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11 de septiembre 2018    /   CINE/TV
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El mensaje debajo del mensaje: así es el alegato de algunas series contra la superficialidad

11 de septiembre 2018    /   CINE/TV     por          
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A bote pronto cabe pensar que dos distopías televisivas como Altered Carbon y Travelers deben tener poco en común con la belleza o con el amor. O, por ir al plano de la ficción visual, con un dramón lacrimógeno cualquiera.

Sin embargo, ambas series –las dos nacidas de la factoría de Netflix– plantean a su manera una idea que lanzaba una de las películas más edulcoradas y a la vez inquietantes del cine reciente: la onírica Más allá de los sueños que protagonizó Robin Williams hace ya 20 años. La idea es la identidad de la persona más allá de su propio cuerpo.

Vayamos por partes.

Altered Carbon es una serie acerca de un futuro lejano en el que la humanidad ha aprendido a transferir la personalidad a un pequeño dispositivo que, implantado en la base del cráneo, hace que la persona sea reinstalada. Eso, añadido a que se ha aprendido a cultivar y clonar cuerpos funcionales, genera toda una serie de repercusiones sociales.

Para empezar, hay una clave económica evidente, y es que los más ricos se convierten en seres inmortales de facto. Cuando un cuerpo enferma, es herido o muere, su personalidad se transmite a uno de sus clones cultivados. Los más ricos tienen además un sistema de copia de seguridad automático en un servidor en las nubes (en las de verdad) que les permiten recargarse en caso de que hubiera emergencias.

Hay también una lectura social que la serie muestra bastante bien: cuando la muerte deja de ser un límite para muchos, las experiencias y estímulos de esos seres todopoderosos se vuelven más extremos. Qué más da matar a alguien si se puede costear la vuelta a la vida, incluso haciéndolo en un cuerpo mejorado. Qué más da probar cualquier tipo de filia extrema si luego puedes volver a recuperar tu ser anterior.

Travelers, por su parte, es una serie acerca de los viajes en el tiempo. En un futuro indeterminado la humanidad está al borde de la extinción, pero han aprendido la forma de transferir consciencias no a un dispositivo, sino a otro cuerpo en otro momento del espacio-tiempo. En una especie de organización jerarquizada al estilo militar, empiezan a transferir viajeros al pasado para intentar cambiar las cosas que condujeron a la práctica aniquilación de la especie.

Esa consciencia que envían, eso sí, sobrescribe la conciencia del huésped, eliminando a esa persona. Es por eso por lo que, para evitar matar, solo transfieren consciencias a personas que están a punto de morir de forma sobrevenida. Como todas las ficciones acerca de viajes en el tiempo, también trata la problemática lógica de cambiar el futuro con los cambios en el presente… de forma que también sus propias transferencias implican cambios en cómo es el futuro.

Ambas series, en cualquier caso, no son propuestas filosóficas acerca de la predestinación o del impacto económico, ético y social que tendría para la humanidad desdibujar sus más básicas limitaciones. En realidad, son aventuras policiales, con tramas detectivescas y las tan manidas líneas borrosas entre supuestos buenos y supuestos malos.

¿Y qué tiene que ver todo esto con la superficialidad y el amor?

Salto a 1998, fecha de lanzamiento de una película oscarizada, pero bastante criticada: una fantasía onírica y pastelera que abordaba, a su manera, la muerte y el amor. En Más allá de los sueños, un hombre fallece y va al paraíso, un lugar en que todo es como uno sueña, y encuentra a sus seres queridos –que son como ellos quieren ser–.

Así, el protagonista se encuentra con sus hijos pequeños convertidos en adultos, y vive en felicidad y armonía en un entorno idílico. Sin embargo, el drama reside en que su mujer, incapaz de superar la pérdida de su familia, acaba suicidándose, por lo que mora en el purgatorio para toda la eternidad.

El dramón, además de por la trama, está lleno de tintes clasicones: la concepción del paraíso a medio camino entre el catolicismo buenista y el calvinismo individual, lanzarse a una misión aun a costa de perder tan idílica eternidad o la lucha por rescatar a quien se ama.

Lo más perturbador de todo es quizá el momento final de la película cuando –oh, sorpresa– logra rescatar a su mujer y por fin están juntos. Él entonces le plantea a ella por qué no reencarnarse para volver a buscarse y empezar de nuevo.

Piénsalo por un momento porque es aterrador.

¿Serías capaz de encontrar a esa persona en otra distinta? ¿Alguien mucho mayor, mucho menor, muy diferente, muy lejana? ¿Tan convencido se puede estar de que el amor es una especie de destino innegable que se está dispuesto al riesgo de volver a buscarlo porque, inexorablemente, lo encontrarás otra vez?

Y es ahí donde se unen las tramas de tan improbables caminos hacia una idea común, En Altered Carbon, durante una visita a una fábrica de fundas –así llaman a los cuerpos vacíos a la espera de conciencia que se instale–, un cuerpo desnudo de mujer se anuncia en un holograma que dice algo así como «te mereces que tu mujer luzca una funda como esta».

La desnudez es una constante en el metraje de la serie, tanto masculina como femenina, y en todo su esplendor. E, imbuidos por la dinámica de la serie, al final hasta da igual: no se ve un cuerpo bonito en pantalla, sino una funda artificial privada de cualquier encanto.

En Travelers, una de las protagonistas acostumbra a ir desnuda por la casa del que fuera su terapeuta, irremediablemente enamorado de ella pero beatíficamente elegante a la hora de mantener la distancia profesional. Aquí los desnudos no son ni siquiera ocasionales, pero la dialéctica es la misma: en el fondo daría igual, porque en realidad es un cuerpo sin más.

El quid de la cuestión en ambas distopías es de quién es la conciencia que puebla el cuerpo, es decir, de quién es la consciencia que está en la pila –el dispositivo subcraneal– o a quién se ha descargado en el huésped del futuro.

Ese vacío de relación entre forma y contenido conduce en Altered Carbon a que una anciana sea instalada en el cuerpo de un matón, que una niña ocupe el cuerpo de una mujer mayor que su propia madre, o que una madre sea un tipo barbudo de mediana edad.

En Travelers, el humano que más ha vivido de la historia está en el cuerpo de un adolescente de instituto, mientras que una increíblemente fuerte soldado acaba dentro del cuerpo de una mujer maltratada. Un hijo, en fin, puede transferirse al cuerpo clonado de su padre inmortal, o una hija hacer lo propio en el cuerpo de su madre modificada químicamente para dar placer a sus guardaespaldas.

La cuestión común de las tres propuestas de ficción, aunque desde distintos ángulos, va hacia una idea común: la disociación de la persona y el cuerpo. No importa la apariencia exterior ni la edad o el sexo. En realidad la persona es su consciencia, una especie de alma postmoderna de quita y pon. La eterna pregunta de quién es uno más allá de lo que parezca ser.

A bote pronto cabe pensar que dos distopías televisivas como Altered Carbon y Travelers deben tener poco en común con la belleza o con el amor. O, por ir al plano de la ficción visual, con un dramón lacrimógeno cualquiera.

Sin embargo, ambas series –las dos nacidas de la factoría de Netflix– plantean a su manera una idea que lanzaba una de las películas más edulcoradas y a la vez inquietantes del cine reciente: la onírica Más allá de los sueños que protagonizó Robin Williams hace ya 20 años. La idea es la identidad de la persona más allá de su propio cuerpo.

Vayamos por partes.

Altered Carbon es una serie acerca de un futuro lejano en el que la humanidad ha aprendido a transferir la personalidad a un pequeño dispositivo que, implantado en la base del cráneo, hace que la persona sea reinstalada. Eso, añadido a que se ha aprendido a cultivar y clonar cuerpos funcionales, genera toda una serie de repercusiones sociales.

Para empezar, hay una clave económica evidente, y es que los más ricos se convierten en seres inmortales de facto. Cuando un cuerpo enferma, es herido o muere, su personalidad se transmite a uno de sus clones cultivados. Los más ricos tienen además un sistema de copia de seguridad automático en un servidor en las nubes (en las de verdad) que les permiten recargarse en caso de que hubiera emergencias.

Hay también una lectura social que la serie muestra bastante bien: cuando la muerte deja de ser un límite para muchos, las experiencias y estímulos de esos seres todopoderosos se vuelven más extremos. Qué más da matar a alguien si se puede costear la vuelta a la vida, incluso haciéndolo en un cuerpo mejorado. Qué más da probar cualquier tipo de filia extrema si luego puedes volver a recuperar tu ser anterior.

Travelers, por su parte, es una serie acerca de los viajes en el tiempo. En un futuro indeterminado la humanidad está al borde de la extinción, pero han aprendido la forma de transferir consciencias no a un dispositivo, sino a otro cuerpo en otro momento del espacio-tiempo. En una especie de organización jerarquizada al estilo militar, empiezan a transferir viajeros al pasado para intentar cambiar las cosas que condujeron a la práctica aniquilación de la especie.

Esa consciencia que envían, eso sí, sobrescribe la conciencia del huésped, eliminando a esa persona. Es por eso por lo que, para evitar matar, solo transfieren consciencias a personas que están a punto de morir de forma sobrevenida. Como todas las ficciones acerca de viajes en el tiempo, también trata la problemática lógica de cambiar el futuro con los cambios en el presente… de forma que también sus propias transferencias implican cambios en cómo es el futuro.

Ambas series, en cualquier caso, no son propuestas filosóficas acerca de la predestinación o del impacto económico, ético y social que tendría para la humanidad desdibujar sus más básicas limitaciones. En realidad, son aventuras policiales, con tramas detectivescas y las tan manidas líneas borrosas entre supuestos buenos y supuestos malos.

¿Y qué tiene que ver todo esto con la superficialidad y el amor?

Salto a 1998, fecha de lanzamiento de una película oscarizada, pero bastante criticada: una fantasía onírica y pastelera que abordaba, a su manera, la muerte y el amor. En Más allá de los sueños, un hombre fallece y va al paraíso, un lugar en que todo es como uno sueña, y encuentra a sus seres queridos –que son como ellos quieren ser–.

Así, el protagonista se encuentra con sus hijos pequeños convertidos en adultos, y vive en felicidad y armonía en un entorno idílico. Sin embargo, el drama reside en que su mujer, incapaz de superar la pérdida de su familia, acaba suicidándose, por lo que mora en el purgatorio para toda la eternidad.

El dramón, además de por la trama, está lleno de tintes clasicones: la concepción del paraíso a medio camino entre el catolicismo buenista y el calvinismo individual, lanzarse a una misión aun a costa de perder tan idílica eternidad o la lucha por rescatar a quien se ama.

Lo más perturbador de todo es quizá el momento final de la película cuando –oh, sorpresa– logra rescatar a su mujer y por fin están juntos. Él entonces le plantea a ella por qué no reencarnarse para volver a buscarse y empezar de nuevo.

Piénsalo por un momento porque es aterrador.

¿Serías capaz de encontrar a esa persona en otra distinta? ¿Alguien mucho mayor, mucho menor, muy diferente, muy lejana? ¿Tan convencido se puede estar de que el amor es una especie de destino innegable que se está dispuesto al riesgo de volver a buscarlo porque, inexorablemente, lo encontrarás otra vez?

Y es ahí donde se unen las tramas de tan improbables caminos hacia una idea común, En Altered Carbon, durante una visita a una fábrica de fundas –así llaman a los cuerpos vacíos a la espera de conciencia que se instale–, un cuerpo desnudo de mujer se anuncia en un holograma que dice algo así como «te mereces que tu mujer luzca una funda como esta».

La desnudez es una constante en el metraje de la serie, tanto masculina como femenina, y en todo su esplendor. E, imbuidos por la dinámica de la serie, al final hasta da igual: no se ve un cuerpo bonito en pantalla, sino una funda artificial privada de cualquier encanto.

En Travelers, una de las protagonistas acostumbra a ir desnuda por la casa del que fuera su terapeuta, irremediablemente enamorado de ella pero beatíficamente elegante a la hora de mantener la distancia profesional. Aquí los desnudos no son ni siquiera ocasionales, pero la dialéctica es la misma: en el fondo daría igual, porque en realidad es un cuerpo sin más.

El quid de la cuestión en ambas distopías es de quién es la conciencia que puebla el cuerpo, es decir, de quién es la consciencia que está en la pila –el dispositivo subcraneal– o a quién se ha descargado en el huésped del futuro.

Ese vacío de relación entre forma y contenido conduce en Altered Carbon a que una anciana sea instalada en el cuerpo de un matón, que una niña ocupe el cuerpo de una mujer mayor que su propia madre, o que una madre sea un tipo barbudo de mediana edad.

En Travelers, el humano que más ha vivido de la historia está en el cuerpo de un adolescente de instituto, mientras que una increíblemente fuerte soldado acaba dentro del cuerpo de una mujer maltratada. Un hijo, en fin, puede transferirse al cuerpo clonado de su padre inmortal, o una hija hacer lo propio en el cuerpo de su madre modificada químicamente para dar placer a sus guardaespaldas.

La cuestión común de las tres propuestas de ficción, aunque desde distintos ángulos, va hacia una idea común: la disociación de la persona y el cuerpo. No importa la apariencia exterior ni la edad o el sexo. En realidad la persona es su consciencia, una especie de alma postmoderna de quita y pon. La eterna pregunta de quién es uno más allá de lo que parezca ser.

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