23 de enero 2018    /   BUSINESS
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Servando Rocha: «El futuro pertenece a las grandes minorías»

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Ronda un recelo por el comité de redacción de Agente provocador: «Tenemos la sospecha de que la historia es sospechosamente cómoda». Lo dice uno de sus miembros, Servando Rocha, una tarde de otoño en un bar con asientos y música de otra época. Y pone un ejemplo: «Los años 60 se pueden contar desde los discos de los Beatles o desde los asesinatos de Charles Manson. Los dos son igual de reales».

Desde que apareció esa sospecha, encima de la mesa de La Felguera Editores, empezaron a rastrear el pasado en busca de historias de la historia que no han sonado en el discurso oficial. Eso les llevó a crear una publicación en papel craft, con una cara lisa y otra rugosa, llena de artículos y relatos imprevisibles. La llamaron Agente provocador y la presentaron como un «gabinete de maravillas» encontradas entre los datos y el arte.

agente provocador

A los agentes de esta «agencia de noticias» no les importa malgastar su reputación en garitos y tabernas con el fin de recabar información para «hablar de los 80 biopolíticamente, es decir, sin teorizar» o de pegarse una «inmersión total en el underground japonés». Esos son los títulos de algunos de los textos que publican, cada tres meses, en esta revista impresa en papel de embalar paquetes.

El comité redactor de este magazín persigue «ideas salvajes para tiempos salvajes». Escucha conversaciones en cuevas urbanas, olfatea libros antiguos en busca de «lo insólito» y rastrea las huellas de personajes impensables con los que uno pocas veces se cruzaría por la calle. «Entrevistamos a un tío que vive de unos Scalextrics. Nos gusta la gente que crea sus propios universos», cuenta Rocha mientras toma un café tan negro como las portadas de la revista. «La palabra que mejor define a Agente provocador es singularidad. Nos interesa lo singular».

agente provocador

Ahí, en lo extraordinario, ven «una puerta que se abre», «un pequeño fogonazo» que solo algunos pueden apreciar. Porque Agente provocador no es lectura para multitudes; es para pocos. «El futuro va a pertenecer a las grandes minorías. Nosotros nos dirigimos a ellas», explica el editor y ensayista canario.

Nadie sabe cuántos individuos hacen este magazín de papel «cálido y añejo» al que apellidan «coleccionable y hermoso». «Como buen grupo armado, nunca hay que decir cuántos somos», manifiesta Rocha. Lo que sí se sabe es que nada tienen que ver con el periodismo: «Relatamos los hechos desde la pasión y la subjetividad».

Tampoco es posible dar con ellos. Nunca atenderán a una llamada al teléfono; siempre están reunidos «porque ¡siempre hay tanto que hacer!». Y piden que, en su lugar, le entreguen «cualquier objeto punzante, algo con lo que garabatear algo, unas letras o unas frases en la madera o en la pared». Ahora, y siempre, están ocupados y así lo advierten: «Estamos escribiendo nada más y nada menos que nuestra necrológica. Sin embargo, la autopsia no dirá nada de nosotros. No dirá lo que fuimos».

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Ronda un recelo por el comité de redacción de Agente provocador: «Tenemos la sospecha de que la historia es sospechosamente cómoda». Lo dice uno de sus miembros, Servando Rocha, una tarde de otoño en un bar con asientos y música de otra época. Y pone un ejemplo: «Los años 60 se pueden contar desde los discos de los Beatles o desde los asesinatos de Charles Manson. Los dos son igual de reales».

Desde que apareció esa sospecha, encima de la mesa de La Felguera Editores, empezaron a rastrear el pasado en busca de historias de la historia que no han sonado en el discurso oficial. Eso les llevó a crear una publicación en papel craft, con una cara lisa y otra rugosa, llena de artículos y relatos imprevisibles. La llamaron Agente provocador y la presentaron como un «gabinete de maravillas» encontradas entre los datos y el arte.

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A los agentes de esta «agencia de noticias» no les importa malgastar su reputación en garitos y tabernas con el fin de recabar información para «hablar de los 80 biopolíticamente, es decir, sin teorizar» o de pegarse una «inmersión total en el underground japonés». Esos son los títulos de algunos de los textos que publican, cada tres meses, en esta revista impresa en papel de embalar paquetes.

El comité redactor de este magazín persigue «ideas salvajes para tiempos salvajes». Escucha conversaciones en cuevas urbanas, olfatea libros antiguos en busca de «lo insólito» y rastrea las huellas de personajes impensables con los que uno pocas veces se cruzaría por la calle. «Entrevistamos a un tío que vive de unos Scalextrics. Nos gusta la gente que crea sus propios universos», cuenta Rocha mientras toma un café tan negro como las portadas de la revista. «La palabra que mejor define a Agente provocador es singularidad. Nos interesa lo singular».

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Ahí, en lo extraordinario, ven «una puerta que se abre», «un pequeño fogonazo» que solo algunos pueden apreciar. Porque Agente provocador no es lectura para multitudes; es para pocos. «El futuro va a pertenecer a las grandes minorías. Nosotros nos dirigimos a ellas», explica el editor y ensayista canario.

Nadie sabe cuántos individuos hacen este magazín de papel «cálido y añejo» al que apellidan «coleccionable y hermoso». «Como buen grupo armado, nunca hay que decir cuántos somos», manifiesta Rocha. Lo que sí se sabe es que nada tienen que ver con el periodismo: «Relatamos los hechos desde la pasión y la subjetividad».

Tampoco es posible dar con ellos. Nunca atenderán a una llamada al teléfono; siempre están reunidos «porque ¡siempre hay tanto que hacer!». Y piden que, en su lugar, le entreguen «cualquier objeto punzante, algo con lo que garabatear algo, unas letras o unas frases en la madera o en la pared». Ahora, y siempre, están ocupados y así lo advierten: «Estamos escribiendo nada más y nada menos que nuestra necrológica. Sin embargo, la autopsia no dirá nada de nosotros. No dirá lo que fuimos».

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