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30 de junio 2015    /   ENTRETENIMIENTO
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300 notarios gays

30 de junio 2015    /   ENTRETENIMIENTO     por          
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Divorcios, herencias, constitución de empresas, recalificaciones, compra-venta de acciones, transmisiones patrimoniales, bases del premio Planeta, hipotecas basura, decesos, votaciones de los premios Goya, concursos de la tele… Todo esto pasa por el notario. Y todo esto cuesta dinero. Pero ¿de verdad son necesarios los notarios? Y sobre todo, ¿por qué son… como son? Vamos por partes. (Opinión)
En EE UU los notarios son distintos
Por algo menos de cien dólares adquirí el impreso correspondiente en un Public Notary, que es algo así como un estanco (stationery) donde venden bolis y cuadernos, y una vez en las instalaciones municipales del imponente edificio del City Hall de Nueva York (el Ayuntamiento, vaya), yo mismo busqué en uno de los ordenadores libres, en la intranet de la administración, el nombre de la empresa que quería constituir. En mi caso se llamaba No More Atoms, Ltd. No más átomos. Pues sí, pero esa es otra historia. Entregué el impreso al funcionario y listo, ya estaba funcionando. El mismo proceso en España debe pasar por el registro mercantil y por la notaría, que cobrará un arancel sobre el capital social de la empresa, nos robará tiempo, vaciará nuestro bolsillo y nos pondrá de mal humor.
En EE UU tampoco existe el DNI. En su lugar, la gente tiene algún tipo de ID (Identification Document). El más frecuente es el permiso de conducir, pero también sirve una tarjeta de socio de la bolera, como puede comprobarse repasando El gran Lebowski (Joel Cohen, 1998).
Notarías ¿para qué? La sociedad civil americana dispone de ejércitos de abogados dispuestos a hincar el diente a cualquier asunto, en realidad a veces estos attorneys hacen las funciones de un notario español. ¿Acaso EE UU es un país en el que las cosas funcionen peor, donde hay un caos con la identificación de ciudadanos, hay más burocracia, no se ejecutan complicadas operaciones bursátiles, patrimoniales, etc.? No, en absoluto. El debate está servido en bitácoras como esta titulada Un país sin notarías.
Dando la nota en España
En España las notarías son espacios privilegiados donde nunca encontraremos muebles de IKEA, pero sí cuadros de Zóbel y parquet muy encerado de ese que cruje al caminar, sobre todo cuando camina el propio notario, por lo general ya entradito en carnes, como diría nuestra abuela. Casi todos están ubicados en barrios de clase alta y vinculados indefectiblemente a cierta región del espectro político, ¿me siguen? Si algún lector conoce a un notario republicano o que se haya fumado unos porros de joven, estaré encantado de recoger la anécdota para mi próximo libro, cuyo título rezará: «¿Notarías algo si no existieran las notarías?».
Ser notario es un chollo para señores conservadores. Prácticamente no hay mujeres notarias, son todo caballeros de cabello engominado, camisa rosa, gemelos y caracolillos y pulseritas.
¿Qué hace un notario? Poca cosa, del trabajo duro se encargan sus oficiales. Él solo toma nota, de ahí la palabra. Pero toma nota ¿de qué? Pues de que usted es quien dice ser. Para ello echa un vistazo somero al DNI y le pregunta con la voz atropellada. «¿Es usted, don Antonio Dyaz con y griega, bla bla bla residente en bla bla bla, etc.?».
En una ocasión, me vi obligado a entregar un DNI que no era mío con un nombre que no era mío y con una foto que ni de lejos pudiera ser relacionada con mis delicadas y aristocráticas facciones. Y el notario, envuelto en vapores etílicos, dijo: «Sí». Y cobró su minuta tras estampar su afiligranada firma en el documento en cuestión (por favor, fíjense bien en la firma del notario, creo que es una de las asignaturas que les hacen estudiar). Ya sé que la suplantación de identidad implica una pena de cárcel de seis meses a tres años, pero el delito ya ha prescrito y aquel notario en cuestión murió de cirrosis.
Con su siempre afilado ojo poético y crítico, explica Manuel Vicent que en las antesalas de las notarías se gestan esos grandes mordiscos silenciosos que los tiburones financieros imprimen a nuestro malogrado estado del bienestar. Y es verdad. Que se lo pregunten a cualquier concejal de urbanismo.
No compare precios, compare revistas
Todos los notarios le van a cobrar lo mismo. En unos, la sala de espera será más agradable que en otros, o la recepcionista más voluptuosa, o el hilo musical más o menos hortera, pero las tarifas son las mismas para todos y se publican en el Boletín Oficial del Estado.
Lo que sí varía es el repertorio del revistero para quienes aguardan a su Señoría. Desde sesudas revistas de economía o de caza y pesca (Jara y Sedal) hasta todo el espectro de la prensa del corazón, pasando, en el mejor de los casos por Muy Interesante o Quo. En ninguna notaría me he encontrado un ejemplar de Yorokobu, pero una vez me topé con Raquel Mosquera en pelotas en la portada del Interviú. Fue lo mejor que me sucedió ese día, créanme.
El alcohol en las notarías
Está escondido. Pero está. Normalmente en un armarito bajo o en una cajonera con llave en el despacho del propio notario, porque es notoria (y perdonen el fácil juego de palabras) la querencia por el whisky o el coñac caro de estos señores. ¿Por qué? Porque se aburren. Lo más excitante que han hecho en su vida fue estudiar y aprobar el examen para ser notario que, todo hay que decirlo, no es nada fácil ni barato. Elegir después el pisazo para poner la oficina en el barrio de Salamanca o en el Paseo de Gracia fue coser y cantar.
Acudir desnudo
Ir desnudo a la notaría es un golpe de efecto de extraordinario poder en casos de herencias en las que sospechamos que hemos sido discriminados o menoscabados. Presentarse como Dios nos trajo al mundo (o más bien nuestra madre, para ser justos), quizá cubriendo nuestras partes pudendas con un periódico conservador, por ejemplo La Razón, causa un vértigo en la recepcionista, en los procuradores, oficiales, mensajeros y resto de personal que automáticamente nos convierte en acreedores de todas las miradas y atenciones.
Pero aunque usted vaya desnudo a la notaría, por favor, no olvide el DNI. Quizá pueda alojarlo en el tracto rectal o en un sobaco. Pero sin DNI en una notaría no hay nada que hacer.
Los notarios no salen del armario
Aunque rime no es un refrán ni el título de una canción de Siniestro Total. Pero si nos atenemos a la estadística más o menos aceptada de que el 10% de la población es homosexual, y teniendo en cuenta que en España hay cerca de 3.000 notarios, las cifras son claras. Hay un montón de notarios gays (unos 300, como en la película homoerótica de Zack Snyder) y están absolutamente todos en el armario, probablemente en el mismo en el que guardan la botella de brandy. ¡Outing, ya!
Y ahora les dejo, tengo cita en la notaría. He preparado un documento con instrucciones para su publicación en el caso de que algo malo me sucediera tras la difusión del presente artículo.

Divorcios, herencias, constitución de empresas, recalificaciones, compra-venta de acciones, transmisiones patrimoniales, bases del premio Planeta, hipotecas basura, decesos, votaciones de los premios Goya, concursos de la tele… Todo esto pasa por el notario. Y todo esto cuesta dinero. Pero ¿de verdad son necesarios los notarios? Y sobre todo, ¿por qué son… como son? Vamos por partes. (Opinión)
En EE UU los notarios son distintos
Por algo menos de cien dólares adquirí el impreso correspondiente en un Public Notary, que es algo así como un estanco (stationery) donde venden bolis y cuadernos, y una vez en las instalaciones municipales del imponente edificio del City Hall de Nueva York (el Ayuntamiento, vaya), yo mismo busqué en uno de los ordenadores libres, en la intranet de la administración, el nombre de la empresa que quería constituir. En mi caso se llamaba No More Atoms, Ltd. No más átomos. Pues sí, pero esa es otra historia. Entregué el impreso al funcionario y listo, ya estaba funcionando. El mismo proceso en España debe pasar por el registro mercantil y por la notaría, que cobrará un arancel sobre el capital social de la empresa, nos robará tiempo, vaciará nuestro bolsillo y nos pondrá de mal humor.
En EE UU tampoco existe el DNI. En su lugar, la gente tiene algún tipo de ID (Identification Document). El más frecuente es el permiso de conducir, pero también sirve una tarjeta de socio de la bolera, como puede comprobarse repasando El gran Lebowski (Joel Cohen, 1998).
Notarías ¿para qué? La sociedad civil americana dispone de ejércitos de abogados dispuestos a hincar el diente a cualquier asunto, en realidad a veces estos attorneys hacen las funciones de un notario español. ¿Acaso EE UU es un país en el que las cosas funcionen peor, donde hay un caos con la identificación de ciudadanos, hay más burocracia, no se ejecutan complicadas operaciones bursátiles, patrimoniales, etc.? No, en absoluto. El debate está servido en bitácoras como esta titulada Un país sin notarías.
Dando la nota en España
En España las notarías son espacios privilegiados donde nunca encontraremos muebles de IKEA, pero sí cuadros de Zóbel y parquet muy encerado de ese que cruje al caminar, sobre todo cuando camina el propio notario, por lo general ya entradito en carnes, como diría nuestra abuela. Casi todos están ubicados en barrios de clase alta y vinculados indefectiblemente a cierta región del espectro político, ¿me siguen? Si algún lector conoce a un notario republicano o que se haya fumado unos porros de joven, estaré encantado de recoger la anécdota para mi próximo libro, cuyo título rezará: «¿Notarías algo si no existieran las notarías?».
Ser notario es un chollo para señores conservadores. Prácticamente no hay mujeres notarias, son todo caballeros de cabello engominado, camisa rosa, gemelos y caracolillos y pulseritas.
¿Qué hace un notario? Poca cosa, del trabajo duro se encargan sus oficiales. Él solo toma nota, de ahí la palabra. Pero toma nota ¿de qué? Pues de que usted es quien dice ser. Para ello echa un vistazo somero al DNI y le pregunta con la voz atropellada. «¿Es usted, don Antonio Dyaz con y griega, bla bla bla residente en bla bla bla, etc.?».
En una ocasión, me vi obligado a entregar un DNI que no era mío con un nombre que no era mío y con una foto que ni de lejos pudiera ser relacionada con mis delicadas y aristocráticas facciones. Y el notario, envuelto en vapores etílicos, dijo: «Sí». Y cobró su minuta tras estampar su afiligranada firma en el documento en cuestión (por favor, fíjense bien en la firma del notario, creo que es una de las asignaturas que les hacen estudiar). Ya sé que la suplantación de identidad implica una pena de cárcel de seis meses a tres años, pero el delito ya ha prescrito y aquel notario en cuestión murió de cirrosis.
Con su siempre afilado ojo poético y crítico, explica Manuel Vicent que en las antesalas de las notarías se gestan esos grandes mordiscos silenciosos que los tiburones financieros imprimen a nuestro malogrado estado del bienestar. Y es verdad. Que se lo pregunten a cualquier concejal de urbanismo.
No compare precios, compare revistas
Todos los notarios le van a cobrar lo mismo. En unos, la sala de espera será más agradable que en otros, o la recepcionista más voluptuosa, o el hilo musical más o menos hortera, pero las tarifas son las mismas para todos y se publican en el Boletín Oficial del Estado.
Lo que sí varía es el repertorio del revistero para quienes aguardan a su Señoría. Desde sesudas revistas de economía o de caza y pesca (Jara y Sedal) hasta todo el espectro de la prensa del corazón, pasando, en el mejor de los casos por Muy Interesante o Quo. En ninguna notaría me he encontrado un ejemplar de Yorokobu, pero una vez me topé con Raquel Mosquera en pelotas en la portada del Interviú. Fue lo mejor que me sucedió ese día, créanme.
El alcohol en las notarías
Está escondido. Pero está. Normalmente en un armarito bajo o en una cajonera con llave en el despacho del propio notario, porque es notoria (y perdonen el fácil juego de palabras) la querencia por el whisky o el coñac caro de estos señores. ¿Por qué? Porque se aburren. Lo más excitante que han hecho en su vida fue estudiar y aprobar el examen para ser notario que, todo hay que decirlo, no es nada fácil ni barato. Elegir después el pisazo para poner la oficina en el barrio de Salamanca o en el Paseo de Gracia fue coser y cantar.
Acudir desnudo
Ir desnudo a la notaría es un golpe de efecto de extraordinario poder en casos de herencias en las que sospechamos que hemos sido discriminados o menoscabados. Presentarse como Dios nos trajo al mundo (o más bien nuestra madre, para ser justos), quizá cubriendo nuestras partes pudendas con un periódico conservador, por ejemplo La Razón, causa un vértigo en la recepcionista, en los procuradores, oficiales, mensajeros y resto de personal que automáticamente nos convierte en acreedores de todas las miradas y atenciones.
Pero aunque usted vaya desnudo a la notaría, por favor, no olvide el DNI. Quizá pueda alojarlo en el tracto rectal o en un sobaco. Pero sin DNI en una notaría no hay nada que hacer.
Los notarios no salen del armario
Aunque rime no es un refrán ni el título de una canción de Siniestro Total. Pero si nos atenemos a la estadística más o menos aceptada de que el 10% de la población es homosexual, y teniendo en cuenta que en España hay cerca de 3.000 notarios, las cifras son claras. Hay un montón de notarios gays (unos 300, como en la película homoerótica de Zack Snyder) y están absolutamente todos en el armario, probablemente en el mismo en el que guardan la botella de brandy. ¡Outing, ya!
Y ahora les dejo, tengo cita en la notaría. He preparado un documento con instrucciones para su publicación en el caso de que algo malo me sucediera tras la difusión del presente artículo.

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