14 marzo, 2013
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Un método de enseñanza de idiomas basado en la docencia innata de padres a hijos

Por Ignacio Moreno Flores

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Shin’ichi Suzuki era un músico japonés, violinista para más señas, que se topó con el horror de la guerra. Fue durante la contienda mundial, la que acabó con dos bombas atómicas, cuando decidió dejar de ser instrumentista y entregarse a la docencia. Su intención no era enseñar música, en el sentido de crear profesionales, sino “formar a buenos ciudadanos, seres humanos nobles. Si un niño oye buena música desde el día de su nacimiento, y aprende a tocarla él mismo, desarrolla su sensibilidad, y disciplina y paciencia. Adquiere un corazón hermoso”. En realidad, lo que pretendía era llevar algo de alegría a los miles de niños rotos y tristes después de la guerra.

Abrió una pequeña escuela en la ciudad de Matsumoto en la que investigó una metodología bastante inusual para entonces. Su idea era que los niños podían aprender música como adquieren el lenguaje: si un bebé aprende a hablar a base de oír sin entender nada, de repetir pequeñas sílabas que después formarán palabras y de recibir la alegría de sus padres cada vez que dice una frase entera, ¿se podría hacer igual con la música? La respuesta, aunque sorprendente, fue que sí, y su método, lentamente, se extendió por toda la Tierra.

Hacia los años 80 entró en acción Helen Doron, una lingüista británica que por cosas de la vida se casó y se fue a vivir a Israel. Como era una madre creativa y preocupada por el bienestar de su hija quiso que, desde pequeña, la iniciaran en la música. Descubrió que había un centro Suzuki cerca de donde vivían y empezaron a frecuentarlo.

Los centros de enseñanza Suzuki no son recios conservatorios en los que hay que repetir ejercicios aburridos hasta el infinito. Su método es justo el contrario: alegría, estimulación creativa, escucha pasiva de “música de fondo” e interacción sinérgica con los demás niños. No se enseña a leer música hasta que no se ha aprendido primero, y se utiliza un repertorio de habilidades que van creciendo conforme avanza el niño. Es decir, se enseña la música como se aprende una lengua, exactamente como la lengua madre. Es lo que Suzuki llamaba “la lengua madre de enseñar música”.

A Helen Doron esto le sonaba. En sus años de estudios lingüísticos había tenido varias materias que trataban de esas cosas: de los cambios neuronales que suceden durante la infancia y que permiten adquirir el lenguaje. Sin embargo, lo que ella veía –como vemos todos normalmente– es que en su país adoptivo, Israel, el inglés como segunda lengua se enseñaba de una forma que rompía con la naturaleza, empezando a una edad muy tardía, aprendiendo primero a leer para más tarde ponerle sonidos y esforzándose en ver los errores y no las cosas positivas.

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¿Cómo es posible –se preguntaba la señora Doron– que haya un método para aprender música que se base en la capacidad innata de un bebé de adquirir el lenguaje y no haya algo parecido para que ese bebé aprenda idiomas?

Helen Doron empezó observando cuáles son las características que nos hacen aprender nuestra lengua. Primero, el ambiente: por todos lados hay sonidos. Es como una musiquilla de fondo que penetra en nuestros oídos. ¿Entendemos las palabras? Claro que no, pero nos van calando, como una lluvia fina y ligera que nos moja sin que nos demos cuenta. Después está la capacidad de alegría, esa que une al bebé y a sus padres mientras juegan y se divierten. La diversión incrementa la unión, con lo que el niño crece seguro y feliz en sus posibilidades.

Entonces llegan las primeras palabras. ¿Qué ocurre cuando el bebé dice algo? Que sus padres se ponen contentos, gritan, aplauden, le dan besos. El chaval lo percibe, y su cabeza lo advierte. Si pudiera pensar una frase diría algo como “guau, ¿qué he hecho que les ha gustado? Seguro que si lo repito, hay más besos” y se esfuerza en conseguirlo. Repetición, música de fondo, refuerzo positivo… y que exista un reto creciente: donde antes eran sonidos, luego serán palabras, más tarde frases enteras y finalmente ideas complejas.

De forma muy somera, lo que se describe aquí arriba es la base del actual Método Helen Doron para enseñar inglés a bebés y a niños desde 3 meses a 14 años. Su éxito es tan evidente que salió de Israel convertido en una franquicia internacional, presente en más de 30 países de todo el mundo.

Una metodología científica que se basa en estudios de la psicología y la neurociencia infantiles, pero que en realidad es muy simple a la vez que muy complejo. Tan simple como aprender jugando, con la alegría y la naturalidad de los niños, y tan complejo como que sus profesores tienen que pasar por un training que incluye un desaprendizaje sistemático de todas las formas de enseñar que conoce para centrarse en la más natural, la que hace un padre o una madre sin ni siquiera saberlo.

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Imagen de portada de Oatsy40 reproducida bajo licencia CC

Imágenes: Helen Doron