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13 de junio 2019    /   CIENCIA
por
 SANTARITA

«Estar en pareja es un factor negativo para tener relaciones sexuales»

Hablamos con las expertas Laura Beltrán y Ana Sierra para descubrir qué hay de verdad (y por qué) en los estudios que afirman que las parejas jóvenes pierden el interés por el sexo

13 de junio 2019    /   CIENCIA     por          SANTARITA
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Dos cuerpos jóvenes se tumban en la cama. Mañana no hay que madrugar. Han cenado juntos, han compartido, tal vez, una sesión de cine o de teatro; han hablado, bebido, reído juntos.

Un contacto físico, casual o no, despierta una sombra que pesa; una sombra como una medusa que aparece cada ciertas semanas. Los dos intentan esquivarla; los dos sufren en silencio los calambrazos de sus tentáculos.

La medusa, blanda y repulsiva, es la metáfora de un pensamiento: «Ya toca, deberíamos follar»… Alguno de ellos inicia una caricia, el otro la corresponde, pero las carantoñas nacen desinfladas, se estancan. Ninguno sabe cómo cebar el tacto ni cómo activar la cadena de reacciones que les lleve (como aquellos días del principio) a acabar uno sobre otro, incendiados, con los órganos y las pupilas dilatándose.

Unas veces, ninguno sabe ni quiere; otras, uno quiere y otro no, y se juntan sobre la sábana la culpa y la frustración.

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No es una situación particular, es la suma de muchas. Las parejas pronto acaban con el erotismo. Hace un año, La Vanguardia recogió un estudio estadounidense publicado en Archives of Sexual Behavior que confirmaba que la generación más sexualizada de la historia practica menos sexo que sus antecesoras. La frecuencia de relaciones lleva cayendo desde los años 80.

«Lo que más deserotiza es la pareja en sí misma. Estar en pareja es un factor negativo para tener relaciones sexuales», lanza Laura Beltrán, psicóloga clínica y sexóloga. Acaba de publicar junto a Heidi Beroud-Poyet el libro Las mujeres y su sexo, que aborda, entre otras cosas, el colapso copulador de los países desarrollados.

En la consulta recibe a muchas parejas de entre 25 y 30 años que han abandonado el sexo. «La relación funciona porque se llevan bien, tienen los mismos gustos o ideas, pero son parejas de amigos, sin sexualidad».

EL ESFUERZO: POCO GLAMOUR PERO MUCHA EFECTIVIDAD

¿Por qué esa estructura (la pareja) desposee a los humanos de algo tan sustancial como el sexo, y por qué hoy sucede a mayor velocidad? Para Beltrán, uno de los problemas es nuestra concepción del deseo: «Pensamos que la sexualidad debe venir natural y fácil, pero no es verdad. Al principio de una relación aparece automáticamente, pero eso dura solo unos meses».

Es decir, hace falta esfuerzo, una facultad que estamos desaprendiendo. «Es un problema de deseo general, social. Estamos cada vez menos programados para desear. Si quieres unos zapatos, das un clic y te llegan al día siguiente», compara. El deseo es la tensión entre la apetencia de algo y la incertidumbre de si se conseguirá o no. Hoy, la apetencia se solapa con la consumación. La pornografía, apunta Beltrán, te garantiza un desahogo muy rápido.

Hay tantas ventanas abiertas a la sexualidad que, al final, el sexo ocurre fuera y no en nosotros. La pornografía puede ser estimulante, pero, dependiendo de la forma de consumirla, también puede vaciarte física y mentalmente. La tecnología (la facilidad de acceder a toneladas de entretenimiento) se alía con el aflojamiento del deseo espontáneo de la pareja y termina neutralizando el ingrediente esencial para que uno sienta la necesidad o las ganas de aproximarse al otro: el tiempo compartido.

acaban con el erotismo

Devorar a pachas cinco temporadas de una serie es ocupar el mismo espacio, no compartir el tiempo. «Tienes que tener tiempo de crear un contexto erótico, un ambiente, unas situaciones. Si te dejas llevar por la vida cotidiana, la pierdes. La sexualidad humana está culturizada, requiere de normas y códigos», recuerda Beltrán. «Muchas son parejas dinámicas e inteligentes que hacen muchísimas cosas estupendas… El problema es cuando haces cosas en pareja, pero no son momentos de intimidad».

¿EL EQUILIBRIO PERFECTO ES UNA TRAMPA?

Algunas de estas parejas cumplen con todos los ideales actuales sobre las relaciones. Se hablan, son amables, se ayudan, se preocupan el uno por el otro… Pero se han resignado a no tocarse y «se refugian en la ternura». «Es el mito de la fusión y la media naranja que aprendimos en los cuentos. El problema es que no deja espacio a la individualidad. La fusión es la primera relación que los bebés tienen con la madre y con el padre».

No solo los polos contrarios se atraen, también los semejantes; pero jamás habrá atracción si no hay polos, si ambos seres son un macrorganismo. Tal vez el influjo de los cuentos romanticones ha perdido relevancia, sin embargo, ¿y si su fondo se ha traducido de una manera laica?

Hoy existe una militancia: la idea del equilibrio perfecto, de la complementariedad pura… Las ideas de «respeto» y «comprensión» se han estirado hasta deformarse y ampliar el ámbito de lo censurable. Discutir y reprochar puede ser una forma de gestionar y comunicar un conflicto; seducir, convencer, un medio para introducir el uno al otro en nuevas formas de disfrute compartidas. No obstante, estas cosas empiezan a considerarse como algo más cercano a una invasión o a un intento de imposición.

«Hay parejas que no son conservadoras, pero tienen esa idea de equilibrio; no se ven como medias naranjas, pero llegan exactamente a lo mismo. Para mí es clave poder autorizarse a ser un poco egoístas. Si estás solo pensando en lo que le va a apetecer al otro, te estás olvidando a ti mismo», razona.

LA METAMORFOSIS DEL OTRO

«Algunas pacientes me dicen: yo vengo aquí para que le digas a mi marido que no quiero tener sexo porque yo ya se lo he dicho mil veces», relata Ana Sierra, sexóloga, psicóloga y autora de Conversaciones sexuales con mi abuela.

La ausencia de relaciones íntimas crea monstruos. La incomunicación desata una tormenta interior de reproches y calificaciones. Los dos miembros (o uno de ellos) empiezan a modificar la idea que tienen del otro. La imagen mental mágica y agradecida del principio se revierte. De pronto, la pareja es una mutación que, en algún grado, repele o inquieta. Se trata de un mecanismo de defensa que también puede darse en una dirección autodestructiva: «Ya no le gusto, la culpa es mía».

Se inicia lo que Sierra denomina «adivinaciones». Asumir anticipadamente, sin preguntar ni sugerir, la negativa del otro. «Tú ya das por hecho que el gesto que hace significa que no desea un encuentro, y a lo mejor ocurre que la otra parte no sabe cómo iniciar un encuentro», apunta.

Los años de relación a la espalda juegan a la contra. Piensas que conoces a tu compañero como a la palma de tu mano y te das la razón a ti mismo en tus reproches. «En la terapia, muchas veces descubren que han perdido muchas oportunidades por no haber sabido entenderse».

SIGUE LA PISTA DE LOS BESOS

Una de las señales que identifican la desconexión sexual es la calidad de los besos. «Disminuye la intensidad del beso. Hablo del morreo, del beso que comparte fluidos. En muchos casos –y no son parejas que lleven muchos años juntos, tal vez tres o cuatro–, el beso es muy poco frecuente o ha desaparecido», detalla Sierra.

Los besos pasan de ser la máxima expresión del magnetismo a ser una estrategia para mantener a raya el vínculo carnal. Quedan solo los piquitos de saludo y buenos días, esos que confirman la prevalencia de la losa de la rutina. Besos de labio seco y replegado.

La aparición fortuita de humedad en un pico puede llegar a percibirse como un agente extraño, como una pregunta que da miedo responder… Si a uno de los miembros no le apetece tener sexo, acaba cerrando la boca, así corta de raíz el nacimiento de la fiebre.

Los besos entonces mutan, se contagian de connotaciones negativas.

El beso, define Sierra, es una caricia con la boca y con la lengua. «A través de la saliva, se transmiten hormonas como la testosterona. Se envía información al cerebro, segregamos más saliva, se activa nuestro sistema parasimpático, que libera oxitocina, la hormona del cariño y la relajación: genera vínculo y te relaja», desarrolla. «Muchos llegan a consulta después de años de relaciones sin ganas». Cuenta Sierra que, así, el sexo se puebla de asociaciones desagradables.

Tanto ella como Beltrán apuestan por la restauración del vínculo a través de reescribir lo que el sexo significa para la pareja.

Que trabajen por separado en el autoerotismo, que recuperen la sensación de deseabilidad. Y, en común, que dediquen horas offline a mirarse, besarse y acariciarse sin más. Se busca, al principio, reinstalar la autenticidad del contacto: que sea lo que es, y no un callejón sin salida hacia un sexo que ha llegado a ser más cuestionador que liberador.

Solo así la pareja puede reconocerse de nuevo y acabar, con el tiempo, incendiados uno sobre el otro.  Otras veces, la solución consiste en aceptar que el fango ya rebosó y decir adiós. El deseo estará esperando en otras pupilas y otros cuerpos.  

Dos cuerpos jóvenes se tumban en la cama. Mañana no hay que madrugar. Han cenado juntos, han compartido, tal vez, una sesión de cine o de teatro; han hablado, bebido, reído juntos.

Un contacto físico, casual o no, despierta una sombra que pesa; una sombra como una medusa que aparece cada ciertas semanas. Los dos intentan esquivarla; los dos sufren en silencio los calambrazos de sus tentáculos.

La medusa, blanda y repulsiva, es la metáfora de un pensamiento: «Ya toca, deberíamos follar»… Alguno de ellos inicia una caricia, el otro la corresponde, pero las carantoñas nacen desinfladas, se estancan. Ninguno sabe cómo cebar el tacto ni cómo activar la cadena de reacciones que les lleve (como aquellos días del principio) a acabar uno sobre otro, incendiados, con los órganos y las pupilas dilatándose.

Unas veces, ninguno sabe ni quiere; otras, uno quiere y otro no, y se juntan sobre la sábana la culpa y la frustración.

No es una situación particular, es la suma de muchas. Las parejas pronto acaban con el erotismo. Hace un año, La Vanguardia recogió un estudio estadounidense publicado en Archives of Sexual Behavior que confirmaba que la generación más sexualizada de la historia practica menos sexo que sus antecesoras. La frecuencia de relaciones lleva cayendo desde los años 80.

«Lo que más deserotiza es la pareja en sí misma. Estar en pareja es un factor negativo para tener relaciones sexuales», lanza Laura Beltrán, psicóloga clínica y sexóloga. Acaba de publicar junto a Heidi Beroud-Poyet el libro Las mujeres y su sexo, que aborda, entre otras cosas, el colapso copulador de los países desarrollados.

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En la consulta recibe a muchas parejas de entre 25 y 30 años que han abandonado el sexo. «La relación funciona porque se llevan bien, tienen los mismos gustos o ideas, pero son parejas de amigos, sin sexualidad».

EL ESFUERZO: POCO GLAMOUR PERO MUCHA EFECTIVIDAD

¿Por qué esa estructura (la pareja) desposee a los humanos de algo tan sustancial como el sexo, y por qué hoy sucede a mayor velocidad? Para Beltrán, uno de los problemas es nuestra concepción del deseo: «Pensamos que la sexualidad debe venir natural y fácil, pero no es verdad. Al principio de una relación aparece automáticamente, pero eso dura solo unos meses».

Es decir, hace falta esfuerzo, una facultad que estamos desaprendiendo. «Es un problema de deseo general, social. Estamos cada vez menos programados para desear. Si quieres unos zapatos, das un clic y te llegan al día siguiente», compara. El deseo es la tensión entre la apetencia de algo y la incertidumbre de si se conseguirá o no. Hoy, la apetencia se solapa con la consumación. La pornografía, apunta Beltrán, te garantiza un desahogo muy rápido.

Hay tantas ventanas abiertas a la sexualidad que, al final, el sexo ocurre fuera y no en nosotros. La pornografía puede ser estimulante, pero, dependiendo de la forma de consumirla, también puede vaciarte física y mentalmente. La tecnología (la facilidad de acceder a toneladas de entretenimiento) se alía con el aflojamiento del deseo espontáneo de la pareja y termina neutralizando el ingrediente esencial para que uno sienta la necesidad o las ganas de aproximarse al otro: el tiempo compartido.

acaban con el erotismo

Devorar a pachas cinco temporadas de una serie es ocupar el mismo espacio, no compartir el tiempo. «Tienes que tener tiempo de crear un contexto erótico, un ambiente, unas situaciones. Si te dejas llevar por la vida cotidiana, la pierdes. La sexualidad humana está culturizada, requiere de normas y códigos», recuerda Beltrán. «Muchas son parejas dinámicas e inteligentes que hacen muchísimas cosas estupendas… El problema es cuando haces cosas en pareja, pero no son momentos de intimidad».

¿EL EQUILIBRIO PERFECTO ES UNA TRAMPA?

Algunas de estas parejas cumplen con todos los ideales actuales sobre las relaciones. Se hablan, son amables, se ayudan, se preocupan el uno por el otro… Pero se han resignado a no tocarse y «se refugian en la ternura». «Es el mito de la fusión y la media naranja que aprendimos en los cuentos. El problema es que no deja espacio a la individualidad. La fusión es la primera relación que los bebés tienen con la madre y con el padre».

No solo los polos contrarios se atraen, también los semejantes; pero jamás habrá atracción si no hay polos, si ambos seres son un macrorganismo. Tal vez el influjo de los cuentos romanticones ha perdido relevancia, sin embargo, ¿y si su fondo se ha traducido de una manera laica?

Hoy existe una militancia: la idea del equilibrio perfecto, de la complementariedad pura… Las ideas de «respeto» y «comprensión» se han estirado hasta deformarse y ampliar el ámbito de lo censurable. Discutir y reprochar puede ser una forma de gestionar y comunicar un conflicto; seducir, convencer, un medio para introducir el uno al otro en nuevas formas de disfrute compartidas. No obstante, estas cosas empiezan a considerarse como algo más cercano a una invasión o a un intento de imposición.

«Hay parejas que no son conservadoras, pero tienen esa idea de equilibrio; no se ven como medias naranjas, pero llegan exactamente a lo mismo. Para mí es clave poder autorizarse a ser un poco egoístas. Si estás solo pensando en lo que le va a apetecer al otro, te estás olvidando a ti mismo», razona.

LA METAMORFOSIS DEL OTRO

«Algunas pacientes me dicen: yo vengo aquí para que le digas a mi marido que no quiero tener sexo porque yo ya se lo he dicho mil veces», relata Ana Sierra, sexóloga, psicóloga y autora de Conversaciones sexuales con mi abuela.

La ausencia de relaciones íntimas crea monstruos. La incomunicación desata una tormenta interior de reproches y calificaciones. Los dos miembros (o uno de ellos) empiezan a modificar la idea que tienen del otro. La imagen mental mágica y agradecida del principio se revierte. De pronto, la pareja es una mutación que, en algún grado, repele o inquieta. Se trata de un mecanismo de defensa que también puede darse en una dirección autodestructiva: «Ya no le gusto, la culpa es mía».

Se inicia lo que Sierra denomina «adivinaciones». Asumir anticipadamente, sin preguntar ni sugerir, la negativa del otro. «Tú ya das por hecho que el gesto que hace significa que no desea un encuentro, y a lo mejor ocurre que la otra parte no sabe cómo iniciar un encuentro», apunta.

Los años de relación a la espalda juegan a la contra. Piensas que conoces a tu compañero como a la palma de tu mano y te das la razón a ti mismo en tus reproches. «En la terapia, muchas veces descubren que han perdido muchas oportunidades por no haber sabido entenderse».

SIGUE LA PISTA DE LOS BESOS

Una de las señales que identifican la desconexión sexual es la calidad de los besos. «Disminuye la intensidad del beso. Hablo del morreo, del beso que comparte fluidos. En muchos casos –y no son parejas que lleven muchos años juntos, tal vez tres o cuatro–, el beso es muy poco frecuente o ha desaparecido», detalla Sierra.

Los besos pasan de ser la máxima expresión del magnetismo a ser una estrategia para mantener a raya el vínculo carnal. Quedan solo los piquitos de saludo y buenos días, esos que confirman la prevalencia de la losa de la rutina. Besos de labio seco y replegado.

La aparición fortuita de humedad en un pico puede llegar a percibirse como un agente extraño, como una pregunta que da miedo responder… Si a uno de los miembros no le apetece tener sexo, acaba cerrando la boca, así corta de raíz el nacimiento de la fiebre.

Los besos entonces mutan, se contagian de connotaciones negativas.

El beso, define Sierra, es una caricia con la boca y con la lengua. «A través de la saliva, se transmiten hormonas como la testosterona. Se envía información al cerebro, segregamos más saliva, se activa nuestro sistema parasimpático, que libera oxitocina, la hormona del cariño y la relajación: genera vínculo y te relaja», desarrolla. «Muchos llegan a consulta después de años de relaciones sin ganas». Cuenta Sierra que, así, el sexo se puebla de asociaciones desagradables.

Tanto ella como Beltrán apuestan por la restauración del vínculo a través de reescribir lo que el sexo significa para la pareja.

Que trabajen por separado en el autoerotismo, que recuperen la sensación de deseabilidad. Y, en común, que dediquen horas offline a mirarse, besarse y acariciarse sin más. Se busca, al principio, reinstalar la autenticidad del contacto: que sea lo que es, y no un callejón sin salida hacia un sexo que ha llegado a ser más cuestionador que liberador.

Solo así la pareja puede reconocerse de nuevo y acabar, con el tiempo, incendiados uno sobre el otro.  Otras veces, la solución consiste en aceptar que el fango ya rebosó y decir adiós. El deseo estará esperando en otras pupilas y otros cuerpos.  

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