15 de abril 2020    /   IDEAS
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¿Puedo adaptar los extranjerismos como me dé la gana?

Una conversación ortográfica

15 de abril 2020    /   IDEAS     por          
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—Inés, he decidido que no voy a soltar ni un palabro más en inglés. Así que, desde hoy, de mi pluma saldrán sófgüer, jompeich, yintónic, plis, mánayer… Que de mi boca ya salen así.

—No, si a ingenio no te gana nadie. Parece que te hayas inventado un idioma nuevo. ¿No ves que no se te va a entender?

—Será solo al principio, pero ya verás cómo triunfo.

—Pero ¡cómo vas a hacerlo así, a lo bruto! Yo eso no lo veo claro, Rocío. ¡A la RAE vas!

Y a la RAE fuimos. Y le preguntamos de qué dependía que un extranjerismo crudo pasase a ser adaptado. Y si era correcto adaptar a las bravas palabras como sófgüer (por software). Y la cosa no es tan sencilla como a algunos puristas les pudiera parecer.

Normalmente, tiramos de extranjerismos cuando necesitamos nombrar realidades que no existen en español. La tecnología es un buen ejemplo. Empezamos por adoptarlas tal cual nos llegan y la norma dice que debemos marcarlas con cursiva (en textos impresos) o entre comillas (si son manuscritos). Cuando acaban siendo muy comunes en la lengua, los hablantes tendemos a hispanizarlas, como le ocurrió en su día a jamón (que viene del francés jambon); o, mucho más recientes, a palabras como béisbol (baseball), jonrón (home run) o tuit (tweet).

Ahora bien, no toda adaptación es válida y no podemos hacerlo como nos salga de las gónadas. Para que una adaptación triunfe, debe respetar lo máximo posible las grafías originales. De ahí que güisqui, como adaptación de whisky o whiskey, no haya triunfado y que la RAE proponga ahora wiski en su lugar. También es importante que la palabra adaptada se adecúe al máximo a la estructura y norma del español. En ocasiones, bastará con ponerle una tilde: máster. O suprimir la g final en aquellas que acaban en -ng: mitin, pudin, esmoquin, cáterin. En el caso de marketing, la Academia prefiere márquetin, pero dice que también es admisible márketin «puesto que la letra k se ha conservado en muchas palabras de origen extranjero».

¿Por qué, sin embargo, no da por buenas adaptaciones como sófgüer o jompeich? Para la primera, porque su grafía original está plenamente asentada en textos informáticos (software), mientras que, para la segunda, además, existe una alternativa en español: página de inicio. Por si fuera poco, esas supuestas adaptaciones presentan grafías muy alejadas de las formas originales. Y tampoco hay unanimidad en la pronunciación porque hay otras opciones como sófguar, sófuar, sófuer, jómpeich, jóumpeich

Resumiendo: «La uniformidad en la pronunciación, la extensión de uso en la lengua general, la documentación, la relativa cercanía entre la grafía adaptada y la original, la integración en procesos de derivación, entre otros factores, influyen en la hispanización de extranjerismos». Y no hay más que decir, señoría.

—Inés, he decidido que no voy a soltar ni un palabro más en inglés. Así que, desde hoy, de mi pluma saldrán sófgüer, jompeich, yintónic, plis, mánayer… Que de mi boca ya salen así.

—No, si a ingenio no te gana nadie. Parece que te hayas inventado un idioma nuevo. ¿No ves que no se te va a entender?

—Será solo al principio, pero ya verás cómo triunfo.

—Pero ¡cómo vas a hacerlo así, a lo bruto! Yo eso no lo veo claro, Rocío. ¡A la RAE vas!

Y a la RAE fuimos. Y le preguntamos de qué dependía que un extranjerismo crudo pasase a ser adaptado. Y si era correcto adaptar a las bravas palabras como sófgüer (por software). Y la cosa no es tan sencilla como a algunos puristas les pudiera parecer.

Normalmente, tiramos de extranjerismos cuando necesitamos nombrar realidades que no existen en español. La tecnología es un buen ejemplo. Empezamos por adoptarlas tal cual nos llegan y la norma dice que debemos marcarlas con cursiva (en textos impresos) o entre comillas (si son manuscritos). Cuando acaban siendo muy comunes en la lengua, los hablantes tendemos a hispanizarlas, como le ocurrió en su día a jamón (que viene del francés jambon); o, mucho más recientes, a palabras como béisbol (baseball), jonrón (home run) o tuit (tweet).

Ahora bien, no toda adaptación es válida y no podemos hacerlo como nos salga de las gónadas. Para que una adaptación triunfe, debe respetar lo máximo posible las grafías originales. De ahí que güisqui, como adaptación de whisky o whiskey, no haya triunfado y que la RAE proponga ahora wiski en su lugar. También es importante que la palabra adaptada se adecúe al máximo a la estructura y norma del español. En ocasiones, bastará con ponerle una tilde: máster. O suprimir la g final en aquellas que acaban en -ng: mitin, pudin, esmoquin, cáterin. En el caso de marketing, la Academia prefiere márquetin, pero dice que también es admisible márketin «puesto que la letra k se ha conservado en muchas palabras de origen extranjero».

¿Por qué, sin embargo, no da por buenas adaptaciones como sófgüer o jompeich? Para la primera, porque su grafía original está plenamente asentada en textos informáticos (software), mientras que, para la segunda, además, existe una alternativa en español: página de inicio. Por si fuera poco, esas supuestas adaptaciones presentan grafías muy alejadas de las formas originales. Y tampoco hay unanimidad en la pronunciación porque hay otras opciones como sófguar, sófuar, sófuer, jómpeich, jóumpeich

Resumiendo: «La uniformidad en la pronunciación, la extensión de uso en la lengua general, la documentación, la relativa cercanía entre la grafía adaptada y la original, la integración en procesos de derivación, entre otros factores, influyen en la hispanización de extranjerismos». Y no hay más que decir, señoría.

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Opiniones 1
  • Y las incapacidades y preferencias de los académicos españoles. Sh es un fonema marginal en el castellano de México (axiote, Xola), o Argentina (mishio) y un alófono de ch en muchos sitios, desde Andalucía hasta Shile, pasando por Shihuahua y Cuba. Pero en Madrid se toma por un alófono de s y mucha gente dice que come «susi». Por eso los académicos recomiendan gueisa y Bangladés, cuando para casi todo el mundo NO puede haber una s ahí (imagina un andaluz que aspire las s), sino una sh o al menos una ch.

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