22 de febrero 2022    /   CIENCIA
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Llevamos miles de años alterando ecosistemas y eso no es ni bueno ni malo

22 de febrero 2022    /   CIENCIA     por          
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Los seres humanos nos diferenciamos de otros animales por tener conciencia. Y eso nos lleva a juzgarnos cuando nos damos cuenta de la huella que ejercemos sobre el planeta. Pero eso no es algo que esté ocurriendo solo en esta era, llevamos miles de años, desde que apareció el primer ser humano sobre la tierra, alterando los ecosistemas.

De todo ello y con el objetivo de poner un poco de perspectiva histórica sobre esto, el biólogo Álex Ritcher-Boix ha publicado El primate que cambió el mundo. Nuestra relación con la naturaleza desde las cavernas hasta hoy (Planeta, 2022).

«Es difícil tomar conciencia de la crisis ecológica que afrontamos cuando no sabemos de dónde venimos, cuando desconocemos el mundo que había antes de que lo sometiéramos a la incesante actividad humana», explica el autor en el prólogo. Y de esta manera, nos embarcamos con él en un viaje que nos lleva muy atrás en el tiempo.

Así, descubrimos cómo los primeros hombres empezaron a transformar los paisajes y a alterar los ecosistemas, primero con la caza, después con la agricultura; cómo transformaron el hábitat y la vida de animales domesticándolos y cómo estos supieron adaptarse también a esos cambios.

Como si nos quisiera poner frente a un espejo, Ritcher-Boix nos lleva al momento en el que el hombre fue consciente, por primera vez, de la extinción de especies. Pero hasta que aprendió que la naturaleza es finita y que su ambición acababa con su propio sustento, desaparecieron para siempre especies como las alcas y el dodo, y a punto estuvimos de eliminar de los océanos también para siempre a las ballenas.

Sin embargo, el libro no pretende denostar la figura humana, sino hacernos comprender que, como depredadores, también nosotros contribuimos al equilibrio del planeta, si no se nos va la cabeza, claro está.

«No hacemos nada especial que no hagan otras especies», advierte Álex Ritcher-Boix. «Un depredador, si tiene una superabundancia de su población, puede extinguir a sus presas, por ejemplo. Los humanos, en el fondo, somos animales, nos guste o no, y tenemos esta tendencia a depredar nuestros recursos. Lo que pasa es que los humanos somos conscientes del daño. Somos conscientes de que también, cuando extinguimos un recurso, quienes sufren en el fondo, como también otros animales, somos nosotros».

Todos los seres que poblamos el planeta formamos parte de una cadena y aunque ocupemos el puesto más alto en la jerarquía, el daño o el bien que causemos a un ecosistema repercutirá también en nuestra forma de vida.  «Cuando extinguimos un recurso, las poblaciones, las personas, las comunidades que dependían de él también padecen. Hay trabajos, hay oficios que se perdieron cuando se perdió ese recurso. Y lo mismo sucederá muchas veces más. El problema es este, que nuestra capacidad de tener esta conciencia debería llevarnos a aprender de una vez a administrar mejor nuestros recursos. Que podamos convivir con la naturaleza de una manera más armónica», sentencia.

Claro, es que no es solo extinguir especies, sino que estamos afectando al ecosistema y a nuestra forma de vida. Ya no es que falten alimentos, es que acabamos con oficios, profesiones… nuestro ecosistema económico, en definitiva.

Exacto. Todavía no entendemos cómo funciona todo. La ecología es tan compleja y hay tantas interacciones entre tantas especies que ese es el mensaje que siempre se lanza. Muchas veces no vemos las consecuencias, parece que no esté pasando nada, que los ecosistemas siguen funcionando más o menos igual, pero realmente no sabemos hasta qué punto están cambiando las cosas de una manera muy sutil y que en un momento dado puede colapsar todo. Y ahí es cuando aún padecen más esas comunidades que viven de ese recurso, de ese ambiente, de ese ecosistema.

Hablábamos de depredadores. Somos un depredador más en esa cadena, por tanto, también tenemos una función útil. Pero surgen corrientes como algunas animalistas (que no parecen hacerte mucha gracia, por lo que cuentas en el libro) que llevan la conservación de la naturaleza al extremo. Y esa tampoco parece ser la solución, ¿no?

No. Bueno, eso era hablar un poco en broma en el libro, pero porque me he encontrado que realmente existe una rama —supongo que es más bien filosófica— que como filosofía tiene su naturaleza y su razón de ser, que es la de plantearse diferentes mundos, diferentes cosas. Cuando eso, poco a poco, va calando en la sociedad, los ecólogos muchas veces nos encontramos con problemas a la hora de trabajar.

Cada vez hay más animalistas en la sociedad, lo cual me parece muy bien. Yo siempre he tenido perros, he tenido gatos y defender los derechos que protejan y cuiden bien a los animales, también a los animales de granja, me parece perfecto.

Pero cuando este animalismo o esta visión tan humanista interacciona con la naturaleza y queremos interferir en ella y dar propiedades o derechos casi humanos a los animales, y a juzgar que un león mate a una presa suya, pues claro, empezar a juzgar esto, que es casi doloroso, viéndolo como un crimen, como si un asesino estuviese matando a alguien, me parece que es perder la objetividad. Humanizar el mundo cuando, en el fondo, lo que deberíamos hacer es animalizar a los humanos.

Hay choque ahí entre los ecólogos y los animalistas, ya no solo con esto, también a la hora de tratar con las especies invasoras. A los biólogos, a los ecólogos, a la gente que trabaja con la conservación del medioambiente les preocupa la viabilidad de las poblaciones. Ante una especie invasora que es introducida pueden optar por decir «vamos a gestionarla, vamos a intentar controlar esta población, aunque sea matando individuos, porque están afectando a especies que son nativas».

Y muchos de los animalistas están en contra de este tipo de intervenciones no dándose cuenta de que, con una buena acción de intentar salvar a unos cuantos individuos, en el fondo están perjudicando a otros muchos.

Álex Ritcher-Boix

Hablabas de la relación que tenemos con los animales, de esa manera de humanizarlos. Leyendo el libro, cuando hablas de los lobos y de los tigres, dices que siempre les damos el papel de malos en los cuentos. Me preguntaba si en el fondo no es un poco humanizarlos. Quizá tengamos que dejar de humanizar tanto para lo bueno como para lo malo…

Sí, es difícil. Porque al final, todos tendemos a ver el mundo desde nuestra perspectiva. Incluso como individuos, siempre tendemos a tirar hacia nuestra manera de pensar. Y obviamente no podemos sustraernos de nuestra naturaleza humana y tratamos de entender la naturaleza desde nuestra manera de ver, desde nuestra percepción.

Pero entiendo el problema con los lobos, los tigres. Son especies que son problemáticas. La conservación de las especies carnívoras, de los grandes carnívoros como hienas, tigres, leones, lobos… es muy problemática porque las comunidades que viven cerca de estos animales tienen sus razones para temerlas. Son animales que tienen un peligro relativo, que pueden agredir a las personas, pueden matar al ganado y es normal que históricamente haya existido un conflicto.

En la ecología también hablamos de conflictos con estas especies. Pero realmente, sobre todo en los mundos occidentales, donde el mundo rural también está en retroceso, se tienen que encontrar maneras de convivir. Es que a veces es también muy cultural. Por ejemplo, cómo conviven en la India con los tigres o en el Nepal con las panteras. Culturalmente, tradicionalmente, tienen una visión de la naturaleza distinta que, de alguna manera, les ha permitido convivir mejor que no en otra cultura occidental, que es mucho más explotativa y ve mucha más competencia con la naturaleza en lugar de verse como parte de ella.

¿Nos falta perspectiva histórica?

Exacto, esa era mi intención con el libro. Afortunadamente, cada vez se habla más del cambio climático y la conservación del planeta, pero faltaba esta perspectiva histórica. Faltaba tomar conciencia de cómo los humanos hemos ido alterando el mundo para lo bueno y para lo malo.

Mi intención era tomar conciencia de que los paisajes que a veces consideramos no naturales en el fondo también lo son. Los humanos llevamos miles de años alterando los paisajes y a veces, en ecología, cuando hablamos de conservación, pensamos en espacios prístinos.

Pues bueno, los espacios humanizados, nuestros campos de cultivo, nuestras dehesas… son paisajes históricos, también son paisajes que tienen miles de años, donde unas especies ya hace siglos que se han adaptado a vivir en ellas y dependen ya de estos paisajes también. Tan naturales son estos paisajes en el fondo como los que crea un elefante cuando tira abajo unos cuantos árboles y abre un claro en el bosque.

Quería mostrar ese equilibrio, los humanos como una especie más creadora de ecosistemas, pero, al mismo tiempo, como creadora de grandes problemas.

Entre esos microsistemas que estamos creando, están las macrogranjas y la polémica en torno a ellas. ¿Cómo se ve esto desde el lado de la biología?

Sé muy poco del tema. Realmente es un problema muy complejo porque entiendo que hay factores económicos, sociales. Tienes que hacer un equilibrio. Y como sociedad también tenemos que hacer esta reflexión y estos equilibrios de saber que hay cosas que son realmente necesarias, aunque parezcan malas para algo.

Pero en el caso de las macrogranjas, no sé hasta qué punto se ha hecho esa reflexión, porque es obvio que la carne, por decirlo de alguna manera, es mucho más barata la que se obtiene de este tipo de granjas; y que hay mucha gente que seguramente no podría consumir carne si no tuviera ese precio, con lo cual, son una necesidad sociológica y económica.

Pero, por otro lado, hay que pensar también cuántos puestos de trabajo y qué tipo de trabajo ofrecen, o qué ofrecen a nivel social, no solo a nivel ecológico. ¿Qué supone su transporte, por ejemplo? Tienes que utilizar muchos recursos para transportarla.

Están poco vinculadas al paisaje y a la comunidad en la que se integran. Realmente, son elementos bastante agresivos, entiendo yo, para los ecosistemas y para las comunidades y sociedades que hay a su alrededor. Biológicamente, no creo que sean nada sostenibles, contaminan muchísimo, tienen que llevarse los contaminantes de allí…

Sin embargo, en una agricultura y ganadería más local, más extensiva, puedes cerrar un poco más los ciclos. En las granjas más integradas, tú puedes coger las heces de tus vacas y aprovecharlas para hacer abono para el campo. En una macrogranja eso no lo puedes hacer. O acabas con montones de residuos o tienes que sacarlos en camiones. Todo va en contra de cualquier sistema ecológico como tal. Es un artificio enorme, por eso a nivel ecológico no las veo sostenibles.

En tu libro hablas también de virus y bacterias. No somos conscientes de que deben estar, de que incluso somos su ecosistema. Ahora el objetivo está en perseguir ciertos virus. ¿Qué pasaría si consiguiéramos erradicarlos? ¿Qué nos ocurriría?

¡Ostras, es muy difícil de saber! En ecología, los círculos son tan complejos a veces que es realmente difícil de predecir. Virus, bacterias son algo que la gente no se lo ha planteado mucho porque parecen invisibles, pero los mosquitos, que transmiten enfermedades, sí se ha planteado muchas veces alterarlos genéticamente para intentar acabar con ellos. Y muchas veces incluso se ha planteado filosóficamente o éticamente el dilema de qué pasaría si realmente tuviésemos la capacidad de eliminar a los mosquitos del mundo.

Aparentemente quizás no pasaría nada, pero realmente no lo sabes. Porque hay muchos animales que se alimentan de los mosquitos; los mosquitos, al transmitir virus y enfermedades, por ejemplo, a aves y otros animales, quieras o no son unos controladores naturales de poblaciones. Cuando unas plantas o animales enferman, en el fondo están regulando esas poblaciones.

Entonces, cuando fallan las enfermedades, fallan los depredadores —porque un patógeno es como un depredador—, si eliminas un depredador, alteras todas las poblaciones que están por debajo de él. Si eliminas la enfermedad, también todos los que la padecían se ven liberados de ese peso y no sabrías nunca lo que pasaría, si eso alteraría el ecosistema. Es difícil de predecir, pero también es muy lícito poder eliminar las enfermedades.

La covid, ¿ha surgido porque vivimos en un planeta enfermo?

Bueno, cada vez estamos más conectados y eso favorece que las epidemias se expandan. Lo cierto es que cada año se identifican entre 5 y 10 enfermedades nuevas, las llamadas enfermedades emergentes, y en su mayoría son zoonóticas; tres de cada cuatro suelen ser zoonóticas. Las recibimos de animales salvajes o de animales salvajes que las transmiten a animales domésticos y estos a nosotros. Es algo que está pasando continuamente.

Tanto en Asia como en África, las zoonosis son algo muy normal. Por suerte, la mayoría de estos casos quedan en nada, quedan en una infección de una o dos personas que han estado expuestas, pero no es contagioso y no va a más.

Pero en el caso del covid, ha resultado ser muy infeccioso y se ha dispersado por todo el mundo. Sin embargo, también pasó con el virus del sida en su momento, que también surgió de las selvas, seguramente por cazar primates, y de allí se dispersó. Y sigue siendo una pandemia mundial, aunque ya no se hable tanto de ella.

Esto siempre está y siempre pasará. Los científicos cada vez trabajan más para intentar detectar lo antes posible estos problemas y cortarlos de raíz. Pero ya hemos visto que no es fácil. Vivimos en un mundo tan conectado que, hoy en día, una persona que se infecta en África o en China, en cinco o seis horas está en la otra punta del mundo.

¿Qué pasaría si se perdiera todo el hielo de la Antártida? Siempre se ha dicho que aflorarían bacterias para las que quizá no tengamos defensas. ¿Serían realmente una amenaza?

Sí que se habla de esa manera en los círculos científicos. Muchas bacterias que llevan quizá miles de años allí, bajo el hielo, en letargo, no sabes nunca si pueden despertar. O los animales estos que se encuentran congelados y que van emergiendo, uno nunca sabe con estos organismos… U hongos, que los hongos, a veces, también tienen mucha resistencia y pueden las esporas pasar años y años resistiendo y nunca sabes realmente qué puede pasar.

Son ecosistemas que habíamos dado por desaparecidos y que están emergiendo, y nunca sabes realmente lo que te puede salir de ahí. El peligro existe en este sentido. No tiene por qué, pero la probabilidad siempre está ahí.

¿Es reversible el cambio climático?

Yo suelo ser optimista con casi todo, pero con el cambio climático soy bastante pesimista. Llevo oyendo lo mismo desde que estudiaba la carrera en los 90, cuando ya se empezaba a hablar bastante del cambio climático. «Todavía estamos a tiempo», y ya han pasado 30 años y todavía no se ha hecho nada. Y todavía se dice «bueno, va, aún queda algo». Bueno, no sé yo.

Hemos perdido 30 años y no se ha hecho nada. Y no parece que se hagan muchos esfuerzos. Supongo que es un problema de la pérdida de biodiversidad. Son cosas tan complejas y al mismo tiempo tan sutiles… Porque son cambios muy prolongados en el tiempo que afectan a unos, a otros no los afectan. Mucha gente no percibe estos cambios y si lo hace, los percibe para bien. Imagino que para un habitante del centro o norte de Europa, un poco más de calor en su país le parecerá estupendo, pero para los que vivimos en el sur…

Es muy complejo poner a toda la humanidad de acuerdo para hacer algo cuando de un pueblo a otro, de un país a otro, somos incapaces de coordinarnos para hacer cosas conjuntas. Es difícil, es difícil.

Y esto, en el fondo, ¿no es una selección natural de especies?

Tenemos que tener claro que cualquier problema que ejerzamos sobre la Tierra, como el cambio climático, los perjudicados somos nosotros. Nosotros somos conscientes de lo que estamos haciendo y además dependemos del clima actual. Llevamos 10.000, 12.000 años con un clima muy benévolo, que es el que dio pie al Neolítico y al nacimiento de las civilizaciones tal y como las conocemos; y dependemos mucho de este clima: nuestros campos, nuestros ganados…

Si volviese la Edad de Hielo o todo fuera un clima tropical, esto no se aguantaría. Nuestro modo de vivir tiene que cambiar. Y no digo que se extinguiría nuestra especie, pero sí que habrá comunidades, que es lo que se advierte, que padecerán mucho. Las zonas que ya son de por sí áridas, como Oriente Medio, el norte de África o el sur de Europa, lo sufriremos muchísimo.

Que sufran las poblaciones, al final lo que llevan es a conflictos humanos. Y ya sabemos lo que hacemos los humanos cuando hay pocos recursos y hay conflictos. No solemos resolver los problemas de una manera muy civilizada.

La naturaleza seguirá su ritmo. El 99% de las especies que han vivido sobre la Tierra se han extinguido por equis razones y la vida cada vez es más rica, cada vez resurge con más fuerza. El día que desaparezcamos los humanos o haya un cambio climático otras especies ocuparán esos hábitats. Las generaciones del futuro quizás tendrán que acostumbrarse a vivir de otra manera.

Yo espero que la humanidad sea capaz de encontrar soluciones y que la transición sea lo más pacífica y tranquila posible. Y sin dejar atrás gente.

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Los seres humanos nos diferenciamos de otros animales por tener conciencia. Y eso nos lleva a juzgarnos cuando nos damos cuenta de la huella que ejercemos sobre el planeta. Pero eso no es algo que esté ocurriendo solo en esta era, llevamos miles de años, desde que apareció el primer ser humano sobre la tierra, alterando los ecosistemas.

De todo ello y con el objetivo de poner un poco de perspectiva histórica sobre esto, el biólogo Álex Ritcher-Boix ha publicado El primate que cambió el mundo. Nuestra relación con la naturaleza desde las cavernas hasta hoy (Planeta, 2022).

«Es difícil tomar conciencia de la crisis ecológica que afrontamos cuando no sabemos de dónde venimos, cuando desconocemos el mundo que había antes de que lo sometiéramos a la incesante actividad humana», explica el autor en el prólogo. Y de esta manera, nos embarcamos con él en un viaje que nos lleva muy atrás en el tiempo.

Así, descubrimos cómo los primeros hombres empezaron a transformar los paisajes y a alterar los ecosistemas, primero con la caza, después con la agricultura; cómo transformaron el hábitat y la vida de animales domesticándolos y cómo estos supieron adaptarse también a esos cambios.

Como si nos quisiera poner frente a un espejo, Ritcher-Boix nos lleva al momento en el que el hombre fue consciente, por primera vez, de la extinción de especies. Pero hasta que aprendió que la naturaleza es finita y que su ambición acababa con su propio sustento, desaparecieron para siempre especies como las alcas y el dodo, y a punto estuvimos de eliminar de los océanos también para siempre a las ballenas.

Sin embargo, el libro no pretende denostar la figura humana, sino hacernos comprender que, como depredadores, también nosotros contribuimos al equilibrio del planeta, si no se nos va la cabeza, claro está.

«No hacemos nada especial que no hagan otras especies», advierte Álex Ritcher-Boix. «Un depredador, si tiene una superabundancia de su población, puede extinguir a sus presas, por ejemplo. Los humanos, en el fondo, somos animales, nos guste o no, y tenemos esta tendencia a depredar nuestros recursos. Lo que pasa es que los humanos somos conscientes del daño. Somos conscientes de que también, cuando extinguimos un recurso, quienes sufren en el fondo, como también otros animales, somos nosotros».

Todos los seres que poblamos el planeta formamos parte de una cadena y aunque ocupemos el puesto más alto en la jerarquía, el daño o el bien que causemos a un ecosistema repercutirá también en nuestra forma de vida.  «Cuando extinguimos un recurso, las poblaciones, las personas, las comunidades que dependían de él también padecen. Hay trabajos, hay oficios que se perdieron cuando se perdió ese recurso. Y lo mismo sucederá muchas veces más. El problema es este, que nuestra capacidad de tener esta conciencia debería llevarnos a aprender de una vez a administrar mejor nuestros recursos. Que podamos convivir con la naturaleza de una manera más armónica», sentencia.

Claro, es que no es solo extinguir especies, sino que estamos afectando al ecosistema y a nuestra forma de vida. Ya no es que falten alimentos, es que acabamos con oficios, profesiones… nuestro ecosistema económico, en definitiva.

Exacto. Todavía no entendemos cómo funciona todo. La ecología es tan compleja y hay tantas interacciones entre tantas especies que ese es el mensaje que siempre se lanza. Muchas veces no vemos las consecuencias, parece que no esté pasando nada, que los ecosistemas siguen funcionando más o menos igual, pero realmente no sabemos hasta qué punto están cambiando las cosas de una manera muy sutil y que en un momento dado puede colapsar todo. Y ahí es cuando aún padecen más esas comunidades que viven de ese recurso, de ese ambiente, de ese ecosistema.

Hablábamos de depredadores. Somos un depredador más en esa cadena, por tanto, también tenemos una función útil. Pero surgen corrientes como algunas animalistas (que no parecen hacerte mucha gracia, por lo que cuentas en el libro) que llevan la conservación de la naturaleza al extremo. Y esa tampoco parece ser la solución, ¿no?

No. Bueno, eso era hablar un poco en broma en el libro, pero porque me he encontrado que realmente existe una rama —supongo que es más bien filosófica— que como filosofía tiene su naturaleza y su razón de ser, que es la de plantearse diferentes mundos, diferentes cosas. Cuando eso, poco a poco, va calando en la sociedad, los ecólogos muchas veces nos encontramos con problemas a la hora de trabajar.

Cada vez hay más animalistas en la sociedad, lo cual me parece muy bien. Yo siempre he tenido perros, he tenido gatos y defender los derechos que protejan y cuiden bien a los animales, también a los animales de granja, me parece perfecto.

Pero cuando este animalismo o esta visión tan humanista interacciona con la naturaleza y queremos interferir en ella y dar propiedades o derechos casi humanos a los animales, y a juzgar que un león mate a una presa suya, pues claro, empezar a juzgar esto, que es casi doloroso, viéndolo como un crimen, como si un asesino estuviese matando a alguien, me parece que es perder la objetividad. Humanizar el mundo cuando, en el fondo, lo que deberíamos hacer es animalizar a los humanos.

Hay choque ahí entre los ecólogos y los animalistas, ya no solo con esto, también a la hora de tratar con las especies invasoras. A los biólogos, a los ecólogos, a la gente que trabaja con la conservación del medioambiente les preocupa la viabilidad de las poblaciones. Ante una especie invasora que es introducida pueden optar por decir «vamos a gestionarla, vamos a intentar controlar esta población, aunque sea matando individuos, porque están afectando a especies que son nativas».

Y muchos de los animalistas están en contra de este tipo de intervenciones no dándose cuenta de que, con una buena acción de intentar salvar a unos cuantos individuos, en el fondo están perjudicando a otros muchos.

Álex Ritcher-Boix

Hablabas de la relación que tenemos con los animales, de esa manera de humanizarlos. Leyendo el libro, cuando hablas de los lobos y de los tigres, dices que siempre les damos el papel de malos en los cuentos. Me preguntaba si en el fondo no es un poco humanizarlos. Quizá tengamos que dejar de humanizar tanto para lo bueno como para lo malo…

Sí, es difícil. Porque al final, todos tendemos a ver el mundo desde nuestra perspectiva. Incluso como individuos, siempre tendemos a tirar hacia nuestra manera de pensar. Y obviamente no podemos sustraernos de nuestra naturaleza humana y tratamos de entender la naturaleza desde nuestra manera de ver, desde nuestra percepción.

Pero entiendo el problema con los lobos, los tigres. Son especies que son problemáticas. La conservación de las especies carnívoras, de los grandes carnívoros como hienas, tigres, leones, lobos… es muy problemática porque las comunidades que viven cerca de estos animales tienen sus razones para temerlas. Son animales que tienen un peligro relativo, que pueden agredir a las personas, pueden matar al ganado y es normal que históricamente haya existido un conflicto.

En la ecología también hablamos de conflictos con estas especies. Pero realmente, sobre todo en los mundos occidentales, donde el mundo rural también está en retroceso, se tienen que encontrar maneras de convivir. Es que a veces es también muy cultural. Por ejemplo, cómo conviven en la India con los tigres o en el Nepal con las panteras. Culturalmente, tradicionalmente, tienen una visión de la naturaleza distinta que, de alguna manera, les ha permitido convivir mejor que no en otra cultura occidental, que es mucho más explotativa y ve mucha más competencia con la naturaleza en lugar de verse como parte de ella.

¿Nos falta perspectiva histórica?

Exacto, esa era mi intención con el libro. Afortunadamente, cada vez se habla más del cambio climático y la conservación del planeta, pero faltaba esta perspectiva histórica. Faltaba tomar conciencia de cómo los humanos hemos ido alterando el mundo para lo bueno y para lo malo.

Mi intención era tomar conciencia de que los paisajes que a veces consideramos no naturales en el fondo también lo son. Los humanos llevamos miles de años alterando los paisajes y a veces, en ecología, cuando hablamos de conservación, pensamos en espacios prístinos.

Pues bueno, los espacios humanizados, nuestros campos de cultivo, nuestras dehesas… son paisajes históricos, también son paisajes que tienen miles de años, donde unas especies ya hace siglos que se han adaptado a vivir en ellas y dependen ya de estos paisajes también. Tan naturales son estos paisajes en el fondo como los que crea un elefante cuando tira abajo unos cuantos árboles y abre un claro en el bosque.

Quería mostrar ese equilibrio, los humanos como una especie más creadora de ecosistemas, pero, al mismo tiempo, como creadora de grandes problemas.

Entre esos microsistemas que estamos creando, están las macrogranjas y la polémica en torno a ellas. ¿Cómo se ve esto desde el lado de la biología?

Sé muy poco del tema. Realmente es un problema muy complejo porque entiendo que hay factores económicos, sociales. Tienes que hacer un equilibrio. Y como sociedad también tenemos que hacer esta reflexión y estos equilibrios de saber que hay cosas que son realmente necesarias, aunque parezcan malas para algo.

Pero en el caso de las macrogranjas, no sé hasta qué punto se ha hecho esa reflexión, porque es obvio que la carne, por decirlo de alguna manera, es mucho más barata la que se obtiene de este tipo de granjas; y que hay mucha gente que seguramente no podría consumir carne si no tuviera ese precio, con lo cual, son una necesidad sociológica y económica.

Pero, por otro lado, hay que pensar también cuántos puestos de trabajo y qué tipo de trabajo ofrecen, o qué ofrecen a nivel social, no solo a nivel ecológico. ¿Qué supone su transporte, por ejemplo? Tienes que utilizar muchos recursos para transportarla.

Están poco vinculadas al paisaje y a la comunidad en la que se integran. Realmente, son elementos bastante agresivos, entiendo yo, para los ecosistemas y para las comunidades y sociedades que hay a su alrededor. Biológicamente, no creo que sean nada sostenibles, contaminan muchísimo, tienen que llevarse los contaminantes de allí…

Sin embargo, en una agricultura y ganadería más local, más extensiva, puedes cerrar un poco más los ciclos. En las granjas más integradas, tú puedes coger las heces de tus vacas y aprovecharlas para hacer abono para el campo. En una macrogranja eso no lo puedes hacer. O acabas con montones de residuos o tienes que sacarlos en camiones. Todo va en contra de cualquier sistema ecológico como tal. Es un artificio enorme, por eso a nivel ecológico no las veo sostenibles.

En tu libro hablas también de virus y bacterias. No somos conscientes de que deben estar, de que incluso somos su ecosistema. Ahora el objetivo está en perseguir ciertos virus. ¿Qué pasaría si consiguiéramos erradicarlos? ¿Qué nos ocurriría?

¡Ostras, es muy difícil de saber! En ecología, los círculos son tan complejos a veces que es realmente difícil de predecir. Virus, bacterias son algo que la gente no se lo ha planteado mucho porque parecen invisibles, pero los mosquitos, que transmiten enfermedades, sí se ha planteado muchas veces alterarlos genéticamente para intentar acabar con ellos. Y muchas veces incluso se ha planteado filosóficamente o éticamente el dilema de qué pasaría si realmente tuviésemos la capacidad de eliminar a los mosquitos del mundo.

Aparentemente quizás no pasaría nada, pero realmente no lo sabes. Porque hay muchos animales que se alimentan de los mosquitos; los mosquitos, al transmitir virus y enfermedades, por ejemplo, a aves y otros animales, quieras o no son unos controladores naturales de poblaciones. Cuando unas plantas o animales enferman, en el fondo están regulando esas poblaciones.

Entonces, cuando fallan las enfermedades, fallan los depredadores —porque un patógeno es como un depredador—, si eliminas un depredador, alteras todas las poblaciones que están por debajo de él. Si eliminas la enfermedad, también todos los que la padecían se ven liberados de ese peso y no sabrías nunca lo que pasaría, si eso alteraría el ecosistema. Es difícil de predecir, pero también es muy lícito poder eliminar las enfermedades.

La covid, ¿ha surgido porque vivimos en un planeta enfermo?

Bueno, cada vez estamos más conectados y eso favorece que las epidemias se expandan. Lo cierto es que cada año se identifican entre 5 y 10 enfermedades nuevas, las llamadas enfermedades emergentes, y en su mayoría son zoonóticas; tres de cada cuatro suelen ser zoonóticas. Las recibimos de animales salvajes o de animales salvajes que las transmiten a animales domésticos y estos a nosotros. Es algo que está pasando continuamente.

Tanto en Asia como en África, las zoonosis son algo muy normal. Por suerte, la mayoría de estos casos quedan en nada, quedan en una infección de una o dos personas que han estado expuestas, pero no es contagioso y no va a más.

Pero en el caso del covid, ha resultado ser muy infeccioso y se ha dispersado por todo el mundo. Sin embargo, también pasó con el virus del sida en su momento, que también surgió de las selvas, seguramente por cazar primates, y de allí se dispersó. Y sigue siendo una pandemia mundial, aunque ya no se hable tanto de ella.

Esto siempre está y siempre pasará. Los científicos cada vez trabajan más para intentar detectar lo antes posible estos problemas y cortarlos de raíz. Pero ya hemos visto que no es fácil. Vivimos en un mundo tan conectado que, hoy en día, una persona que se infecta en África o en China, en cinco o seis horas está en la otra punta del mundo.

¿Qué pasaría si se perdiera todo el hielo de la Antártida? Siempre se ha dicho que aflorarían bacterias para las que quizá no tengamos defensas. ¿Serían realmente una amenaza?

Sí que se habla de esa manera en los círculos científicos. Muchas bacterias que llevan quizá miles de años allí, bajo el hielo, en letargo, no sabes nunca si pueden despertar. O los animales estos que se encuentran congelados y que van emergiendo, uno nunca sabe con estos organismos… U hongos, que los hongos, a veces, también tienen mucha resistencia y pueden las esporas pasar años y años resistiendo y nunca sabes realmente qué puede pasar.

Son ecosistemas que habíamos dado por desaparecidos y que están emergiendo, y nunca sabes realmente lo que te puede salir de ahí. El peligro existe en este sentido. No tiene por qué, pero la probabilidad siempre está ahí.

¿Es reversible el cambio climático?

Yo suelo ser optimista con casi todo, pero con el cambio climático soy bastante pesimista. Llevo oyendo lo mismo desde que estudiaba la carrera en los 90, cuando ya se empezaba a hablar bastante del cambio climático. «Todavía estamos a tiempo», y ya han pasado 30 años y todavía no se ha hecho nada. Y todavía se dice «bueno, va, aún queda algo». Bueno, no sé yo.

Hemos perdido 30 años y no se ha hecho nada. Y no parece que se hagan muchos esfuerzos. Supongo que es un problema de la pérdida de biodiversidad. Son cosas tan complejas y al mismo tiempo tan sutiles… Porque son cambios muy prolongados en el tiempo que afectan a unos, a otros no los afectan. Mucha gente no percibe estos cambios y si lo hace, los percibe para bien. Imagino que para un habitante del centro o norte de Europa, un poco más de calor en su país le parecerá estupendo, pero para los que vivimos en el sur…

Es muy complejo poner a toda la humanidad de acuerdo para hacer algo cuando de un pueblo a otro, de un país a otro, somos incapaces de coordinarnos para hacer cosas conjuntas. Es difícil, es difícil.

Y esto, en el fondo, ¿no es una selección natural de especies?

Tenemos que tener claro que cualquier problema que ejerzamos sobre la Tierra, como el cambio climático, los perjudicados somos nosotros. Nosotros somos conscientes de lo que estamos haciendo y además dependemos del clima actual. Llevamos 10.000, 12.000 años con un clima muy benévolo, que es el que dio pie al Neolítico y al nacimiento de las civilizaciones tal y como las conocemos; y dependemos mucho de este clima: nuestros campos, nuestros ganados…

Si volviese la Edad de Hielo o todo fuera un clima tropical, esto no se aguantaría. Nuestro modo de vivir tiene que cambiar. Y no digo que se extinguiría nuestra especie, pero sí que habrá comunidades, que es lo que se advierte, que padecerán mucho. Las zonas que ya son de por sí áridas, como Oriente Medio, el norte de África o el sur de Europa, lo sufriremos muchísimo.

Que sufran las poblaciones, al final lo que llevan es a conflictos humanos. Y ya sabemos lo que hacemos los humanos cuando hay pocos recursos y hay conflictos. No solemos resolver los problemas de una manera muy civilizada.

La naturaleza seguirá su ritmo. El 99% de las especies que han vivido sobre la Tierra se han extinguido por equis razones y la vida cada vez es más rica, cada vez resurge con más fuerza. El día que desaparezcamos los humanos o haya un cambio climático otras especies ocuparán esos hábitats. Las generaciones del futuro quizás tendrán que acostumbrarse a vivir de otra manera.

Yo espero que la humanidad sea capaz de encontrar soluciones y que la transición sea lo más pacífica y tranquila posible. Y sin dejar atrás gente.

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