30 diciembre, 2012
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Tiempo real

Por Borja Ventura ( @borjaventura )

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Somos el conejo blanco que dibujó Lewis Carroll en las aventuras de Alicia, eso que algunos ven como un cuento de niños y otros interpretan como un tratado de lógica matemática. Siempre llegamos tarde. La moneda de nuestros días es el tiempo, y la meta el control absoluto de lo que pasa al minuto. Y lo tenemos.

Si nuestra vida fuera como mandan los cánones sociales, pasaríamos ocho horas durmiendo, otras ocho trabajando y otras ocho haciendo todo lo demás. Pero la realidad es que, quien trabaja, suele dedicar más de ocho horas a su rutina laboral (aunque sea sumando los desplazamientos para ir y volver) y duerme menos de ocho horas. Lo que haga con las otro ocho restantes es, en realidad, lo que nos hace ser conejos blancos.

En el libro de Alicia el conejo blanco iba persiguiendo al tiempo. Siempre apresurado, mirando su reloj. Corriendo en busca de algo, llegando tarde para nunca ir a ningún sitio. Eso es el tiempo. Una medida, un espacio incluso. Algo que se detiene cuando nos dormimos, pero sigue. Algo tan relativo que hace que algunos segundos duren para siempre, como decía Benedetti, y décadas de vida se pasen en un suspiro.

Pero en esta sociedad moderna en la que vivimos el tiempo es, sobre todo, una obsesión y una meta. Llenamos de relojes nuestra vida. Alarmas, agendas, anotaciones, calendarios, post-its, citas, tareas pendientes, cronómetros. Las listas de reproducción de nuestra música, nuestras relaciones sexuales, nuestra vida en general es tiempo. Hasta las oportunidades se miden: estar ahí en el momento exacto es incluso la diferencia entre vivir y morir.

Por tener, el tiempo tiene hasta su vertiente social. La sociología del tiempo estudia exactamente qué uso social se le da al tiempo: qué hacemos con el tiempo, en respuesta a qué, qué importancia tiene lo que nos ocupa, cómo interactuamos. El día, el mes, la estación, el año, la vida. Todo es tiempo, un enorme reloj de arena en nuestra contra.

Conforme pasa, el tiempo se acelera. En una década hemos progresado tecnológicamente más que en siglos anteriores. Trenes más rápidos, coches más rápidos. Cruzamos el planeta en horas, mandamos satélites a Marte en meses. Y seguimos corriendo como conejos blancos.

Y al final creamos tiempos. En esta sociedad a contrarreloj ahora buscamos el tiempo real. Nada es válido si no nos da información tan actualizada que no sea “en tiempo real”. Como si hubiera un tiempo irreal. Queremos noticias de lo que pasa ya, porque lo de ayer es viejo. Y nuestros hogares son testigo de lo que hacemos con lo viejo, con nuestros ancestros, con nuestros recuerdos.

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Para nosotros es vital seguir el cielo en tiempo real. Ver cómo se mueven los fenómenos meteorológicos, estar al tanto de la previsión para la semana, si hará frío, cuándo lloverá o el momento y lugar exacto donde el huracán tocará tierra y en qué categoría. Hay organismos en EEUU que se dedican a seguir al momento el progreso de los ciclones, a predecir evoluciones y a decirnos dónde y con qué fuerza están.

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Sucede lo mismo con los temblores de tierra. Entre escáneres y satélites captamos cada pequeña vibración geológica en la superficie del planeta, la ubicamos, la numeramos, la identificamos y la medimos. Todo ya. Podemos ver cómo vibra el mundo bajo nuestros pies mientras corremos como conejos blancos en la dirección de la rotación terrestre, haciéndonos viejos a más velocidad.

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La obsesión por el control de la información útil en tiempo real también llega a nuestros caminos. Podemos saber qué carreteras sufren atascos o retenciones, cuáles están en obras o dónde las inclemencias meteorológicas pueden afectar nuestros planificados viajes. Tiempo, tiempo, tiempo.

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Sucede lo mismo con el tráfico aéreo. Si los aviones fueran sangre, sus rutas serían las venas de este mundo. Hay caminos seguidos, frecuentados hasta la saciedad. Y otros apenas surcados, vacíos, como ajenos a la carrera. Basta comparar la densidad aérea de Europa o EEUU con la de África. Otro lugar, otro tempo.

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Las otras rutas de transporte tampoco escapan al escrutinio en directo de nuestros ojos. Los trenes de larga, media y corta distancia son seguidos al minuto, registrados y marcados en el mapa cuyos caminos de hierro dividen el país.

Saber qué tren o qué avión está dónde y cuándo es posible. O saber dónde hay terremotos o huracanes. Y, como mirar el reloj para comprobar que estamos haciendo lo adecuado al momento, ese control nos hace sentir bien. Sabemos cuánta gente hay en este preciso instante al otro lado de nuestro programa de mensajería, o viendo nuestra web. Y eso nos gusta.

Puede, sin embargo, que la carrera sea inútil. A fin de cuentas no es el tiempo el que te hace viejo, sino la vida en sí y lo que pasa mientras. Pero tú, por si acaso, corre. No llegues tarde, conejo blanco.