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29 de abril 2019    /   ENTRETENIMIENTO
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Alberto Gómez Font: «Propongo hablar bien de lunes a jueves, y lanzarnos al relajo total los viernes, sábados y domingos»

El lingüista acaba de publicar 'Hablemos asín', un divertimento que apuesta por la relajación en el lenguaje y el abandono de la norma culta

29 de abril 2019    /   ENTRETENIMIENTO     por          
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Vivimos momentos extremos. Entiéndase lo de extremo en un sentido casi literal: todo (o casi todo) nos insta, nos urge y nos apremia a posicionarnos en un lado de la cuerda.

O blanco o negro, o arriba o abajo, o derecha o izquierda. No existe una más que probable escala de grises. En política, en la forma de alimentarnos y, por supuesto, en nuestra forma de hablar. O eres un gramarnazi o eres un gramarpunki.

El hablante medio no existe. O te entregas a la ortodoxia de la norma culta o caerás en el vulgarismo sin remedio. Ya está bien, ¿no? Relajémonos

Esto es lo que propone el lingüista y miembro de la Academia Americana de la Lengua Alberto Gómez Font en su libro Hablemos asín (Pie de Página, 2019). Relajémonos en nuestra manera de hablar igual que esos ejecutivos se entregan complacientes al llamado casual Friday, cuando se liberan de la corbata y el traje y se entregan al cómodo uso del vaquero y la camisa sin gemelos ni ataduras.

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Alberto Gómez Font

«[…] lo que yo les propongo a ustedes es hablar bien de lunes a jueves, y lanzarnos al relajo total durante los viernes, sábados y domingos», propone Gómez Font en la introducción de su libro. «Tendremos, pues, una lengua formal que cumplirá con las normas de etiqueta, y otra lengua décontractée, con la que mostraremos nuestra faceta lúdica».

Cuesta creer que esta proposición (¿lingüísticamente deshonesta?) sea sincera. Cuesta, al menos, al venir de boca de quien durante años se ha encargado de corregir los desvíos de esa norma culta desde su puesto de antiguo coordinador general de la Fundación del Español Urgente, germen de lo que es hoy la Fundéu.

¿Estará enfadado con los hablantes, que nos hemos empeñado en no hacer caso de sus recomendaciones?

¡Todo lo contrario! Estoy encantado con los hablantes, pues me han dado una gran lección, y es que la lengua puede ser igual de bonita y de buena, e incluso más divertida, si no se hace caso a los que se empeñan en decir qué está bien dicho y qué está mal dicho.

En efecto; fueron muchos años de mi vida dedicándome a señalar errores, y no puedo negar que aprendí muchísimo; pero no estoy enfadado con nadie. Bueno… puede que sí: creo que estoy algo enfadado con los que se empeñan en corregir cómo hablan los demás.

Ahí va la primera de sus tesis: de ser gramarnazi también se sale. Pero ¿en serio que es válido decir que asín es? ¿Que debemos ser más expontáneos en nuestra manera de hablar? ¿Que si nos liberamos del yugo del biendecir nos sentiremos más mejor? ¿Entenderá el hablante medio la ironía, ese mismo hablante que busca un sí o un no cuando pregunta si algo está bien escrito o dicho?

Tengo fe en el hablante medio, y sé que mi libro puede hacerlo sonreír, y también sé que a los lingüistas los hará reflexionar y, por qué no, también les sacará alguna que otra sonrisa. El libro es un divertimento mezclado con provocación, y espero que así lo entiendan todos sus lectores, sean o no lingüistas. Y en cuanto a lo de interpretar todo lo que digo en mi libro como adecuado, mi deseo es que lo hagan así tanto el público medio como el especializado.

¿Somos los hablantes un caso perdido o sois los vigilantes del buen uso del idioma una anacronía?

Ni lo uno ni lo otro. Vamos a ver (¿o es haber…?): Los hablantes hacen lo que les da la gana, y gracias a eso nuestra lengua es tan rica y se mantiene tan fresca y tan colorida. La gente dice las cosas como se las oyó decir a sus mayores, o como se las oye decir a los de su entorno, o como le perecen más bonitas y le suenan mejor. No creo, por lo tanto, que se pueda afirmar que los hablantes son un caso perdido.

En cuanto a los vigilantes del buen uso del idioma, los creo necesarios para lograr que estén bien escritos los periódicos, los libros, los documentos de la administración y de las empresas, las webs, la publicidad, etc. Pero no me gustan los que se dedican a corregir a la gente cuando habla. No hay nada de anacronismo ni en los correctores de la lengua escrita ni en los otros, pero estos últimos son un coñazo y deberían estar más calladitos.

Alberto Gómez Font

¿Crees que la mejor forma de acercarte al habla popular es ironizando sobre su uso incorrecto?

No creo que se deba ironizar nunca sobre el habla popular, y sí, en cambio, sobre los que se empeñan en constreñirla y en estigmatizarla. De esos sí que hay que burlarse y reírse, pues son ridículos. Y también hay que compadecerlos, pues los pobrecitos no se dan cuenta de que nadan contra corriente ni de que sus esfuerzos no sirven para nada.

De todas las «formas relajadas» con las que pretendes que hablemos de lunes a jueves, cuál o cuáles son las que más te molestan, te duelen.

No me molesta ni me duele ninguna, y por eso las ensalzo en mi libro. Me encantan todas y reclamo el derecho que tienen los hablantes a utilizarlas libremente y sin pedirle perdón a nadie. Sí me duele, en cambio, que haya personas que desprecien el lenguaje relajado. No saben lo que se están perdiendo.

Lenguaje relajado. Suena bien. Es incluso liberador escuchar decir a un vigilante de la lengua como Gómez Font que podemos usar el tan denostado en base a cuando nos venga en gana y sin temor a equivocarnos. «¡Dejemos en paz a esas tres palabras a las que tanto les gusta vivir juntitas! Vamos a ver, si hay tanta, tantísima, tantisísima gente que dice y escribe en base a, y viene haciéndolo desde hace tantos años, ¿no es ya el momento de dejar de regañarlos?», propone enérgico el lingüista.

¿Por qué caminan tan alejadas a veces la norma culta y la popular? Que la popular pase a ser culta, ¿de qué depende, solo de tiempo?

La culpa de todo la tienen esos personajes a los que yo ataco y critico en mi libro: los hablantes ultraconservadores, los sedicentes defensores de la pureza de la lengua, los talibanes del lenguaje correcto… Y sí, la mayor parte de las veces lo popular termina imponiéndose y se convierte en culto: es ley de vida. Siempre fue así y las cosas no van a cambiar por mucho que algunos se empeñen en ponerle puertas al campo.

Muchas expresiones redundantes que se consideran erróneas son (o parecen serlo) un intento de intensificar el mensaje que se quiere trasmitir: «absolutamente imprescindible», «gratis total», «subir arriba»… ¿No debería tenerse eso en cuenta a la hora de reconsiderarlas como buenas?

En efecto: la mayoría de las redundancias sirven para reforzar el mensaje, y por eso son tan habituales en el discurso hablado, y también por eso defiendo algunas en mi libro. No defendería nunca, en cambio, algunas como «crespones negros» o «cuartel militar», «peluca postiza», «proyectos de futuro»…

En este viaje al relajado universo del habla popular, no solo la forma de decir resulta llamativa y desafiante. También lo es la semántica, el cómo va cambiando de significado una determinada palabra retando a lo que está escrito como ley en el Diccionario. Tal es el caso de adolecer, que Gómez Font también trata en su provocador libro. La tradición dice que quien adolece de algo sufre una dolencia. Pero los hablantes medios nos hemos empeñado en cambiárselo por carecer de algo. Y llevamos todas las de ganar. Pero surge la pregunta:

¿Habrá periodo de convivencia en el Diccionario alguna vez, como le ocurre a lívido con los significados de «amoratado» o «pálido»? ¿O directamente desaparecerá el significado de «sufrir una dolencia»?

Si los lexicógrafos que se encargan de redactar el Diccionario oficial estuvieran más atentos a lo que se dice en la calle y fueran más abiertos y menos conservadores, otro gallo nos cantaría y todo iría muchísimo mejor. Afortunadamente hay otros diccionarios que sí lo hacen, como el Pequeño Larousse Ilustrado o el Clave. De todas formas, no es bueno que «desaparezca» el significado original, pero sí habrá que marcarlo como anticuado o en desuso.

Alberto Gómez Font

Son muchas las expresiones por las que este lingüista aboga por dejar vivir en libertad. Fuertísimo, fregaplatos, jugar un papel (frente a quienes aconsejan desempeñar un papel), mondarina, sanguinoliento… No falta quien aún arruga el morro al oírlas y se hace cruces. Gómez Font no. No, al menos, ante estas. Tan solo dos palabras le tuercen el gesto: vulgar y vulgarismo

¿Por qué te molesta tanto que se tache de vulgarismo determinadas expresiones? ¿Qué tienes contra esa palabra?

Creo que tachar de «vulgares» (o de «vulgarismos») a determinadas palabras o expresiones es un ejercicio de desprecio que ningún hablante debería aceptar, pues nadie tiene derecho a hacerlo ni a dividir la lengua entre «culta» y «vulgar». Y quienes lo hacen padecen de un clarísimo complejo de superioridad, y deberían ponerse en manos del psiquiatra para que les curara su dolencia.

Me duele, de verdad, que se menosprecie de esa forma tan gratuita y tan simplona a un montón de formas que tienen tanto derecho como las demás a formar parte de nuestro idioma.

Voy con los latinismos. Usamos mal, según la norma culta, expresiones como a grosso modo, de córpore insepulto, de motu propio… Si hemos optado por adaptar extranjerismos (fútbol), ¿no debería la norma culta aceptar que esos usos incorrectos son adaptaciones en proceso de un latinismo? Digo lo de «en proceso» porque aún mantenemos ciertas grafías: grosso, por ejemplo.

Así es; eso y no otra cosa es lo que deberían hacer los guardianes de la dichosa «norma culta», y dejarse de zarandajas absurdas que no nos llevan a ninguna parte. Pero no parecen estar muy dispuestos a hacerlo, y se empeñan en «mantenella y no enmendalla», y en «defendella y no enmendalla», y en «sostenella y no enmendalla». Y es que esa gente es asín de testadura

¿Nos vas a explicar ya la diferencia entre apóstrofe y apóstrofo?

¿Y si lo dejamos así y que sean los hablantes los que decidan? Está clarísimo que la mayoría de los usuarios del español usan solo la forma apóstrofe, es decir, para casi nadie existe eso del apóstrofo. Y, así las cosas, el problema está más que resuelto.

Ahora bien, queda por ahí algunos sedicentes bienhablantes que pretenden que el resto distingamos entre apóstrofe (en retórica, Interpelación vehemente dirigida en segunda persona a una o varias, presentes o ausentes, vivas o muertas, o a seres abstractos, a cosas inanimadas, o a uno mismo) y apóstrofo (Signo ortográfico (‘) utilizado en español para unir dos palabras indicando la elisión de sonidos, generalmente una vocal). Pero no hay que hacerles ningún caso.

Vivimos momentos extremos. Entiéndase lo de extremo en un sentido casi literal: todo (o casi todo) nos insta, nos urge y nos apremia a posicionarnos en un lado de la cuerda.

O blanco o negro, o arriba o abajo, o derecha o izquierda. No existe una más que probable escala de grises. En política, en la forma de alimentarnos y, por supuesto, en nuestra forma de hablar. O eres un gramarnazi o eres un gramarpunki.

El hablante medio no existe. O te entregas a la ortodoxia de la norma culta o caerás en el vulgarismo sin remedio. Ya está bien, ¿no? Relajémonos

Esto es lo que propone el lingüista y miembro de la Academia Americana de la Lengua Alberto Gómez Font en su libro Hablemos asín (Pie de Página, 2019). Relajémonos en nuestra manera de hablar igual que esos ejecutivos se entregan complacientes al llamado casual Friday, cuando se liberan de la corbata y el traje y se entregan al cómodo uso del vaquero y la camisa sin gemelos ni ataduras.

Alberto Gómez Font

«[…] lo que yo les propongo a ustedes es hablar bien de lunes a jueves, y lanzarnos al relajo total durante los viernes, sábados y domingos», propone Gómez Font en la introducción de su libro. «Tendremos, pues, una lengua formal que cumplirá con las normas de etiqueta, y otra lengua décontractée, con la que mostraremos nuestra faceta lúdica».

Artículo relacionado

Cuesta creer que esta proposición (¿lingüísticamente deshonesta?) sea sincera. Cuesta, al menos, al venir de boca de quien durante años se ha encargado de corregir los desvíos de esa norma culta desde su puesto de antiguo coordinador general de la Fundación del Español Urgente, germen de lo que es hoy la Fundéu.

¿Estará enfadado con los hablantes, que nos hemos empeñado en no hacer caso de sus recomendaciones?

¡Todo lo contrario! Estoy encantado con los hablantes, pues me han dado una gran lección, y es que la lengua puede ser igual de bonita y de buena, e incluso más divertida, si no se hace caso a los que se empeñan en decir qué está bien dicho y qué está mal dicho.

En efecto; fueron muchos años de mi vida dedicándome a señalar errores, y no puedo negar que aprendí muchísimo; pero no estoy enfadado con nadie. Bueno… puede que sí: creo que estoy algo enfadado con los que se empeñan en corregir cómo hablan los demás.

Ahí va la primera de sus tesis: de ser gramarnazi también se sale. Pero ¿en serio que es válido decir que asín es? ¿Que debemos ser más expontáneos en nuestra manera de hablar? ¿Que si nos liberamos del yugo del biendecir nos sentiremos más mejor? ¿Entenderá el hablante medio la ironía, ese mismo hablante que busca un sí o un no cuando pregunta si algo está bien escrito o dicho?

Tengo fe en el hablante medio, y sé que mi libro puede hacerlo sonreír, y también sé que a los lingüistas los hará reflexionar y, por qué no, también les sacará alguna que otra sonrisa. El libro es un divertimento mezclado con provocación, y espero que así lo entiendan todos sus lectores, sean o no lingüistas. Y en cuanto a lo de interpretar todo lo que digo en mi libro como adecuado, mi deseo es que lo hagan así tanto el público medio como el especializado.

¿Somos los hablantes un caso perdido o sois los vigilantes del buen uso del idioma una anacronía?

Ni lo uno ni lo otro. Vamos a ver (¿o es haber…?): Los hablantes hacen lo que les da la gana, y gracias a eso nuestra lengua es tan rica y se mantiene tan fresca y tan colorida. La gente dice las cosas como se las oyó decir a sus mayores, o como se las oye decir a los de su entorno, o como le perecen más bonitas y le suenan mejor. No creo, por lo tanto, que se pueda afirmar que los hablantes son un caso perdido.

En cuanto a los vigilantes del buen uso del idioma, los creo necesarios para lograr que estén bien escritos los periódicos, los libros, los documentos de la administración y de las empresas, las webs, la publicidad, etc. Pero no me gustan los que se dedican a corregir a la gente cuando habla. No hay nada de anacronismo ni en los correctores de la lengua escrita ni en los otros, pero estos últimos son un coñazo y deberían estar más calladitos.

Alberto Gómez Font

¿Crees que la mejor forma de acercarte al habla popular es ironizando sobre su uso incorrecto?

No creo que se deba ironizar nunca sobre el habla popular, y sí, en cambio, sobre los que se empeñan en constreñirla y en estigmatizarla. De esos sí que hay que burlarse y reírse, pues son ridículos. Y también hay que compadecerlos, pues los pobrecitos no se dan cuenta de que nadan contra corriente ni de que sus esfuerzos no sirven para nada.

De todas las «formas relajadas» con las que pretendes que hablemos de lunes a jueves, cuál o cuáles son las que más te molestan, te duelen.

No me molesta ni me duele ninguna, y por eso las ensalzo en mi libro. Me encantan todas y reclamo el derecho que tienen los hablantes a utilizarlas libremente y sin pedirle perdón a nadie. Sí me duele, en cambio, que haya personas que desprecien el lenguaje relajado. No saben lo que se están perdiendo.

Lenguaje relajado. Suena bien. Es incluso liberador escuchar decir a un vigilante de la lengua como Gómez Font que podemos usar el tan denostado en base a cuando nos venga en gana y sin temor a equivocarnos. «¡Dejemos en paz a esas tres palabras a las que tanto les gusta vivir juntitas! Vamos a ver, si hay tanta, tantísima, tantisísima gente que dice y escribe en base a, y viene haciéndolo desde hace tantos años, ¿no es ya el momento de dejar de regañarlos?», propone enérgico el lingüista.

¿Por qué caminan tan alejadas a veces la norma culta y la popular? Que la popular pase a ser culta, ¿de qué depende, solo de tiempo?

La culpa de todo la tienen esos personajes a los que yo ataco y critico en mi libro: los hablantes ultraconservadores, los sedicentes defensores de la pureza de la lengua, los talibanes del lenguaje correcto… Y sí, la mayor parte de las veces lo popular termina imponiéndose y se convierte en culto: es ley de vida. Siempre fue así y las cosas no van a cambiar por mucho que algunos se empeñen en ponerle puertas al campo.

Muchas expresiones redundantes que se consideran erróneas son (o parecen serlo) un intento de intensificar el mensaje que se quiere trasmitir: «absolutamente imprescindible», «gratis total», «subir arriba»… ¿No debería tenerse eso en cuenta a la hora de reconsiderarlas como buenas?

En efecto: la mayoría de las redundancias sirven para reforzar el mensaje, y por eso son tan habituales en el discurso hablado, y también por eso defiendo algunas en mi libro. No defendería nunca, en cambio, algunas como «crespones negros» o «cuartel militar», «peluca postiza», «proyectos de futuro»…

En este viaje al relajado universo del habla popular, no solo la forma de decir resulta llamativa y desafiante. También lo es la semántica, el cómo va cambiando de significado una determinada palabra retando a lo que está escrito como ley en el Diccionario. Tal es el caso de adolecer, que Gómez Font también trata en su provocador libro. La tradición dice que quien adolece de algo sufre una dolencia. Pero los hablantes medios nos hemos empeñado en cambiárselo por carecer de algo. Y llevamos todas las de ganar. Pero surge la pregunta:

¿Habrá periodo de convivencia en el Diccionario alguna vez, como le ocurre a lívido con los significados de «amoratado» o «pálido»? ¿O directamente desaparecerá el significado de «sufrir una dolencia»?

Si los lexicógrafos que se encargan de redactar el Diccionario oficial estuvieran más atentos a lo que se dice en la calle y fueran más abiertos y menos conservadores, otro gallo nos cantaría y todo iría muchísimo mejor. Afortunadamente hay otros diccionarios que sí lo hacen, como el Pequeño Larousse Ilustrado o el Clave. De todas formas, no es bueno que «desaparezca» el significado original, pero sí habrá que marcarlo como anticuado o en desuso.

Alberto Gómez Font

Son muchas las expresiones por las que este lingüista aboga por dejar vivir en libertad. Fuertísimo, fregaplatos, jugar un papel (frente a quienes aconsejan desempeñar un papel), mondarina, sanguinoliento… No falta quien aún arruga el morro al oírlas y se hace cruces. Gómez Font no. No, al menos, ante estas. Tan solo dos palabras le tuercen el gesto: vulgar y vulgarismo

¿Por qué te molesta tanto que se tache de vulgarismo determinadas expresiones? ¿Qué tienes contra esa palabra?

Creo que tachar de «vulgares» (o de «vulgarismos») a determinadas palabras o expresiones es un ejercicio de desprecio que ningún hablante debería aceptar, pues nadie tiene derecho a hacerlo ni a dividir la lengua entre «culta» y «vulgar». Y quienes lo hacen padecen de un clarísimo complejo de superioridad, y deberían ponerse en manos del psiquiatra para que les curara su dolencia.

Me duele, de verdad, que se menosprecie de esa forma tan gratuita y tan simplona a un montón de formas que tienen tanto derecho como las demás a formar parte de nuestro idioma.

Voy con los latinismos. Usamos mal, según la norma culta, expresiones como a grosso modo, de córpore insepulto, de motu propio… Si hemos optado por adaptar extranjerismos (fútbol), ¿no debería la norma culta aceptar que esos usos incorrectos son adaptaciones en proceso de un latinismo? Digo lo de «en proceso» porque aún mantenemos ciertas grafías: grosso, por ejemplo.

Así es; eso y no otra cosa es lo que deberían hacer los guardianes de la dichosa «norma culta», y dejarse de zarandajas absurdas que no nos llevan a ninguna parte. Pero no parecen estar muy dispuestos a hacerlo, y se empeñan en «mantenella y no enmendalla», y en «defendella y no enmendalla», y en «sostenella y no enmendalla». Y es que esa gente es asín de testadura

¿Nos vas a explicar ya la diferencia entre apóstrofe y apóstrofo?

¿Y si lo dejamos así y que sean los hablantes los que decidan? Está clarísimo que la mayoría de los usuarios del español usan solo la forma apóstrofe, es decir, para casi nadie existe eso del apóstrofo. Y, así las cosas, el problema está más que resuelto.

Ahora bien, queda por ahí algunos sedicentes bienhablantes que pretenden que el resto distingamos entre apóstrofe (en retórica, Interpelación vehemente dirigida en segunda persona a una o varias, presentes o ausentes, vivas o muertas, o a seres abstractos, a cosas inanimadas, o a uno mismo) y apóstrofo (Signo ortográfico (‘) utilizado en español para unir dos palabras indicando la elisión de sonidos, generalmente una vocal). Pero no hay que hacerles ningún caso.

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Opiniones 1
  • Entiendo la propuesta y su fundamento pero en la práctica me resultaría poco cómodo hacer un uso doble y seguro me mezclaría los días de uso correcto con los de distensión. O uno u otro. Si no es preferible mantener lo de costumbre.

    Saludos.

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