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6 de agosto 2018    /   ENTRETENIMIENTO
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Obras de literatura ambiental adaptadas al móvil de cada lector

6 de agosto 2018    /   ENTRETENIMIENTO     por        imagen  Ambient Literature
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No leer una historia sino participar en ella. Palabras, narración sonora, música, ilustraciones, ubicación, cámara, 3D; las prestaciones tecnológicas del teléfono inteligente puesta al servicio de una nueva forma de narrar. Era un paso natural, y un grupo de universidades ha decidido lanzar varios títulos en lo que han llamado formato ambiental.

A principios de año, un informe de la Federación del Gremio de Editores de España reflejó que los españoles leen más pero de una forma diferente. Un experto entrevistado por El Mundo aceptaba el incremento, pero matizaba: «Ha sido un aumento poco significativo y el tipo de lectura, tranquila, atenta, reflexiva que necesita un libro no ha mejorado».

Sería demasiado especulativo hablar del ocaso de las grandes novelas o ensayos. No obstante, algo está alterándose en la forma de acercarnos a los contenidos que, tradicionalmente, se abrigaban en los libros. Ha ocurrido durante toda la historia: los medios de transmisión de información han ido reformulando los códigos de comunicación y la forma en que nuestro cerebro procesa y emite mensajes.

Hoy somos multitarea y poseemos una capacidad de atención porosa que se acostumbra, poco a poco, a recibir información a golpes rápidos que no exijan un gran esfuerzo de decodificación. Leemos picoteando y, sobre todo, vemos y oímos.

Desde las universidades UWE Bristol, Bath Spa University y Birmingham, nace Ambient Literature: un experimento literario que manufactura las historias en función de las posibilidades de los nuevos dispositivos digitales.

Uno de los impulsores, el experto en teoría y práctica narrativa de la UWE Bristol Tom Abba explica las intenciones de la iniciativa: «Estamos cada vez más interesados en cómo las formas literarias se pueden incorporar a un campo emergente. No es que sea necesario crear nuevas formas de literatura, sino que las nuevas tecnologías ofrecen nuevas formas de pensar sobre cómo la narración de historias puede funcionar en el siglo XXI».

Cada una de sus obras, propone una experiencia inmersión que toca distintas teclas. «No eres un lector, eres un participante. Actúas y la historia emerge», sintetiza Abba.

El título Breathe, creado por Kate Pullinger, es más parecido a un libro, «pero es un libro que sabe dónde estás y usa esa información para sumergirte en la historia». En cambio, It Must Have Been Dark By Then, de Duncan Speakman, es una suerte de compilación de historias de Luisiana, pueblos abandonados de Letonia y el Sáhara tunecino: «No hay una ruta preestablecida, el software crea un mapa único para la experiencia de cda persona», explican en su web. El oyente escoge lugares de su propio entorno, «y una vez allí ofrece sonidos e historias de stuaciones remotas pero relacionadas».

El ambiente se alía con los sonidos y las músicas preparadas por los creadores: «La forma en que la historia se extiende más allá de las palabras comienza en el momento en que te colocas los auriculares, y está formada por el ancho de una calle, por cómo se sienten el pavimento, por los olores. La música imparte un arco al viaje de la audiencia, enmarcando lo que ven a su alrededor», explica Abba.

Emplean también efectos «cuidadosamente seleccionados para establecer una relación entre ti y la voz de tus oídos».

Abba compara este tipo de lectura con el género teatral: existe un guion, pero la obra se desarrolla en un presente puro. «Un trabajo ambiental es invisible en cierto sentido hasta que estás dentro de él».

Un formato adaptable a todos los géneros

Cualquier género es susceptible de desarrollarse en los cauces que propone Ambient Literature: «Hemos realizado documentales, obras de no ficción, historias de fantasmas, de detectives, realismo mágico, trabajos sobre inmigración e identidad…».

El tiempo de desarrollo de una obra depende de la complejidad de cada contenido: «Hemos hecho trabajos cortos y experimentales en pocas semanas y piezas más largas en varios meses». Lo determinante, no obstante, es iniciar el proceso con una intención clara de cómo dar forma al «matrimonio entre tecnología y relato»: ninguno de los dos elementos debe prevalecer sobre el otro, «deben desarrollarse juntos».

Este ejercicio, en realidad, ya se aplica en la creación de novelas, pero lo tenemos tan interiorizado que se confunde con un proceso casi natural. El escritor alumbra una historia en su mente con unas implicaciones, unas emociones, unos paisajes, unos hechos; pero luego debe convertir ese magma en escenas, líneas de diálogo, descripciones, argumento, poética y estructura. Es decir: debe adaptar su relato a lo que permite esa tecnología llamada papel.

Y va a más. El escritor, por fuerza de costumbre y oficio, llega a concebir, desde los primeros pasos del nacimiento de la creación, la historia sujeta a los marcos de representación literaria de la novela moderna. Ocurre también a la inversa, la necesidad de respetar unas leyes narrativas ayuda a transitar caminos que, de lo contrario, podrían quedar condenados a la invisibilidad de lo inefable. Las exigencias del formato pueden ser un mapa de exploración íntima.

El equipo de Abba busca proponer otra forma de contar. Quieren sumar y, en ningún caso, declaran obsoletos los modelos que, hoy, entendemos como tradicionales. «Los autores clásicos pueden ser un trampolín para pensar en el trabajo que hacemos, pero Proust, García Márquez o Borges escribieron como lo hicieron porque entendieron cómo hacer que esa forma [la de la novela o el cuento] cante».

El académico sospecha de la posibilidad de adaptar las grandes obras a otros medios sin que eso implique cambiarlas radicalmente. «Creo que deberíamos hacer historias para funcionar de esta forma y no adaptadas imperfectamente de otra fuente», concluye. Prefiere, de nuevo, que la creación, desde cero, se plantee de acuerdo al formato que servirá de canal. Historias nuevas para una nueva forma de contar.

No leer una historia sino participar en ella. Palabras, narración sonora, música, ilustraciones, ubicación, cámara, 3D; las prestaciones tecnológicas del teléfono inteligente puesta al servicio de una nueva forma de narrar. Era un paso natural, y un grupo de universidades ha decidido lanzar varios títulos en lo que han llamado formato ambiental.

A principios de año, un informe de la Federación del Gremio de Editores de España reflejó que los españoles leen más pero de una forma diferente. Un experto entrevistado por El Mundo aceptaba el incremento, pero matizaba: «Ha sido un aumento poco significativo y el tipo de lectura, tranquila, atenta, reflexiva que necesita un libro no ha mejorado».

Sería demasiado especulativo hablar del ocaso de las grandes novelas o ensayos. No obstante, algo está alterándose en la forma de acercarnos a los contenidos que, tradicionalmente, se abrigaban en los libros. Ha ocurrido durante toda la historia: los medios de transmisión de información han ido reformulando los códigos de comunicación y la forma en que nuestro cerebro procesa y emite mensajes.

Hoy somos multitarea y poseemos una capacidad de atención porosa que se acostumbra, poco a poco, a recibir información a golpes rápidos que no exijan un gran esfuerzo de decodificación. Leemos picoteando y, sobre todo, vemos y oímos.

Desde las universidades UWE Bristol, Bath Spa University y Birmingham, nace Ambient Literature: un experimento literario que manufactura las historias en función de las posibilidades de los nuevos dispositivos digitales.

Uno de los impulsores, el experto en teoría y práctica narrativa de la UWE Bristol Tom Abba explica las intenciones de la iniciativa: «Estamos cada vez más interesados en cómo las formas literarias se pueden incorporar a un campo emergente. No es que sea necesario crear nuevas formas de literatura, sino que las nuevas tecnologías ofrecen nuevas formas de pensar sobre cómo la narración de historias puede funcionar en el siglo XXI».

Cada una de sus obras, propone una experiencia inmersión que toca distintas teclas. «No eres un lector, eres un participante. Actúas y la historia emerge», sintetiza Abba.

El título Breathe, creado por Kate Pullinger, es más parecido a un libro, «pero es un libro que sabe dónde estás y usa esa información para sumergirte en la historia». En cambio, It Must Have Been Dark By Then, de Duncan Speakman, es una suerte de compilación de historias de Luisiana, pueblos abandonados de Letonia y el Sáhara tunecino: «No hay una ruta preestablecida, el software crea un mapa único para la experiencia de cda persona», explican en su web. El oyente escoge lugares de su propio entorno, «y una vez allí ofrece sonidos e historias de stuaciones remotas pero relacionadas».

El ambiente se alía con los sonidos y las músicas preparadas por los creadores: «La forma en que la historia se extiende más allá de las palabras comienza en el momento en que te colocas los auriculares, y está formada por el ancho de una calle, por cómo se sienten el pavimento, por los olores. La música imparte un arco al viaje de la audiencia, enmarcando lo que ven a su alrededor», explica Abba.

Emplean también efectos «cuidadosamente seleccionados para establecer una relación entre ti y la voz de tus oídos».

Abba compara este tipo de lectura con el género teatral: existe un guion, pero la obra se desarrolla en un presente puro. «Un trabajo ambiental es invisible en cierto sentido hasta que estás dentro de él».

Un formato adaptable a todos los géneros

Cualquier género es susceptible de desarrollarse en los cauces que propone Ambient Literature: «Hemos realizado documentales, obras de no ficción, historias de fantasmas, de detectives, realismo mágico, trabajos sobre inmigración e identidad…».

El tiempo de desarrollo de una obra depende de la complejidad de cada contenido: «Hemos hecho trabajos cortos y experimentales en pocas semanas y piezas más largas en varios meses». Lo determinante, no obstante, es iniciar el proceso con una intención clara de cómo dar forma al «matrimonio entre tecnología y relato»: ninguno de los dos elementos debe prevalecer sobre el otro, «deben desarrollarse juntos».

Este ejercicio, en realidad, ya se aplica en la creación de novelas, pero lo tenemos tan interiorizado que se confunde con un proceso casi natural. El escritor alumbra una historia en su mente con unas implicaciones, unas emociones, unos paisajes, unos hechos; pero luego debe convertir ese magma en escenas, líneas de diálogo, descripciones, argumento, poética y estructura. Es decir: debe adaptar su relato a lo que permite esa tecnología llamada papel.

Y va a más. El escritor, por fuerza de costumbre y oficio, llega a concebir, desde los primeros pasos del nacimiento de la creación, la historia sujeta a los marcos de representación literaria de la novela moderna. Ocurre también a la inversa, la necesidad de respetar unas leyes narrativas ayuda a transitar caminos que, de lo contrario, podrían quedar condenados a la invisibilidad de lo inefable. Las exigencias del formato pueden ser un mapa de exploración íntima.

El equipo de Abba busca proponer otra forma de contar. Quieren sumar y, en ningún caso, declaran obsoletos los modelos que, hoy, entendemos como tradicionales. «Los autores clásicos pueden ser un trampolín para pensar en el trabajo que hacemos, pero Proust, García Márquez o Borges escribieron como lo hicieron porque entendieron cómo hacer que esa forma [la de la novela o el cuento] cante».

El académico sospecha de la posibilidad de adaptar las grandes obras a otros medios sin que eso implique cambiarlas radicalmente. «Creo que deberíamos hacer historias para funcionar de esta forma y no adaptadas imperfectamente de otra fuente», concluye. Prefiere, de nuevo, que la creación, desde cero, se plantee de acuerdo al formato que servirá de canal. Historias nuevas para una nueva forma de contar.

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