Hubo hip-hop, salsa y trap. También hubo coreografías, vídeos y discursos donde se hablaba de confianza, de dejarse guiar por «el pálpito». Pero, por encima de todo, lo que hubo en el concierto de Nathy Peluso fue cuerpo. La contundencia de la artista argentina no era un vehículo: era el espectáculo mismo. Cada gesto estaba milimetrado, cada cambio de vestuario parecía anunciar una mutación identitaria,