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1 de septiembre 2016    /   IDEAS
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Aléjate de los quejicas, pueden arruinarte la salud

1 de septiembre 2016    /   IDEAS     por          
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Hay personas quejicosas con un ojo quirúrgico para encontrar la mala hierba, los defectos, las contraindicaciones de cada situación; personas que  chasquean la lengua y resoplan y, las más crónicas, hasta se dejan llevar por un principio de pataleo. Tienen el esfínter siempre a punto para cagarse cosas insustanciales e irremediables como la lluvia o el rojo de los semáforos. Son tóxicas, pero no las mandamos a paseo por conmiseración: bastante tienen con su amargura. Sin embargo, la ciencia da razones para exigirles que se alejen de nosotros como si fueran fumadores de puros. El quejiquismo se contagia y si te descuidas, puedes acabar ladrando a las columnas de tu garaje.

Steven Parton, escritor en Psych Pedia, cuenta a Yorokobu que la culpa es de «las neuronas espejo, que provocan que nuestros cerebros activen las mismas emociones que observamos alrededor». Parton explica las lamentaciones obsesivas imprimen unos patrones en el cerebro que pueden arrastrarnos a ser menos inteligentes y abrir la puerta a enfermedades más graves.

«La queja cultiva la negatividad porque refuerza los caminos nerviosos que se relacionan con el estrés, el miedo y la depresión. Si practicamos suficientemente con el piano, por ejemplo, al final nos parece como si moviéramos los dedos por instinto, sin siquiera tener que pensarlo. Aquí ocurre lo mismo. Piensa negativamente y las sinapsis que inducen al estrés, el miedo o la depresión, se dispararán sin mediación de la lógica», desarrolla Parton.

Ya en el 86, el científico estadounidense Robert Sapolski desarrolló la hipótesis de la cascada de glucocorticoides, que atribuía al estrés crónico la capacidad de modificar el cerebro. Los glucocorticoides se encargan de liberar la energía necesaria para afrontar situaciones estresantes. Es un mecanismo de defensa, evolutivo, pero si el hipocampo (una zona que usamos, entre otras cosas, para memorizar y aprender) está muy expuesto a ellos, acaba por deformarse. O sea, agobiarse o amargarse a la mínima es una forma de pisotear nuestro propio el cerebro.

Otro nombre raro, la hormona cortisol. Según Parton, también se descontrola «y esto compromete al sistema inmunológico del cuerpo dando lugar a problemas como el incremento de la presión sanguínea o el aumento de la probabilidad de sufrir problemas de corazón». Sapolski habló también de cómo el estrés afecta a los telómeros del ADN y provoca envejecimiento prematuro, altera el ciclo menstrual o causa disfunción eréctil.

Ese es el destino neuronal y celular que le espera a un quejicoso si no deja de despotricar por cualquier cosa. Sin embargo, alguna vez a todos nos ha parecido una buena idea dejarnos llevar y asquearnos por cualquier absurdo, todos hemos disfrutado ese extraño placer, esa cosa adictiva que paladea todo quejicoso que se precie.

Para llegar a gozarlo en su plenitud, lo primero es que todo te parezca mal. Si algo te parece bien, totalmente bien, limpiamente bien, será que no has mirado suficiente. Obsérvalo con más quietud, dale vueltas. Qué gustazo ver cómo tus amigos se divierten con algo y detectar en ese algo (en esa película o ese juego de mesa) un fallo espléndido, una inconveniencia, y decirlo en alto y que no te tomen importancia, y repetirlo, dos, tres veces, hasta que dejen de sonreír y te miren de soslayo culpándote de aguar la fiesta, y entonces ya sí, agarrarte a la imagen de esas caras y deprimirte porque nadie te comprende y marcharte a casa y gritarle a tu padre o al perro.

Eso es si quieres pegarte una buena orgía, un berrinche catártico, pero luego hay pequeños momentos: el cruasán que te sirven chicloso, la abuela que cruza por el paso de cebra en el último momento, cuando sabía que no llegaba, y que, sin duda, lo hace para joderte a ti y no al resto de vehículos.

Quién vive en un ciclo así cree que, a base de flemas, restaura la justicia del universo o que, por lo menos, se libera del estrés al expresar disgusto. Pero no es así. El psicólogo Jeffrey Lohr ha utilizado la metáfora del pedo para explicarlo: «La gente no suele liberar un gas en los elevadores. Quejarte en voz alta es el equivalente emocional de dejar escapar una flatulencia en un espacio cerrado. Parece una buena idea, pero es un grave error».

Los lamentadores crónicos se deslizan por una espiral que acaba bloqueando su creatividad. «Cuando tenemos miedo o estamos cabreados, nuestros cerebros entran en modo supervivencia y dedican todo el poder de nuestra conciencia a vigilar posibles amenazas; en ese estado, nuestra mente pierde la habilidad de relajarse y expandirse por los caminos que le permitan usar la imaginación», dice el autor de Psych Pedia.

Hace años los jóvenes Thierry Blancpaint y Pieter Pelgrims se dieron cuenta de que dedicaban demasiado tiempo a protestar y de que cada uno de esos minutos resultaban totalmente estériles. Recuerda Pelgrims que se enojaban de manera automática: «No arreglábamos las cosas que podíamos ni dejábamos pasar aquellas que no tenían solución».

Decidieron inventar el mes sin quejas. La primera vez escogieron noviembre, pero al final decidieron ponerlo en práctica cada febrero, más que nada, porque se trata del mes más corto. Comenzaron ellos dos y, poco a poco, se unió más gente, hasta que decidieron darle un nombre y abrirlo a quien quisiera participar. Crearon Complaint/Restaint.

Desde la primera incursión, Pelgrims notó beneficios: «Vi de manera más evidente que la gente con mucha energía negativa, realmente, me estaban drenando, vaciando, y eso cambió mi actitud: no quería ser así, quiero que quienes se encuentren conmigo se vayan con más energía y no al revés».

Para mantenerse a raya, algunos se colocaban una goma en la muñeca y, cada vez que fallaban, la cambiaban a la otra. Así iban adquiriendo conciencia de la cantidad de gruñidos que vertían al día. «Yo intento parafrasear las quejas, convertirlas en pensamientos positivos o sugerencias para mejorar», indica Pelgrims. Aun así, confiesa que no han conseguido completar un mes sin sufrir un solo brote de tonta indignación. Como dijo Paul Watzlawick en El arte de amargarse la vida: «No hay cosa más difícil de soportar que una serie de días buenos». Pelgrims está convencido de que, acabándolo o no, el ejercicio lo hace más feliz.

Sin embargo, no todas las quejas repercuten negativamente. De hecho, hacen falta para la evolución social y para la creación artística. «Es bueno clamar contra el racismo, la opresión, la desigualdad económica… Todo es cuestión de si la queja es realista y se refiere algo que puedes contribuir a cambiar o no. El cabreo, la tristeza y el miedo también nos motivan para crecer», matiza Steve Parton.

Hay personas quejicosas con un ojo quirúrgico para encontrar la mala hierba, los defectos, las contraindicaciones de cada situación; personas que  chasquean la lengua y resoplan y, las más crónicas, hasta se dejan llevar por un principio de pataleo. Tienen el esfínter siempre a punto para cagarse cosas insustanciales e irremediables como la lluvia o el rojo de los semáforos. Son tóxicas, pero no las mandamos a paseo por conmiseración: bastante tienen con su amargura. Sin embargo, la ciencia da razones para exigirles que se alejen de nosotros como si fueran fumadores de puros. El quejiquismo se contagia y si te descuidas, puedes acabar ladrando a las columnas de tu garaje.

Steven Parton, escritor en Psych Pedia, cuenta a Yorokobu que la culpa es de «las neuronas espejo, que provocan que nuestros cerebros activen las mismas emociones que observamos alrededor». Parton explica las lamentaciones obsesivas imprimen unos patrones en el cerebro que pueden arrastrarnos a ser menos inteligentes y abrir la puerta a enfermedades más graves.

«La queja cultiva la negatividad porque refuerza los caminos nerviosos que se relacionan con el estrés, el miedo y la depresión. Si practicamos suficientemente con el piano, por ejemplo, al final nos parece como si moviéramos los dedos por instinto, sin siquiera tener que pensarlo. Aquí ocurre lo mismo. Piensa negativamente y las sinapsis que inducen al estrés, el miedo o la depresión, se dispararán sin mediación de la lógica», desarrolla Parton.

Ya en el 86, el científico estadounidense Robert Sapolski desarrolló la hipótesis de la cascada de glucocorticoides, que atribuía al estrés crónico la capacidad de modificar el cerebro. Los glucocorticoides se encargan de liberar la energía necesaria para afrontar situaciones estresantes. Es un mecanismo de defensa, evolutivo, pero si el hipocampo (una zona que usamos, entre otras cosas, para memorizar y aprender) está muy expuesto a ellos, acaba por deformarse. O sea, agobiarse o amargarse a la mínima es una forma de pisotear nuestro propio el cerebro.

Otro nombre raro, la hormona cortisol. Según Parton, también se descontrola «y esto compromete al sistema inmunológico del cuerpo dando lugar a problemas como el incremento de la presión sanguínea o el aumento de la probabilidad de sufrir problemas de corazón». Sapolski habló también de cómo el estrés afecta a los telómeros del ADN y provoca envejecimiento prematuro, altera el ciclo menstrual o causa disfunción eréctil.

Ese es el destino neuronal y celular que le espera a un quejicoso si no deja de despotricar por cualquier cosa. Sin embargo, alguna vez a todos nos ha parecido una buena idea dejarnos llevar y asquearnos por cualquier absurdo, todos hemos disfrutado ese extraño placer, esa cosa adictiva que paladea todo quejicoso que se precie.

Para llegar a gozarlo en su plenitud, lo primero es que todo te parezca mal. Si algo te parece bien, totalmente bien, limpiamente bien, será que no has mirado suficiente. Obsérvalo con más quietud, dale vueltas. Qué gustazo ver cómo tus amigos se divierten con algo y detectar en ese algo (en esa película o ese juego de mesa) un fallo espléndido, una inconveniencia, y decirlo en alto y que no te tomen importancia, y repetirlo, dos, tres veces, hasta que dejen de sonreír y te miren de soslayo culpándote de aguar la fiesta, y entonces ya sí, agarrarte a la imagen de esas caras y deprimirte porque nadie te comprende y marcharte a casa y gritarle a tu padre o al perro.

Eso es si quieres pegarte una buena orgía, un berrinche catártico, pero luego hay pequeños momentos: el cruasán que te sirven chicloso, la abuela que cruza por el paso de cebra en el último momento, cuando sabía que no llegaba, y que, sin duda, lo hace para joderte a ti y no al resto de vehículos.

Quién vive en un ciclo así cree que, a base de flemas, restaura la justicia del universo o que, por lo menos, se libera del estrés al expresar disgusto. Pero no es así. El psicólogo Jeffrey Lohr ha utilizado la metáfora del pedo para explicarlo: «La gente no suele liberar un gas en los elevadores. Quejarte en voz alta es el equivalente emocional de dejar escapar una flatulencia en un espacio cerrado. Parece una buena idea, pero es un grave error».

Los lamentadores crónicos se deslizan por una espiral que acaba bloqueando su creatividad. «Cuando tenemos miedo o estamos cabreados, nuestros cerebros entran en modo supervivencia y dedican todo el poder de nuestra conciencia a vigilar posibles amenazas; en ese estado, nuestra mente pierde la habilidad de relajarse y expandirse por los caminos que le permitan usar la imaginación», dice el autor de Psych Pedia.

Hace años los jóvenes Thierry Blancpaint y Pieter Pelgrims se dieron cuenta de que dedicaban demasiado tiempo a protestar y de que cada uno de esos minutos resultaban totalmente estériles. Recuerda Pelgrims que se enojaban de manera automática: «No arreglábamos las cosas que podíamos ni dejábamos pasar aquellas que no tenían solución».

Decidieron inventar el mes sin quejas. La primera vez escogieron noviembre, pero al final decidieron ponerlo en práctica cada febrero, más que nada, porque se trata del mes más corto. Comenzaron ellos dos y, poco a poco, se unió más gente, hasta que decidieron darle un nombre y abrirlo a quien quisiera participar. Crearon Complaint/Restaint.

Desde la primera incursión, Pelgrims notó beneficios: «Vi de manera más evidente que la gente con mucha energía negativa, realmente, me estaban drenando, vaciando, y eso cambió mi actitud: no quería ser así, quiero que quienes se encuentren conmigo se vayan con más energía y no al revés».

Para mantenerse a raya, algunos se colocaban una goma en la muñeca y, cada vez que fallaban, la cambiaban a la otra. Así iban adquiriendo conciencia de la cantidad de gruñidos que vertían al día. «Yo intento parafrasear las quejas, convertirlas en pensamientos positivos o sugerencias para mejorar», indica Pelgrims. Aun así, confiesa que no han conseguido completar un mes sin sufrir un solo brote de tonta indignación. Como dijo Paul Watzlawick en El arte de amargarse la vida: «No hay cosa más difícil de soportar que una serie de días buenos». Pelgrims está convencido de que, acabándolo o no, el ejercicio lo hace más feliz.

Sin embargo, no todas las quejas repercuten negativamente. De hecho, hacen falta para la evolución social y para la creación artística. «Es bueno clamar contra el racismo, la opresión, la desigualdad económica… Todo es cuestión de si la queja es realista y se refiere algo que puedes contribuir a cambiar o no. El cabreo, la tristeza y el miedo también nos motivan para crecer», matiza Steve Parton.

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Opiniones 0
  • Hay muchas cosas que fomentan la queja, pensemos en la manera reactiva en que hacemos casi todas las cosas, somos como una máquina de reaccionar en piloto automático. Intentar evitar una queja da espacio para detenernos y reflexionar sobre alternativas no pensadas que nos hagan ver la realidad desde otro enfoque y así evitar la queja. Muy buen artículo…!!!

  • Supongo que es un buen consejo alejarse de las personas negativas, sin embargo a veces creo que las personas lo toman demasiado literalmente, en ocasiones una persona que conoces desde hace un tiempo esta pasando por un mal momento y le sirve de desahogo quejarse, hasta cierto límite.

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