala.

Casasín también dedica parte de su tiempo a la docencia. Tiene especial interés en que lo que aprendan sus alumnos sea verdaderamente fresco. “Quiero estar seguro de que hablo a mis estudiantes de lo que pasa hoy y no de lo que sucedía hace cinco, diez o quince años como si fuera lo que está ocurriendo hoy”. Por supuesto, prohíbe a sus discípulos utilizar el latín para las maquetas del texto. Salvo que la tipografía sea para el Vaticano, claro.

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