02 octubre, 2012
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Y tú, ¿para qué tienes talento?

Por Angel Sanz

Daniel Coyle publicó en 2009 Las Claves del Talento (The Talent Code). Fue un ejercicio espectacular para poner en crisis uno de esos axiomas con los que muchos hemos tenido que vivir: con el talento se nace.

Para eso viajó a varios semilleros de talento, como una escuela de tenis en Spartak (Rusia) que en los últimos 25 años ha sacado más top 20 en tenis femenino que los EE.  UU.  en toda su historia. O un humilde campamento musical en Adirondacks donde se progresa en 7 semanas lo que se conseguiría en un año de escuela de música. También estuvo en una academia de técnicas vocales en Dallas, que ha sacado millones de dólares en estrellas del pop, o una escuela de esquí en Vermont que ha ‘producido’ 50 esquiadores olímpicos en los últimos 40 años.

El planteamiento que hace tiene dos vertientes: una física y otra práctica. La física se basa en el proceso neurológico que se da en nuestro cerebro mientras estamos aprendiendo. Para simplificarlo mucho, conseguimos la maestría en cualquier cosa cuando las conexiones neuronales que se tienen que producir en nuestro cerebro para ejecutar esa habilidad concreta están cubiertas por una gruesa capa de mielina, que hace que no haya ninguna interferencia en esas conexiones y el proceso se pueda ejecutar casi de manera automática.

Lo entendemos bien con el ejemplo de conducir. Al principio nos tensamos, pensamos en todo (dónde está el embrague, cómo se mete la primera marcha, cuándo mirar los espejos retrovisores, los intermitentes….) y, de repente, cuando ya hemos conducido muchas horas, nos sentimos cómodos y prácticamente no tenemos que pensar… simplemente conducimos. Pues eso es porque el circuito neurológico que se activa en la conducción lo tenemos cubierto de mielina y ahora, incluso, podemos pensar en otra cosa mientras conducimos. Lo mismo pasa con otras habilidades como esquiar, jugar al fútbol, hablar otro idioma, tocar un instrumento, pintar o jugar al ajedrez.

Además, tenemos la parte práctica. Entendemos la parte física pero… ¿cómo se hace eso? Pues también tiene una respuesta simple: es cuestión de identificar lo que nos apasiona (o apasiona a nuestros niños), que alguien nos ayude a mantener esa llama (ignición) y asegurar que lo practicamos de la manera adecuada (lo denomina ‘Entrenamiento Profundo’ o ‘Deep Practice’).

Muchos han ‘comprado’ esta teoría de Coyle. Se convirtió en Best Seller en 2009 y 2010 y está revolucionando las teorías del desarrollo del talento. Sin embargo, no era tan fácil aplicar en el día a día eso del ‘Entrenamiento Profundo’. Faltaba algo, faltaba la práctica.

Hace unos días que Coyle ha publicado El Pequeño Libro del Talento (The Little Book of Talent) con 52 consejos prácticos para identificar el talento y ponerse en marcha, mejorar las habilidades y mantener el progreso.

Algunos de esos consejos son tan directos y simples como: fíjate en lo que el niño se queda mirando sin pestañear, roba a los buenos, abraza la dificultad, échate una siesta, cómprate una libreta, utiliza la técnica del sandwich, busca la repetición, piensa en imágenes, entrena 5 horas por cada hora de competición o practica con los ojos cerrados.

Como decía Sir Ken Robinson, la pregunta no es si tienes talent,  sino ¿para qué tienes talento? Ahora tenemos una manera práctica de identificarlo y desarrollarlo. ¿Lo hacemos?


             

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