4 de agosto 2015    /   ENTRETENIMIENTO
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Alquilar apartamento en verano te mata por dentro lentamente

4 de agosto 2015    /   ENTRETENIMIENTO     por          
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Dante se quedó corto. Se nota que cuando el italiano escribió la Divina Comedia aún no se había tomado unas vacaciones estivales y no había alquilado un apartamento en la costa mediterránea. Porque amigos y amigas, ahí se halla el décimo círculo del infierno de Dante: en los apartamentos de alquiler de verano, justo entre el séptimo (el de los violentos) y el octavo (el del fraude).
– ¡Mari, qué hago con esta mesa coja del salón y con el tostador oxidado!
– ¡Pues qué vas a hacer, Antonio! ¡Llevarla p’al apartamento de la playa!
Esa conversación, que se ha repetido con constante persistencia desde tiempos posguerracivilistas, es el origen de muchos de los suicidios que se producen cuando el calor aprieta y de, qué cojones, todo el mal que asola el mundo. Esa conversación es la causa de que entrar en un apartamento de alquiler en la costa sea un viaje al pasado de dos décadas.
Saltemos con garbo el debate de los precios. Llegaríamos a la conclusión de que es más asumible comprar en Leroy Merlin todo lo necesario para construir una playa, pagar a una cuadrillas de operarios y montar nuestro propio resort en pleno Retiro madrileño que abordar el coste de estas casas de asueto. Se trata de la ley de oferta y demanda y no hemos venido aquí a poner en duda algo tan perfecto e infalible como el libre mercado, capaz de conseguir hacer aflorar lo mejor de cada persona.
A lo que hemos venido es a tratar de dilucidar algunos conceptos que podrían resultar ininteligibles para vosotros, urbanitas irredentos. Para los que no hayan experimentado la situación nunca, hemos dedicado la tarde a reconstruir las situaciones más habituales que se dan en todo el proceso. Y como somos gilipollas y no sabemos explicarlo de otra manera, os lo contamos con unos GIF animados.
Lo primero es lo primero. La recepción. Cuando uno alquila un apartamento a 600 kilómetros de distancia espera, tras haber visto las fotos enviadas por la parte arrendadora, encontrar ese refugio cálido, ese retiro junto al mar en el que reconstruirse por dentro y por fuera antes de un nuevo curso. Uno espera encontrar algo así.

Beach House in Cabo de Gata en Níjar

Casa en Níjar, España. Casita de dos dormitorios en el corazón del Parque Natural y a pocos minutos de las mejores playas del Cabo de Gata. Está situada en El Pozo de los Frailes, a solo 3 minutos de San José. Dispone de dos dormitorios, uno con cama de matrimonio y … Ver todos los alojamientos en Níjar


Sin embargo, la realidad es una hija de puta tan terca como Florentino Pérez decidiendo los porteros del Real Madrid. La reacción que provoca abrir por primera vez la puerta del idílico nido es más bien esta.

¡Ese sofá, no!
¡Ese sofá, no!

 
Una vez dentro toca afrontar la realidad. Ya has pagado y queda un largo mes de agosto durmiendo en esas sábanas. Secándote con esas toallas. Usando esas cucharillas. Cagando en ese baño.
giphy (2)
 
Alguien, en algún momento, decidió que decorar una vivienda con estas cosas sería una buena idea. «Seguro que le da rollito al salón». Rollito, sí. Ganas de morir es lo que da.
Todo lo que iba sobrando hace lustros en la vivienda habitual ha ido ocupando lugares en el apartamento vacacional hasta conseguir que el escenario sea tan heterogéneo comos los afters de la romería de la Virgen del Rocío.

Llegado el momento del aseo, el baño siempre depara alguna sorpresa. Siempre. A la apertura del grifo de la ducha, la secuencia que sucede asemejarse a esto.
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– Hola, ¿podríais venir a arreglar la caldera, que no llega agua caliente a la ducha?
– ¡Pero hombre, que estamos en verano! ¡Si no la necesitas! ¡Te duchas con la manguera que es mucho más estival!
 
En cualquier caso, todos sabemos que esto es una batalla perdida. Existe la obligación de pasárselo bien, de divertirse en vacaciones. Esa presión que se da en citas como la noche de año nuevo en la que si sales, o te lo pasas bien o eres un pringado. No existe tolerancia social para el sufrimiento en periodo estival pero es algo que ocurre, de la misma manera que ocurren los embarazos no deseados, las resacas no deseadas y los ahogamientos no deseados.
El apartamento de verano en la costa seguirá siendo ese melancólico rincón en el que aún, no sin dificultades, sobrevive impasible el mueble provenzal. Seguirán siendo esos sugerentes espacios en los que las teles de tubo nos observan con impávida serenidad.

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– ¡Mari, qué hago con esta mesa coja del salón y con el tostador oxidado!
– ¡Pues qué vas a hacer, Antonio! ¡Llevarla p’al apartamento de la playa!
Esa conversación, que se ha repetido con constante persistencia desde tiempos posguerracivilistas, es el origen de muchos de los suicidios que se producen cuando el calor aprieta y de, qué cojones, todo el mal que asola el mundo. Esa conversación es la causa de que entrar en un apartamento de alquiler en la costa sea un viaje al pasado de dos décadas.
Saltemos con garbo el debate de los precios. Llegaríamos a la conclusión de que es más asumible comprar en Leroy Merlin todo lo necesario para construir una playa, pagar a una cuadrillas de operarios y montar nuestro propio resort en pleno Retiro madrileño que abordar el coste de estas casas de asueto. Se trata de la ley de oferta y demanda y no hemos venido aquí a poner en duda algo tan perfecto e infalible como el libre mercado, capaz de conseguir hacer aflorar lo mejor de cada persona.
A lo que hemos venido es a tratar de dilucidar algunos conceptos que podrían resultar ininteligibles para vosotros, urbanitas irredentos. Para los que no hayan experimentado la situación nunca, hemos dedicado la tarde a reconstruir las situaciones más habituales que se dan en todo el proceso. Y como somos gilipollas y no sabemos explicarlo de otra manera, os lo contamos con unos GIF animados.
Lo primero es lo primero. La recepción. Cuando uno alquila un apartamento a 600 kilómetros de distancia espera, tras haber visto las fotos enviadas por la parte arrendadora, encontrar ese refugio cálido, ese retiro junto al mar en el que reconstruirse por dentro y por fuera antes de un nuevo curso. Uno espera encontrar algo así.

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Sin embargo, la realidad es una hija de puta tan terca como Florentino Pérez decidiendo los porteros del Real Madrid. La reacción que provoca abrir por primera vez la puerta del idílico nido es más bien esta.

¡Ese sofá, no!
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Una vez dentro toca afrontar la realidad. Ya has pagado y queda un largo mes de agosto durmiendo en esas sábanas. Secándote con esas toallas. Usando esas cucharillas. Cagando en ese baño.
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Alguien, en algún momento, decidió que decorar una vivienda con estas cosas sería una buena idea. «Seguro que le da rollito al salón». Rollito, sí. Ganas de morir es lo que da.
Todo lo que iba sobrando hace lustros en la vivienda habitual ha ido ocupando lugares en el apartamento vacacional hasta conseguir que el escenario sea tan heterogéneo comos los afters de la romería de la Virgen del Rocío.

Llegado el momento del aseo, el baño siempre depara alguna sorpresa. Siempre. A la apertura del grifo de la ducha, la secuencia que sucede asemejarse a esto.
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– Hola, ¿podríais venir a arreglar la caldera, que no llega agua caliente a la ducha?
– ¡Pero hombre, que estamos en verano! ¡Si no la necesitas! ¡Te duchas con la manguera que es mucho más estival!
 
En cualquier caso, todos sabemos que esto es una batalla perdida. Existe la obligación de pasárselo bien, de divertirse en vacaciones. Esa presión que se da en citas como la noche de año nuevo en la que si sales, o te lo pasas bien o eres un pringado. No existe tolerancia social para el sufrimiento en periodo estival pero es algo que ocurre, de la misma manera que ocurren los embarazos no deseados, las resacas no deseadas y los ahogamientos no deseados.
El apartamento de verano en la costa seguirá siendo ese melancólico rincón en el que aún, no sin dificultades, sobrevive impasible el mueble provenzal. Seguirán siendo esos sugerentes espacios en los que las teles de tubo nos observan con impávida serenidad.

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