30 de octubre 2013    /   CREATIVIDAD
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Los cerdos japoneses no dicen ‘oink’

30 de octubre 2013    /   CREATIVIDAD     por          
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Nos engañó la maestra. Ni todos los pajaritos dicen pío pío ni los perros guau ni los gatos miau ni los patitos viajeros pueden entenderse a base de cua cuas cuando salen a conocer mundo. Resulta que los animales hablan idiomas. Al menos, nosotros los humanoides, hemos hecho que los hablen.

Las onomatopeyas, esas formas lingüísticas que imitan o recrean el sonido de algo en el vocablo que se forma para significarlo, son un recurso que todas las lenguas utilizan para crear palabras. En idiomas como el japonés, por ejemplo, existen tantas que incluso términos tan simples como ‘caminar’ se pueden expresar hasta de 17 formas distintas, permitiendo diferenciar así desde los pasos de un bebé al andar acelerado de un adulto, pasando por el lacónico arrastramiento de pies en el piso del desconsolado.

Las asonancias que hacen los animales son, sin lugar a dudas, unos de los sonidos más representados a través de onomatopeyas en cualquier lenguaje y, a menudo, incluso las utilizamos para hacernos entender cuando hablamos de algún bicho al que no sabemos citar en extranjero. Pero para quien no lo supiera, malas noticias, eso no es un truco seguro. Las manifestaciones que hacen los animales se onomatopeyizan de manera distinta en cada lengua.

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De ese guirigay de ecos el autor inglés James Chapman, quien se presenta diciendo que “hace dibujos, videos de Youtube y a veces su trabajo, que es ser físico”, ha creado una colección de ilustraciones que clarifican cuál es el sonido de las bestias cuando no pastan en nuestros países de origen. Así pues, un gallo inglés, en vez de kikiriki como han hecho los gallos de nuestros corrales hispanos de toda la vida, despierta las mañanas al sonido de cock-a Doodle-do. Las abejas coreanas suenan boong, los ratones húngaros cin, las vacas holandesas boe y jamás oyeron decir oink a un cerdo nipón, que se revuelca en el lodo de su isla al compás de boo.

En conclusión, que menos mal que Chapman ha creado un diccionario de fauna en onomatopeyas, al menos por eso de evitar que al pedir que nos pinchen un rap en un bar de Dinamarca nos acaben sirviendo un pato a la naranja.

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Nos engañó la maestra. Ni todos los pajaritos dicen pío pío ni los perros guau ni los gatos miau ni los patitos viajeros pueden entenderse a base de cua cuas cuando salen a conocer mundo. Resulta que los animales hablan idiomas. Al menos, nosotros los humanoides, hemos hecho que los hablen.

Las onomatopeyas, esas formas lingüísticas que imitan o recrean el sonido de algo en el vocablo que se forma para significarlo, son un recurso que todas las lenguas utilizan para crear palabras. En idiomas como el japonés, por ejemplo, existen tantas que incluso términos tan simples como ‘caminar’ se pueden expresar hasta de 17 formas distintas, permitiendo diferenciar así desde los pasos de un bebé al andar acelerado de un adulto, pasando por el lacónico arrastramiento de pies en el piso del desconsolado.

Las asonancias que hacen los animales son, sin lugar a dudas, unos de los sonidos más representados a través de onomatopeyas en cualquier lenguaje y, a menudo, incluso las utilizamos para hacernos entender cuando hablamos de algún bicho al que no sabemos citar en extranjero. Pero para quien no lo supiera, malas noticias, eso no es un truco seguro. Las manifestaciones que hacen los animales se onomatopeyizan de manera distinta en cada lengua.

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De ese guirigay de ecos el autor inglés James Chapman, quien se presenta diciendo que “hace dibujos, videos de Youtube y a veces su trabajo, que es ser físico”, ha creado una colección de ilustraciones que clarifican cuál es el sonido de las bestias cuando no pastan en nuestros países de origen. Así pues, un gallo inglés, en vez de kikiriki como han hecho los gallos de nuestros corrales hispanos de toda la vida, despierta las mañanas al sonido de cock-a Doodle-do. Las abejas coreanas suenan boong, los ratones húngaros cin, las vacas holandesas boe y jamás oyeron decir oink a un cerdo nipón, que se revuelca en el lodo de su isla al compás de boo.

En conclusión, que menos mal que Chapman ha creado un diccionario de fauna en onomatopeyas, al menos por eso de evitar que al pedir que nos pinchen un rap en un bar de Dinamarca nos acaben sirviendo un pato a la naranja.

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