29 de abril 2017    /   IDEAS
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Carreras, regates, codazos: Crónica de una búsqueda de piso en Barcelona

29 de abril 2017    /   IDEAS     por        fotografia  lornet - Shutterstock
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Sol primaveral. 12.00 del mediodía en una callejuela de la zona alta del barrio de Gracia en Barcelona. La calle está desierta o casi. Cinco personas esperan en la acera, apoyadas en las paredes de los edificios contiguos al portal número 15. Pasa una mujer, unos 70 años, con un niño de no más de 15 cogido de la mano.

La mujer desconfía, mira las estatuas que esperan en la acera, aprieta la mano del muchacho y le susurra, con el suficiente volumen como para que las estatuas escuchen: «Aquí pasan droga, vamos». Aceleran el paso. Desaparecen en la siguiente esquina.

Dos minutos después aparece Jordi, unos 35 años, traje desgastado. «¿Venís a ver el piso?». Como algo rutinario, aprieta las manos de las cinco estatuas. «Soy Jordi, vamos para adentro». Las cinco estatuas se observan entre ellas. Dudan entre saludarse o mantener las formas, qué rol. Compañeras de viaje, rivales en su objetivo. Un único piso, cinco pretendientes. No se saludan. Jordi y las cinco estatuas desaparecen tras el portal número 15.

Música electrónica. Ray-Bans, sandalias, torsos desnudos, shorts floreados. El metro de Barcelona, repleto. Un charco de sangría en medio del vagón. Una isla de arena de playa entre el Mediterráneo de sangría. Un hombre con prisa intenta huir del andén, choca con un grupo de asiáticos absortos, miran el mapa, las indicaciones en las paredes del andén, vuelven al mapa. «Sitio, sitio, apartaos; que voy a trabajar, joder». Los asiáticos no se inmutan, el trabajador les empuja. Malas caras. «Turistas de mierda».

Los turistas siempre caben en Barcelona. Siempre tienen dónde dormir, pasar la noche. Si no hay plazas, se crean nuevas. Grandes cruceros atracados en el puerto vomitan miles cada mañana. Hoteles, hostels, albergues, pensiones. Pisos turísticos, Airbnb. En el 2015, más de ocho millones de turistas pernoctaron en establecimientos hoteleros de Barcelona. Casi 18 millones de pernoctaciones en hoteles, nueve millones en apartamentos turísticos. Miles de pisos se destinan a alojar turistas, muchos de ellos ilegales. El precio del alquiler en Barcelona está por la nubes; sube y sube, mucha demanda y poca oferta. Barcelona es la capital española con el precio del alquiler más alto, en torno a los 18 euros/m2. El precio subió un 16,5% en 2016. Vecinos de toda la vida duermen escuchando música electrónica proveniente de pisos vecinos. Fiesta.

Codazos. Las cinco estatuas esperan impacientes, salivando, a que Jordi abra la puerta del apartamento. Sin amueblar, dos habitaciones, salón comedor, baño y cocina recién reformada, pequeña terraza, orientación sur. 54 m2, 50 útiles. 780 euros. Tras la puerta, la presa y los depredadores no aguantan más, quieren entrar. La competencia de la jungla. Jordi abre la puerta, entra y le siguen los cinco depredadores. Jordi: «Este es el dormitorio pequeño, sin ventana; este es el grande, con ventana a un patio interior; esta es la cocina, reformada…».

Los depredadores no se separan de Jordi. Adelantamientos forzosos en pocos metros de pasillo, codazos y empujones disimulados. Se guardan las apariencias, no pasa nada. Sonrisas falsas, gestos complacientes… Y más codazos. La visita guiada termina en el salón. «Y esto es todo». El depredador más ávido saca un sobre del bolsillo. «La señal, quiero este piso». Otro hace lo mismo, lamentándose de no haber sido el primero. Un tercero, también. Los otros dos se vuelven a convertir en estatuas, con cara de malos amigos. «Dígame su nombre y le apunto en la lista de interesados, hay más gente que han venido a visitar el piso antes». Toda la lista de interesados enviarán sus nóminas, declaraciones de la renta y posibles avalistas a la agencia. Casting. El propietario elegirá al inquilino ideal.

Foto: Cristina Nixau
Foto: Cristina Nixau – Shutterstock

Carreras. Judith recibió una carta hace dos semanas de la propietaria de su apartamento en Poble Sec. Se cumple el contrato, no le renueva. «Pasa mucho», le consuelan diferentes personas. Es más rentable alquilar a turistas. Tan solo alquilando un apartamento los fines de semana se supera con creces el beneficio de hacerlo todo el mes. También es buen momento para ponerse al día con los precios del entorno, para subirlo.

Judith ya sabe lo que es buscar piso. En cinco años en Barcelona ha vivido en ocho diferentes. Hoy tiene una agenda apretada, dos visitas en el Raval y dos en Sants por la mañana. Uno en la Barceloneta y otro en Gracia por la tarde. Mañana, uno en Badal y dos en Poblenou. Carreras, trasbordos de metro, empujones a turistas que llevan un ritmo más calmo. Algunos pisos ya están reservados, aun así la inmobiliaria los enseña, por si acaso. Hay que tener personas en la reserva. Pisos de dos habitaciones, una doble, otra individual. ¿La doble? Individual. ¿La individual? Armario. Apartamentos sin ventana. Muebles rotos.

Regates. El primer depredador que dio la señal ha sido seleccionado entre los 17 depredadores que entregaron la documentación al propietario. Su padre, funcionario, le avala; con 33 años y trabajo fijo todavía no es independiente. Su nómina más que mileurista y la declaración de la renta de su pareja, autónomo, no son suficientes para ganarse la confianza del propietario. La suma de nómina e ingresos de autónomo triplican la mensualidad del alquiler. No es suficiente. Su padre funcionario le avala. Primer regate superado.

El primer borrador del contrato contiene una cláusula extraña: en caso de poner fin al contrato antes de su vencimiento, el inquilino abonará al propietario una mensualidad por cada año que falte para vencer el plazo. El depredador protesta. La inmobiliaria reconoce un error, cede. Segundo regate superado.

La ducha no tiene mampara ni cortina. El depredador reclama una mampara. El baño es diminuto y bien podría parecer una bañera, pero el agua se escaparía por debajo de la puerta. «El piso se entrega tal y como está, las mejoras corren a cargo del inquilino». Tercer regate, este no superado. Habrá que reformar la ducha o asumir inundaciones. El día de la firma del contrato, el depredador tiene que abonar 780 euros de alquiler del mes en curso. Dos meses en depósito como fianza. Impuestos. Otro mes para la agencia, en compensación por el trabajo realizado. Cerca de 200 euros por la gestión del contrato para la agencia, además. Unos 300 euros para dar de alta los suministros. Le dan las llaves. Solo falta amueblarlo.

El depredador y su pareja pasean por el espacio vacío. Miden, vuelven a medir. Diseñan en su imaginación un salón con muebles. Los muebles vienen de camino. «¿Dónde está la caldera?», dice uno. «¡No hay caldera!», responde el otro depredador. «¡No hay caldera!», gritan ambos al auricular del teléfono. «No hay caldera», responde la inmobiliaria. Nunca la hubo. Los depredadores se convierten en presas. En ratoncillos, diminutos, blancos. La jaula está vacía y el agua, fría. Cuarto regate, insatisfactorio.

Música electrónica. Dos meses después, el piso completamente amueblado. Y la caldera instalada. El hogar de dos presas ensoñadas. Llega la noche. Se acurrucan en el sofá los dos ratoncillos. Alguien llega al piso de arriba, voces, risas y chistes en inglés americano. Música electrónica. Comienza el fin de semana, la primavera. Las dos presas bailan, con las caras desencajadas, incapaces de detener esa danza maldita. Calaveras, sonrisas desencajadas, lágrimas. Muchas noches bailan música electrónica. La danza de la muerte.

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La mujer desconfía, mira las estatuas que esperan en la acera, aprieta la mano del muchacho y le susurra, con el suficiente volumen como para que las estatuas escuchen: «Aquí pasan droga, vamos». Aceleran el paso. Desaparecen en la siguiente esquina.

Dos minutos después aparece Jordi, unos 35 años, traje desgastado. «¿Venís a ver el piso?». Como algo rutinario, aprieta las manos de las cinco estatuas. «Soy Jordi, vamos para adentro». Las cinco estatuas se observan entre ellas. Dudan entre saludarse o mantener las formas, qué rol. Compañeras de viaje, rivales en su objetivo. Un único piso, cinco pretendientes. No se saludan. Jordi y las cinco estatuas desaparecen tras el portal número 15.

Música electrónica. Ray-Bans, sandalias, torsos desnudos, shorts floreados. El metro de Barcelona, repleto. Un charco de sangría en medio del vagón. Una isla de arena de playa entre el Mediterráneo de sangría. Un hombre con prisa intenta huir del andén, choca con un grupo de asiáticos absortos, miran el mapa, las indicaciones en las paredes del andén, vuelven al mapa. «Sitio, sitio, apartaos; que voy a trabajar, joder». Los asiáticos no se inmutan, el trabajador les empuja. Malas caras. «Turistas de mierda».

Los turistas siempre caben en Barcelona. Siempre tienen dónde dormir, pasar la noche. Si no hay plazas, se crean nuevas. Grandes cruceros atracados en el puerto vomitan miles cada mañana. Hoteles, hostels, albergues, pensiones. Pisos turísticos, Airbnb. En el 2015, más de ocho millones de turistas pernoctaron en establecimientos hoteleros de Barcelona. Casi 18 millones de pernoctaciones en hoteles, nueve millones en apartamentos turísticos. Miles de pisos se destinan a alojar turistas, muchos de ellos ilegales. El precio del alquiler en Barcelona está por la nubes; sube y sube, mucha demanda y poca oferta. Barcelona es la capital española con el precio del alquiler más alto, en torno a los 18 euros/m2. El precio subió un 16,5% en 2016. Vecinos de toda la vida duermen escuchando música electrónica proveniente de pisos vecinos. Fiesta.

Codazos. Las cinco estatuas esperan impacientes, salivando, a que Jordi abra la puerta del apartamento. Sin amueblar, dos habitaciones, salón comedor, baño y cocina recién reformada, pequeña terraza, orientación sur. 54 m2, 50 útiles. 780 euros. Tras la puerta, la presa y los depredadores no aguantan más, quieren entrar. La competencia de la jungla. Jordi abre la puerta, entra y le siguen los cinco depredadores. Jordi: «Este es el dormitorio pequeño, sin ventana; este es el grande, con ventana a un patio interior; esta es la cocina, reformada…».

Los depredadores no se separan de Jordi. Adelantamientos forzosos en pocos metros de pasillo, codazos y empujones disimulados. Se guardan las apariencias, no pasa nada. Sonrisas falsas, gestos complacientes… Y más codazos. La visita guiada termina en el salón. «Y esto es todo». El depredador más ávido saca un sobre del bolsillo. «La señal, quiero este piso». Otro hace lo mismo, lamentándose de no haber sido el primero. Un tercero, también. Los otros dos se vuelven a convertir en estatuas, con cara de malos amigos. «Dígame su nombre y le apunto en la lista de interesados, hay más gente que han venido a visitar el piso antes». Toda la lista de interesados enviarán sus nóminas, declaraciones de la renta y posibles avalistas a la agencia. Casting. El propietario elegirá al inquilino ideal.

Foto: Cristina Nixau
Foto: Cristina Nixau – Shutterstock

Carreras. Judith recibió una carta hace dos semanas de la propietaria de su apartamento en Poble Sec. Se cumple el contrato, no le renueva. «Pasa mucho», le consuelan diferentes personas. Es más rentable alquilar a turistas. Tan solo alquilando un apartamento los fines de semana se supera con creces el beneficio de hacerlo todo el mes. También es buen momento para ponerse al día con los precios del entorno, para subirlo.

Judith ya sabe lo que es buscar piso. En cinco años en Barcelona ha vivido en ocho diferentes. Hoy tiene una agenda apretada, dos visitas en el Raval y dos en Sants por la mañana. Uno en la Barceloneta y otro en Gracia por la tarde. Mañana, uno en Badal y dos en Poblenou. Carreras, trasbordos de metro, empujones a turistas que llevan un ritmo más calmo. Algunos pisos ya están reservados, aun así la inmobiliaria los enseña, por si acaso. Hay que tener personas en la reserva. Pisos de dos habitaciones, una doble, otra individual. ¿La doble? Individual. ¿La individual? Armario. Apartamentos sin ventana. Muebles rotos.

Regates. El primer depredador que dio la señal ha sido seleccionado entre los 17 depredadores que entregaron la documentación al propietario. Su padre, funcionario, le avala; con 33 años y trabajo fijo todavía no es independiente. Su nómina más que mileurista y la declaración de la renta de su pareja, autónomo, no son suficientes para ganarse la confianza del propietario. La suma de nómina e ingresos de autónomo triplican la mensualidad del alquiler. No es suficiente. Su padre funcionario le avala. Primer regate superado.

El primer borrador del contrato contiene una cláusula extraña: en caso de poner fin al contrato antes de su vencimiento, el inquilino abonará al propietario una mensualidad por cada año que falte para vencer el plazo. El depredador protesta. La inmobiliaria reconoce un error, cede. Segundo regate superado.

La ducha no tiene mampara ni cortina. El depredador reclama una mampara. El baño es diminuto y bien podría parecer una bañera, pero el agua se escaparía por debajo de la puerta. «El piso se entrega tal y como está, las mejoras corren a cargo del inquilino». Tercer regate, este no superado. Habrá que reformar la ducha o asumir inundaciones. El día de la firma del contrato, el depredador tiene que abonar 780 euros de alquiler del mes en curso. Dos meses en depósito como fianza. Impuestos. Otro mes para la agencia, en compensación por el trabajo realizado. Cerca de 200 euros por la gestión del contrato para la agencia, además. Unos 300 euros para dar de alta los suministros. Le dan las llaves. Solo falta amueblarlo.

El depredador y su pareja pasean por el espacio vacío. Miden, vuelven a medir. Diseñan en su imaginación un salón con muebles. Los muebles vienen de camino. «¿Dónde está la caldera?», dice uno. «¡No hay caldera!», responde el otro depredador. «¡No hay caldera!», gritan ambos al auricular del teléfono. «No hay caldera», responde la inmobiliaria. Nunca la hubo. Los depredadores se convierten en presas. En ratoncillos, diminutos, blancos. La jaula está vacía y el agua, fría. Cuarto regate, insatisfactorio.

Música electrónica. Dos meses después, el piso completamente amueblado. Y la caldera instalada. El hogar de dos presas ensoñadas. Llega la noche. Se acurrucan en el sofá los dos ratoncillos. Alguien llega al piso de arriba, voces, risas y chistes en inglés americano. Música electrónica. Comienza el fin de semana, la primavera. Las dos presas bailan, con las caras desencajadas, incapaces de detener esa danza maldita. Calaveras, sonrisas desencajadas, lágrimas. Muchas noches bailan música electrónica. La danza de la muerte.

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Opiniones 6
  • Creía que el artículo contaría la realidad del alquiler en Barcelona, pero ya veo que no. En fin… otro artículo más presa del Click fácil

  • En Buenos Aires; Argentina pasa lo mismo. Es lamentable que tanta gente tenga que pasar por estas situaciones. Días atrás, buscando un departamento para la novia de mi hijo hemos llegado al colmo: entregamos una seña de reserva y cuando preguntamos quién iba a firmar el contrato de alquiler ( ya que se nos dijo que el dueño vivía en EEUU) un empleado de la inmobiliaria respondió que él. – Mañana le digo que me mande un poder por mail y lo firmo yo-, ante la observación nuestra de la ilegalidad de la situación ( no se debe alquilar una propiedad sin saber quien es su dueño) el empleado respondió que entonces lo iba a alquilar a otra persona por » se había encaprichado». Sin más, nos devolvieron todos los documentos donde constaban los recibos de sueldo, que superaban por tres el valor del alquiler, la copia de la escritura de la casa ofrecida en garantía y todos los papeles que llevaron mucho tiempo para reunirlos. Son unos canallas y estafadores. Cuidado con ellos!

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