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8 de febrero 2017    /   BUSINESS
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El periodista que camina tras los pasos de la muerte

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Cuando Álex Ayala Ugarte llegó a Suri para escribir sobre un precursor de la independencia boliviana, no imaginó que acabaría sentado bajo un ataúd. El periódico La Razón de Bolivia le había encargado que escribiera la historia de Pedro Domingo Murillo en el pueblo donde vivió por algún tiempo. Raúl Mercado Salvatierra, un hombre que había escrito sobre Murillo, le contaría cómo fueron sus días en Suri. Se encontraron en la plaza, comenzaron a hablar y Mercado le invitó a su casa, donde el periodista se descubrió bajo un ataúd que reposaba sobre una viga. Desde entonces, las casualidades comenzaron a entretejerse.

Para no molestar a nadie el día de su muerte, Mercado había plantado un árbol que mandó convertir en ataúd. Durante años convivió con él, pero cuando uno de sus amigos murió y su familia no pudo pagar un féretro, Mercado ofreció el suyo y, a cambio, recibió uno de menor calidad con el que todavía convivió durante algunos años.

De su interés por el segundo ataúd de un hombre vivo que él mismo y el fotógrafo que le acompañaba tuvieron que bajar, surgió una historia paralela. «Pero en aquel tiempo yo no tenía las armas necesarias como periodista y escribí una mierda», recuerda desde su casa. Entonces acababa de dejar Vitoria para mudarse a La Paz, recién licenciado en Periodismo. Allí comenzó a sentirse boliviano y se quedó.

Años después, el periodista conoció por casualidad a una de las hijas del hombre que guardaba en casa su propio ataúd para no molestar. Siguió pasando el tiempo y un día volvió a sentir la llamada de la muerte: tenía que retomar aquella historia, algo le decía que debía escribirla. Compartió aquella inquietud con su mujer, salieron a un centro comercial, y allí le esperaba la señal definitiva: aquel día se encontraron con la hija de Mercado.

La historia de Raúl Mercado fue el comienzo de todo. «Mi interés no surgió repentinamente. Surgió, me imagino, cuando me di cuenta de que varias de las historias que quería contar tenían relación con ese momento de la despedida», explica.

El periodista ni siquiera se había planteado escribir un libro sobre la muerte, sino que fue la muerte la que vino a él. Pero de lo que hablan, en realidad, las historias que recopila Rigor Mortis, es de la vida.

La historia de Mercado no es la única que fue dando forma a este libro a base de casualidades. Ayala siguió hilando coincidencias. Visitó Frailes, un pueblo de Jaén, y su proyecto ganó la Beca Michael Jacobs para periodistas de viajes. Si los caminos del escritor Michael Jacobs y el Santo Custodio se unieron en Frailes, un pueblo de Jaén, a ese vínculo entre el santo y el escritor se sumó el periodista. De Frailes, Álex Ayala salió con una imagen del santo que todavía guarda en su cartera.

Su idea acaba de ver la luz en forma de libro gracias a la editorial boliviana El Cuervo. Rigor Mortis. La normalidad es la muerte es el resultado de una serie de casualidades que aún no han dejado de mandarle avisos, aunque Ayala piensa que con la publicación del libro ha «cerrado el círculo».

La muerte como construcción cultural no dista mucho entre España y Bolivia. Así que no fueron los rituales que se le presentaron como nuevos lo que le incitaron a perseguir la muerte cuaderno en mano. Y los hay, y le llamaron la atención: «Una semana después de Todos los Santos, la gente lleva calaveritas al cementerio. Mucha gente cree que estas calaveras les protegen de los delincuentes. En el libro menciono de paso las Viudas del Che, mujeres que consideran al revolucionario casi un santo».

En Bolivia, la muerte «siempre ha estado muy presente» y la relación entre los bolivianos con sus muertos «es muy natural», según Ayala. Esta convivencia normalizada con la muerte se debería, en palabras del periodista español, al hecho de que «Bolivia es uno de los países de América Latina que más dictaduras padeció el pasado siglo. Y también está el tema de la supervivencia. En Bolivia hay muchos más lugares que en España donde la gente lucha por sobrevivir día tras día».

Odiar sus libros a medida que avanza el proceso de escritura es una costumbre muy arraigada en Álex Ayala. Cuando llegan a la imprenta, ya no quiere saber nada de ellos. Rigor Mortis es la tercera víctima del odio de este periodista exigente que no se reconcilia con sus libros hasta que pasan dos o tres años y que se promete no abrirlos. «Después de publicados, no vuelvo a leer mis libros nunca. Sé que siempre habrá un error de dedo más dispuesto a que lo encuentre al abrir una página cualquiera», aclara.

En este caso, su odio atiende a razones, porque reconoce que sudó, lloró y se le cayó el pelo mientras escribía. El periodismo, escribe, «es un oficio que a veces lastima».

Entre la realidad y la ficción, el protagonista de la primera historia del libro sigue paseándose por la imaginación de Ayala, ahora con otro nombre. La historia del hombre que plantó un árbol para guardar su propio ataúd le resultó tan surrealista que acudió a varios vecinos del pueblo para corroborar que aquello que contaba Mercado era real.

Ayala piensa que probablemente nunca llegará a escribir una novela que archivó cuando apenas había escrito dos páginas, pero desde entonces imagina a aquel hombre como parte de una historia en la que ya se llama Gorgonio Suárez; un personaje que ya ha comenzado a caminar, a pensar y puede que hasta a preparar su muerte. El nombre se lo reveló una tumba en un pueblo de Colombia. La muerte, al periodista, le sigue mandando mensajes.

 

Cuando Álex Ayala Ugarte llegó a Suri para escribir sobre un precursor de la independencia boliviana, no imaginó que acabaría sentado bajo un ataúd. El periódico La Razón de Bolivia le había encargado que escribiera la historia de Pedro Domingo Murillo en el pueblo donde vivió por algún tiempo. Raúl Mercado Salvatierra, un hombre que había escrito sobre Murillo, le contaría cómo fueron sus días en Suri. Se encontraron en la plaza, comenzaron a hablar y Mercado le invitó a su casa, donde el periodista se descubrió bajo un ataúd que reposaba sobre una viga. Desde entonces, las casualidades comenzaron a entretejerse.

Para no molestar a nadie el día de su muerte, Mercado había plantado un árbol que mandó convertir en ataúd. Durante años convivió con él, pero cuando uno de sus amigos murió y su familia no pudo pagar un féretro, Mercado ofreció el suyo y, a cambio, recibió uno de menor calidad con el que todavía convivió durante algunos años.

De su interés por el segundo ataúd de un hombre vivo que él mismo y el fotógrafo que le acompañaba tuvieron que bajar, surgió una historia paralela. «Pero en aquel tiempo yo no tenía las armas necesarias como periodista y escribí una mierda», recuerda desde su casa. Entonces acababa de dejar Vitoria para mudarse a La Paz, recién licenciado en Periodismo. Allí comenzó a sentirse boliviano y se quedó.

Años después, el periodista conoció por casualidad a una de las hijas del hombre que guardaba en casa su propio ataúd para no molestar. Siguió pasando el tiempo y un día volvió a sentir la llamada de la muerte: tenía que retomar aquella historia, algo le decía que debía escribirla. Compartió aquella inquietud con su mujer, salieron a un centro comercial, y allí le esperaba la señal definitiva: aquel día se encontraron con la hija de Mercado.

La historia de Raúl Mercado fue el comienzo de todo. «Mi interés no surgió repentinamente. Surgió, me imagino, cuando me di cuenta de que varias de las historias que quería contar tenían relación con ese momento de la despedida», explica.

El periodista ni siquiera se había planteado escribir un libro sobre la muerte, sino que fue la muerte la que vino a él. Pero de lo que hablan, en realidad, las historias que recopila Rigor Mortis, es de la vida.

La historia de Mercado no es la única que fue dando forma a este libro a base de casualidades. Ayala siguió hilando coincidencias. Visitó Frailes, un pueblo de Jaén, y su proyecto ganó la Beca Michael Jacobs para periodistas de viajes. Si los caminos del escritor Michael Jacobs y el Santo Custodio se unieron en Frailes, un pueblo de Jaén, a ese vínculo entre el santo y el escritor se sumó el periodista. De Frailes, Álex Ayala salió con una imagen del santo que todavía guarda en su cartera.

Su idea acaba de ver la luz en forma de libro gracias a la editorial boliviana El Cuervo. Rigor Mortis. La normalidad es la muerte es el resultado de una serie de casualidades que aún no han dejado de mandarle avisos, aunque Ayala piensa que con la publicación del libro ha «cerrado el círculo».

La muerte como construcción cultural no dista mucho entre España y Bolivia. Así que no fueron los rituales que se le presentaron como nuevos lo que le incitaron a perseguir la muerte cuaderno en mano. Y los hay, y le llamaron la atención: «Una semana después de Todos los Santos, la gente lleva calaveritas al cementerio. Mucha gente cree que estas calaveras les protegen de los delincuentes. En el libro menciono de paso las Viudas del Che, mujeres que consideran al revolucionario casi un santo».

En Bolivia, la muerte «siempre ha estado muy presente» y la relación entre los bolivianos con sus muertos «es muy natural», según Ayala. Esta convivencia normalizada con la muerte se debería, en palabras del periodista español, al hecho de que «Bolivia es uno de los países de América Latina que más dictaduras padeció el pasado siglo. Y también está el tema de la supervivencia. En Bolivia hay muchos más lugares que en España donde la gente lucha por sobrevivir día tras día».

Odiar sus libros a medida que avanza el proceso de escritura es una costumbre muy arraigada en Álex Ayala. Cuando llegan a la imprenta, ya no quiere saber nada de ellos. Rigor Mortis es la tercera víctima del odio de este periodista exigente que no se reconcilia con sus libros hasta que pasan dos o tres años y que se promete no abrirlos. «Después de publicados, no vuelvo a leer mis libros nunca. Sé que siempre habrá un error de dedo más dispuesto a que lo encuentre al abrir una página cualquiera», aclara.

En este caso, su odio atiende a razones, porque reconoce que sudó, lloró y se le cayó el pelo mientras escribía. El periodismo, escribe, «es un oficio que a veces lastima».

Entre la realidad y la ficción, el protagonista de la primera historia del libro sigue paseándose por la imaginación de Ayala, ahora con otro nombre. La historia del hombre que plantó un árbol para guardar su propio ataúd le resultó tan surrealista que acudió a varios vecinos del pueblo para corroborar que aquello que contaba Mercado era real.

Ayala piensa que probablemente nunca llegará a escribir una novela que archivó cuando apenas había escrito dos páginas, pero desde entonces imagina a aquel hombre como parte de una historia en la que ya se llama Gorgonio Suárez; un personaje que ya ha comenzado a caminar, a pensar y puede que hasta a preparar su muerte. El nombre se lo reveló una tumba en un pueblo de Colombia. La muerte, al periodista, le sigue mandando mensajes.

 

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