10 enero, 2013
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Quince maneras de engañarte

Por Borja Ventura ( @borjaventura )

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Los medios de comunicación son como los gatos. Hacen compañía en el sillón, se encargan ellos solitos de sus cosas y hasta queda bien tenerlos. Pero los gatos a veces arañan y los medios de comunicación a veces engañan. Por eso, y por otras cosas, ya no son imprescindibles. También nos engañan las redes sociales, aparentemente gratis y con un precio altísimo a nuestra costa. Pero a los medios, como a los gatos, hay que entenderlos. La mejor forma de evitar arañazos es saber qué es susceptible de provocarlos.

El contenido de este artículo tiene un origen: una clase de Periodismo en la Universidad Carlos III, en la que soy profesor. La asignatura en cuestión, de la que algunos alumnos se examinan en unos días (hola alumno y de nada por facilitarte los apuntes de este tema) trataba la interpretación periodística, es decir, la forma en la que los medios de comunicación explican la realidad. ‘Realidad’, mejor dicho, así entre comillas.


No entraré en el detalle de esas comillas porque un señor llamado Paul Watzlawick lo explicó antes y mejor que yo en su libro ‘How real is real?‘ (traducido en España como ‘¿Es real la realidad?’). Venía a decir, a grandes rasgos, que la realidad que percibimos no es una realidad completa sino una realidad mediada, la interpretación de una realidad a través de la ideología, los intereses económicos y otros condicionantes que tienen los medios de comunicación, como su influencia en el lector.


Hay grandes formas de hacer lo contrario que se supone que tenemos que hacer los periodistas: mentir, manipular datos, olvidar la presunción de inocencia al señalar culpables o usar la demagogia como reclamo para conseguir titulares llamativos. Esos son los clásicos, y algunos los tenemos a diario en nuestras televisiones, radios y periódicos. Pero… ¿y las sutilezas?

Volviendo al símil del gato, y resumiendo el contenido de la clase que da origen a este texto, podríamos decir que hay al menos quince elementos que hacen que el gato nos arañe. Es decir, quince formas más o menos sutiles con las que los medios nos toman el pelo… y lo consiguen.

Usando las palabras

Las palabras importan, y mucho. Son los ladrillos con los que se construye la pared del discurso. Y no da lo mismo usar unos materiales que otros. Por ejemplo, añadiendo adjetivos. En ese caso, adjetivos de casi cualquier tipo. Uno de mis ejemplos favoritos es el del “sanguinario De Juana”. Era la coletilla que la prensa conservadora usaba junto al nombre del terrorista, como para indicar que era más malo de lo normal. O “ilegal” Batasuna, como si en diez años de Ley de Partidos hubiera un sólo español que no supiera que la formación estaba ilegalizada.

Los adjetivos son el ejemplo más evidente, pero hay más. Los adverbios, por ejemplo. “El Gobierno reconoce ahora que sube el paro” implica cierto ensañamiento en el reconocimiento. Estaba equivocado y rectifica, y es tarde. O nombres, en general.

Volviendo al mundo abertzale, llama la atención las palabras que algunos medios usan para hablar de Bildu o Amaiur. “Batasuna”, les llaman. Y no, no es lo mismo. Perdonarán el paralelismo, pero llamar Batasuna a Amaiur es como llamar Alianza Popular al PP, más o menos. Y el uso de ese nombre no es casual: es una forma de decir que siguen siendo los mismos, antes o después de que ETA matara, y que da igual que en la coalición abertzale haya grupos políticos que hayan rechazado siempre la violencia (como Alternatiba, Eusko Alkartasuna o Aralar).

Uno de los ejemplos más llamativos de los últimos meses fue la portada de La Razón de “golpe a la democracia” para referirse a las manifestaciones en el entorno del Congreso. La elección de las palabras palabras, la carga de la imagen y la calle donde se producían los hechos retrotraen a otras épocas y otros métodos de protesta más propios de los militares de entonces. Es una evocación como la que provoca usar expresiones con significado compartido en un imaginario colectivo. Por ejemplo un titular del estilo “El bueno, el feo y Mourinho” (este titular me lo invento). El que sí era real era uno reciente de que Venezuela elegía “entre un viejo conocido y un nuevo por conocer”. Sobra explicación.

Usando las ideas

Las palabras a veces son engañosas, porque lo que parecen sinónimos en realidad no lo son. El uso de una palabra u otra denotará la fuerza con la que el medio en cuestión apoya o no una postura. Hagamos la prueba: “El Gobierno pide” indica una situación de inferioridad. “El Gobierno solicita” es algo más igualitaria, pero todavía denota una postura desfavorable. “El Gobierno plantea” ya introduce la imagen de debate de igual a igual. “El Gobierno reclama” implica un choque, una reclamación sobre algo que considera justo. “El Gobierno exhorta” indica fortaleza en la posición. “El Gobierno exige” tiene una carga de confrontación absoluta. Cambia bastante el la forma de titular, ¿verdad?

Una técnica muy común en confidenciales de internet es la de no distinguir visualmente lo que es opinión e información. De hecho, en muchos de ellos todo es opinión, pero aunque no lo fuera la información se contamina de la opinión y el lector acaba por no saber qué es qué. Otra técnica, también muy común en muchos informativos televisivos, es optar por el uso del sensacionalismo para retorcer titulares y argumentos hasta el extremo. En la portada de la izquierda, por ejemplo, hablaban del objeto de la imagen como de un hacha con la que se habían agredido en el Metro… cuando es un laringoscopio.

Pero la reina absoluta es la técnica de cambiar la historia, bastante típica por cierto en los teletipos de un tiempo a esta parte. Por ejemplo, titular con que Telemadrid anoche aprobó reducir el presupuesto un 34%. Cualquiera con sentido común sabrá que lo más importante de la noticia no es eso, que está muy bien, sino el hecho de que se aprobaba despedir a 860 personas, nada menos que el 75% de la plantilla. A saber qué intereses tendrá la agencia de información pública para titular así.

Lo mismo sucedía, por ejemplo, con la forma en la que un diario contaba la historia del sueldo de María Dolores de Cospedal. Hubo quien dio la cifra total, quien calculó el neto, quien se centró en que cobró por tres sueldos supuestamente de dedicación exclusiva… Opciones había casi tantas como ceros en la cantidad en cuestión. Pero hubo un diario que tituló que la secretaria general del PP había cobrado un tanto por ciento menos que el año anterior ¿Falso? No, es verdad. Pero ¿de verdad es esa la noticia?

Construcción de la realidad

La noticia no es, la noticia se construye, diría Watzlawick. Y eso es lo que hizo un semanario político de gente muy sesuda en EEUU en uno de los primeros sondeos electorales que se recuerdan: preguntó a sus lectores quién ganaría las elecciones y por abrumadora mayoría salió el candidato… que acabó perdiendo. Disculpad que no dé nombres, pero no los recuerdo. La historia, no obstante, se repite a diario: “El nosecuantos por ciento de nuestros lectores cree que el Madrid…” Claro, el resultado cambiará si la encuesta es en As o en El Mundo Deportivo. Pero no, una encuesta a tus lectores no es representativa porque tus lectores, por norma general, piensan como tú.

Esa misma generalización se da no sólo con las opiniones, sino también con las corrientes ideológicas. “La calle pide”. “Los españoles creen”. No, ni ‘la calle’ pide ni ‘los españoles creen’. Un determinado porcentaje sacado de una muestra -cabe esperar que- representativa de lo que se supone que es la sociedad ha dicho algo. Y a saber cómo era la pregunta y si todos han respondido exactamente lo mismo. Por lo general generalizar es engañoso.

Más engañoso es, sin embargo, mostrar reacciones abiertamente diferentes ante un mismo hecho. Como los españoles somos gente olvidadiza por lo general, un ejemplo recurrente es el del terrorismo. El Mundo, diario que en sus principios fundacionales incluye respetar el derecho de autodeterminación, hablaba hace unos años de un “valiente paso de Aznar hacia la paz” cuando anunció conversaciones con ETA. Ni que decir tiene que su reacción cuando lo hizo Zapatero fue bien distinta.

Pero por si ese ejemplo os queda lejos, nada mejor que comparar la reacción de ABC cuando la prima de riesgo subía con Zapatero o cuando bajaba desde una cota mucho mayor con Rajoy. O la reacción de elmundo.es con las muertes de Carrillo y Fraga. Ejemplos hay a millones.

En esa misma línea también está la sobrerrepresentación de realidades y la infrarrepresentación de las mismas. Por ejemplo, cuando un periódico abre todos los días durante muchísimo tiempo con una misma historia aunque nadie más le dé importancia. Por no insistir con El Mundo y lo que hizo durante años con el 11M, también estuvo El País con el caso de los espías del PP en Madrid. Pero hay que reconocer que en ese sentido los compañeros de El Mundo son más perros de presa, que cogen una historia y no la sueltan: que se lo digan a Blanco y la operación Campeón, o al supuesto chivatazo del bar Faisán.

Más grave es, directamente, crear o ignorar realidades. Hay medios que nunca informarán de nada sobre homosexuales, o sobre ningún tipo de noticia negativa sobre determinadas personas que invierten en la empresa. O nunca hablarán bien de libros que no pertenezcan a un sello editorial del grupo mediático.

La importancia del contexto

Lo que hace que algo sea noticia o no es lo que periodísticamente -al menos en mi época de estudiante- se conocía como ‘valores noticia’. Si quieres parecer más académico puedes decir ‘criterios de noticiabilidad’. Es decir, una especie de cuestionario que se aplica a una historia para saber si interesa o no.

Influyen muchas cosas, desde dónde sucede hasta a cuánta gente afecta, pasando por si hay alguien conocido implicado. Pero un criterio de noticiabilidad clásico del periodismo es ese que viene a decir que el hecho de que un perro muerda a un hombre no es noticia, pero que un hombre muerda a un perro sí lo es. Es decir, primar lo espectacular y novedoso a lo cotidiano.

Sólo en un contexto así cabe una fotogalería como la que recientemente publicó The New York Times sobre España. Las fotos son preciosas, dramáticas (gracias sobre todo al nivel de definición en blanco y negro). Pero.. ¿son representativas? ¿Es toda España gente que busca comida en los contenedores o que sale a la calle a protestar en camiseta imperio? Obviamente, no. No hace falta ir tan lejos para encontrar ejemplos: qué barato y entretenido resulta llenar los informativos televisivos de vídeos de YouTube. También los portales online, claro, porque algunos dirigentes suelen pensar que si hay un millón de personas que han visto ese vídeo en YouTube igual queda algún lector que aún no lo ha visto y curiosamente va a tu página a verlo.

Como siempre, el contexto lo es todo. Recuerdo una campaña de Marca de hace muchos años en la que la cámara hacía un plano cerrado sobre la portada, en la que se leía “Butragueño al Barça”. La cámara se iba alejando hasta que al final se veía la frase entera “Butragueño: Nunca iré al Barça”. Algo similar pasa cuando cortas una frase en una entrevista. Cuando sacas una idea de contexto y la llevas al titular. O, peor, cuando usas una frase dicha en la última respuesta, casi de refilón y sin relación alguna con el resto del cuestionario, para titular.

Pero el mayor poder de descontextualización lo tienen, sin duda, las imágenes. Un solo segunda basta para captar una imagen que sea radicalmente diferente a la del segundo siguiente. Un mal gesto, un giro de cara, un pestañeo. O, directamente, una expresión determinada. Ejemplos, a patadas.

Mi favorita es esta última: la sutil diferencia de las fotos. En una portada Mas parece agachar la cabeza y estar por debajo, en la otra están al mismo nivel y mirándose. En una las palabras son “defender” y “pacto”, en la otra “cara a cara” y la idea de “Cataluña en España”. Un tema, dos realidades bien diferentes.

¿Aún te gustan los gatos? Una vez aprendes a conocerles tienen su encanto, no creas. Aunque a veces arañen.

Imagen: Escaping Criticism, 1874, by Pere Borrell del Caso (Fuente: Wikimedia)


             

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