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10 de noviembre 2017    /   CINE/TV
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‘American Vandal’: la verdad sobre el caso de las pintadas de penes

10 de noviembre 2017    /   CINE/TV     por          
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Hay películas y series difíciles de recomendar. Sí, lo obligatorio es tirar de premisa, pero con el temor de que ese par de frases no haga justicia a la obra aporta. Sucede con American Vandal, una de las apuestas de Netflix para esta temporada. Debería decirse que es un documental que aborda un acto vandálico en un instituto, donde 27 coches aparecieron con otras tantas pintadas de penes. Y eso sería correcto, pero insuficiente. En realidad, es un atractivo mockumentary que satiriza con mucho acierto las series sobre crímenes reales que tan de moda se han puesto últimamente.

El tándem creativo formado por Tony Yacenda y Dan Perrault demuestra conocer al dedillo las reglas del género. Sin duda, hay horas y horas de visionado de títulos referenciales. No obstante, American Vandal arranca sin tomarse en serio. Incluso la cabecera es una parodia. Pero eso no es óbice para que su presentación sea canónica: crimen, acusaciones y condena. Vale, lo que se juzga es menos dramático que un asesinato, pero no por ello hay que descuidar los principios más elementales.

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Dylan Maxwell es un joven mentiroso y con pocas luces, cuyo único interés parece residir en perfeccionar sus gamberradas. Además, no goza de buena fama entre sus compañeros, que no se sorprenden de que sea el único sospechoso del suceso del aparcamiento. Pero la expulsión del centro volatiliza su plan de graduarse y mudarse a estudiar con su novia. Por no hablar de la indemnización que tendrá que afrontar, que asciende a los cien mil dólares. Por suerte para él, a un intrépido director le escama el caso, sobre el que planean algunas dudas, y decide reunir todo el material posible para grabar un documental.

En realidad, el cineasta es Peter Maldonado, un alumno del mismo instituto. Pese a su corta experiencia, se toma muy a pecho su labor, que no se cansará de repetir durante los ocho episodios de los que consta la serie: buscar la verdad. No exonerar a Dylan, sino conseguir que el público sepa qué ocurrió realmente. Con ese fin comienza una extensa ronda de entrevistas. Se analizan hasta el extremo las declaraciones de los testigos y las coartadas de los implicados, y hasta se llevan a cabo recreaciones cronometradas del incidente. Todo combinando un sinfín de llamativos recursos narrativos y visuales propios de los documentales de crímenes reales.

El reparto rebosa la suficiente juventud como para pasar por verdaderos alumnos. Además, usan un lenguaje muy natural; quien escribe los diálogos sabe cómo hablan los adolescentes. Y también cómo se comunican. Por eso, el documental se nutre de las redes sociales para hacer avanzar la investigación, confirmar coartadas o descartar sospechosos. Mensajes privados, muros de Facebook, vídeos y comentarios de Youtube, cualquier cosa relacionada con Instagram. Todo sirve para el análisis, todo aparece en la serie. Likes, número de seguidores o de reproducciones. Incluso vídeos grabados en vertical con el móvil.

Pero no queda ahí la cosa. Cuando la serie alcanza su ecuador, da otra vuelta de tuerca. Peter Maldonado decide publicar su documental, que provoca multitud de comentarios en Twitter y se hace viral. A partir de ahí, los protagonistas de la serie se convierten también en espectadores del trabajo del joven cineasta, lo que origina innumerables reacciones. El siguiente capítulo analiza las teorías de los fans, y la popularidad y alcance de Maldonado se multiplica. Esto le abre algunas puertas, pero también le cierra otras.

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La trama se va complicando y, pese a lo desvergonzado de la premisa, la comedia va quedando poco a poco a un lado. Sobrevuela, pero no es protagonista. De hecho, el espectador se sorprende verdaderamente intrigado por saber quién es el culpable, quién pintó 27 penes en el aparcamiento del instituto y luego borró las imágenes de la cámara de seguridad. Los dos últimos episodios elevan el nivel, plagados de giros, testigos refutados y nuevos sospechosos que logran acaparar la atención como ya quisieran otras series con aspiraciones dramáticas.

En definitiva, American Vandal es una de las revelaciones de Netflix, ya que parecía una serie de la que poco cabía esperar. No solo combina la comedia y el misterio, sino que termina retratando el día a día en un instituto. Quizás por eso la plataforma ya ha publicado un vídeo anunciando su renovación para una segunda temporada, cuya trama girará en torno a la educación privada. Los creadores deberán volcar todo su talento en mantener la calidad, porque el factor sorpresa ya no les vale. Su serie ya es una realidad.

Hay películas y series difíciles de recomendar. Sí, lo obligatorio es tirar de premisa, pero con el temor de que ese par de frases no haga justicia a la obra aporta. Sucede con American Vandal, una de las apuestas de Netflix para esta temporada. Debería decirse que es un documental que aborda un acto vandálico en un instituto, donde 27 coches aparecieron con otras tantas pintadas de penes. Y eso sería correcto, pero insuficiente. En realidad, es un atractivo mockumentary que satiriza con mucho acierto las series sobre crímenes reales que tan de moda se han puesto últimamente.

El tándem creativo formado por Tony Yacenda y Dan Perrault demuestra conocer al dedillo las reglas del género. Sin duda, hay horas y horas de visionado de títulos referenciales. No obstante, American Vandal arranca sin tomarse en serio. Incluso la cabecera es una parodia. Pero eso no es óbice para que su presentación sea canónica: crimen, acusaciones y condena. Vale, lo que se juzga es menos dramático que un asesinato, pero no por ello hay que descuidar los principios más elementales.

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Dylan Maxwell es un joven mentiroso y con pocas luces, cuyo único interés parece residir en perfeccionar sus gamberradas. Además, no goza de buena fama entre sus compañeros, que no se sorprenden de que sea el único sospechoso del suceso del aparcamiento. Pero la expulsión del centro volatiliza su plan de graduarse y mudarse a estudiar con su novia. Por no hablar de la indemnización que tendrá que afrontar, que asciende a los cien mil dólares. Por suerte para él, a un intrépido director le escama el caso, sobre el que planean algunas dudas, y decide reunir todo el material posible para grabar un documental.

En realidad, el cineasta es Peter Maldonado, un alumno del mismo instituto. Pese a su corta experiencia, se toma muy a pecho su labor, que no se cansará de repetir durante los ocho episodios de los que consta la serie: buscar la verdad. No exonerar a Dylan, sino conseguir que el público sepa qué ocurrió realmente. Con ese fin comienza una extensa ronda de entrevistas. Se analizan hasta el extremo las declaraciones de los testigos y las coartadas de los implicados, y hasta se llevan a cabo recreaciones cronometradas del incidente. Todo combinando un sinfín de llamativos recursos narrativos y visuales propios de los documentales de crímenes reales.

El reparto rebosa la suficiente juventud como para pasar por verdaderos alumnos. Además, usan un lenguaje muy natural; quien escribe los diálogos sabe cómo hablan los adolescentes. Y también cómo se comunican. Por eso, el documental se nutre de las redes sociales para hacer avanzar la investigación, confirmar coartadas o descartar sospechosos. Mensajes privados, muros de Facebook, vídeos y comentarios de Youtube, cualquier cosa relacionada con Instagram. Todo sirve para el análisis, todo aparece en la serie. Likes, número de seguidores o de reproducciones. Incluso vídeos grabados en vertical con el móvil.

Pero no queda ahí la cosa. Cuando la serie alcanza su ecuador, da otra vuelta de tuerca. Peter Maldonado decide publicar su documental, que provoca multitud de comentarios en Twitter y se hace viral. A partir de ahí, los protagonistas de la serie se convierten también en espectadores del trabajo del joven cineasta, lo que origina innumerables reacciones. El siguiente capítulo analiza las teorías de los fans, y la popularidad y alcance de Maldonado se multiplica. Esto le abre algunas puertas, pero también le cierra otras.

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La trama se va complicando y, pese a lo desvergonzado de la premisa, la comedia va quedando poco a poco a un lado. Sobrevuela, pero no es protagonista. De hecho, el espectador se sorprende verdaderamente intrigado por saber quién es el culpable, quién pintó 27 penes en el aparcamiento del instituto y luego borró las imágenes de la cámara de seguridad. Los dos últimos episodios elevan el nivel, plagados de giros, testigos refutados y nuevos sospechosos que logran acaparar la atención como ya quisieran otras series con aspiraciones dramáticas.

En definitiva, American Vandal es una de las revelaciones de Netflix, ya que parecía una serie de la que poco cabía esperar. No solo combina la comedia y el misterio, sino que termina retratando el día a día en un instituto. Quizás por eso la plataforma ya ha publicado un vídeo anunciando su renovación para una segunda temporada, cuya trama girará en torno a la educación privada. Los creadores deberán volcar todo su talento en mantener la calidad, porque el factor sorpresa ya no les vale. Su serie ya es una realidad.

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