Publicado: 21 de diciembre 2023 10:52  /   IDEAS
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¿Por qué somos adictos a los dictadores?

Publicado: 21 de diciembre 2023 10:52  /   IDEAS     por          
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adictos a los dictadores

Si fueras un cangrejo violinista, una de tus pinzas tendría casi el mismo tamaño que el resto de tu cuerpo. Sería extraordinariamente fuerte, y te serviría para golpear, empujar, cortar y pulverizar a otros cangrejos rivales. La usarías, en definitiva, para defenderte. Pero, curiosamente, también para no tener que hacerlo.

Tu sobredimensionado apéndice —la izquierda en el 50% de los cangrejos; la derecha en el resto— advertiría a tus rivales de que meterse contigo tiene un alto precio. A veces, sin embargo, la talla de la pinza no es más que un truco de jugador farolero. Sucede cuando los crustáceos pierden el miembro; son capaces de regenerar una pinza idéntica, pero ya no es igual. La que crece —del mismo tamaño exagerado— tiene una fracción de la fuerza que tenía la original. De esa forma, la nueva tenaza del cangrejo violinista le sirve para hacer creer a sus potenciales enemigos que tiene una fuerza que no tiene.

De manera similar a los cangrejos violinistas, que evitan los enfrentamientos interpretando el tamaño de la pinza como un síntoma de su capacidad letal, los seres humanos también tenemos problemas para ver lo que ocultan los señuelos. Esta premisa nace de las teorías de la señalización que, dentro de la biología evolutiva, examinan cómo los animales (incluidos nosotros) se comunican a través de diversos tipos de señales, atajos y señuelos. Estas teorías, en nuestro caso, podrían tener parte de la respuesta a por qué los seres humanos tenemos una persistente adicción a los dictadores.

Sueños de una dictadura

Según la última entrega del informe Freedom in the World, llevamos 17 años consecutivos de empeoramiento democrático a nivel global. Casi dos décadas en las que las dictaduras han ganado terreno, a pesar de que, a priori, su oferta política no debería resultar más atractiva para los ciudadanos que la que les permite decidir sobre la forma en la que se gobiernan.

Por supuesto, hay muchos factores que intervienen en la degradación democrática. Las restricciones impuestas durante la pandemia, por ejemplo, impactaron severamente sobre los derechos de reunión y libre circulación, provocando una caída en las evaluaciones de las democracias de muchos países. En el caso de España y Francia por ejemplo, les valió para salir de la categoría de democracias plenas del Democracy Index del The Economist y solo recuperaron el estatus una vez levantadas las restricciones.

Otros factores están dados por circunstancias materiales más persistentes. Cuando la economía falla, o lo hacen sus mecanismos de redistribución, y aumenta la desigualdad, el futuro se torna incierto. Cuando permitimos que la información se devalúe y que las mentiras se igualen a las verdades, nos volvemos incapaces de distinguir lo real de lo impostado. En todos los casos, la consecuencia es la misma, aumenta la incertidumbre. Y, la incertidumbre nos convierte en presas fáciles de aquellos que quieren acumular el poder.

Donald Trump, candidato el año que viene a reocupar la presidencia de Estados Unidos, lleva, desde que anunció su candidatura en noviembre de 2022, avisando de que sus intenciones de llegar a la Casa Blanca son las de culminar su transformación en dictador. Ha amenazado con utilizar el poder judicial contra sus adversarios políticos. Con perdonar a los acusados y condenados de tratar de asaltar las cámaras legislativas estadounidenses para paralizar la certificación de las elecciones de 2020. Y, sobre todo, con empezar su mandato aumentando su propio poder y utilizando al ejército para suprimir cualquier oposición.

A pesar de todo ello, Trump lidera todas las encuestas de las primarias de su partido. También mejora los resultados del presidente Joe Biden en los sondeos de cinco de los seis estados que podrían terminar decidiendo quién es el vencedor. A día de hoy, los datos apuntan a que, a menos de un año de las elecciones, el magnate neoyorquino tiene muchas posibilidades de volver a instalarse en la Casa Blanca.

Los estadounidenses, ciudadanos de una democracia cuasi plena según el Democracy Index, podrían estar planteándose investir presidente a un proyecto de dictador que, además, presume de serlo.

Muchos de ellos lo hacen porque Trump les dice la verdad. Aunque, cuando dicen eso, lo que están diciendo en realidad es que el expresidente les riega los oídos con lo que quieren oír. Porque un tipo que en cuatro años como presidente contó más de 30.573 mentiras, difícilmente puede ser sospechoso de ser adalid de lo veraz. A pesar de ello, sus votantes están convencidos (lo dice él en los mítines) de que, cuando ocupe la Casa Blanca, la guerra en Ucrania e Israel se terminará en dos tardes, que llevará la economía a nuevos máximos y que construirá el muro de México, que ya les prometió en su anterior campaña. Sus seguidores fieles lo son porque les promete soluciones fáciles a todos sus problemas. Y, de esa forma, se dejan engatusar por los señuelos del magnate.

La pinza del aspirante a dictador

Trump, además de ser un vendedor estratosférico y un mentiroso de talla mundial, también es un tipo grande. Con su 1,92 metros de altura, es más alto que Biden (1,82 m), que Obama (1,88 m), y se eleva muy por encima de la coronilla de Hillary Clinton (1,67 m). Podría parecer que esto no tiene la menor relevancia, pero sin duda la habría tenido hace miles de años ante el ataque de un enemigo o de una bestia prehistórica. Entonces, es posible que esa diferencia física hubiera supuesto la diferencia entre la vida y la muerte.

En su libro Corruptible, el politólogo Brian Klaas describe las teorías de Mark van Vugt, profesor de psicología evolutiva en la universidad Vrije de Ámsterdam, acerca de nuestra preferencia por los líderes fisicamente imponentes. «…Tendemos a elegir a líderes modernos que comparten características físicas con hombres que habrían sido buenos guerreros o cazadores en la Edad de Piedra». Esas características, en el pasado, servían, como la pinza del cangrejo violinista, para señalizar fuerza física. 

En palabras de Van Vugt, «la evolución ha grabado en nuestros cerebros una serie de plantillas que se activan cuando sea que nos encontramos con un problema específico que requiere que nos coordinemos». Problemas específicos como acabar con la incertidumbre que nos rodea. Poner en orden el mundo y solucionar todos nuestros problemas de un plumazo, una tarea para la que, sin duda, hace falta un líder de capacidades hercúleas. El problema es que acabar con la incertidumbre no está al alcance ni siquiera del presidente de los Estados Unidos, por muy alto que sea.

Cual crustáceos, nos dejamos engañar por señales que tenían sentido hace milenios pero que el mundo en el que vivimos ha dejado obsoletas. Estamos evolutivamente preparados para primar características que tenían sentido cuando imperaba la ley de la selva. Características que no tienen especial relevancia cuando otras leyes, las nuestras, garantizan precisamente que nadie tenga la necesidad de imponerse a la fuerza.

Escuchar los cantos de sirena de hombres fuertes que ofrecen soluciones fáciles es la receta perfecta para el desastre. Su victoria podría suponer una vuelta a ese mundo de conflicto, incertidumbre y tiranía en el que, por descontado, se encargarán de garantizar que solo ellos tienen las mayores posibilidades de éxito. 

De nosotros depende impedir que los aspirantes a dictadores nos hagan creer que su pinza sirve de algo en 2023.

 

Si fueras un cangrejo violinista, una de tus pinzas tendría casi el mismo tamaño que el resto de tu cuerpo. Sería extraordinariamente fuerte, y te serviría para golpear, empujar, cortar y pulverizar a otros cangrejos rivales. La usarías, en definitiva, para defenderte. Pero, curiosamente, también para no tener que hacerlo.

Tu sobredimensionado apéndice —la izquierda en el 50% de los cangrejos; la derecha en el resto— advertiría a tus rivales de que meterse contigo tiene un alto precio. A veces, sin embargo, la talla de la pinza no es más que un truco de jugador farolero. Sucede cuando los crustáceos pierden el miembro; son capaces de regenerar una pinza idéntica, pero ya no es igual. La que crece —del mismo tamaño exagerado— tiene una fracción de la fuerza que tenía la original. De esa forma, la nueva tenaza del cangrejo violinista le sirve para hacer creer a sus potenciales enemigos que tiene una fuerza que no tiene.

De manera similar a los cangrejos violinistas, que evitan los enfrentamientos interpretando el tamaño de la pinza como un síntoma de su capacidad letal, los seres humanos también tenemos problemas para ver lo que ocultan los señuelos. Esta premisa nace de las teorías de la señalización que, dentro de la biología evolutiva, examinan cómo los animales (incluidos nosotros) se comunican a través de diversos tipos de señales, atajos y señuelos. Estas teorías, en nuestro caso, podrían tener parte de la respuesta a por qué los seres humanos tenemos una persistente adicción a los dictadores.

Sueños de una dictadura

Según la última entrega del informe Freedom in the World, llevamos 17 años consecutivos de empeoramiento democrático a nivel global. Casi dos décadas en las que las dictaduras han ganado terreno, a pesar de que, a priori, su oferta política no debería resultar más atractiva para los ciudadanos que la que les permite decidir sobre la forma en la que se gobiernan.

Por supuesto, hay muchos factores que intervienen en la degradación democrática. Las restricciones impuestas durante la pandemia, por ejemplo, impactaron severamente sobre los derechos de reunión y libre circulación, provocando una caída en las evaluaciones de las democracias de muchos países. En el caso de España y Francia por ejemplo, les valió para salir de la categoría de democracias plenas del Democracy Index del The Economist y solo recuperaron el estatus una vez levantadas las restricciones.

Otros factores están dados por circunstancias materiales más persistentes. Cuando la economía falla, o lo hacen sus mecanismos de redistribución, y aumenta la desigualdad, el futuro se torna incierto. Cuando permitimos que la información se devalúe y que las mentiras se igualen a las verdades, nos volvemos incapaces de distinguir lo real de lo impostado. En todos los casos, la consecuencia es la misma, aumenta la incertidumbre. Y, la incertidumbre nos convierte en presas fáciles de aquellos que quieren acumular el poder.

Donald Trump, candidato el año que viene a reocupar la presidencia de Estados Unidos, lleva, desde que anunció su candidatura en noviembre de 2022, avisando de que sus intenciones de llegar a la Casa Blanca son las de culminar su transformación en dictador. Ha amenazado con utilizar el poder judicial contra sus adversarios políticos. Con perdonar a los acusados y condenados de tratar de asaltar las cámaras legislativas estadounidenses para paralizar la certificación de las elecciones de 2020. Y, sobre todo, con empezar su mandato aumentando su propio poder y utilizando al ejército para suprimir cualquier oposición.

A pesar de todo ello, Trump lidera todas las encuestas de las primarias de su partido. También mejora los resultados del presidente Joe Biden en los sondeos de cinco de los seis estados que podrían terminar decidiendo quién es el vencedor. A día de hoy, los datos apuntan a que, a menos de un año de las elecciones, el magnate neoyorquino tiene muchas posibilidades de volver a instalarse en la Casa Blanca.

Los estadounidenses, ciudadanos de una democracia cuasi plena según el Democracy Index, podrían estar planteándose investir presidente a un proyecto de dictador que, además, presume de serlo.

Muchos de ellos lo hacen porque Trump les dice la verdad. Aunque, cuando dicen eso, lo que están diciendo en realidad es que el expresidente les riega los oídos con lo que quieren oír. Porque un tipo que en cuatro años como presidente contó más de 30.573 mentiras, difícilmente puede ser sospechoso de ser adalid de lo veraz. A pesar de ello, sus votantes están convencidos (lo dice él en los mítines) de que, cuando ocupe la Casa Blanca, la guerra en Ucrania e Israel se terminará en dos tardes, que llevará la economía a nuevos máximos y que construirá el muro de México, que ya les prometió en su anterior campaña. Sus seguidores fieles lo son porque les promete soluciones fáciles a todos sus problemas. Y, de esa forma, se dejan engatusar por los señuelos del magnate.

La pinza del aspirante a dictador

Trump, además de ser un vendedor estratosférico y un mentiroso de talla mundial, también es un tipo grande. Con su 1,92 metros de altura, es más alto que Biden (1,82 m), que Obama (1,88 m), y se eleva muy por encima de la coronilla de Hillary Clinton (1,67 m). Podría parecer que esto no tiene la menor relevancia, pero sin duda la habría tenido hace miles de años ante el ataque de un enemigo o de una bestia prehistórica. Entonces, es posible que esa diferencia física hubiera supuesto la diferencia entre la vida y la muerte.

En su libro Corruptible, el politólogo Brian Klaas describe las teorías de Mark van Vugt, profesor de psicología evolutiva en la universidad Vrije de Ámsterdam, acerca de nuestra preferencia por los líderes fisicamente imponentes. «…Tendemos a elegir a líderes modernos que comparten características físicas con hombres que habrían sido buenos guerreros o cazadores en la Edad de Piedra». Esas características, en el pasado, servían, como la pinza del cangrejo violinista, para señalizar fuerza física. 

En palabras de Van Vugt, «la evolución ha grabado en nuestros cerebros una serie de plantillas que se activan cuando sea que nos encontramos con un problema específico que requiere que nos coordinemos». Problemas específicos como acabar con la incertidumbre que nos rodea. Poner en orden el mundo y solucionar todos nuestros problemas de un plumazo, una tarea para la que, sin duda, hace falta un líder de capacidades hercúleas. El problema es que acabar con la incertidumbre no está al alcance ni siquiera del presidente de los Estados Unidos, por muy alto que sea.

Cual crustáceos, nos dejamos engañar por señales que tenían sentido hace milenios pero que el mundo en el que vivimos ha dejado obsoletas. Estamos evolutivamente preparados para primar características que tenían sentido cuando imperaba la ley de la selva. Características que no tienen especial relevancia cuando otras leyes, las nuestras, garantizan precisamente que nadie tenga la necesidad de imponerse a la fuerza.

Escuchar los cantos de sirena de hombres fuertes que ofrecen soluciones fáciles es la receta perfecta para el desastre. Su victoria podría suponer una vuelta a ese mundo de conflicto, incertidumbre y tiranía en el que, por descontado, se encargarán de garantizar que solo ellos tienen las mayores posibilidades de éxito. 

De nosotros depende impedir que los aspirantes a dictadores nos hagan creer que su pinza sirve de algo en 2023.

 

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