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13 de marzo 2019    /   IDEAS
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Cómo acabar de una vez con la autoayuda

13 de marzo 2019    /   IDEAS     por          
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Imagínate un coach o un psicoanalista que te prescribiera dejar de pensar en ti mismo y centrar tus esfuerzos en hacer cada día algo positivo por tu pareja y por cada uno de tus amigos y compañeros de trabajo. Que te orientara a evaluar la forma en que cuentas tu vida y defines tus objetivos, no solo por lo útil que te resulta a ti, sino por lo útil que es para la gente que quieres y para las personas a las que afecta en general.

¡¡Un desastre!! Uno no paga un psicólogo para pensar en los demás, sino para hablar de sus problemas, por darse el gusto de ser «lo más importante» por una vez. Es seguramente por esto que Alfred Adler, primer presidente de la Sociedad Psicoanalítica, ha tenido un impacto mucho menor en nuestra cultura que su sucesor, el señor Freud.

Para Adler nuestra personalidad se conforma en la superación por un llegar a ser. En una evolución ideal, el «afán de sentido», la voluntad de superar las carencias en nuestro modo de ser que sentimos en cada momento de nuestro desarrollo, alimentará un ciclo vital de aprendizaje que nos hará crecer desde nuestros problemas al tiempo que nuestro sentimiento de pertenencia, nuestra definición de comunidad, se extiende desde nuestra familia al entorno, y finalmente proyecta la idea de aporte hacia lo humano en general.

En cambio, si la familia, nuestra primera comunidad de pertenencia, no da soporte para superar las primeras inseguridades, aparecen toda una serie de «metas erradas» que buscarán unas compensaciones equivocadas: la búsqueda de atención y reconocimiento, la necesidad de ejercer poder sobre los otros o, cuando el dolor haga evidente lo infructuoso de todas estas falsas metas, el deseo de venganza y el rencor.

Es el camino patológico, el de los «complejos de inferioridad», potenciados y exagerados por una cultura jerárquica de valores falsamente competitivos, exclusión e individualismo. Adler fue el primero en hablar de «educar a los padres para que eduquen» y de conceptos como «disciplina positiva» o «crianza democrática».

Ponía el acento en educar y educarnos en el coraje, en la valentía. El verdadero coraje para Adler, es la capacidad para enfrentar nuestras tareas vitales: amor, trabajo y amistad. Adler nos anima a asumir riesgos, comprometernos y sentir pertenencia.

Si no nos hacemos valientes, si no vencemos el miedo a equivocarnos –engrandecido por unas reglas sociales basadas en el castigo social del error–, estaremos condenados a buscar «malas compensaciones», como la «búsqueda de la perfección», la obsesión por ganar, por ejercer poder o por «quedar por encima». Tal vez, simplemente, intentemos compensar en falso unos aspectos de la vida con otros, como si, por ejemplo, el éxito en el trabajo pudiera suplir las carencias en nuestra vida afectiva.

Definitivamente, Adler no nos quería recurriendo a gurús, divanes o recetas mágicas. Nos quería valientes, porque:

«Solo aquellos que son capaces de armarse de coraje y avanzar hacia el lado útil, considerándose a sí mismos una parte de un conjunto, están a gusto en esta Tierra y con lo humano».

(Recuperamos este artículo del número 63 de la revista impresa Yorokobu).

Imagínate un coach o un psicoanalista que te prescribiera dejar de pensar en ti mismo y centrar tus esfuerzos en hacer cada día algo positivo por tu pareja y por cada uno de tus amigos y compañeros de trabajo. Que te orientara a evaluar la forma en que cuentas tu vida y defines tus objetivos, no solo por lo útil que te resulta a ti, sino por lo útil que es para la gente que quieres y para las personas a las que afecta en general.

¡¡Un desastre!! Uno no paga un psicólogo para pensar en los demás, sino para hablar de sus problemas, por darse el gusto de ser «lo más importante» por una vez. Es seguramente por esto que Alfred Adler, primer presidente de la Sociedad Psicoanalítica, ha tenido un impacto mucho menor en nuestra cultura que su sucesor, el señor Freud.

Para Adler nuestra personalidad se conforma en la superación por un llegar a ser. En una evolución ideal, el «afán de sentido», la voluntad de superar las carencias en nuestro modo de ser que sentimos en cada momento de nuestro desarrollo, alimentará un ciclo vital de aprendizaje que nos hará crecer desde nuestros problemas al tiempo que nuestro sentimiento de pertenencia, nuestra definición de comunidad, se extiende desde nuestra familia al entorno, y finalmente proyecta la idea de aporte hacia lo humano en general.

En cambio, si la familia, nuestra primera comunidad de pertenencia, no da soporte para superar las primeras inseguridades, aparecen toda una serie de «metas erradas» que buscarán unas compensaciones equivocadas: la búsqueda de atención y reconocimiento, la necesidad de ejercer poder sobre los otros o, cuando el dolor haga evidente lo infructuoso de todas estas falsas metas, el deseo de venganza y el rencor.

Es el camino patológico, el de los «complejos de inferioridad», potenciados y exagerados por una cultura jerárquica de valores falsamente competitivos, exclusión e individualismo. Adler fue el primero en hablar de «educar a los padres para que eduquen» y de conceptos como «disciplina positiva» o «crianza democrática».

Ponía el acento en educar y educarnos en el coraje, en la valentía. El verdadero coraje para Adler, es la capacidad para enfrentar nuestras tareas vitales: amor, trabajo y amistad. Adler nos anima a asumir riesgos, comprometernos y sentir pertenencia.

Si no nos hacemos valientes, si no vencemos el miedo a equivocarnos –engrandecido por unas reglas sociales basadas en el castigo social del error–, estaremos condenados a buscar «malas compensaciones», como la «búsqueda de la perfección», la obsesión por ganar, por ejercer poder o por «quedar por encima». Tal vez, simplemente, intentemos compensar en falso unos aspectos de la vida con otros, como si, por ejemplo, el éxito en el trabajo pudiera suplir las carencias en nuestra vida afectiva.

Definitivamente, Adler no nos quería recurriendo a gurús, divanes o recetas mágicas. Nos quería valientes, porque:

«Solo aquellos que son capaces de armarse de coraje y avanzar hacia el lado útil, considerándose a sí mismos una parte de un conjunto, están a gusto en esta Tierra y con lo humano».

(Recuperamos este artículo del número 63 de la revista impresa Yorokobu).

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Opiniones 3
  • Excelente, sin lugar a dudas es una parte de mi y la constante lucha por más y mejores logros, pero, que en definitiva, los tuve que entender, afrontar y luchar cada día, … Algo tarde, pero, vamos!.

  • Siempre competimos con todo lo que nos rodea, no escuchamos, no agradecemos, encontramos rivales por todos los sitios y no somos nosotros mismos. Estamos con tensión y eso al final cansa. Lo principal de todo esto, es ser uno mismo y que la vida fluya. Y pensar en nuestro sueño, no, en que piensan los demás de nuestro sueño.

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