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30 de abril 2018    /   IDEAS
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Aletta Jacobs, una de las primeras doctoras de la historia y promotora de la anticoncepción

30 de abril 2018    /   IDEAS     por          
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El control de la natalidad es civilización. Esta afirmación no es tan tajante porque pueda ampararse en hipótesis más o menos aventuradas, como que la legalización del aborto coadyuvó a reducir los crímenes, sino porque consiste en asumir algo a todas luces contraintuitivo como que lo natural no siempre es mejor que lo artificial.

O que las predisposiciones biológicas no son netamente positivas en todos los contextos (por ejemplo, nuestro anhelo por grasas y azúcares se forjó en una época de carestía de los mismos, y ahora, en un contexto de abundancia, han propiciado una epidemia de obesidad).

Por esa razón, quienes enarbolaron la bandera de la anticoncepción fueron héroes en muchos sentidos que debieron driblar mitos e inercias sociales. También héroes que fueron capaces de enterrar métodos sin sustento científico, como el licor casero de testículo castor. Y, finalmente, héroes políticos que supieron introducir los nuevos conocimientos y prácticas en un marco legal.

Una de estas heroínas fue Aletta Jacobs (1854 – 1929), que, con solo 25 años, cambió el mundo de la medicina en el ámbito de la anticoncepción, además de ser una ferviente activista por los derechos de la mujer.

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Biología

Aletta fue la primera mujer en la historia de los Países Bajos en recibir un título universitario. También fue la primera en graduarse como doctora en medicina. Y, naturalmente, fue una de las primeras médicas en todo el mundo.

Siempre es un enigma averiguar de qué yacimientos extraen los pioneros su ambición y su falta de miedo a equivocarse, pero probablemente algunas de la vetas más fértiles para Aletta fueran los textos protofeministas de Multatuli.

También un panfleto a favor de la igualdad entre sexos que leyó con solo 14 años y cuyo autor era nada menos que John Stuart Mill, el más influyente defensor de los derechos individuales en la Gran Bretaña decimonónica.

Este texto supuso un cataclismo neuronal en el cerebro de Aletta, como ella mismo referiría en su Memories: My Life as an International Leader in Health, Suffrage, and Peace, publicado en 1924:

Al pensar en todo esto, me di cuenta de que los varones no solo hacían leyes, sino que también tenían la facultad de reservarse todos los privilegios para sí y de perpetuar la subordinación de las mujeres. Yo sabía que esto tenía que cambiar, pero aún no sabía cómo.

La historia hacia la llegada de uno de los métodos anticonceptivos más innovadores en términos biológicos, la píldora combinada de estrógenos y progesterona, se inició con las investigaciones del farmacéutico Rusell Marker (1902-1995), quien aspiraba a producir una hormona sintética, la progesterona, que en 1938 era muy costosa de sintetizar.

Pero antes de ese hallazgo científico decisivo para la historia de la anticoncepción, Aletta tuvo que lidiar con el conocimiento precario que aún se tenía de la reproducción femenina (un conocimiento precario que se ha perpetuado hasta nuestros días pues hasta 1999, por ejemplo, todavía ni siquiera sabíamos con exactitud cómo el pene del hombre penetraba la vagina de la mujer).

Sin embargo, a pesar del hándicap que suponía para ella que el cuerpo femenino fuera una caja negra en términos biológicos, Aletta comprendió que tan importante como el conocimiento científico era el conocimiento político.

Por ello, a pesar de que, tras graduarse, había abierto un consultorio en una de las zonas más lujosas de Ámsterdam, entraría en contacto con muchos obreros y sus familias para tomar conciencia de lo poco que sabían sobre medidas básicas de reproducción e higiene.

La persona que le hizo acceder a estos círculos sociales fue un carpintero que se había convertido en jefe de la Confederación General de Trabajadores. El mismo que también ayudó a Aletta a abrir una clínica gratuita para las clases desfavorecidas.

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Aletta no tardó en poner nombre al pez que se muerde la cola en aquellas familias pobres que tenían más hijos que las familias ricas, a pesar de que no podían mantenerlos: el desconocimiento y una serie de ideas victorianas sobre el sexo.

Fue así como en 1870, Aletta empezó a ser una de las primeras promotoras de la anticoncepción en todo el mundo. Tras efectuar ensayos con los elementos de los que disponía, finalmente concluyó que una especie de diafragma llamado pesario era el sistema más eficaz para el control de la natalidad.

De hecho, Aletta también se reveló como una audaz inventora, trabajando para mejorar y perfeccionar el diafragma que años antes había sido diseñado por uno de sus profesores, el ginecólogo también neerlandés Wilhelm Peter Johannes Mensinga.

Lejos de recibir parabienes de la comunidad médica, todo aquel club de hombres con título académico se le echó encima, evidenciando que sus ideas y métodos eran la prueba palmaria de que las mujeres nunca deberían acceder a la medicina.

Los argumentos que se esgrimían desde la comunidad médica eran los típicos asustaviejas que suelen aparecer frente a cualquier innovación de índole social o tecnológica, como que en el futuro no nacerían más niños y se extinguiría la especie humana (argumento repetido más tarde para criticar la homosexualidad), se tambalearía la economía por la bajada de la tasa de natalidad y la inversión de la pirámide productiva, y se fomentaría el adulterio (porque ya no habrá prueba del mismo en forma de embarazo).

A Aletta, sin embargo, lo que más le dolieron fueron las críticas de su propio hermano: «Lo más duro era asumir las críticas, sobre todo las que nacían de los labios de mi hermano Sam».

Con todo, a pesar de físicamente era poca cosa, el rotundo intelecto de Aletta continuó adelante, y su consultorio se convirtió en algo así como un faro moral en occidente, siendo como era probablemente la primera clínica de control de natalidad en todo el mundo. Y durante catorce años pasó consulta gratuita a prostitutas, indigentes y niños.

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Huracán político

Aletta, además, era una experta en pronunciar frases taxativas en un tono aguerrido, casi boutades para epatar a la burguesía, como que el matrimonio era una trampa económica para las mujeres.

Con todo, se casaría con un militante a los 38 años edad. Eso sí, más que un matrimonio semejaban una sociedad conyugal, pues disponían de cuentas bancarias por separado e igualdad de poder en la toma de decisiones.

Aletta también luchó para mejorar las condiciones laborales de las mujeres que atendían en las tiendas, que debían permanecer de pie durante quince horas al día.

Adquirió conciencia sobre la impunidad de la prostitución y la trata de blancas. Puso en evidencia cuán desamparadas estaban frente a las enfermedades de transmisión sexual. Viajó por Oriente Medio y Asia denunciando la grave situación de las mujeres en el resto del mundo.

Y, por supuesto, batalló incansable por el sufragio femenino. Un logro que las mujeres neerlandesas obtuvieron en 1919, un año antes que las mujeres estadounidenses.

El control de la natalidad es civilización. Esta afirmación no es tan tajante porque pueda ampararse en hipótesis más o menos aventuradas, como que la legalización del aborto coadyuvó a reducir los crímenes, sino porque consiste en asumir algo a todas luces contraintuitivo como que lo natural no siempre es mejor que lo artificial.

O que las predisposiciones biológicas no son netamente positivas en todos los contextos (por ejemplo, nuestro anhelo por grasas y azúcares se forjó en una época de carestía de los mismos, y ahora, en un contexto de abundancia, han propiciado una epidemia de obesidad).

Por esa razón, quienes enarbolaron la bandera de la anticoncepción fueron héroes en muchos sentidos que debieron driblar mitos e inercias sociales. También héroes que fueron capaces de enterrar métodos sin sustento científico, como el licor casero de testículo castor. Y, finalmente, héroes políticos que supieron introducir los nuevos conocimientos y prácticas en un marco legal.

Una de estas heroínas fue Aletta Jacobs (1854 – 1929), que, con solo 25 años, cambió el mundo de la medicina en el ámbito de la anticoncepción, además de ser una ferviente activista por los derechos de la mujer.

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Biología

Aletta fue la primera mujer en la historia de los Países Bajos en recibir un título universitario. También fue la primera en graduarse como doctora en medicina. Y, naturalmente, fue una de las primeras médicas en todo el mundo.

Siempre es un enigma averiguar de qué yacimientos extraen los pioneros su ambición y su falta de miedo a equivocarse, pero probablemente algunas de la vetas más fértiles para Aletta fueran los textos protofeministas de Multatuli.

También un panfleto a favor de la igualdad entre sexos que leyó con solo 14 años y cuyo autor era nada menos que John Stuart Mill, el más influyente defensor de los derechos individuales en la Gran Bretaña decimonónica.

Este texto supuso un cataclismo neuronal en el cerebro de Aletta, como ella mismo referiría en su Memories: My Life as an International Leader in Health, Suffrage, and Peace, publicado en 1924:

Al pensar en todo esto, me di cuenta de que los varones no solo hacían leyes, sino que también tenían la facultad de reservarse todos los privilegios para sí y de perpetuar la subordinación de las mujeres. Yo sabía que esto tenía que cambiar, pero aún no sabía cómo.

La historia hacia la llegada de uno de los métodos anticonceptivos más innovadores en términos biológicos, la píldora combinada de estrógenos y progesterona, se inició con las investigaciones del farmacéutico Rusell Marker (1902-1995), quien aspiraba a producir una hormona sintética, la progesterona, que en 1938 era muy costosa de sintetizar.

Pero antes de ese hallazgo científico decisivo para la historia de la anticoncepción, Aletta tuvo que lidiar con el conocimiento precario que aún se tenía de la reproducción femenina (un conocimiento precario que se ha perpetuado hasta nuestros días pues hasta 1999, por ejemplo, todavía ni siquiera sabíamos con exactitud cómo el pene del hombre penetraba la vagina de la mujer).

Sin embargo, a pesar del hándicap que suponía para ella que el cuerpo femenino fuera una caja negra en términos biológicos, Aletta comprendió que tan importante como el conocimiento científico era el conocimiento político.

Por ello, a pesar de que, tras graduarse, había abierto un consultorio en una de las zonas más lujosas de Ámsterdam, entraría en contacto con muchos obreros y sus familias para tomar conciencia de lo poco que sabían sobre medidas básicas de reproducción e higiene.

La persona que le hizo acceder a estos círculos sociales fue un carpintero que se había convertido en jefe de la Confederación General de Trabajadores. El mismo que también ayudó a Aletta a abrir una clínica gratuita para las clases desfavorecidas.

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Aletta no tardó en poner nombre al pez que se muerde la cola en aquellas familias pobres que tenían más hijos que las familias ricas, a pesar de que no podían mantenerlos: el desconocimiento y una serie de ideas victorianas sobre el sexo.

Fue así como en 1870, Aletta empezó a ser una de las primeras promotoras de la anticoncepción en todo el mundo. Tras efectuar ensayos con los elementos de los que disponía, finalmente concluyó que una especie de diafragma llamado pesario era el sistema más eficaz para el control de la natalidad.

De hecho, Aletta también se reveló como una audaz inventora, trabajando para mejorar y perfeccionar el diafragma que años antes había sido diseñado por uno de sus profesores, el ginecólogo también neerlandés Wilhelm Peter Johannes Mensinga.

Lejos de recibir parabienes de la comunidad médica, todo aquel club de hombres con título académico se le echó encima, evidenciando que sus ideas y métodos eran la prueba palmaria de que las mujeres nunca deberían acceder a la medicina.

Los argumentos que se esgrimían desde la comunidad médica eran los típicos asustaviejas que suelen aparecer frente a cualquier innovación de índole social o tecnológica, como que en el futuro no nacerían más niños y se extinguiría la especie humana (argumento repetido más tarde para criticar la homosexualidad), se tambalearía la economía por la bajada de la tasa de natalidad y la inversión de la pirámide productiva, y se fomentaría el adulterio (porque ya no habrá prueba del mismo en forma de embarazo).

A Aletta, sin embargo, lo que más le dolieron fueron las críticas de su propio hermano: «Lo más duro era asumir las críticas, sobre todo las que nacían de los labios de mi hermano Sam».

Con todo, a pesar de físicamente era poca cosa, el rotundo intelecto de Aletta continuó adelante, y su consultorio se convirtió en algo así como un faro moral en occidente, siendo como era probablemente la primera clínica de control de natalidad en todo el mundo. Y durante catorce años pasó consulta gratuita a prostitutas, indigentes y niños.

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Huracán político

Aletta, además, era una experta en pronunciar frases taxativas en un tono aguerrido, casi boutades para epatar a la burguesía, como que el matrimonio era una trampa económica para las mujeres.

Con todo, se casaría con un militante a los 38 años edad. Eso sí, más que un matrimonio semejaban una sociedad conyugal, pues disponían de cuentas bancarias por separado e igualdad de poder en la toma de decisiones.

Aletta también luchó para mejorar las condiciones laborales de las mujeres que atendían en las tiendas, que debían permanecer de pie durante quince horas al día.

Adquirió conciencia sobre la impunidad de la prostitución y la trata de blancas. Puso en evidencia cuán desamparadas estaban frente a las enfermedades de transmisión sexual. Viajó por Oriente Medio y Asia denunciando la grave situación de las mujeres en el resto del mundo.

Y, por supuesto, batalló incansable por el sufragio femenino. Un logro que las mujeres neerlandesas obtuvieron en 1919, un año antes que las mujeres estadounidenses.

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