Publicado: 05 de septiembre 2012 09:52  /   IDEAS
por
 

After Party Olímpica

Publicado: 05 de septiembre 2012 09:52  /   IDEAS     por          
Compártelo twitter facebook whatsapp

De los Juegos Olímpicos de Londres ya sabemos unas cuantas cosas: que a nuestros representantes (los de la equipación ‘choni’) no se les ha dado especialmente bien, que el Reino Unido se gastó una millonada en medidas de seguridad y que, como de costumbre en los últimos años, se ha abierto un encendido debate en torno al impacto que esta clase de macroeventos tienen sobre una ciudad.

Y es que, ¿qué pasará con Londres cuando toda la locura olímpica haya pasado? Si echamos la vista atrás, podemos señalar Los Angeles 1984 como el punto en que la gestión de las Olimpiadas Modernas cambió, dirigiéndose hacia el actual modelo de reconversión urbanística, con gran impacto en la geografía, paisaje y actividad de la ciudad, fuertes patrocinios multinacionales y gran presencia mediática (la compra de derechos de emisión se convierte en una de las principales fuentes de ingresos).

Siendo los primeros juegos que arrojan superávit económico desde 1932 (con un impacto a largo plazo valorado en unos 3.300 millones de dólares), los grandes y pequeños inversores, así como los gobernantes de las principales ciudades del mundo empezaron a entender que más allá del ‘Citius, Altius, Fortius’ había todo un negocio al que atender. ¿O es que os creíais que todos esos tipos de los comités olímpicos celebran tanto la elección de las sedes por una cuestión de espíritu de superación?

La cuestión de si los Juegos son hoy por hoy una enorme máquina de hacer dinero o no (yo me inclino hacia el sí) tampoco tiene tanta importancia como valorar el legado de cada transformación a lo largo de los años. En la mayoría de los casos, la respuesta no va en una única dirección. Por ejemplo: los Juegos de Seúl, en 1988, llevaron por un lado a la introducción de la democracia y al florecimiento de cantidad de programas de promoción del deporte, pero sobre todo convirtieron a Corea del Sur en la tercera potencia económica de Asia, capitalismo global mediante, lo cual a estas alturas sabemos que puede traer desagradables consecuencias a largo plazo.

Algo parecido sucedió con Barcelona, ciudad que suele ser expuesta como modelo de Olimpiadas de éxito y que sufrió una transformación radical a todos los niveles, planeando un modelo de ciudad cosmopolita y abierta que, pese a funcionar durante unos años, ha acabado escorándose en exceso hacia el consumo turístico de baja estofa y cayendo en las garras de la especulación urbanística agresiva y el descuido de la ciudadanía media.

Tampoco Sidney ni Atenas, pese conducir unos buenos juegos, supieron sacarle verdadero jugo al legado olímpico. Tanto australianos como griegos excedieron por mucho el presupuesto previsto inicialmente, dejaron a sus ciudades con grandes deudas y, en el caso de Atenas, con muchas obras que, o bien no volvieron a ser utilizadas o ni siquiera llegaron a materializarse. ¿Puntos a favor? Un bonito y enorme parque urbano que se convirtió en pulmón de la ciudad (Sidney) y un aeropuerto internacional que facilitó la llegada de turismo europeo (Atenas).

Atlanta, sin embargo, y pese a que vivió unos Juegos un tanto caóticos, supo capitalizar y aprovechar las grandes inversiones para generar nuevos espacios urbanos basados en áreas verdes y núcleos culturales, regenerar barrios deprimidos y dar usos posteriores a los grandes estadios construidos. Todo ello la convierte probablemente en el ejemplo de éxito más completo y real de los mencionados.

En cuanto a Beijing 2008, lo más destacable, aparte de que fueron las Olimpiadas más caras de la Historia y aún así no generaron deuda (¡tiembla Occidente!) o que la mayor parte de sus infraestructuras hoy están en desuso, probablemente sea que, ante las dudas generadas por la altísima contaminación de la ciudad, el gobierno consiguió, mediante políticas temporales de restricción del tráfico, reducir las emisiones en un 30 por ciento. Tal vez no estaría mal pensar en políticas permanentes de este tipo para todas nuestras grandes ciudades, tomando este caso como ejemplo.

La Villa Olímpica de Londres se clausurará este mes de septiembre, después de los Paralimpics. A partir de entonces podremos empezar a ver de qué lado cae la moneda de esta nueva demostración de nuestro inagotable gusto por lo faraónico.

De los Juegos Olímpicos de Londres ya sabemos unas cuantas cosas: que a nuestros representantes (los de la equipación ‘choni’) no se les ha dado especialmente bien, que el Reino Unido se gastó una millonada en medidas de seguridad y que, como de costumbre en los últimos años, se ha abierto un encendido debate en torno al impacto que esta clase de macroeventos tienen sobre una ciudad.

Y es que, ¿qué pasará con Londres cuando toda la locura olímpica haya pasado? Si echamos la vista atrás, podemos señalar Los Angeles 1984 como el punto en que la gestión de las Olimpiadas Modernas cambió, dirigiéndose hacia el actual modelo de reconversión urbanística, con gran impacto en la geografía, paisaje y actividad de la ciudad, fuertes patrocinios multinacionales y gran presencia mediática (la compra de derechos de emisión se convierte en una de las principales fuentes de ingresos).

Siendo los primeros juegos que arrojan superávit económico desde 1932 (con un impacto a largo plazo valorado en unos 3.300 millones de dólares), los grandes y pequeños inversores, así como los gobernantes de las principales ciudades del mundo empezaron a entender que más allá del ‘Citius, Altius, Fortius’ había todo un negocio al que atender. ¿O es que os creíais que todos esos tipos de los comités olímpicos celebran tanto la elección de las sedes por una cuestión de espíritu de superación?

La cuestión de si los Juegos son hoy por hoy una enorme máquina de hacer dinero o no (yo me inclino hacia el sí) tampoco tiene tanta importancia como valorar el legado de cada transformación a lo largo de los años. En la mayoría de los casos, la respuesta no va en una única dirección. Por ejemplo: los Juegos de Seúl, en 1988, llevaron por un lado a la introducción de la democracia y al florecimiento de cantidad de programas de promoción del deporte, pero sobre todo convirtieron a Corea del Sur en la tercera potencia económica de Asia, capitalismo global mediante, lo cual a estas alturas sabemos que puede traer desagradables consecuencias a largo plazo.

Algo parecido sucedió con Barcelona, ciudad que suele ser expuesta como modelo de Olimpiadas de éxito y que sufrió una transformación radical a todos los niveles, planeando un modelo de ciudad cosmopolita y abierta que, pese a funcionar durante unos años, ha acabado escorándose en exceso hacia el consumo turístico de baja estofa y cayendo en las garras de la especulación urbanística agresiva y el descuido de la ciudadanía media.

Tampoco Sidney ni Atenas, pese conducir unos buenos juegos, supieron sacarle verdadero jugo al legado olímpico. Tanto australianos como griegos excedieron por mucho el presupuesto previsto inicialmente, dejaron a sus ciudades con grandes deudas y, en el caso de Atenas, con muchas obras que, o bien no volvieron a ser utilizadas o ni siquiera llegaron a materializarse. ¿Puntos a favor? Un bonito y enorme parque urbano que se convirtió en pulmón de la ciudad (Sidney) y un aeropuerto internacional que facilitó la llegada de turismo europeo (Atenas).

Atlanta, sin embargo, y pese a que vivió unos Juegos un tanto caóticos, supo capitalizar y aprovechar las grandes inversiones para generar nuevos espacios urbanos basados en áreas verdes y núcleos culturales, regenerar barrios deprimidos y dar usos posteriores a los grandes estadios construidos. Todo ello la convierte probablemente en el ejemplo de éxito más completo y real de los mencionados.

En cuanto a Beijing 2008, lo más destacable, aparte de que fueron las Olimpiadas más caras de la Historia y aún así no generaron deuda (¡tiembla Occidente!) o que la mayor parte de sus infraestructuras hoy están en desuso, probablemente sea que, ante las dudas generadas por la altísima contaminación de la ciudad, el gobierno consiguió, mediante políticas temporales de restricción del tráfico, reducir las emisiones en un 30 por ciento. Tal vez no estaría mal pensar en políticas permanentes de este tipo para todas nuestras grandes ciudades, tomando este caso como ejemplo.

La Villa Olímpica de Londres se clausurará este mes de septiembre, después de los Paralimpics. A partir de entonces podremos empezar a ver de qué lado cae la moneda de esta nueva demostración de nuestro inagotable gusto por lo faraónico.

Compártelo twitter facebook whatsapp
A juicio final: ¿Los muertos vivientes están entre nosotros?
Los trabajos raros también existen
‘Valerosas’, una breve enciclopedia feminista de mujeres empoderadas
Joe Matt: católico, sentimental y pornófilo
 
Especiales
 
facebook twitter whatsapp