10 agosto, 2012
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Las mujeres de treinta y tantos, y más, no son como las de antes

Por Javier Meléndez Martín ( @_jmelendez_ )

Recuerdo cuando era niño, a principios de los 80, que las mujeres de treinta y tantos que se casaban se ponían el uniforme de esposa al poco tiempo; a saber: falda por debajo de las rodillas, blusa abotonada hasta arriba o camiseta con cuello discreto. Estas esposas tenían como costumbres el café a las seis con las amigas para estar a las ocho en casa, y charletear con las vecinas en la esquina de la tienda de comestibles.

Conversaciones sobre calzoncillos sucios, camisas planchadas y heroínas de telenovelas. Estas mujeres parecían contentas por haberse librado de las críticas (“se te va a pasar el arroz”) y las habladurías (“van a pensar que eres bollera”), entonces, muy dolorosas.

Los 80 fueron extraños… Estaba mal visto que las mujeres fueran solas a ciertos sitios —no recuerdo a cuáles— aunque la adolescente Constitución Española permitía la libertad de movimiento.

—¿Me vendes una caja de leche por la ventana? El bar está lleno de hombres —una mujer a mi madre.

—No te van a comer —mi madre mientras cortaba filetes de pollo para los clientes.

En aquellos años, TVE 2 emitía programas como La edad dorada: tabaco de liar, alcohol, canciones transgresoras y referencias a la movida madrileña, que imaginaba cómo una orgía perpetua, aunque desconocía por entonces esta palabra. Políticamente correcto era un concepto por inventar.

Pero la tele era una cosa y el mundo real, otra muy distinta. En el mundo real, una mujer que hubiera tenido tres relaciones estaba mal vista; ser madre soltera, una vergüenza; y mostrar las tiras del sujetador, una falta de decoro.

La ficción televisiva que llegaba de Los Estados Unidos, la que veíamos, tenía argumentos más o menos “atrevidos” (aunque a menudo acababan con un toque de moralina).

Recuerdo dos momentos de la serie Hotel (por entonces estudiaba 6º de EGB). Uno de esos momentos, no viene al caso. El otro momento, tiene que ver con un estudiante y una señora con un abrigo de pieles. El  joven alquila una habitación en el St. Gregory Hotel para preparar los exámenes finales de la carrera. Al menos, es lo que dice a un compañero de estudios. Más adelante, el joven recibe en su habitación a una atractiva rubia de cuarenta y tantos con pieles. La rubia es la madre del compañero de estudios. Ella deja caer el abrigo y se queda desnuda; lo sabemos aunque la cámara no haga un recorrido de abajo arriba. Los niños comentamos aquella escena en el patio del colegio:

—¿Visteis ayer Hotel?

—¡El tío con la madre del amigo!

—¡Sí, con la madre del amigo!

Las madres de los amigos no eran como la rubia de Hotel. Las madres de verdad te invitaban a merendar pan con foigrás y Cola-Cao con sus hijos; gritaban por la calle cosas como “no corras, que será peor” aunque no tenían piernas (ni pechos). Eran mamás pudorosas. ¡No se comportaban como las mamás de Hotel!

Lo curioso es que nos escandalizaba que el joven tuviera una relación con la madre del amigo, más que la diferencia de edad.

Otras series estadounidenses y españolas mostraban una ligera crítica social, pero lo cierto es que las mujeres de treinta y tantos y más representaban estereotipos: la mamá sufridora, la empleada de baja cualificación profesional respondona y la femme fatale madura. Los personajes femeninos protagonistas eran la pareja de un detective o la mala malísima (Diana de la serie V, mito erótico de 1983), mujeres que no representaban a ningún colectivo.

Tendrán que llegar Las chicas de oro para demostrar que las mujeres “normales” pueden ser protagonistas y los hombres, secundarios. Estas abuelas hablan de achaques, de hombres y de sexo (por extraño que parezca, una de las series más atrevidas del momento).

Poco después, a final de los 80, la olvidada Treinta y tantos pretende un acercamiento realista a los hombres y las mujeres, a través de la emergente figura del ‘yuppie’, lo que resta credibilidad a la propuesta.

En la televisión de los 90 no mejoró la imagen de la mujer de treinta y tantos y más. Seguían siendo las secundonas, los objetos y los estereotipos. Las más jóvenes tenían como referente Sensación de vivir, que mostraba adolescentes inconsciente e inconstantes con sus relaciones (interpretados por actores con patas de gallo en los ojos). Las madres estaban para arreglar los problemas, no podían tenerlos.

—Tu padre y yo vamos a divorciarnos —una mamá sintiéndose culpable y avergonzada.

—¡No es justo! —la hija díscola.

¿Y cómo eran las mujeres reales de los 90? Recuerdo a las jóvenes con las camisetas de fútbol americano y los pantalones de ciclista. Las mujeres de treinta y tantos y más, se atrevían a mostrar las piernas. También recuerdo una conversación en la esquina de la tienda de comestibles: algunas vecinas escucharon a una sexóloga en la asociación de vecinos. (Las palabras llegaban hasta mi ventana). Por entonces, los maridos compraban preservativos en los bares, los talleres de motos y los ultramarinos; las mujeres tenían reparo en comprarlos en la farmacia y que las vecinas supieran que tenían vida sexual.

Tuvo que llegar Sex and City a finales de los 90 para remover los cimientos de la televisión: mujeres de treinta y tantos que no eran mamás, ni detectives ni objetos decorativos; eran mujeres normales —al menos, en Manhattan— que hablaban de sexo sin metáforas, como nunca se había hablado en una serie.

(Sentía que me había colado en el baño de mujeres por segunda vez. Lo de colarme ocurrió en el 91, entonces tenía veintiun años. Entré en el baño de mujeres de la Facultad de Derecho de Sevilla. En mi defensa diré que era las 8 de la mañana, que sólo estábamos yo y los conserjes, y que trataba de documentarme para un relato… Quería comprobar si las mujeres escribían en las puertas. Y descubrí obscenidades entre corazones y poemas; frases que podrían haber sonrojado a Bukowski).

En las promos de Canal + la explosiva Samantha se queja del tamaño del pene de su última pareja mientras come un perrito caliente en un estadio.

—No la puede tener tan pequeña —dice ¿Carrie?

—¿Que no? —dice Samantha. A continuación arranca un trocito de salchicha y la muestra para aclarar las dudas.

Una escena que atrapa la atención de cualquier espectador. Uno de los logros de esta serie fue desterrar el mito de la solterona: se podía tener treinta y tantos, y seguir estando deseable para los hombres.

En cierto modo, Sex and City retoma el camino abierto por Las chicas de oro una década atrás. Sin embargo, entre las treintañeras sofisticadas de Manhattan y las abuelas de Miami, había millones de mujeres que no se sentían representadas por estas ficciones.

De alguna forma, Mujeres desesperadas llega para atrapar el target de las mamás de Los Estados Unidos. Mamás que cultivaban rosas, hablaban de sexo, y de hombres en el aparentemente idílico entorno de Wisteria Lane. (Tardé en descubrir que wisteria era el nombre de una planta —común en los jardines de la ficción—, y no un acrónimo de women e hysteria).

Las abuelas, las treintañeras solteras y las mamás de las urbanizaciones americanas tenían sus series. Agotados los temas para estas franjas de edad, con la segunda década del siglo XXI llegan las series de mujeres de cuarenta y tantos, atractivas, que departen con sus amigas copa de vino tinto en la mano.

Series como Cougar Town, comedia sin pretensiones con una Courteney Cox de curvas desconocidas.

Otra serie con actrices de cuarenta y tantos, es Hot in Cleveland. Parte de una premisa sencilla: tres amigas de Los Ángeles toman un vuelo a Paris, pero aterrizan en Cleveland por un fallo técnico. En un paseo por la ciudad descubren que no son invisibles para los hombres, ¡son atractivas!

Sin embargo, Hot in Cleveland tiene cierto aire anacrónico: las risas huelen a lata (aunque una locución asegura que son reales); ellas se cuestionan si pueden tener parejas más jóvenes, y no se plantean la vida sin los hombres. A pesar de ello, es refrescante escuchar chistes sobre las dietas, los pechos caídos, las caderas desubicadas tras el sexo y las resacas de tres días. (Todo esto es maravilloso, realmente).

¿Y las mujeres reales de treinta y tantos, y más de nuestro siglo? Me asomo a la calle y veo que llevan las tiras del sujetador a la vista (desafiando a las revistas de estilo); enseñan las piernas; regresan a casa de madrugada tras una despedida de soltera; se casan a cualquier edad o deciden no hacerlo; emprenden negocios; son madres solteras sin temor a la marginación; hablan de sexo con naturalidad; y son hermosas en cada una de las etapas de su vida, aquí y en Cleveland.