20 agosto, 2013
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Muñecas de piel tatuada

Por Mar Abad ( @marabad )

Geppetto se conformó con Pinocho. Kartess podría llegar al batallón. Las historias del viejo carpintero y el artista chileno también distan en su origen. El personaje de Carlo Collodi buscaba un hijo y un hada le concedió el deseo. Dio vida a su muñeco de madera. Lo del dibujante, en cambio, tiene más de taller que de alquimia. Ocurrió así…

“Siempre he ilustrado sobre superficies y objetos usados. Computadores viejos, guitarras… Pero una vez me encontré con un muñeco en la bodega de mi departamento”, cuenta el chileno. “No sé por qué lo saqué, lo limpié y comencé a tatuarlo. Lo hice en serio, con respeto, como si de una persona se tratase. Me encantó el proceso y aquí me encuentro tatuando muñecas viejas”.

Estas figuras, a veces, provocan extrañeza. A veces, perplejidad. Pero “a la gran mayoría les encanta”. Y cualquiera de esas sensaciones es buena porque, según Kartess, “lo peor que te puede pasar es la indiferencia”.

El primer tatuaje se produjo hace año y medio. Desde entonces ha dibujado el cuerpo de seis muñecas. No más. “No tatúo cualquier cosa. Por eso, la selección es lenta”, indica.

Estas muñecas destilan una sensación de “renacer de las cosas, de dar un nuevo concepto de belleza y una nueva personalidad”.

Kartess recorre ferias de objetos usados, mercadillos, bazares, anticuarios, tiendas vintage… Ahí anda rastreando hasta que aparece “ese objeto único que pueda ser parte de la colección”. Unas las encontró en Argentina, otras en Chile y otra en Barcelona.

En la sala de operaciones el salto más costoso es la primera línea del tatuaje. Arrancar. “No por la técnica, que es simplemente usar marcadores permanentes de tinta y de colores”, aclara. “Lo difícil es que casi no hago bocetos previos. Me gusta ocupar el sistema de los tatuadores que van creando directamente el boceto sobre la piel. Encuentro que ese es el valor que tiene. No copio tattoos. Los hago a mi estilo, siempre respetando y estudiando los códigos que ha tenido el tatuaje durante años”.

La piel de estas muñecas destila una sensación del “renacer de las cosas”. De “dar un nuevo concepto de belleza, una nueva personalidad”. “Sacarlas del polvo y entregar mensajes en ellas” porque “alguna vez fueron importantes para alguien” y, por eso, “podrían ser importantes ahora para otra persona”. “Me gustaría que quien las tuviera pudiera identificarse con ellas”, indica el chileno. “Me siento, y me encanta pensar, que con lo que hago soy como un Geppetto moderno”.

La diferencia con el carpintero es que estas muñecas se van de su lado en cuanto alguien paga el precio adecuado. Nunca menos de 500$ (unos 375€). Y, de ahí, a lo que sea, en función del “tamaño y la dificultad para conseguirla”.

Sus muñecas preferidas son “las que se hicieron hace tiempo de papel maché y parecen de madera”. Las que se utilizaban “antes de la llegada de las muñecas de plástico, esas que tienen un mecanismo para abrir y cerrar los ojos. Creo que fue la época en que las cosas se hacían con un poco más de cariño y las pintaban a mano. Las de porcelana me parecen inexpresivas y a las de plástico no les encuentro mucho valor. La muñeca tiene que decirme algo, debe tener un carácter”.

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