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22 de enero 2018    /   BUSINESS
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«La resolución de conflictos es una enseñanza imprescindible para los niños»

22 de enero 2018    /   BUSINESS     por          
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«Nadie nos enseña a ser padres». Para desempeñar una labor tan compleja y que precisa de tanta responsabilidad, a los progenitores no les queda otra que recurrir a la intuición y al sentido común. «Y eso nos suele valer, aunque a veces no es suficiente».

Ocurre en situaciones críticas, como las pataletas. «En esos casos es necesario utilizar otras herramientas, algo más “técnicas” y que van más allá del mero sentido común».

Alba Castellví se refiere a las que suelen emplearse en la mediación de conflictos. «Es necesario enseñar a nuestros hijos desde pequeños a resolver los problemas, a negociar. Lo que nos hace felices es nuestra relación con los demás y aprender a gestionar esas relaciones de la forma más fluida posible es una enseñanza imprescindible».

Maestra y socióloga, Castellví se ha especializado en el asesoramiento a padres y madres. Se sirve para ello de las técnicas que utiliza desde hace más de dos décadas como mediadora. Consejos y directrices que imparte en charlas y consultas, y que también comparte en sus libros: el primero, Educar sin chillar, y el publicado recientemente por timunmas y que lleva por título Una cesta de cerezas.

Este último es un compendio de siete cuentos en los que Castellví trata temas como la responsabilidad, la autonomía, el esfuerzo, la autoestima o la frustración en los niños. Cada uno de ellos se aborda en forma de cuento ilustrado. Los dibujos corren a cargo de Albert Arrayás.

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«Lo que intento a través de este libro es que los padres se vean reflejados en diversas situaciones para que puedan traspasar eso a su vida cotidiana». Después de cada cuento, el libro incluye una guía con la que se pretende que padres e hijos reflexionen acerca de lo leído. «No siempre es fácil sacarle todo el jugo a las historias. Con la guía se trata de que los niños se vean reflejados y puedan pensar sobre sus propias actitudes en determinadas situaciones».

La historia de un niño al que le encantan los melocotones, por ejemplo, trata sobre la autonomía y el esfuerzo en la infancia. ¿Qué postura tomar ante un niño que no sabe pelar la fruta: ayudarle a hacerlo o dejar que lo haga él, aunque eso suponga que pueda estropear la pieza, lastimarse o hacernos “perder” tiempo?

La respuesta parece sencilla, pero es precisamente la falta de tiempo lo que suele obstaculizar su puesta en práctica. «Educar no es solo gestionar hijos; requiere tiempo». A los padres que se quejan de no disponer del suficiente, Castellví les aconseja pensar dónde buscarlo porque es probable que se pueda rebañar de algún lado: «Quizás, a veces, nos deberíamos preguntar si no lavamos niños limpios…»

Porque el colmo, añade, es que ese déficit de tiempo nos impide educarles, pero también disfrutar de ellos. «¿Para qué tuvimos hijos? Obviamente no lo hicimos para contribuir al desarrollo de la especie, sino para crecer juntos, para aprender de ellos. ¿Dónde queda entonces el estímulo de ser padres?».

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Educar con tiempo

La educación de los hijos, añade, es una responsabilidad que transciende los límites del hogar. «Educar a nuestros hijos es educar ciudadanos que pueden contribuir a la transformación social». De ahí que Castellví vuelva a incidir en la necesidad de dedicar el tiempo necesario a una labor tan importante.

«El tiempo que no tenemos es lo que determina que nuestros hijos sean menos autónomos de lo que deberían». Para ahorrarlo, resolvemos cuestiones que ellos podrían hacer por sí mismos aunque de forma más lenta o con peores resultados: «Les vestimos para ir más rápido y para que vayan “como tienen que ir”».

Esto tiene sus ventajas a corto plazo, pero a la larga conlleva importantes pérdidas: «Por un lado, sus habilidades no mejoran y, por otro, nosotros nos ponemos en una posición servil ante ellos. Cuando les cueste o no les apetezca hacer algo, se servirán de nosotros porque saben que acabaremos haciéndolo por ellos. Aunque solo sea por ahorrar algo de tiempo».

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En muchas ocasiones no es solo el tiempo el que determina que sean los padres los que hagan las cosas por ellos. También los miedos o la imagen que los progenitores pretenden proyectar acaba cercenando la autonomía de sus hijos: «Si llevan mal puesta la ropa porque se han vestidos ellos, ¿qué pensarán los demás padres? ¿Dirán que soy mal padre/mala madre».

Ante esto es necesario priorizar: «Es interesante que sus necesidades se antepongan a la imagen que queremos dar. Nosotros no somos nuestros hijos y nuestros hijos no son nosotros, y eso hay que respetarlo».

De no hacerlo, corremos el riesgo de sobreprotegerles. «Solemos pasar de la sobreprotección al castigo, sin pasar por el territorio intermedio: inculcarles que sean responsables de sus actos». Castellví se remite a otro de los cuentos del libro en el que se aborda este tema.

En él, la madre de la niña protagonista, quien comete un pequeño desliz, anima a esta aclarar el embrollo. Pero le deja claro que no va a hacerlo por ella. «Es cierto que si resolvemos sus problemas lo solucionaremos de forma más rápida e higiénica, pero les estaremos privando de una experiencia que les va a permitir crecer».

En cuanto a los castigos, la educadora y socióloga considera que son útiles siempre y cuando se conciban como una consecuencia lógica de los actos de los niños: «Por ejemplo, si se hacen los remolones a la hora de lavarse los dientes, les podemos “amenazar” con dejarles sin el cuento de antes de dormir porque no les va a dar tiempo». En cambio si utilizamos un castigo arbitrario, solo tendrá consecuencias represivas, «pero no aprenderá nada valioso de ello».

«Nadie nos enseña a ser padres». Para desempeñar una labor tan compleja y que precisa de tanta responsabilidad, a los progenitores no les queda otra que recurrir a la intuición y al sentido común. «Y eso nos suele valer, aunque a veces no es suficiente».

Ocurre en situaciones críticas, como las pataletas. «En esos casos es necesario utilizar otras herramientas, algo más “técnicas” y que van más allá del mero sentido común».

Alba Castellví se refiere a las que suelen emplearse en la mediación de conflictos. «Es necesario enseñar a nuestros hijos desde pequeños a resolver los problemas, a negociar. Lo que nos hace felices es nuestra relación con los demás y aprender a gestionar esas relaciones de la forma más fluida posible es una enseñanza imprescindible».

Maestra y socióloga, Castellví se ha especializado en el asesoramiento a padres y madres. Se sirve para ello de las técnicas que utiliza desde hace más de dos décadas como mediadora. Consejos y directrices que imparte en charlas y consultas, y que también comparte en sus libros: el primero, Educar sin chillar, y el publicado recientemente por timunmas y que lleva por título Una cesta de cerezas.

Este último es un compendio de siete cuentos en los que Castellví trata temas como la responsabilidad, la autonomía, el esfuerzo, la autoestima o la frustración en los niños. Cada uno de ellos se aborda en forma de cuento ilustrado. Los dibujos corren a cargo de Albert Arrayás.

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«Lo que intento a través de este libro es que los padres se vean reflejados en diversas situaciones para que puedan traspasar eso a su vida cotidiana». Después de cada cuento, el libro incluye una guía con la que se pretende que padres e hijos reflexionen acerca de lo leído. «No siempre es fácil sacarle todo el jugo a las historias. Con la guía se trata de que los niños se vean reflejados y puedan pensar sobre sus propias actitudes en determinadas situaciones».

La historia de un niño al que le encantan los melocotones, por ejemplo, trata sobre la autonomía y el esfuerzo en la infancia. ¿Qué postura tomar ante un niño que no sabe pelar la fruta: ayudarle a hacerlo o dejar que lo haga él, aunque eso suponga que pueda estropear la pieza, lastimarse o hacernos “perder” tiempo?

La respuesta parece sencilla, pero es precisamente la falta de tiempo lo que suele obstaculizar su puesta en práctica. «Educar no es solo gestionar hijos; requiere tiempo». A los padres que se quejan de no disponer del suficiente, Castellví les aconseja pensar dónde buscarlo porque es probable que se pueda rebañar de algún lado: «Quizás, a veces, nos deberíamos preguntar si no lavamos niños limpios…»

Porque el colmo, añade, es que ese déficit de tiempo nos impide educarles, pero también disfrutar de ellos. «¿Para qué tuvimos hijos? Obviamente no lo hicimos para contribuir al desarrollo de la especie, sino para crecer juntos, para aprender de ellos. ¿Dónde queda entonces el estímulo de ser padres?».

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Educar con tiempo

La educación de los hijos, añade, es una responsabilidad que transciende los límites del hogar. «Educar a nuestros hijos es educar ciudadanos que pueden contribuir a la transformación social». De ahí que Castellví vuelva a incidir en la necesidad de dedicar el tiempo necesario a una labor tan importante.

«El tiempo que no tenemos es lo que determina que nuestros hijos sean menos autónomos de lo que deberían». Para ahorrarlo, resolvemos cuestiones que ellos podrían hacer por sí mismos aunque de forma más lenta o con peores resultados: «Les vestimos para ir más rápido y para que vayan “como tienen que ir”».

Esto tiene sus ventajas a corto plazo, pero a la larga conlleva importantes pérdidas: «Por un lado, sus habilidades no mejoran y, por otro, nosotros nos ponemos en una posición servil ante ellos. Cuando les cueste o no les apetezca hacer algo, se servirán de nosotros porque saben que acabaremos haciéndolo por ellos. Aunque solo sea por ahorrar algo de tiempo».

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En muchas ocasiones no es solo el tiempo el que determina que sean los padres los que hagan las cosas por ellos. También los miedos o la imagen que los progenitores pretenden proyectar acaba cercenando la autonomía de sus hijos: «Si llevan mal puesta la ropa porque se han vestidos ellos, ¿qué pensarán los demás padres? ¿Dirán que soy mal padre/mala madre».

Ante esto es necesario priorizar: «Es interesante que sus necesidades se antepongan a la imagen que queremos dar. Nosotros no somos nuestros hijos y nuestros hijos no son nosotros, y eso hay que respetarlo».

De no hacerlo, corremos el riesgo de sobreprotegerles. «Solemos pasar de la sobreprotección al castigo, sin pasar por el territorio intermedio: inculcarles que sean responsables de sus actos». Castellví se remite a otro de los cuentos del libro en el que se aborda este tema.

En él, la madre de la niña protagonista, quien comete un pequeño desliz, anima a esta aclarar el embrollo. Pero le deja claro que no va a hacerlo por ella. «Es cierto que si resolvemos sus problemas lo solucionaremos de forma más rápida e higiénica, pero les estaremos privando de una experiencia que les va a permitir crecer».

En cuanto a los castigos, la educadora y socióloga considera que son útiles siempre y cuando se conciban como una consecuencia lógica de los actos de los niños: «Por ejemplo, si se hacen los remolones a la hora de lavarse los dientes, les podemos “amenazar” con dejarles sin el cuento de antes de dormir porque no les va a dar tiempo». En cambio si utilizamos un castigo arbitrario, solo tendrá consecuencias represivas, «pero no aprenderá nada valioso de ello».

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Opiniones 2
  • Me encanta leer articulos tan interesantes como este. Enriquece la labor de los padres priorizando la formacion de los niños con como seres unicos

  • Muy buena reflexión, es cierto que muchas veces las madres y padres vamos cortos de tiempo, pero la educación de un hijo es imprescindible. ¿Quien lo va a educar si no?
    Los libros que nombras tienen muy buena pinta, pero ¿van orientados a los padres o a los hijos?
    Siempre es complejo explicarle a los mas pequeños ciertas cuestiones y con ejemplos con cuentos se hace mucho mas fácil.

    Un saludo

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