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4 de febrero 2019    /   CIENCIA
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Por qué mola tanto ser alternativo y antiprogreso si no suele ofrecer soluciones mejores

4 de febrero 2019    /   CIENCIA     por          
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Todos conocemos a personas que se adscriben a algún movimiento alternativo, generalmente en contra del progreso, la ciencia establecida o el modo de vida occidental. Puede ser una persona antivacunas.

O alguien que se suma al Zero Waste como si fuera una religión. O quien apoya los postulados del feminismo posmoderno (no confundirlo con el feminismo troncal). O quien te mira con condescendencia por no adquirir tus frutas y verduras en un huerto orgánico porque los organismos modificados genéticamente son muy malos y no se puede jugar a ser Dios.

O quien dice saber más que tú, y más que cualquier experto, y aduce que nos fumigan con chemtrails, que el WiFi es malo para la salud, que la homeopatía cura, que son mucho mejores los remedios naturales que los químicos de las pérfidas compañías farmacéuticas.

Todas estas afirmaciones, de ser ciertas, otorgarían como mínimo un Premio Nobel al que las demostrara, pero naturalmente el Premio Nobel también forma parte de la conspiración.

No importa que haya miles o cientos de miles de estudios que demuestran que no solo estas afirmaciones van en contra de la física y la química más elemental, sino que no superan las más mínimas exigencias del método científico. Da igual, claro, el método científico es también un constructo social, o peor: un invento del heteropatriarcado que no tiene en cuenta la visión holísitica de las personas verdaderamente sensibles.

Años ‘flower power’

A partir de los años 60, cada vez más personas empezaron a dar pábulo al uso de los remedios curativos ancestrales o exóticos, como la medicina tradicional china, la acupuntura o la homeopatía, a pesar de que no haya evidencias científicas de su utilidad más allá del placebo. O de que en China solo se empezó a aumentar la esperanza de vida cuando sus habitantes decidieron abandonar su medicina tradicional para sustituirla por la alópata.

Las personas más cultas de las sociedades modernas, por el contrario, están empezando a renunciar a las vacunas, provocando que enfermedades que ya estaban erradicadas regresen con una virulencia inusitada. Porque todo lo que suene vagamente a progreso empezó a ser cómodamente criticado desde el progreso, como explica Josep Heath en su libro Rebelarse vende:

«¿Por qué voy a tener que vacunar a mi hijo contra la polio? ¿Sabemos de alguien que tenga la polio?», se pregunta la gente. «¿Será una maniobra de las compañías farmacéuticas para ganar más dinero», concluyen. O también: «¿Por qué tengo que ir al hospital para dar a luz? ¿Sabemos de alguien que se haya muerto de parto? Será que los médicos masculinos quieren tener todavía dominada y reprimida a la mujer».

Ser alternativo y antiprogreso se vuelve tan habitual que hasta las grandes cadenas farmacéuticas occidentales crean marcas propias de remedios naturales y homeopáticos.

Muchos facultativos, por ignorancia o por oportunidad comercial, se suben al carro. Los ensayos clínicos aleatorios y de doble ciego se sustituyen por el pálpito, las experiencias personales, las anécdotas y el «a mí me funciona», un argumento falaz que debería llevar más comillas de las que lleva aquí y que se ha vuelto tan popular y folclórico que muchos científicos ya aluden a ellos con el tropo: amimefuncionismo.

Grandes colectivos del ámbito de la enfermería arguyen que en los protocolos de la medicina actual hay muchos vacíos legales y corrupción, y que es el dinero lo que mueve muchos experimentos. Bien, eso puede ser cierto, pero entonces, ¿no debería reclamarse mayor rigurosidad científica y no un escenario alternativo en el que se dejan atrás los protocolos actuales?

Universitarios posmodernos

Con todo, el mayor enemigo de la ciencia y el progreso fueron algunos académicos de carreras de Humanidades, como ha denunciado Alan Sokal en Más allá de las imposturas intelectuales.

Contaminados por el New Age y la idea de que no existe una verdad objetiva a la que uno se pueda acercar progresivamente mediante el método científico, se sostiene que cada cultura tiene sus conocimientos legítimos, que cada uno puede acercarse a la verdad por sus propios medios y que la ciencia, además de aspirar a una objetividad ilusoria, es fundamentalmente violenta y explotadora (además de machista, claro):

Estos dogmas se basan en lecturas simplistas de obras controvertidas de filosofía de la ciencia (especialmente Kuhn y Feyerabend) en combinación con arrogantes piruetas sobre la (i)lógica de ciertos temas sutiles, como el papel que tienen los valores epistémicos y no epistémicos en la ciencia, la carga teórica de la observación, el estatuto epistémico del conocimiento científico, los aspectos múltiples del reduccionismo y las relaciones conceptuales y socioeconómicas existentes entre ciencia y tecnología.

Sokal sabe de lo que habla porque, junto a Jean Bricmont, presentó una parodia de trabajo académico en una revista cultural norteamericana de moda, Social Text. El título de este artículo fue Transgredir las fronteras: hacia una hermenéutica transformadora de la gravedad cuántica.

Un título que incluso era sencillo en comparación con el cuerpo del artículo, que no era más que una sucesión de absurdos, faltas de lógica y mucha palabrería científica. El texto no solo fue aceptado, sino incluso aplaudido por muchos intelectuales, a pesar de que contenía galimatías como este:

La relatividad general de Einstein es, en términos técnicos, ‘perturbativamente no renormalizable’, lo que quiere decir que las fuertes no linealidades de la relatividad general son intrínsecas a la teoría, y cualquier planteamiento que pretenda considerarlas débiles es, simplemente, autocontradictorio.

De esta forma, Sokal quiso poner en evidencia la debilidad del relativismo cultural, así como algunos de los errores en los que incurren autores tan renombrados en Francia y en el mundo entero como Jacques Lacan, Julia Kristeva, Luce Irrigaría, Bruno Latour, Jean Baudrillard, Gilles Deleuze y otros.

Para Sokal, pues, los filósofos o cultivadores de ciencias blandas, como la sociología o la lingüística, que se valen de términos de las ciencias duras y tratan de imprimir un tono científico a sus textos, embarullándolos y tornándolos tan altisonantes como ininteligibles, constituyen un peligro.

A pesar del escándalo de Social Text, cada vez más sectores pertenecientes al ámbito de las humanidades y de las ciencias sociales han adoptado la filosofía posmodernista de rechazar más o menos explícitamente la tradición racionalista de la Ilustración, arguyendo que la ciencia no es más que una «narración», un «mito» o una construcción social.

Existen muchas corrientes diferentes: unos dependen de Derrida y Heidegger; otros más de Foucault; otros, de la sociología constructivista de la ciencia (Barnes, Bloor, Collins, Latour); otros, del subgrupo feminista constructivista (Haraway, Harding, Keller).

Heteropatriarcado: un concepto ya vacío de significado

Y si todo es relativo, si todo vale, y tendemos a preferir lo «natural», lo «tradicional» o lo «ancestral» en sí mismo, entonces lo cool pasaría por respetar absolutamente todas las manifestaciones culturales y considerarlas igualmente válidas. En tal caso, debemos abrazarlas y, simultáneamente, rechazar la posición hegemónica de nuestra cultura. Y ello incluye la «cultura masculina» frente a la proverbialmente maltratada y excluida «cultura femenina».

Y, poco a poco, lo que fue el movimiento feminista, pasó a su segunda ola, y luego a la tercera. La primera comenzó en el Reino Unido y EEUU en el siglo XIX, y consiguió el voto para las mujeres. La segunda ola, iniciada en la década de 1960, no se ocupó más de las desigualdades de los roles sociales. La tercera ola aparece a finales de los 90, y está impulsada por el pensamiento poscolonial.

Esta tercera ola, pues, postula que existen múltiples modelos de mujer, determinados por cuestiones sociales, étnicas, de nacionalidad, clase social, orientación sexual o religión. El problema es que algunos sectores de la tercera ola también muestran infiltraciones posmodernas. Es decir, para este feminismo los roles sexuales son impuestos exclusivamente por la cultura, no por la biología. Las diferencias entre hombres y mujeres, también.

La versión más posmoderna de la tercera ola cuestiona las bases etnográficas que presentan comportamientos universales con independencia de la cultura (es decir, que proceden de la biología), como que en todas las sociedades se lucha por conseguir prestigio y estatus, existen las jerarquías sociales, el matrimonio, los celos, la división del trabajo por género y las prohibiciones sexuales, entre muchos rasgos universales.

Así que no resulta extraño que esta clase de feminismo, apoyado en estudios de género, teoría crítica de la raza, teoría poscolonial y otros campos teóricos, también haya sufrido un escándalo similar al de Social Text para los posmodernos en general.

En 2018, James Lindsay, Peter Boghossian y Helen Pluckrose fabricaron más de 20 artículos científicos falsos con planteamientos chocantes como que los hombres que se masturban mientras piensan en una mujer (sin previo consentimiento de la misma) son autores de violencia sexual.

En otro estudio se afirmaba que la astronomía occidental era sexista e imperialista. Otro, que los alumnos varones y blancos no deberían hablar en clase, favoreciendo así la opinión de las minorías. El estudio más esperpéntico, publicado en la revista académica Gender, Place & Culture, decía estar basado en la observación in situ de la cultura de la violación canina en un parque de perros de Portland.

En general, pues, pura hojarasca que solo podía servir para encender el fuego de una chimenea. Los autores enviaron los textos a revistas del campo y no solo consiguieron publicar cuatro de ellos, sino que tres más fueran admitidos para revisión.

El movimiento feminista ha sido uno de los más importantes del siglo XX. Si aspiramos a que este siga su curso y resulte verdaderamente eficaz en la persecución de sus objetivos, debería ser firme a la hora de excluir a las corrientes feministas posmodernas.

O corre el riesgo de convertirse en una parodia, como en su momento le sucedió al movimiento jipi. O, como resume Heath a propósito de todas las rebeliones sociales masivas, adquieren tintes cosméticos y pop y se olvidan de la rigurosidad de sus planteamientos o de sugerir alternativas mejores a las que ya existen en vez de criticarlas sin más, lo que termina por devenir en una moda más. Tan mainstream como Mr Wonderful.

Todos conocemos a personas que se adscriben a algún movimiento alternativo, generalmente en contra del progreso, la ciencia establecida o el modo de vida occidental. Puede ser una persona antivacunas.

O alguien que se suma al Zero Waste como si fuera una religión. O quien apoya los postulados del feminismo posmoderno (no confundirlo con el feminismo troncal). O quien te mira con condescendencia por no adquirir tus frutas y verduras en un huerto orgánico porque los organismos modificados genéticamente son muy malos y no se puede jugar a ser Dios.

O quien dice saber más que tú, y más que cualquier experto, y aduce que nos fumigan con chemtrails, que el WiFi es malo para la salud, que la homeopatía cura, que son mucho mejores los remedios naturales que los químicos de las pérfidas compañías farmacéuticas.

Todas estas afirmaciones, de ser ciertas, otorgarían como mínimo un Premio Nobel al que las demostrara, pero naturalmente el Premio Nobel también forma parte de la conspiración.

No importa que haya miles o cientos de miles de estudios que demuestran que no solo estas afirmaciones van en contra de la física y la química más elemental, sino que no superan las más mínimas exigencias del método científico. Da igual, claro, el método científico es también un constructo social, o peor: un invento del heteropatriarcado que no tiene en cuenta la visión holísitica de las personas verdaderamente sensibles.

Años ‘flower power’

A partir de los años 60, cada vez más personas empezaron a dar pábulo al uso de los remedios curativos ancestrales o exóticos, como la medicina tradicional china, la acupuntura o la homeopatía, a pesar de que no haya evidencias científicas de su utilidad más allá del placebo. O de que en China solo se empezó a aumentar la esperanza de vida cuando sus habitantes decidieron abandonar su medicina tradicional para sustituirla por la alópata.

Las personas más cultas de las sociedades modernas, por el contrario, están empezando a renunciar a las vacunas, provocando que enfermedades que ya estaban erradicadas regresen con una virulencia inusitada. Porque todo lo que suene vagamente a progreso empezó a ser cómodamente criticado desde el progreso, como explica Josep Heath en su libro Rebelarse vende:

«¿Por qué voy a tener que vacunar a mi hijo contra la polio? ¿Sabemos de alguien que tenga la polio?», se pregunta la gente. «¿Será una maniobra de las compañías farmacéuticas para ganar más dinero», concluyen. O también: «¿Por qué tengo que ir al hospital para dar a luz? ¿Sabemos de alguien que se haya muerto de parto? Será que los médicos masculinos quieren tener todavía dominada y reprimida a la mujer».

Ser alternativo y antiprogreso se vuelve tan habitual que hasta las grandes cadenas farmacéuticas occidentales crean marcas propias de remedios naturales y homeopáticos.

Muchos facultativos, por ignorancia o por oportunidad comercial, se suben al carro. Los ensayos clínicos aleatorios y de doble ciego se sustituyen por el pálpito, las experiencias personales, las anécdotas y el «a mí me funciona», un argumento falaz que debería llevar más comillas de las que lleva aquí y que se ha vuelto tan popular y folclórico que muchos científicos ya aluden a ellos con el tropo: amimefuncionismo.

Grandes colectivos del ámbito de la enfermería arguyen que en los protocolos de la medicina actual hay muchos vacíos legales y corrupción, y que es el dinero lo que mueve muchos experimentos. Bien, eso puede ser cierto, pero entonces, ¿no debería reclamarse mayor rigurosidad científica y no un escenario alternativo en el que se dejan atrás los protocolos actuales?

Universitarios posmodernos

Con todo, el mayor enemigo de la ciencia y el progreso fueron algunos académicos de carreras de Humanidades, como ha denunciado Alan Sokal en Más allá de las imposturas intelectuales.

Contaminados por el New Age y la idea de que no existe una verdad objetiva a la que uno se pueda acercar progresivamente mediante el método científico, se sostiene que cada cultura tiene sus conocimientos legítimos, que cada uno puede acercarse a la verdad por sus propios medios y que la ciencia, además de aspirar a una objetividad ilusoria, es fundamentalmente violenta y explotadora (además de machista, claro):

Estos dogmas se basan en lecturas simplistas de obras controvertidas de filosofía de la ciencia (especialmente Kuhn y Feyerabend) en combinación con arrogantes piruetas sobre la (i)lógica de ciertos temas sutiles, como el papel que tienen los valores epistémicos y no epistémicos en la ciencia, la carga teórica de la observación, el estatuto epistémico del conocimiento científico, los aspectos múltiples del reduccionismo y las relaciones conceptuales y socioeconómicas existentes entre ciencia y tecnología.

Sokal sabe de lo que habla porque, junto a Jean Bricmont, presentó una parodia de trabajo académico en una revista cultural norteamericana de moda, Social Text. El título de este artículo fue Transgredir las fronteras: hacia una hermenéutica transformadora de la gravedad cuántica.

Un título que incluso era sencillo en comparación con el cuerpo del artículo, que no era más que una sucesión de absurdos, faltas de lógica y mucha palabrería científica. El texto no solo fue aceptado, sino incluso aplaudido por muchos intelectuales, a pesar de que contenía galimatías como este:

La relatividad general de Einstein es, en términos técnicos, ‘perturbativamente no renormalizable’, lo que quiere decir que las fuertes no linealidades de la relatividad general son intrínsecas a la teoría, y cualquier planteamiento que pretenda considerarlas débiles es, simplemente, autocontradictorio.

De esta forma, Sokal quiso poner en evidencia la debilidad del relativismo cultural, así como algunos de los errores en los que incurren autores tan renombrados en Francia y en el mundo entero como Jacques Lacan, Julia Kristeva, Luce Irrigaría, Bruno Latour, Jean Baudrillard, Gilles Deleuze y otros.

Para Sokal, pues, los filósofos o cultivadores de ciencias blandas, como la sociología o la lingüística, que se valen de términos de las ciencias duras y tratan de imprimir un tono científico a sus textos, embarullándolos y tornándolos tan altisonantes como ininteligibles, constituyen un peligro.

A pesar del escándalo de Social Text, cada vez más sectores pertenecientes al ámbito de las humanidades y de las ciencias sociales han adoptado la filosofía posmodernista de rechazar más o menos explícitamente la tradición racionalista de la Ilustración, arguyendo que la ciencia no es más que una «narración», un «mito» o una construcción social.

Existen muchas corrientes diferentes: unos dependen de Derrida y Heidegger; otros más de Foucault; otros, de la sociología constructivista de la ciencia (Barnes, Bloor, Collins, Latour); otros, del subgrupo feminista constructivista (Haraway, Harding, Keller).

Heteropatriarcado: un concepto ya vacío de significado

Y si todo es relativo, si todo vale, y tendemos a preferir lo «natural», lo «tradicional» o lo «ancestral» en sí mismo, entonces lo cool pasaría por respetar absolutamente todas las manifestaciones culturales y considerarlas igualmente válidas. En tal caso, debemos abrazarlas y, simultáneamente, rechazar la posición hegemónica de nuestra cultura. Y ello incluye la «cultura masculina» frente a la proverbialmente maltratada y excluida «cultura femenina».

Y, poco a poco, lo que fue el movimiento feminista, pasó a su segunda ola, y luego a la tercera. La primera comenzó en el Reino Unido y EEUU en el siglo XIX, y consiguió el voto para las mujeres. La segunda ola, iniciada en la década de 1960, no se ocupó más de las desigualdades de los roles sociales. La tercera ola aparece a finales de los 90, y está impulsada por el pensamiento poscolonial.

Esta tercera ola, pues, postula que existen múltiples modelos de mujer, determinados por cuestiones sociales, étnicas, de nacionalidad, clase social, orientación sexual o religión. El problema es que algunos sectores de la tercera ola también muestran infiltraciones posmodernas. Es decir, para este feminismo los roles sexuales son impuestos exclusivamente por la cultura, no por la biología. Las diferencias entre hombres y mujeres, también.

La versión más posmoderna de la tercera ola cuestiona las bases etnográficas que presentan comportamientos universales con independencia de la cultura (es decir, que proceden de la biología), como que en todas las sociedades se lucha por conseguir prestigio y estatus, existen las jerarquías sociales, el matrimonio, los celos, la división del trabajo por género y las prohibiciones sexuales, entre muchos rasgos universales.

Así que no resulta extraño que esta clase de feminismo, apoyado en estudios de género, teoría crítica de la raza, teoría poscolonial y otros campos teóricos, también haya sufrido un escándalo similar al de Social Text para los posmodernos en general.

En 2018, James Lindsay, Peter Boghossian y Helen Pluckrose fabricaron más de 20 artículos científicos falsos con planteamientos chocantes como que los hombres que se masturban mientras piensan en una mujer (sin previo consentimiento de la misma) son autores de violencia sexual.

En otro estudio se afirmaba que la astronomía occidental era sexista e imperialista. Otro, que los alumnos varones y blancos no deberían hablar en clase, favoreciendo así la opinión de las minorías. El estudio más esperpéntico, publicado en la revista académica Gender, Place & Culture, decía estar basado en la observación in situ de la cultura de la violación canina en un parque de perros de Portland.

En general, pues, pura hojarasca que solo podía servir para encender el fuego de una chimenea. Los autores enviaron los textos a revistas del campo y no solo consiguieron publicar cuatro de ellos, sino que tres más fueran admitidos para revisión.

El movimiento feminista ha sido uno de los más importantes del siglo XX. Si aspiramos a que este siga su curso y resulte verdaderamente eficaz en la persecución de sus objetivos, debería ser firme a la hora de excluir a las corrientes feministas posmodernas.

O corre el riesgo de convertirse en una parodia, como en su momento le sucedió al movimiento jipi. O, como resume Heath a propósito de todas las rebeliones sociales masivas, adquieren tintes cosméticos y pop y se olvidan de la rigurosidad de sus planteamientos o de sugerir alternativas mejores a las que ya existen en vez de criticarlas sin más, lo que termina por devenir en una moda más. Tan mainstream como Mr Wonderful.

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Opiniones 11
  • Madre mia, vaya artículo. Ni un porque.

    Y vuelo lo del machismo y hetereopatriarcado unas cuantas veces.

    Espero que en alguno de sus artículos diga algo más porque esto no ayuda nada al tema.

    Y voy a usar el principio de autoridad para decirle que tengo un doctorado en física aplicada: en plasma más precisamente.

    Y este artículo es una serie de ejemplos pero en ninguno aporta una referencia o explicación. Y le recuerdo que su artículo se titula «Por qué …»

    No será que este artículo debería ser incluido dentro de aquello que usted pretende explicar? Dentro de apartado «es cool hablar de los demás y no entender porque no son capaces de hacer autocrítica: una autocrítica».

    En fin, esto es lo que hay, divulgación científica sin chicha, sin entrar en porque dentro del mundo científico (lo dice usted en su artículo, no yo) se cuelan artículos parodicos (me parece poco ético por cierto, solo crean más humo del que pretenden eliminar).

  • La vocación esencial de la filosofía es desactivar lo establecido como Verdad irrefutable, no pretende señalar caminos sino destruir muros, cualquier cambio que hoy disfrutamos partió de un cuestionamiento.

  • Me ha encantado. Artículo, por desgracia, muy necesario…me quedo con la reflexión final: » las rebeliones sociales masivas, adquieren tintes cosméticos y pop y se olvidan de la rigurosidad de sus planteamientos o de sugerir alternativas mejores a las que ya existen en vez de criticarlas sin más, lo que termina por devenir en una moda más.»

  • articulo bestial
    ns vende-enfoca temas sediciosamente como ciertas :
    el zero waste una religion…
    el feminismo esta dividido
    el progreso es siempre bueno
    etc etc

  • Igual es parte de nuestra experiencia explorar nuevos caminos. A mi me gusta jugar con ideas de chamanismo que ofrecen nuevas maneras de percibir la realidad (y extrañamente funciona) Si me limitara a un rigor cientifico y un orden social me moriría de aburrimiento y mi vida seria gris. Ademas meter todo en un solo costal es muy extremista y demasiado facil es darle a todo lo alternativo una connotación negativa gratuitamente y ya.

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