18 de junio 2015    /   IDEAS
por
 Ilustración: David González  

El club de lectura ambulante

18 de junio 2015    /   IDEAS     por          Ilustración: David González  
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Los miembros del club ya están reunidos en torno a la mesa. La sesión comienza. El coordinador toma la palabra para recordar los capítulos que tocaban leer esa semana. «Si alguno no ha podido resistirse a la tentación de continuar unas páginas más, que evite, por favor, el spoiler», solicita. La reunión del club de lectura continúa con las intervenciones de los lectores convertidos en tertulianos. El ruido de las patas de las sillas al retroceder por el suelo señalará, llegado el momento, el fin del cónclave…

La quietud de sus miembros es asidua en las reuniones de lectura convencionales. En las de The Walking Reading Group (TWRG), en cambio, nunca se manifiesta. Lydia, Ania y Simone rehuyen de las estáticas asambleas de este tipo de clubes y por eso crearon el suyo propio en el que las charlas alrededor de una mesa en un espacio cerrado se sustituyen por largas caminatas por la ciudad. «Las rutas que se proponen para la discusión de cada serie de lecturas constituyen un elemento fundamental en las conversaciones. Salir al espacio público no es solo una encarnación inspiradora de las lecturas o inputs para el diálogo, sino también una manera de recuperar/ocupar las calles».

María Salazar forma parte de Histeria Kolektiboa, encargada de la producción, junto con Eremuak, del proyecto The Walking Reading Group en Bilbao. La última sesión en la capital vizcaína, donde otro colectivo, Zaramari, se encarga de la selección de las rutas, se llevó a cabo el pasado mes de marzo por los barrios de Matiko y Rekalde/Uretamendi.

«Fueron tres días intensos, y en muchos momentos The Walking Reading Group fue en realidad The Raining Walking Group porque el tiempo no acompañó mucho. Pero es Bilbao, qué le vamos a hacer». La lluvia arreció en aquella ocasión, aunque teniendo en cuenta que fue Londres la ciudad que vio nacer a este club de lectura ambulante hace dos años y donde se han celebrado casi una docena de ediciones, se deduce que su presencia es más que probable en las reuniones. Son los gajes de optar por el aire libre.

El caminar propicia, además, otro tipo de debates mucho más horizontales. El papel del coordinador que gestiona el guion de la sesión y los turnos de palabra deja de tener sentido en las reuniones itinerantes. Lo más cómodo y práctico son las charlas en pareja: «Caminar de dos en dos invita a concentrarse en una persona y en una idea (¡qué lujo!). Es una forma íntima y dinámica de intercambiar aprendizajes».

clublectura
Antes de celebrarse la reunión, los organizadores envían los textos a las personas interesadas en acudir al grupo. «Después de acotar el tema, los textos se establecen de antemano junto a colaboradores locales conformando la columna vertebral del intercambio. Luego, abrimos la convocatoria. Todo el mundo puede participar, es un grupo abierto». Llegado el momento, se parte de un lugar concreto y se camina durante dos horas en parejas, cambiando en varias ocasiones tanto de compañeros de conversación como de temas a debatir.

«Las conversaciones se nutren gracias a los textos propuestos, las experiencias personales de quienes caminan, de proyectos relacionados con el área local y de la propia ruta física que se recorre».  En la última reunión en Bilbao, englobada dentro del BAT 2015, proyecto cultural de investigación colectiva y educación expandida, se abordó la noción de espacio público a través del juego.

Tanto al principio como al final de cada sesión hay un momento de puesta en común y durante las rutas hay descansos para el avituallamiento donde se departe de manera informal. Además de calzado cómodo y paraguas para cuando el cielo amenaza con amenizar la marcha, los caminantes suelen portar tres herramientas básicas: un rotulador, una cuartillas de cartulina en la que apuntar los temas sobre los que les gustaría conversar durante la ruta («sirve para localizar a tu compañero de conversación. Cuando lees en la cuartilla de la otra persona una idea que te imanta y atrae, entonces, ya tienes pareja para caminar») y un cuadernillo para las ‘chuletas’.

«En él se recopilan los extractos más significativos de cada texto que sirven para refrescar, enriquecer, movilizar las lecturas mientras caminamos (es más cómodo, así no hay necesidad de andar con los textos completos a cuestas). Además, incluye unas páginas centrales vacías que sirven para anotar ideas, hacer dibujos, intercambiar mails…».

De forma latente, las tres reglas básicas del funcionamiento del club también acompañan al grupo en sus salidas. «Las dos primeras las tomamos prestadas del grupo de lectura de Ámsterdam If I can’t dance I don’t want to be part of your revolution. La primera advierte a los lectores de que no es necesario hablar desde una postura fija. O lo que es lo mismo, no se trata de defender ninguna postura ni de representar a nada ni a nadie, sino de que cada uno manifieste su opinión.

La segunda norma es que se puede decir cualquier cosa. Se trata de buscar puntos comunes y nuevos pensamientos, no de poner en escena conocimientos aprendidos». La última regla habla de intimidad. Con ella se busca que durante el paseo se genere la suficiente confianza entre los interlocutores porque «cuanto más estés dispuesto a dar, más se recibe a cambio».

 

Los miembros del club ya están reunidos en torno a la mesa. La sesión comienza. El coordinador toma la palabra para recordar los capítulos que tocaban leer esa semana. «Si alguno no ha podido resistirse a la tentación de continuar unas páginas más, que evite, por favor, el spoiler», solicita. La reunión del club de lectura continúa con las intervenciones de los lectores convertidos en tertulianos. El ruido de las patas de las sillas al retroceder por el suelo señalará, llegado el momento, el fin del cónclave…

La quietud de sus miembros es asidua en las reuniones de lectura convencionales. En las de The Walking Reading Group (TWRG), en cambio, nunca se manifiesta. Lydia, Ania y Simone rehuyen de las estáticas asambleas de este tipo de clubes y por eso crearon el suyo propio en el que las charlas alrededor de una mesa en un espacio cerrado se sustituyen por largas caminatas por la ciudad. «Las rutas que se proponen para la discusión de cada serie de lecturas constituyen un elemento fundamental en las conversaciones. Salir al espacio público no es solo una encarnación inspiradora de las lecturas o inputs para el diálogo, sino también una manera de recuperar/ocupar las calles».

María Salazar forma parte de Histeria Kolektiboa, encargada de la producción, junto con Eremuak, del proyecto The Walking Reading Group en Bilbao. La última sesión en la capital vizcaína, donde otro colectivo, Zaramari, se encarga de la selección de las rutas, se llevó a cabo el pasado mes de marzo por los barrios de Matiko y Rekalde/Uretamendi.

«Fueron tres días intensos, y en muchos momentos The Walking Reading Group fue en realidad The Raining Walking Group porque el tiempo no acompañó mucho. Pero es Bilbao, qué le vamos a hacer». La lluvia arreció en aquella ocasión, aunque teniendo en cuenta que fue Londres la ciudad que vio nacer a este club de lectura ambulante hace dos años y donde se han celebrado casi una docena de ediciones, se deduce que su presencia es más que probable en las reuniones. Son los gajes de optar por el aire libre.

El caminar propicia, además, otro tipo de debates mucho más horizontales. El papel del coordinador que gestiona el guion de la sesión y los turnos de palabra deja de tener sentido en las reuniones itinerantes. Lo más cómodo y práctico son las charlas en pareja: «Caminar de dos en dos invita a concentrarse en una persona y en una idea (¡qué lujo!). Es una forma íntima y dinámica de intercambiar aprendizajes».

clublectura
Antes de celebrarse la reunión, los organizadores envían los textos a las personas interesadas en acudir al grupo. «Después de acotar el tema, los textos se establecen de antemano junto a colaboradores locales conformando la columna vertebral del intercambio. Luego, abrimos la convocatoria. Todo el mundo puede participar, es un grupo abierto». Llegado el momento, se parte de un lugar concreto y se camina durante dos horas en parejas, cambiando en varias ocasiones tanto de compañeros de conversación como de temas a debatir.

«Las conversaciones se nutren gracias a los textos propuestos, las experiencias personales de quienes caminan, de proyectos relacionados con el área local y de la propia ruta física que se recorre».  En la última reunión en Bilbao, englobada dentro del BAT 2015, proyecto cultural de investigación colectiva y educación expandida, se abordó la noción de espacio público a través del juego.

Tanto al principio como al final de cada sesión hay un momento de puesta en común y durante las rutas hay descansos para el avituallamiento donde se departe de manera informal. Además de calzado cómodo y paraguas para cuando el cielo amenaza con amenizar la marcha, los caminantes suelen portar tres herramientas básicas: un rotulador, una cuartillas de cartulina en la que apuntar los temas sobre los que les gustaría conversar durante la ruta («sirve para localizar a tu compañero de conversación. Cuando lees en la cuartilla de la otra persona una idea que te imanta y atrae, entonces, ya tienes pareja para caminar») y un cuadernillo para las ‘chuletas’.

«En él se recopilan los extractos más significativos de cada texto que sirven para refrescar, enriquecer, movilizar las lecturas mientras caminamos (es más cómodo, así no hay necesidad de andar con los textos completos a cuestas). Además, incluye unas páginas centrales vacías que sirven para anotar ideas, hacer dibujos, intercambiar mails…».

De forma latente, las tres reglas básicas del funcionamiento del club también acompañan al grupo en sus salidas. «Las dos primeras las tomamos prestadas del grupo de lectura de Ámsterdam If I can’t dance I don’t want to be part of your revolution. La primera advierte a los lectores de que no es necesario hablar desde una postura fija. O lo que es lo mismo, no se trata de defender ninguna postura ni de representar a nada ni a nadie, sino de que cada uno manifieste su opinión.

La segunda norma es que se puede decir cualquier cosa. Se trata de buscar puntos comunes y nuevos pensamientos, no de poner en escena conocimientos aprendidos». La última regla habla de intimidad. Con ella se busca que durante el paseo se genere la suficiente confianza entre los interlocutores porque «cuanto más estés dispuesto a dar, más se recibe a cambio».

 

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