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25 de noviembre 2015    /   IDEAS
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Aleja esa rata de tus tetas

25 de noviembre 2015    /   IDEAS     por          
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Ambroise de Paré está considerado uno de los padres de la cirugía moderna, aunque sus extravagancias impiden que se le tome demasiado en serio. Cirujano de varios reyes de Francia, Paré comenzó su andadura como cirujano-barbero, un oficio inquietante paras quienes conozcan historias que relacionan a barberos con carne. Llamarles cirujanos-barberos era la forma de ningunear a los que afeitaban, cortaban el pelo y hacían sangrías. Así los diferenciaban de los cirujanos ‘buenos’, los de bata larga.
Si a esto se le añade que las operaciones en el siglo XVI se hacían en los pasillos y que, para disgusto de otros cirujanos, Ambroise de Paré fue autodidacta y ni siquiera sabía latín, no cuesta imaginar que le impidiesen incluso publicar sus obras completas.
En 1533 Paré solo tenía diecisiete años y comenzó a trabajar en el gran hospital de París, donde ejerció durante tres años, hasta que se fue al ejército como cirujano militar. Tuvo grandes ideas. Una de ellas fue un ungüento a base de yema de huevo, trementina y aceite de rosas para amainar el dolor que provocaban las armas de fuego. Siguió pensando en este tipo de heridas y, aunque publicó otros tratados, el más famoso fue su manual de 1545: ‘Méthode de traiter les plaies faites per les arquebuts et autres bastons à feu, et celles qui sont faites par la pudre à canon‘. Salvar a un duque francés de una herida mortal, cuando los cirujanos tenían fama de rematar a los soldados que intentaban socorrer, fue otro de sus méritos. Por más que le ultrajasen, Ambroise de Paré dignificó la profesión.
En la época de Paré se había puesto de moda la extraña costumbre de esnifar polvo de momia. Por un error de traducción, en Occidente se extendió el consumo de polvo de momias egipcias por sus supuestas propiedades analgésicas. De Paré fue uno de los pocos que se percataron del fraude y lo denunció en uno de sus escritos.
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Hasta aquí, puede parecer que se trata de un hombre normal, incluso demasiado sensato para su tiempo. Y no es que el hecho de que escribiese sobre unicornios sea motivo para creer que no lo fue. El famoso cirujano también escribió el libro Monstruos y prodigios, un volumen ilustrado con grabados que fue recopilando y que publicó Siruela en España, aunque hoy está descatalogado.
Fue en el siglo XVI cuando aquellos monstruos salidos de la mitología adquirieron el aspecto de humanos deformes. Paré no se conformó con describir y catalogar a los monstruos y prodigios cuya supuesta existencia atormentaba a la gente de la época, también explicó las razones, casi todas ellas relacionadas con el embarazo, por las que una persona podría adoptar un aspecto deforme. No se trataba ya de monstruos que pusieran en peligro la vida de la gente, sino de castigos divinos basados en conductas inmorales de los padres y, sobre todo, de la madre, que daban lugar a humanos amorfos, conocidos entonces como prodigios.

Las causas de los monstruos son muchas. La primera es la gloria de Dios. La segunda su ira


A cual más disparatada, estas fueron algunas de las razones para dar a luz un monstruo, según Paré:
1. El semen, en su justa medida
«La tercera, la cantidad excesiva de semen. La cuarta, la cantidad insuficiente de semen. […] La décima, la descomposición o corrupción del semen. La decimoprimera, la mezcla de semen».
A Paré, además de la menstruación, le obsesionaba el semen. Tanto tener demasiado, como tener poco o mezclarlo (cuidado con los bukakes), era motivo para que los niños que nacían se convirtiesen en seres deformes. Si el problema era la abundancia, el niño saldría multiplicado: dos cabezas, cuatro piernas, cuatro ojos…y así. Si el semen era escaso, el resultado sería el previsible.
La idea de que el exceso de semen provocaba a su vez un exceso de órganos, parte de una creencia previa según la cual, cuando una mujer daba a luz varios hijos, se debía a una cantidad excesiva de semen que acababa desparramándose por una serie de celdas que contenía el interior de la mujer y en las que se gestaban distintas criaturas. Según Paré, estos ‘monstruos’ viven poco tiempo porque «se disgustan y vuelven melancólicos al verse así convertidos en oprobio de todo el mundo».
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2. Sacia tus antojos. Siempre
«La quinta, la imaginación (por ejemplo, los ‘antojos’ de las madres encintas, que producen efectos reales)».
Si una mujer embarazada se obsesionaba urgentemente con un alimento, era obligación de quienes estuvieran cerca de ella facilitárselo. De no consumir el alimento deseado que, en estos casos, además se le habría puesto delante sin permitirle consumirlo, el niño nacería deforme. Una creencia que todavía hoy no ha desaparecido del todo. ¿Quién no conoce a alguien con una marca de nacimiento de la que siempre le han dicho que se debe a una fresa que no llegó a tiempo?
3. No te frotes una rata entre las tetas
Quizá en el entorno de Paré las mujeres tenían la costumbre de restregarse ciertos alimentos y animales por el pecho. Hacerlo podría conllevar el castigo divino de parir un hijo monstruoso. A evitar: ciruelas, cerezas, ranas y ratas.
De la comida también dijo otras barbaridades como que las mujeres que se alimentaban de frutas y verduras acabarían pariendo monstruos. Para todos estos casos, además, contaba con referencias (Aristóteles es un frecuente en el bestiario de Paré) y casos tan ‘reales’ que él mismo aseguraba haber presenciado.
4. Vigila tus bragas
Si la mujer permitía que la regla manchase su ropa, el niño nacería con la cabeza de un loro. Ahora que un hombre se ha operado las orejas para parecer un loro, ¿alguien imagina que en su pueblo se extendiese la creencia de que su madre se manchó de sangre menstrual?
Y qué decir de quedarse embarazadas teniendo la regla. La creencia de que los pelirrojos nacieron así estaba muy extendida, pero Paré quiso aportar un toque distintivo y, además, aseguraba que los niños podían contraer enfermedades como la lepra, la gota o el escorbuto.
Sin título
5. Cuidado con la zoofilia
Lo que pensaría la gente del siglo XVI si naciese un animal con cabeza de humano o un bebé con cabeza animal no dista mucho de lo que se pensaría hoy. Además, según el cirujano, un caballo con cabeza de hombre advertía de enormes desgracias. No es del todo descabellado teniendo en cuenta que el origen de la palabra monstruo guarda una estrecha relación con los avisos: la raíz latina ‘monere’ significa ‘advertir’.
Lo más llamativo de estos ejemplos tiene más que ver con los indultos: cuenta Paré que un hombre mató a un ser monstruoso, mitad animal y mitad hombre y que, tras alegar que no podía soportar el ruido molesto que hacía (tenía voz humana), fue indultado. Como él, otro hombre acusado de bestialismo, fue indultado por la posición de los astros el día que nació una vaca con cabeza de hombre.
202
6. No mires a la mujer de dos cabezas
Paré estaba convencido de que había una mujer bicéfala mendigando por las calles, que habría sido desterrada de su país por mirar a una embarazada. Él daba por hecho que aquella embarazada había dado a luz un monstruo antes de ser expulsada. Esta mujer, cuenta Paré, aunque al principio recibía ayuda allá donde acudía, «fue expulsada a la larga del ducado de Baviera, ya que, decían, podía estropear el fruto de las mujeres encintas, debido a la aprensión y a las ideas que podrían anidar en su virtud imaginativa de contemplar criatura tan monstruosa».
7. Evita las presiones
«La séptima, la postura indecente de la madre, cuando, estando embarazada, se sienta demasiado tiempo con las piernas cruzadas o apretadas contra el vientre».
Según Paré, pasar demasiado tiempo con las piernas cruzadas (y pone el ejemplo de las modistas) o pasar demasiado tiempo con el estómago apretado también daba lugar a monstruos que, además, debido a la presión, no siempre nacían. Habla de un monstruo hallado dentro del cadáver de una mujer de sesenta y ocho años que había albergado a la criatura dentro de sí durante veintiocho años.
8. Siempre quedarán los demonios
«La decimotercera, la intervención de los demonios o diablos».
Si el comportamiento de los padres de un monstruo había sido totalmente moral e incuestionable, entonces no quedaba más: fue el diablo el que se metió donde no le llamaban. Sobre los demonios, dice: «Otros viven en las casas en ruinas y se transforman en todo lo que les viene en gana. Así como en las nubes que vemos formarse muchos y diferentes animales y otras cosas diversas, a saber, centauros, serpientes, rocas, castillos, hombres y mujeres, pájaros, peces y otras cosas».

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Ambroise de Paré está considerado uno de los padres de la cirugía moderna, aunque sus extravagancias impiden que se le tome demasiado en serio. Cirujano de varios reyes de Francia, Paré comenzó su andadura como cirujano-barbero, un oficio inquietante paras quienes conozcan historias que relacionan a barberos con carne. Llamarles cirujanos-barberos era la forma de ningunear a los que afeitaban, cortaban el pelo y hacían sangrías. Así los diferenciaban de los cirujanos ‘buenos’, los de bata larga.
Si a esto se le añade que las operaciones en el siglo XVI se hacían en los pasillos y que, para disgusto de otros cirujanos, Ambroise de Paré fue autodidacta y ni siquiera sabía latín, no cuesta imaginar que le impidiesen incluso publicar sus obras completas.
En 1533 Paré solo tenía diecisiete años y comenzó a trabajar en el gran hospital de París, donde ejerció durante tres años, hasta que se fue al ejército como cirujano militar. Tuvo grandes ideas. Una de ellas fue un ungüento a base de yema de huevo, trementina y aceite de rosas para amainar el dolor que provocaban las armas de fuego. Siguió pensando en este tipo de heridas y, aunque publicó otros tratados, el más famoso fue su manual de 1545: ‘Méthode de traiter les plaies faites per les arquebuts et autres bastons à feu, et celles qui sont faites par la pudre à canon‘. Salvar a un duque francés de una herida mortal, cuando los cirujanos tenían fama de rematar a los soldados que intentaban socorrer, fue otro de sus méritos. Por más que le ultrajasen, Ambroise de Paré dignificó la profesión.
En la época de Paré se había puesto de moda la extraña costumbre de esnifar polvo de momia. Por un error de traducción, en Occidente se extendió el consumo de polvo de momias egipcias por sus supuestas propiedades analgésicas. De Paré fue uno de los pocos que se percataron del fraude y lo denunció en uno de sus escritos.
Pare-explicando-la-ligadura-2
Hasta aquí, puede parecer que se trata de un hombre normal, incluso demasiado sensato para su tiempo. Y no es que el hecho de que escribiese sobre unicornios sea motivo para creer que no lo fue. El famoso cirujano también escribió el libro Monstruos y prodigios, un volumen ilustrado con grabados que fue recopilando y que publicó Siruela en España, aunque hoy está descatalogado.
Fue en el siglo XVI cuando aquellos monstruos salidos de la mitología adquirieron el aspecto de humanos deformes. Paré no se conformó con describir y catalogar a los monstruos y prodigios cuya supuesta existencia atormentaba a la gente de la época, también explicó las razones, casi todas ellas relacionadas con el embarazo, por las que una persona podría adoptar un aspecto deforme. No se trataba ya de monstruos que pusieran en peligro la vida de la gente, sino de castigos divinos basados en conductas inmorales de los padres y, sobre todo, de la madre, que daban lugar a humanos amorfos, conocidos entonces como prodigios.

Las causas de los monstruos son muchas. La primera es la gloria de Dios. La segunda su ira


A cual más disparatada, estas fueron algunas de las razones para dar a luz un monstruo, según Paré:
1. El semen, en su justa medida
«La tercera, la cantidad excesiva de semen. La cuarta, la cantidad insuficiente de semen. […] La décima, la descomposición o corrupción del semen. La decimoprimera, la mezcla de semen».
A Paré, además de la menstruación, le obsesionaba el semen. Tanto tener demasiado, como tener poco o mezclarlo (cuidado con los bukakes), era motivo para que los niños que nacían se convirtiesen en seres deformes. Si el problema era la abundancia, el niño saldría multiplicado: dos cabezas, cuatro piernas, cuatro ojos…y así. Si el semen era escaso, el resultado sería el previsible.
La idea de que el exceso de semen provocaba a su vez un exceso de órganos, parte de una creencia previa según la cual, cuando una mujer daba a luz varios hijos, se debía a una cantidad excesiva de semen que acababa desparramándose por una serie de celdas que contenía el interior de la mujer y en las que se gestaban distintas criaturas. Según Paré, estos ‘monstruos’ viven poco tiempo porque «se disgustan y vuelven melancólicos al verse así convertidos en oprobio de todo el mundo».
pare
2. Sacia tus antojos. Siempre
«La quinta, la imaginación (por ejemplo, los ‘antojos’ de las madres encintas, que producen efectos reales)».
Si una mujer embarazada se obsesionaba urgentemente con un alimento, era obligación de quienes estuvieran cerca de ella facilitárselo. De no consumir el alimento deseado que, en estos casos, además se le habría puesto delante sin permitirle consumirlo, el niño nacería deforme. Una creencia que todavía hoy no ha desaparecido del todo. ¿Quién no conoce a alguien con una marca de nacimiento de la que siempre le han dicho que se debe a una fresa que no llegó a tiempo?
3. No te frotes una rata entre las tetas
Quizá en el entorno de Paré las mujeres tenían la costumbre de restregarse ciertos alimentos y animales por el pecho. Hacerlo podría conllevar el castigo divino de parir un hijo monstruoso. A evitar: ciruelas, cerezas, ranas y ratas.
De la comida también dijo otras barbaridades como que las mujeres que se alimentaban de frutas y verduras acabarían pariendo monstruos. Para todos estos casos, además, contaba con referencias (Aristóteles es un frecuente en el bestiario de Paré) y casos tan ‘reales’ que él mismo aseguraba haber presenciado.
4. Vigila tus bragas
Si la mujer permitía que la regla manchase su ropa, el niño nacería con la cabeza de un loro. Ahora que un hombre se ha operado las orejas para parecer un loro, ¿alguien imagina que en su pueblo se extendiese la creencia de que su madre se manchó de sangre menstrual?
Y qué decir de quedarse embarazadas teniendo la regla. La creencia de que los pelirrojos nacieron así estaba muy extendida, pero Paré quiso aportar un toque distintivo y, además, aseguraba que los niños podían contraer enfermedades como la lepra, la gota o el escorbuto.
Sin título
5. Cuidado con la zoofilia
Lo que pensaría la gente del siglo XVI si naciese un animal con cabeza de humano o un bebé con cabeza animal no dista mucho de lo que se pensaría hoy. Además, según el cirujano, un caballo con cabeza de hombre advertía de enormes desgracias. No es del todo descabellado teniendo en cuenta que el origen de la palabra monstruo guarda una estrecha relación con los avisos: la raíz latina ‘monere’ significa ‘advertir’.
Lo más llamativo de estos ejemplos tiene más que ver con los indultos: cuenta Paré que un hombre mató a un ser monstruoso, mitad animal y mitad hombre y que, tras alegar que no podía soportar el ruido molesto que hacía (tenía voz humana), fue indultado. Como él, otro hombre acusado de bestialismo, fue indultado por la posición de los astros el día que nació una vaca con cabeza de hombre.
202
6. No mires a la mujer de dos cabezas
Paré estaba convencido de que había una mujer bicéfala mendigando por las calles, que habría sido desterrada de su país por mirar a una embarazada. Él daba por hecho que aquella embarazada había dado a luz un monstruo antes de ser expulsada. Esta mujer, cuenta Paré, aunque al principio recibía ayuda allá donde acudía, «fue expulsada a la larga del ducado de Baviera, ya que, decían, podía estropear el fruto de las mujeres encintas, debido a la aprensión y a las ideas que podrían anidar en su virtud imaginativa de contemplar criatura tan monstruosa».
7. Evita las presiones
«La séptima, la postura indecente de la madre, cuando, estando embarazada, se sienta demasiado tiempo con las piernas cruzadas o apretadas contra el vientre».
Según Paré, pasar demasiado tiempo con las piernas cruzadas (y pone el ejemplo de las modistas) o pasar demasiado tiempo con el estómago apretado también daba lugar a monstruos que, además, debido a la presión, no siempre nacían. Habla de un monstruo hallado dentro del cadáver de una mujer de sesenta y ocho años que había albergado a la criatura dentro de sí durante veintiocho años.
8. Siempre quedarán los demonios
«La decimotercera, la intervención de los demonios o diablos».
Si el comportamiento de los padres de un monstruo había sido totalmente moral e incuestionable, entonces no quedaba más: fue el diablo el que se metió donde no le llamaban. Sobre los demonios, dice: «Otros viven en las casas en ruinas y se transforman en todo lo que les viene en gana. Así como en las nubes que vemos formarse muchos y diferentes animales y otras cosas diversas, a saber, centauros, serpientes, rocas, castillos, hombres y mujeres, pájaros, peces y otras cosas».

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