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29 de enero 2018    /   ENTRETENIMIENTO
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Ángeles, la abuela rockera que presentaba a los ‘Isidisi’

29 de enero 2018    /   ENTRETENIMIENTO     por          
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«Tengo 83 años, me gusta el heavy, el y las sevillanas. Y Miguel Ríos y Ramoncín y Obú y los Leño. Todos, todos pa mí». El foco de luz ilumina a la abuela Ángeles mientras se dirige a la cámara que la graba en la entrada de la sala Canciller. En su voz aguda se mezcla el acento sevillano con los sonidos flojos de una boca en demolición. Al fondo se escucha el murmullo de un concierto. Su peinado de domingo y los pendientes largos color cobre hacen un extraño contraste con la camiseta amarillo pollito que lleva puesta, donde luce el logo del programa radiofónico de música heavy Discocross. Detrás de ella, varios jóvenes con chupas de cuero la miran sin poder ocultar una sonrisa.

Ángeles Rodríguez Hidalgo quiso echarle una carrera al siglo XX. Nacida en Argentina en enero de 1900 y criada en Sevilla, se casó en la capital hispalense a los 23 años. Con 41 y madre de cinco hijos, la tuberculosis la dejó viuda en mitad de un Madrid que se caía a pedazos. Allí sobrevivió trabajando, primero como asistenta y después en la Caja Postal. A comienzos de los años 70, convertida ya en abuela, todo parecía indicar que su vejez transcurriría al ritmo pausado de las agujas de ganchillo y los paseos dominicales bajo el sol. Pero todo cambió cuando uno de sus nietos la llevó a un concierto de heavy metal.

El búho musical y la abuela Ángeles

Durante los años 80, las veladas radiofónicas tuvieron dos grandes protagonistas: uno era el programa deportivo Supergarcía, de Jose María García. El otro, el Búho musical, de Paco Pérez Bryan.

«El Búho alcanzó tanto éxito porque hacíamos lo que nos daba la gana; no había nada parecido en aquel momento», dice Pérez Bryan a Yorokobu. «Traíamos a todos los grupos que triunfaban: Triana, Tequila, The Jam, The Police… La puerta del estudio estaba abierta a todo el que quisiera entrar; nunca sabíamos lo que iba a ocurrir y eso a las bandas les encantaba, se lo pasaban de muerte».

El Búho musical nació en 1978, en la emisora Radio Juventud de Madrid, y se convirtió casi de inmediato en uno de los principales referentes de la Movida. El estudio de El Búho fue el lugar de peregrinación para toda clase de seres noctámbulos que buscaban su dosis de diversión. «Estábamos en mitad de uno de los programas», continúa Pérez Bryan.

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«Entonces el técnico de sonido me hizo un gesto para que saliese, diciéndome por el micro “Paco, tienes que ver esto”. Al salir de la cabina me encontré con una señora de 80 años acompañada por su nieto. “Hola Paquito”, me dijo, “te escucho todas las noches por culpa de mi nieto. A ver si me sacas un día”. Así fue como conocí a Ángeles».

Desde aquella noche, Ángeles Rodríguez Hidalgo se convirtió en la abuela Ángeles, un personaje más de El Búho. Como el Benjamin Button de Scott Fitzgerald, Ángeles parecía rejuvenecer conforme pasaban los años. Pérez Bryan y su equipo la llevaban a los conciertos de Leño, Tequila e incluso de ACDC en el Palacio de los Deportes. Otras veces, al terminar el programa, a las 2.00 de la madrugada, la abuela se iba con ellos de fiesta: todo el mundo la conocía como la «Abuela del Búho», la que presentaba a los Isidisi.

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«Ángeles era incombustible», prosigue Pérez Bryan. «Hubo momentos para enmarcar, como aquella noche en el parque de Berlín. Eran las 6.00 de la mañana. La noche había sido cojonuda, después de un programa cojonudo» –Bryan hace una pausa, se recoloca en su asiento y se inclina hacia delante con una mueca divertida–. «Ya no nos quedaba ningún porro y pregunté en alto si alguien tenía o si nos íbamos ya a dormir. Entonces Ángeles dijo: “no, Paquito, yo tengo”. Y, abriendo el bolso, sacó una china enorme. Nunca supe dónde la había conseguido, porque ella no fumaba».

Para el antiguo presentador de El Búho y exdirector de Radio 3, lo que movía a Ángeles no era el amor por la música o un tardío brote de rebeldía: «Ella quería divertirse y el Búho le daba lo que necesitaba. No dejaba de ser una señora de 80 años a la que le gustaba Marifé de Triana y la Niña de los Peines. Lo que pasaba es que quería vivir a tope la última parte de su vida y escuchar música rock era su pasaporte al cachondeo».

La abuela rockera

El estudio fotográfico de Julio Moya se encuentra en el barrio de Salamanca de Madrid, cerca de la parada de metro de Arturo Soria. De sus flashes han salido instantáneas para Telva, Vogue, El País y numerosas portadas de la industria discográfica. En 1985 realizó una de sus fotos más conocidas, la que ocupó la portada de Toca madera, el tercer disco de estudio de la banda española de heavy metal Panzer.

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«Llevábamos ya unas cuantas tomas cuando entraron Mariano García, el locutor de Discocross, y la abuela», explica Carlos Pina, cantante de Panzer. «La idea era que Ángeles saliese en la portada del disco. Le pusimos mi chupa y mi gorra y fue entonces cuando levantó la mano con el signo de los cuernos. Ahí teníamos la portada».

Ángeles pasó de ser la «Abuela del Búho» a ser la «Abuela rockera». Pasados cinco años desde su aparición en el programa, Ángeles seguía apuntándose a todas las fiestas y Pérez Bryan y el resto del equipo no podían estar con ella todo el tiempo. Pérez Bryan recuerda con una sonrisa cómo se indignó Ángeles cuando no la llevó a ver a los Rolling Stones: «Me lo recordaba cada vez que me veía, incluso cuando fui a verla al hospital días antes de que falleciese».

Ángeles comenzó a acercarse a los ambientes más heavies de la capital gracias a Mariano García y al fotógrafo Mario Scasso, que se convertiría en uno de sus grandes amigos. «Ella aparecía en el camerino mientras nos cambiábamos», explica Carlos Pina. «Era como una especie de madrina, dándonos ánimos. Después del concierto volvía y nos decía si había sonado bien o mal. Eso nos hacía bastante gracia porque la mujer ya andaba un poco sorda en aquellos momentos».

Fue, precisamente, un problema en uno de sus oídos lo que la apartó de los locales de concierto a finales de los 80. Aun así, la abuela Ángeles no perdió su energía. «Íbamos alguna vez a su casa, que estaba llena de fotos y afiches», continúa Pina. «La gente del grupo Sobredosis y, sobre todo Azucena, la cantante de Santa, eran los que más estaban con ella. Creaba todo un entorno mediático a su alrededor, algo que a nosotros, indirectamente, nos beneficiaba. Ella se dejaba querer: era la abuela de todos, de los músicos y de los fans».

Una abuela para la posteridad

En la calle de Peña Gorbea, en pleno barrio de Vallecas de Madrid, la estatua de la abuela Ángeles se yergue, no sin cierta ironía, justo delante del centro de Tercera Edad Casa del Bulevar. Situada allí en 1994, un año después de su muerte, la recaudación del dinero necesario para su creación se logró gracias al concierto benéfico que organizó Mario Scasso en la sala Canciller y que reunió a grupos como Ñu, Asfalto, Saratoga o Sobredosis.

Pero lo más complicado no fue reunir el dinero, sino «conseguir que la Junta Municipal aceptara colocar esa estatua. Este tipo de conmemoraciones se hacían para gente famosa, nunca para personajes populares. Cuando se consiguió, no me lo podía creer», explica Juan José García, actual asesor del concejal del distrito de Vallecas y antiguo propietario de la sala Hebe, uno de los locales rockeros más famosos del barrio.

Durante sus últimos años de vida, la abuela participó en varios medios: el programa de Radio 5 La radio de las sábanas blancas, de José Manuel Parada; en Televisión Española, en la serie Vivir cada día; o la cabecera de la sección La abuela consulta en la revista Heavy Rock. Vicente Mariskal Romero, creador de la revista y uno de los referentes del periodismo rockero de España, confiesa que la figura de la abuela es una anécdota algo incómoda.

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«Es un poco lamentable que, de aquel momento, en el que el rock era un movimiento cultural y social con su propia identidad, lo único que se veía en los medios era la figura de la abuela Ángeles y no la de los músicos, que eran los que realmente se lo estaban currando».

El corazón de Ángeles comenzó a descontar sus últimos latidos en invierno de 1993. Por su  habitación de hospital pasaron muchos de aquellos amigos con los que se había tomado unos zumos, como ella le llamaba a los güsiquis con Coca-Cola. Carlos Pina no se encontraba en España cuando sucedió.

«Todos sabíamos que era un desenlace anunciado. Aunque tenía una energía asombrosa, ya era muy mayor y aquello podría ocurrir en cualquier momento. Cuando me enteré de su muerte, la primera canción que me vino a la memoria fue Junto a ti, un tema de nuestro segundo disco que le gustaba mucho y que alguna vez tocamos con ella en el escenario. Esa fase final fue muy enriquecedora para Ángeles».

Con su camiseta amarilla de Discocross, la abuela habla excitada como una niña pequeña frente a la cámara de televisión en la sala Canciller: «Así tenían que ser todas las personas mayores», grita mientras agita el brazo como un director de orquesta. O un músico en mitad de un solo de batería. Agarrada del brazo del cantante Víctor Manuel y dirigiéndole una mirada de adolescente enamoradiza, la abuela aparece inmortalizada entre las imágenes de archivo del documental de 2002 el Rock de nuestra transición.

En su carrera con el siglo XX, Ángeles decidió pararse cuando solo quedaban 7 años para el cambio de siglo. Ya no era necesario seguir corriendo, ella era la vencedora. Sobre aquella cama de hospital, la que yacía era una mujer de veintitantos: Ángeles Rodríguez Hidalgo había vuelto a nacer en los 70, cuando fue a su primer concierto de heavy metal y aparecieron en su vida los rockeros.

«Tengo 83 años, me gusta el heavy, el y las sevillanas. Y Miguel Ríos y Ramoncín y Obú y los Leño. Todos, todos pa mí». El foco de luz ilumina a la abuela Ángeles mientras se dirige a la cámara que la graba en la entrada de la sala Canciller. En su voz aguda se mezcla el acento sevillano con los sonidos flojos de una boca en demolición. Al fondo se escucha el murmullo de un concierto. Su peinado de domingo y los pendientes largos color cobre hacen un extraño contraste con la camiseta amarillo pollito que lleva puesta, donde luce el logo del programa radiofónico de música heavy Discocross. Detrás de ella, varios jóvenes con chupas de cuero la miran sin poder ocultar una sonrisa.

Ángeles Rodríguez Hidalgo quiso echarle una carrera al siglo XX. Nacida en Argentina en enero de 1900 y criada en Sevilla, se casó en la capital hispalense a los 23 años. Con 41 y madre de cinco hijos, la tuberculosis la dejó viuda en mitad de un Madrid que se caía a pedazos. Allí sobrevivió trabajando, primero como asistenta y después en la Caja Postal. A comienzos de los años 70, convertida ya en abuela, todo parecía indicar que su vejez transcurriría al ritmo pausado de las agujas de ganchillo y los paseos dominicales bajo el sol. Pero todo cambió cuando uno de sus nietos la llevó a un concierto de heavy metal.

El búho musical y la abuela Ángeles

Durante los años 80, las veladas radiofónicas tuvieron dos grandes protagonistas: uno era el programa deportivo Supergarcía, de Jose María García. El otro, el Búho musical, de Paco Pérez Bryan.

«El Búho alcanzó tanto éxito porque hacíamos lo que nos daba la gana; no había nada parecido en aquel momento», dice Pérez Bryan a Yorokobu. «Traíamos a todos los grupos que triunfaban: Triana, Tequila, The Jam, The Police… La puerta del estudio estaba abierta a todo el que quisiera entrar; nunca sabíamos lo que iba a ocurrir y eso a las bandas les encantaba, se lo pasaban de muerte».

El Búho musical nació en 1978, en la emisora Radio Juventud de Madrid, y se convirtió casi de inmediato en uno de los principales referentes de la Movida. El estudio de El Búho fue el lugar de peregrinación para toda clase de seres noctámbulos que buscaban su dosis de diversión. «Estábamos en mitad de uno de los programas», continúa Pérez Bryan.

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«Entonces el técnico de sonido me hizo un gesto para que saliese, diciéndome por el micro “Paco, tienes que ver esto”. Al salir de la cabina me encontré con una señora de 80 años acompañada por su nieto. “Hola Paquito”, me dijo, “te escucho todas las noches por culpa de mi nieto. A ver si me sacas un día”. Así fue como conocí a Ángeles».

Desde aquella noche, Ángeles Rodríguez Hidalgo se convirtió en la abuela Ángeles, un personaje más de El Búho. Como el Benjamin Button de Scott Fitzgerald, Ángeles parecía rejuvenecer conforme pasaban los años. Pérez Bryan y su equipo la llevaban a los conciertos de Leño, Tequila e incluso de ACDC en el Palacio de los Deportes. Otras veces, al terminar el programa, a las 2.00 de la madrugada, la abuela se iba con ellos de fiesta: todo el mundo la conocía como la «Abuela del Búho», la que presentaba a los Isidisi.

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«Ángeles era incombustible», prosigue Pérez Bryan. «Hubo momentos para enmarcar, como aquella noche en el parque de Berlín. Eran las 6.00 de la mañana. La noche había sido cojonuda, después de un programa cojonudo» –Bryan hace una pausa, se recoloca en su asiento y se inclina hacia delante con una mueca divertida–. «Ya no nos quedaba ningún porro y pregunté en alto si alguien tenía o si nos íbamos ya a dormir. Entonces Ángeles dijo: “no, Paquito, yo tengo”. Y, abriendo el bolso, sacó una china enorme. Nunca supe dónde la había conseguido, porque ella no fumaba».

Para el antiguo presentador de El Búho y exdirector de Radio 3, lo que movía a Ángeles no era el amor por la música o un tardío brote de rebeldía: «Ella quería divertirse y el Búho le daba lo que necesitaba. No dejaba de ser una señora de 80 años a la que le gustaba Marifé de Triana y la Niña de los Peines. Lo que pasaba es que quería vivir a tope la última parte de su vida y escuchar música rock era su pasaporte al cachondeo».

La abuela rockera

El estudio fotográfico de Julio Moya se encuentra en el barrio de Salamanca de Madrid, cerca de la parada de metro de Arturo Soria. De sus flashes han salido instantáneas para Telva, Vogue, El País y numerosas portadas de la industria discográfica. En 1985 realizó una de sus fotos más conocidas, la que ocupó la portada de Toca madera, el tercer disco de estudio de la banda española de heavy metal Panzer.

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«Llevábamos ya unas cuantas tomas cuando entraron Mariano García, el locutor de Discocross, y la abuela», explica Carlos Pina, cantante de Panzer. «La idea era que Ángeles saliese en la portada del disco. Le pusimos mi chupa y mi gorra y fue entonces cuando levantó la mano con el signo de los cuernos. Ahí teníamos la portada».

Ángeles pasó de ser la «Abuela del Búho» a ser la «Abuela rockera». Pasados cinco años desde su aparición en el programa, Ángeles seguía apuntándose a todas las fiestas y Pérez Bryan y el resto del equipo no podían estar con ella todo el tiempo. Pérez Bryan recuerda con una sonrisa cómo se indignó Ángeles cuando no la llevó a ver a los Rolling Stones: «Me lo recordaba cada vez que me veía, incluso cuando fui a verla al hospital días antes de que falleciese».

Ángeles comenzó a acercarse a los ambientes más heavies de la capital gracias a Mariano García y al fotógrafo Mario Scasso, que se convertiría en uno de sus grandes amigos. «Ella aparecía en el camerino mientras nos cambiábamos», explica Carlos Pina. «Era como una especie de madrina, dándonos ánimos. Después del concierto volvía y nos decía si había sonado bien o mal. Eso nos hacía bastante gracia porque la mujer ya andaba un poco sorda en aquellos momentos».

Fue, precisamente, un problema en uno de sus oídos lo que la apartó de los locales de concierto a finales de los 80. Aun así, la abuela Ángeles no perdió su energía. «Íbamos alguna vez a su casa, que estaba llena de fotos y afiches», continúa Pina. «La gente del grupo Sobredosis y, sobre todo Azucena, la cantante de Santa, eran los que más estaban con ella. Creaba todo un entorno mediático a su alrededor, algo que a nosotros, indirectamente, nos beneficiaba. Ella se dejaba querer: era la abuela de todos, de los músicos y de los fans».

Una abuela para la posteridad

En la calle de Peña Gorbea, en pleno barrio de Vallecas de Madrid, la estatua de la abuela Ángeles se yergue, no sin cierta ironía, justo delante del centro de Tercera Edad Casa del Bulevar. Situada allí en 1994, un año después de su muerte, la recaudación del dinero necesario para su creación se logró gracias al concierto benéfico que organizó Mario Scasso en la sala Canciller y que reunió a grupos como Ñu, Asfalto, Saratoga o Sobredosis.

Pero lo más complicado no fue reunir el dinero, sino «conseguir que la Junta Municipal aceptara colocar esa estatua. Este tipo de conmemoraciones se hacían para gente famosa, nunca para personajes populares. Cuando se consiguió, no me lo podía creer», explica Juan José García, actual asesor del concejal del distrito de Vallecas y antiguo propietario de la sala Hebe, uno de los locales rockeros más famosos del barrio.

Durante sus últimos años de vida, la abuela participó en varios medios: el programa de Radio 5 La radio de las sábanas blancas, de José Manuel Parada; en Televisión Española, en la serie Vivir cada día; o la cabecera de la sección La abuela consulta en la revista Heavy Rock. Vicente Mariskal Romero, creador de la revista y uno de los referentes del periodismo rockero de España, confiesa que la figura de la abuela es una anécdota algo incómoda.

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«Es un poco lamentable que, de aquel momento, en el que el rock era un movimiento cultural y social con su propia identidad, lo único que se veía en los medios era la figura de la abuela Ángeles y no la de los músicos, que eran los que realmente se lo estaban currando».

El corazón de Ángeles comenzó a descontar sus últimos latidos en invierno de 1993. Por su  habitación de hospital pasaron muchos de aquellos amigos con los que se había tomado unos zumos, como ella le llamaba a los güsiquis con Coca-Cola. Carlos Pina no se encontraba en España cuando sucedió.

«Todos sabíamos que era un desenlace anunciado. Aunque tenía una energía asombrosa, ya era muy mayor y aquello podría ocurrir en cualquier momento. Cuando me enteré de su muerte, la primera canción que me vino a la memoria fue Junto a ti, un tema de nuestro segundo disco que le gustaba mucho y que alguna vez tocamos con ella en el escenario. Esa fase final fue muy enriquecedora para Ángeles».

Con su camiseta amarilla de Discocross, la abuela habla excitada como una niña pequeña frente a la cámara de televisión en la sala Canciller: «Así tenían que ser todas las personas mayores», grita mientras agita el brazo como un director de orquesta. O un músico en mitad de un solo de batería. Agarrada del brazo del cantante Víctor Manuel y dirigiéndole una mirada de adolescente enamoradiza, la abuela aparece inmortalizada entre las imágenes de archivo del documental de 2002 el Rock de nuestra transición.

En su carrera con el siglo XX, Ángeles decidió pararse cuando solo quedaban 7 años para el cambio de siglo. Ya no era necesario seguir corriendo, ella era la vencedora. Sobre aquella cama de hospital, la que yacía era una mujer de veintitantos: Ángeles Rodríguez Hidalgo había vuelto a nacer en los 70, cuando fue a su primer concierto de heavy metal y aparecieron en su vida los rockeros.

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