03 junio, 2013
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Los beneficios de comer carne humana

Por Antonio Dyaz

El canibalismo es un tabú en casi todas las culturas modernas, y su intermitente salto a las portadas siempre está relacionado con artistas provocadores, películas de terror o noticias de asesinos que devoran a sus víctimas. Pero si somos capaces de asimilar la idea, quizá la solución al hambre en el mundo no pase por comer insectos, como recomienda la FAO, sino por reciclar a nuestros muertos.

(Opinión)

Cada año fallecen en el mundo más de 50 millones de personas, la mitad de ellas a causa de inanición. Eso son decenas de miles de toneladas de alimento con alto valor proteínico que se echan a perder en ataúdes o son incineradas. ¿Nos podemos permitir ese despilfarro?

El planteamiento no es nuevo, pero cada vez es más pertinente. En Soylent Green (Richard Fleischer, 1973) Charlton Heston y Eduard G.Robinson viven en una sociedad futura en la que toda la materia prima para la alimentación procede de las morgues, que transforman los cadáveres en las pastillas verdes que dan título a la película. En España se tradujo con un grandilocuente Cuando el destino nos alcance. En mi modesta opinión, ya nos está alcanzando.

Armin Meiwes, conocido como el caníbal de Rotemburgo, fue condenado por un tribunal de Berlín en 2006 por citarse con otro hombre, cocinarlo y comérselo con su consentimiento, en un caso que sacudió la opinión mundial. En Der Spiegel y otros diarios alemanes se podía leer en 2010: “Se buscan donantes de partes del cuerpo para restaurante caníbal”, con la promesa de que esas partes se ofertarían después en el menú.

El anuncio disgustó sobremanera a los berlineses (el caso Meiwes estaba muy reciente), y provocó un auténtico quebradero de cabeza a los políticos locales, pues la apertura del restaurante se anunciaba como inminente, en una ubicación que se mantenía en secreto. Puso en alerta a las autoridades sanitarias y todo resultó ser un hoax, una llamada de atención de la Asociación de Vegetarianos Alemanes, cuyo portavoz, Herr Motto, declaró de manera premonitoria con motivo de la polémica: “Better no meat than human meat.”

Pero lo cierto es que en un futuro próximo será necesario desarrollar un etiquetado preciso que permita al consumidor identificar qué productos contienen ingredientes de procedencia humana, de igual forma que hoy se etiquetan los atunes de pesca ecológica o los alimentos para celíacos o alérgicos a los frutos secos.

Presumiblemente esta revolución alimentaria comenzará en China en la década de 2020, fecha estimada por el PCCh en la que sus necesidades superen a su capacidad de alimentar a tan extensa población. Para afirmar esto hay tres razones poderosas: 1) El sistema de gobierno comunista tiene un pueblo disciplinado, patriota y obediente, en materias que en cualquier otro país serían objeto de agrias polémicas, como la del hijo único.

2) China tiene la mayor población del mundo, incluso aplicando la mencionada política de reducción de natalidad, pero las nuevas clases medias pueden permitirse saltarse la ley pagando. Por eso tiene una urgente necesidad de comida y está comprando inmensos terrenos en otros continentes para cultivar soja que alimente a los cerdos y pollos que se crían dentro de sus fronteras. Aun así, no es suficiente.

3) El gran país asiático no se adhiere a casi ningún tratado o convenio internacional que limite su potencial de crecimiento, porque no pueden permitirse otras hambrunas como las de los años 50 y 60 del pasado siglo.

Y una motivación adicional, aunque no menos importante: la religión no juega un papel primordial en sus vidas, y a buen seguro, cuando se comience a plantear en serio la posibilidad de alimentarnos con materia humana, serán los líderes espirituales del mundo quienes pongan el grito en el cielo (¿dónde, si no?).
Podemos establecer un paralelismo con la donación de órganos, y pronto se podrá acordar ante notario alguna declaración del tipo: “Autorizo que mi cuerpo sirva de alimento a otras personas”.

La Iglesia de la Eutanasia, cuyo eslogan es “Save the planet, kill yourself” ofrece un pormenorizado manual para trocear y cocinar cuerpos humanos para consumo humano. Los cuatro pilares de su culto son: suicidio, aborto, canibalismo y sodomía; y si la incluyo en este artículo es porque he sentido el siniestro pálpito de que saben de lo que hablan.

En 2012, en el Huffington Post, la crítica gastronómica galesa Geffryda Frygefda explicaba en su blog cómo vivió la experiencia única de una cena en un restaurante secreto de Londres donde se servían básicamente platos basados en nuestra anatomía. Que los lectores decidan si sucedió… o no.

Pero seamos prácticos; si la causa de la muerte no es infecciosa sino traumática, como por ejemplo un accidente de coche, el trámite debería ser sencillo. Una empresa adjudicataria retiraría el cadáver después de los servicios fúnebres, que podrán seguir siendo tan solemnes como deseemos. Pero después de la ceremonia, nada de enterramientos o urnas con cenizas; un camión de Mercamadrid se llevará los restos para procesarlos.

Si el origen es saludable y cumple con la normativa, este cronista no tendría ningún problema en probar y disfrutar de productos como latas de magro, salchichas, croquetas congeladas o sanjacobos; que podrían ser de la marca Apis, Oscar Mayer La Cocinera o Campofrío (por cierto, recientemente adquirida por una empresa china). Estoy convencido de que el sabor, textura y propiedades organolétpticas de la carne humana la hacen perfectamente apta para el consumo. Hay que hacer una salvedad. Casi ningún mamífero carnívoro devora a otros carnívoros (con excepción de los carroñeros, que disfrutan de un equipo enzimático más completo). La razón son los priones, y un ejemplo fue la epidemia de la encefalopatía espongiforme bovina o crisis de las vacas locas. En el pienso de las vacas había materia animal.

En pocas palabras, si usted come carne de un animal que ha comido carne puede enfermar… a no ser que usted sea una hiena o un buitre.

Hay varios tipos de motivación en el vegetarianismo, desde los higienistas a los veganos más extremos, pero la mayoría esgrime argumentos de índole ética referidos al sufrimiento animal. Me atrevo a pronosticar que muchos de estos últimos (entre los que me incluyo, de lunes a viernes) no hallarían razón alguna para no comer derivados de carne humana, toda vez que la materia prima ha sido obtenida con las garantías necesarias. Se daría así la paradoja de que los vegetarianos nos convertiríamos en la principal fuente de alimento para los carnívoros.

Y ahora, un consejo final: en un futuro no muy lejano, cuando alguien le susurre durante una cena romántica: “Tengo hambre de ti”…

…llame a seguridad.