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24 de octubre 2012    /   CREATIVIDAD
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Algunas palomas son más iguales que otras

24 de octubre 2012    /   CREATIVIDAD     por          
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El gris homogeniza a las palomas. Por eso Julius von Bismarck y Julian Charrière prefieren colorearlas. Algo que ya han hecho con las de Copenhague y Venecia.
El paso del tiempo no le ha sentado nada bien a las palomas. De símbolo de la salvación en el arte paleocristiano pasó a ser icono de la paz en el siglo XX. En labores más prácticas, resultó ser también de gran utilidad como mensajera en varias civilizaciones a lo largo de la historia (desde la Grecia Antigua hasta prácticamente nuestros días). Todo eso para llegar a la actualidad como uno de los animales más aborrecidos sobre la faz de la Tierra. Sobre todo en las grandes ciudades. Allí, donde viven en colonias formadas por centenares de individuos, no se suele hablar de ellas en singular. Incluso a veces es difícil oír hablar de ‘palomas’ como tal y resultan más habituales lindezas del tipo ‘plaga’ o ‘ratas del aire’ para referirse a ellas.

Algunos pensarán que se lo han ganado a pulso. Que la suciedad que generan allá por donde campan o la manera de apabullar a los viandantes con sus vuelos rasos las hacen merecedoras de esos calificativos. Otros, en cambio, ven en las palomas la cabeza de turco perfecta. Un colectivo al que se le puede echar la culpa del descuido y la fealdad en las ciudades sin que puedan defenderse.

A Julius von Bismarck y Julian Charrière, las palomas no le generan especial simpatía. Pero tampoco inquina alguna. De hecho, no están de acuerdo con la decisión de algunas autoridades locales de tratar de minorar el número de miembros de las comunidades de palomas en sus ciudades. “Es agradable convivir con ellas”, afirma Julius.

Los dos artistas berlineses creen que el plumaje gris de la paloma doméstica no beneficia en absoluto a su imagen. A los ojos de los ciudadanos, todas son iguales, igual de sucias, igual de pesadas… Si pudieran diferenciarse unas de otras, quizá fuese más fácil evitar generalizar. “Los ornitólogos utilizan los colores para distinguir aves con fines científicos. Nosotros decidimos colorear las palomas de la ciudad para que la gente fuese capaz de distinguir unas de otras”.

Las palomas de Copenhague y de Venecia han sido las primeras en pasar por las manos de Julius y Julian; ellos utilizan tintes inocuos para los animales. Ahora no es difícil toparse con un ejemplar verde, azul, rosa o multicromático al caminar por alguna de esas ciudades. “Hemos logrado uno de nuestros objetivos: cambiar el aspecto de la ciudad con los mínimos medios”.

Con el proyecto, al que han denominado ‘Some pigeons are more equal than others’, la pareja de artistas también pretenden conseguir otro propósito: avivar el debate público sobre la vida ‘social’ de las palomas y comprobar si el nuevo look de los ejemplares customizados por ellos mismos puede cambiar la opinión generalizada acerca de la presencia de estos animales en las ciudades. Quizá solo sea cuestión de imagen…

 

 

El gris homogeniza a las palomas. Por eso Julius von Bismarck y Julian Charrière prefieren colorearlas. Algo que ya han hecho con las de Copenhague y Venecia.
El paso del tiempo no le ha sentado nada bien a las palomas. De símbolo de la salvación en el arte paleocristiano pasó a ser icono de la paz en el siglo XX. En labores más prácticas, resultó ser también de gran utilidad como mensajera en varias civilizaciones a lo largo de la historia (desde la Grecia Antigua hasta prácticamente nuestros días). Todo eso para llegar a la actualidad como uno de los animales más aborrecidos sobre la faz de la Tierra. Sobre todo en las grandes ciudades. Allí, donde viven en colonias formadas por centenares de individuos, no se suele hablar de ellas en singular. Incluso a veces es difícil oír hablar de ‘palomas’ como tal y resultan más habituales lindezas del tipo ‘plaga’ o ‘ratas del aire’ para referirse a ellas.

Algunos pensarán que se lo han ganado a pulso. Que la suciedad que generan allá por donde campan o la manera de apabullar a los viandantes con sus vuelos rasos las hacen merecedoras de esos calificativos. Otros, en cambio, ven en las palomas la cabeza de turco perfecta. Un colectivo al que se le puede echar la culpa del descuido y la fealdad en las ciudades sin que puedan defenderse.

A Julius von Bismarck y Julian Charrière, las palomas no le generan especial simpatía. Pero tampoco inquina alguna. De hecho, no están de acuerdo con la decisión de algunas autoridades locales de tratar de minorar el número de miembros de las comunidades de palomas en sus ciudades. “Es agradable convivir con ellas”, afirma Julius.

Los dos artistas berlineses creen que el plumaje gris de la paloma doméstica no beneficia en absoluto a su imagen. A los ojos de los ciudadanos, todas son iguales, igual de sucias, igual de pesadas… Si pudieran diferenciarse unas de otras, quizá fuese más fácil evitar generalizar. “Los ornitólogos utilizan los colores para distinguir aves con fines científicos. Nosotros decidimos colorear las palomas de la ciudad para que la gente fuese capaz de distinguir unas de otras”.

Las palomas de Copenhague y de Venecia han sido las primeras en pasar por las manos de Julius y Julian; ellos utilizan tintes inocuos para los animales. Ahora no es difícil toparse con un ejemplar verde, azul, rosa o multicromático al caminar por alguna de esas ciudades. “Hemos logrado uno de nuestros objetivos: cambiar el aspecto de la ciudad con los mínimos medios”.

Con el proyecto, al que han denominado ‘Some pigeons are more equal than others’, la pareja de artistas también pretenden conseguir otro propósito: avivar el debate público sobre la vida ‘social’ de las palomas y comprobar si el nuevo look de los ejemplares customizados por ellos mismos puede cambiar la opinión generalizada acerca de la presencia de estos animales en las ciudades. Quizá solo sea cuestión de imagen…

 

 

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