6 de junio 2018    /   CIENCIA
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El almacén del biólogo Hardy guarda 6.000 relatos de experiencias espirituales

6 de junio 2018    /   CIENCIA     por          
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A orillas del río Teifi, al sur del condado galés de Ceredigion, existe un pueblecito encantador llamado Lampeter. Aparte de que podría quedar muy bien plasmado tras algún filtro de Instagram, esta localidad no tiene nada en especial. Apenas viven aquí unas 3.000 personas. Sin embargo, hay algo que la vuelve única en el mundo. El equivalente espiritual al almacén de la película de En busca del arca perdida, donde Indiana Jones atesora todos los objetos que ha ido obteniendo en sus aventuras arqueológicas.

Aquí, en una habitación de un discreto edificio, se almacenan diversas cajas de cartón que albergan nada menos que 6.000 relatos de experiencias espirituales de personas: el mayor archivo del mundo de estas características para promover la investigación científica.

El Centro de Investigación sobre Experiencias Religiosas

El Centro de Investigación sobre Experiencias Religiosas (RERC) es el nombre de este organismo fundado por sir Alister Hardy (1896-1985), un biólogo marino de la Universidad de Oxford obsesionado con las experiencias de índole espiritual. A primera vista pudiera parecer un chiflado, pero Hardy tuvo como tutor a Julian Huxley (hermano del célebre Aldous), llegó a ocupar la cátedra Linacre de Zoología en Oxford, fue un gran experto en el estudio del plancton y tuvo como alumnos destacados a personajes como Richard Dawkins.

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En los últimos años de su vida, sin embargo, se atrevió a recorrer caminos poco ortodoxos. Por ejemplo, en 1960, tras jubilarse, propuso que los primeros homínidos no nacieron en la sabana africana, sino junto a las costas marinas y márgenes de los ríos. Precisamente fue el agua, según Hardy, el rasgo genético que promovió la bipedestación: a fin de poder adentrarse en ella manteniendo la cabeza fuera.

Si bien la hipótesis del mono acuático tiene sus defensores y detractores, Hardy todavía fue más lejos al abordar la cuestión de la espiritualidad. ¿Por qué esta parece formar parte de la naturaleza humana con independencia de la cultura que estudiemos? ¿Por qué todos tendemos a pensar que estamos en contacto con seres omnipresentes que nos tutelan o guían de algún modo?

Hardy estaba pisando terreno cenagoso desde el punto de vista de la reputación científica. Todos los que anteriormente habían tratado de esclarecer experimentalmente nuestra dimensión espiritual habían terminado sus días padeciendo una suerte de ostracismo intelectual.

Hardy estaba a punto de convertirse casi en uno de los integrantes de Los cazafantasmas. Pero le daba igual. A su edad ya no tenía mucho que perder. Y estaba convencido de que era el único camino de establecer una «fe experimental», como escribiría en su libro La naturaleza espiritual del hombre:

Lo que debemos hacer es presentar pruebas objetivas en forma de registros escritos de esas sensaciones espirituales subjetivas, así como de sus efectos en las vidas de las personas que las experimentan, y que sean de tal peso que el mundo intelectual no pueda sino entender que son tan reales e influyentes como las fuerzas del amor.

Recogiendo experiencias

Hardy dejó atrás sus estudios sobre biología marina y se centró entonces en la espiritualidad. Las primeras entrevistas las realizó él mismo. Para captar a los entrevistados, ponía una serie de anuncios en diversos periódicos, donde planteaba una cuestión crucial: «¿Ha sido consciente alguna vez, o se ha sentido influenciado por una presencia o poder, tanto si la llama «Dios» como si no, que se diferencia de su yo cotidiano?».

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En los primeros diez años de trabajo, Hardy recopiló diez mil testimonios en los que se narraban experiencias místicas. En aras de dotar de un enfoque científico y sistemático a aquella colección creciente, optó por una catalogación taxonómica por palabras clave o etiquetas. Por ejemplo, la número 18 se clasifica así: «Visiones. Óxido de nitrógeno. Dentistas. Movimiento. Túneles. Luz. Barba. Reencarnación. Pablo. Jesucristo. Cerebro».

Hardy advirtió que no había demasiadas pautas fijas, salvo que un porcentaje muy importante de la población parecía haber pasado por experiencias espirituales de algún tipo, que suelen producirse más durante la infancia y la adolescencia y que es más frecuente en mujeres que en hombres.

Curiosamente, las experiencias son más comunes entre personas espirituales pero no religiosas que en practicantes declarados de alguna religión. Incluso los ateos refieren experiencias semejantes, aunque en menor proporción.

Abunda en ello Jules Evans, investigador del Queen Mary University de Londres, en su libro El arte de perder el control:

En Estados Unidos parece que ese tipo de experiencias también es más frecuente: en 1962, cuando Gallup preguntó a los estadounidenses si habían «tenido alguna vez una experiencia religiosa o mística», el 22 por ciento respondió afirmativamente. La cifra había aumentado hasta el 33 por ciento en 1994, y en 2009 era ya del 49 por ciento.

RERC no fue, ni mucho menos, el primer acercamiento científico a las experiencias espirituales de forma sistemática. La primera vez que se llevó a cabo un análisis sistemático de esta clase de experiencias fue en 1882, cuando la Sociedad para la Investigación Psíquica realizó una encuesta de alcance nacional en la que constató que el 10% de la población manifestaba haber tenido «una impresión vívida de ver, o de haber sido tocado, o de haber oído una voz (…) no debida a ninguna causa externa».

Fundada entre otros eminentes eruditos de Cambridge por el físico William Barret, la Sociedad para la Investigación Psíquica atrajo a algunos de los científicos e intelectuales más reputados de su época, como el filósofo Henri Bergson o la física Marie Curie. En el programa de presentación de la Sociedad, se expuso esta idea:

Debemos acumular los hechos y multiplicar las experiencias, no discutir con los escépticos sobre la verdad de tal o cual hecho aislado, y asentar nuestra convicción sobre la prueba total que parezca brotar del conjunto.

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Alucinaciones

El problema de estos análisis con apariencia sistemática es que se fundan en testimonios, una forma muy débil de hacer ciencia a través de evidencias. De hecho, actualmente, los científicos cognitivos sugieren que todas nuestras experiencias místicas en realidad son alucinaciones o malas interpretaciones de la realidad.

Nuestros sentidos recogen un enorme caudal de datos que el cerebro criba, filtra e interpreta para dar coherencia a lo que nos rodea. Una coherencia influida mayormente por nuestra cultura. Por eso no se introdujeron los extraterrestres en los relatos de experiencias místicas hasta que aparecieron las primeras películas que hablaban de platillos volantes.

A lo largo de nuestra vida, todos somos víctimas de sensaciones que no tienen relación con la realidad porque nuestro cerebro no funciona correctamente. Por esa razón, los testimonios son pruebas débiles.

¿Cómo sabemos que lo que sentimos es producto, por ejemplo, de haber consumido demasiada cafeína o de una mala interpretación de datos de nuestro sistema nervioso? Eso sin contar que un porcentaje bastante elevado de personas (alrededor del 20%) ha tenido algún tipo de trastorno mental. ¿Cómo saber si un testimonio en realidad es un trastornado?

Incluso las casas encantadas probablemente existen porque existen infrasonidos que influyen en nuestras percepciones, básicamente haciendo vibrar nuestro globo ocular. Richard Wiseman habla de ello en su libro Rarología al mencionar los estudios del investigador Vic Tandy:

Al escribir sobre sus experiencias en las páginas del Journal of the Society for Psychical Research, Vic especuló sobre que ciertos edificios pueden contener infrasonidos (quizás provocados por fuertes vientos al soplar a través de una ventaba abierta, o el ruido sordo del tráfico cercano) y que el extraño efecto de estas ondas de baja frecuencia puede hacer que algunas personas crean que el lugar está encantado.

Incluso es relativamente fácil generar sensaciones de espiritualidad con esta clase de sonidos. Basta con situar a un grupo de personas en una habitación, proyectar tales sonidos con altavoces y un gran porcentaje de los sujetos referirá casos similares a los que se explican en el RERC.

Actualmente, el RERC sufre de falta de financiación. Su base de datos, otrora instalada en Oxford, hoy en día languidece en la pequeña localidad de Lampeter. A pesar de su enorme colección de archivos sobre experiencias sobrenaturales, el RERC ha adquirido el estatus de curiosidad más que de prueba de laboratorio. Ahora, más que antes, el RERC es como el almacén de Indiana Jones. El real, el del plató de cine, en el que se almacena una gran diversidad de atrezo para ser plasmada en la película.

A orillas del río Teifi, al sur del condado galés de Ceredigion, existe un pueblecito encantador llamado Lampeter. Aparte de que podría quedar muy bien plasmado tras algún filtro de Instagram, esta localidad no tiene nada en especial. Apenas viven aquí unas 3.000 personas. Sin embargo, hay algo que la vuelve única en el mundo. El equivalente espiritual al almacén de la película de En busca del arca perdida, donde Indiana Jones atesora todos los objetos que ha ido obteniendo en sus aventuras arqueológicas.

Aquí, en una habitación de un discreto edificio, se almacenan diversas cajas de cartón que albergan nada menos que 6.000 relatos de experiencias espirituales de personas: el mayor archivo del mundo de estas características para promover la investigación científica.

El Centro de Investigación sobre Experiencias Religiosas

El Centro de Investigación sobre Experiencias Religiosas (RERC) es el nombre de este organismo fundado por sir Alister Hardy (1896-1985), un biólogo marino de la Universidad de Oxford obsesionado con las experiencias de índole espiritual. A primera vista pudiera parecer un chiflado, pero Hardy tuvo como tutor a Julian Huxley (hermano del célebre Aldous), llegó a ocupar la cátedra Linacre de Zoología en Oxford, fue un gran experto en el estudio del plancton y tuvo como alumnos destacados a personajes como Richard Dawkins.

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En los últimos años de su vida, sin embargo, se atrevió a recorrer caminos poco ortodoxos. Por ejemplo, en 1960, tras jubilarse, propuso que los primeros homínidos no nacieron en la sabana africana, sino junto a las costas marinas y márgenes de los ríos. Precisamente fue el agua, según Hardy, el rasgo genético que promovió la bipedestación: a fin de poder adentrarse en ella manteniendo la cabeza fuera.

Si bien la hipótesis del mono acuático tiene sus defensores y detractores, Hardy todavía fue más lejos al abordar la cuestión de la espiritualidad. ¿Por qué esta parece formar parte de la naturaleza humana con independencia de la cultura que estudiemos? ¿Por qué todos tendemos a pensar que estamos en contacto con seres omnipresentes que nos tutelan o guían de algún modo?

Hardy estaba pisando terreno cenagoso desde el punto de vista de la reputación científica. Todos los que anteriormente habían tratado de esclarecer experimentalmente nuestra dimensión espiritual habían terminado sus días padeciendo una suerte de ostracismo intelectual.

Hardy estaba a punto de convertirse casi en uno de los integrantes de Los cazafantasmas. Pero le daba igual. A su edad ya no tenía mucho que perder. Y estaba convencido de que era el único camino de establecer una «fe experimental», como escribiría en su libro La naturaleza espiritual del hombre:

Lo que debemos hacer es presentar pruebas objetivas en forma de registros escritos de esas sensaciones espirituales subjetivas, así como de sus efectos en las vidas de las personas que las experimentan, y que sean de tal peso que el mundo intelectual no pueda sino entender que son tan reales e influyentes como las fuerzas del amor.

Recogiendo experiencias

Hardy dejó atrás sus estudios sobre biología marina y se centró entonces en la espiritualidad. Las primeras entrevistas las realizó él mismo. Para captar a los entrevistados, ponía una serie de anuncios en diversos periódicos, donde planteaba una cuestión crucial: «¿Ha sido consciente alguna vez, o se ha sentido influenciado por una presencia o poder, tanto si la llama «Dios» como si no, que se diferencia de su yo cotidiano?».

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En los primeros diez años de trabajo, Hardy recopiló diez mil testimonios en los que se narraban experiencias místicas. En aras de dotar de un enfoque científico y sistemático a aquella colección creciente, optó por una catalogación taxonómica por palabras clave o etiquetas. Por ejemplo, la número 18 se clasifica así: «Visiones. Óxido de nitrógeno. Dentistas. Movimiento. Túneles. Luz. Barba. Reencarnación. Pablo. Jesucristo. Cerebro».

Hardy advirtió que no había demasiadas pautas fijas, salvo que un porcentaje muy importante de la población parecía haber pasado por experiencias espirituales de algún tipo, que suelen producirse más durante la infancia y la adolescencia y que es más frecuente en mujeres que en hombres.

Curiosamente, las experiencias son más comunes entre personas espirituales pero no religiosas que en practicantes declarados de alguna religión. Incluso los ateos refieren experiencias semejantes, aunque en menor proporción.

Abunda en ello Jules Evans, investigador del Queen Mary University de Londres, en su libro El arte de perder el control:

En Estados Unidos parece que ese tipo de experiencias también es más frecuente: en 1962, cuando Gallup preguntó a los estadounidenses si habían «tenido alguna vez una experiencia religiosa o mística», el 22 por ciento respondió afirmativamente. La cifra había aumentado hasta el 33 por ciento en 1994, y en 2009 era ya del 49 por ciento.

RERC no fue, ni mucho menos, el primer acercamiento científico a las experiencias espirituales de forma sistemática. La primera vez que se llevó a cabo un análisis sistemático de esta clase de experiencias fue en 1882, cuando la Sociedad para la Investigación Psíquica realizó una encuesta de alcance nacional en la que constató que el 10% de la población manifestaba haber tenido «una impresión vívida de ver, o de haber sido tocado, o de haber oído una voz (…) no debida a ninguna causa externa».

Fundada entre otros eminentes eruditos de Cambridge por el físico William Barret, la Sociedad para la Investigación Psíquica atrajo a algunos de los científicos e intelectuales más reputados de su época, como el filósofo Henri Bergson o la física Marie Curie. En el programa de presentación de la Sociedad, se expuso esta idea:

Debemos acumular los hechos y multiplicar las experiencias, no discutir con los escépticos sobre la verdad de tal o cual hecho aislado, y asentar nuestra convicción sobre la prueba total que parezca brotar del conjunto.

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Alucinaciones

El problema de estos análisis con apariencia sistemática es que se fundan en testimonios, una forma muy débil de hacer ciencia a través de evidencias. De hecho, actualmente, los científicos cognitivos sugieren que todas nuestras experiencias místicas en realidad son alucinaciones o malas interpretaciones de la realidad.

Nuestros sentidos recogen un enorme caudal de datos que el cerebro criba, filtra e interpreta para dar coherencia a lo que nos rodea. Una coherencia influida mayormente por nuestra cultura. Por eso no se introdujeron los extraterrestres en los relatos de experiencias místicas hasta que aparecieron las primeras películas que hablaban de platillos volantes.

A lo largo de nuestra vida, todos somos víctimas de sensaciones que no tienen relación con la realidad porque nuestro cerebro no funciona correctamente. Por esa razón, los testimonios son pruebas débiles.

¿Cómo sabemos que lo que sentimos es producto, por ejemplo, de haber consumido demasiada cafeína o de una mala interpretación de datos de nuestro sistema nervioso? Eso sin contar que un porcentaje bastante elevado de personas (alrededor del 20%) ha tenido algún tipo de trastorno mental. ¿Cómo saber si un testimonio en realidad es un trastornado?

Incluso las casas encantadas probablemente existen porque existen infrasonidos que influyen en nuestras percepciones, básicamente haciendo vibrar nuestro globo ocular. Richard Wiseman habla de ello en su libro Rarología al mencionar los estudios del investigador Vic Tandy:

Al escribir sobre sus experiencias en las páginas del Journal of the Society for Psychical Research, Vic especuló sobre que ciertos edificios pueden contener infrasonidos (quizás provocados por fuertes vientos al soplar a través de una ventaba abierta, o el ruido sordo del tráfico cercano) y que el extraño efecto de estas ondas de baja frecuencia puede hacer que algunas personas crean que el lugar está encantado.

Incluso es relativamente fácil generar sensaciones de espiritualidad con esta clase de sonidos. Basta con situar a un grupo de personas en una habitación, proyectar tales sonidos con altavoces y un gran porcentaje de los sujetos referirá casos similares a los que se explican en el RERC.

Actualmente, el RERC sufre de falta de financiación. Su base de datos, otrora instalada en Oxford, hoy en día languidece en la pequeña localidad de Lampeter. A pesar de su enorme colección de archivos sobre experiencias sobrenaturales, el RERC ha adquirido el estatus de curiosidad más que de prueba de laboratorio. Ahora, más que antes, el RERC es como el almacén de Indiana Jones. El real, el del plató de cine, en el que se almacena una gran diversidad de atrezo para ser plasmada en la película.

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Opiniones 2
  • El autor es racionalista e materialista y no puede aceptar estas afirmaciones. Su unica fe es la ciencia. Que piensa no es fe mas objetiva evidencia… justamente otro acto de fe. Una fe que esta dispuesta a relativizar cualquier posición que caiga fuera de su dominio.
    Usa la ciencia para justificar su posición idealistica.
    Eso si que es objetivo a mi entender.

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