17 de abril 2014    /   IDEAS
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Amarás al prójimo como a ti mismo

17 de abril 2014    /   IDEAS     por          
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Para transformar los escenarios en los que vivimos hay, matices aparte, dos caminos diferenciados. El de la bronca funciona. Lo ha hecho siempre. Te levantas una mañana, te anexionas Crimea y aquí primero paz (bueno, paz, normalmente, no mucha) y después gloria. La otra vía es la del amor, la de los pequeños gestos que o bien se convierten en grandes por la heroicidad del proceso o bien sirven como semilla para que sean otros los que amplíen y desarrollen el hecho disruptivo.
Estas tres historias tienen algo que las une: han sido concebidas probablemente sin la intención de trascender, pero tienen el potencial diferenciador para transformar una parte del mundo.
Una de las muestras de amor más incondicional es el que impulsa a hacer algo solo por el mero hecho de hacer lo correcto. La búsqueda del procomún es, sin duda, amor con letras a escala catedralicia.

El pelotón camino al cole

El aire que respiras en Madrid cuenta con un poco menos de CO2 desde hace dos años. Algunos padres, un profesor y dos alumnos del madrileño Colegio Montserrat, en el distrito de Retiro, decidieron dejar de usar motores para alcanzar las aulas. «Queríamos conseguir que la bicicleta fuese un medio real de acceso al cole», explica José Rossi, uno de los padres integrantes de Biciclistas Montserrat.
Comenzaron construyendo un aparcamiento para las bicicletas. «Lo hicimos para 30 y lo estamos ampliando porque se ha quedado pequeño», cuenta Rossi. Poco después se sacaron de la manga el Bicibús, cuatro rutas de acceso al colegio que agrupan a varios ciclistas, aumentan la seguridad de los ruteros en su camino al Montserrat y admiten que los niños mayores de 8 años viajen sin sus padres. Ahora, las 31 familias que forman parte de la iniciativa, luchan para que el Ayuntamiento de Madrid mejore los accesos al centro y que su experiencia pueda exportarse a otros escenarios.
El grupo forma parte del programa europeo STARS, «que promueve la mejora y la adecuación de los accesos a los colegios, para poder ir andando o en bici de una forma sostenible y segura», explica el padre ciclista. Así, a base de talleres, cursos y un contacto directo con las instituciones, quieren hacer su gran contribución a su comunidad.

Importa mucho qué historias cuentas

Madrugar para que Dios te ayude es un acto egoísta. Sin embargo, madrugar para salir a echar un cable a quien lo necesita es algo mucho menos espiritual que puntúa doble en el marcador de Acciones Prácticas Para Mejorar el Mundo.
Stéphane M. Grueso cuenta historias. «Me dedico, o me dedicaba, no lo sé todavía, a la dirección y producción de cine documental de temática social y política», explica. Y, además, es periodista y escribe en el ElDiario.es.
No existe una línea que separe al creador del activista social. Cuenta que lo hace todo por empatía. «Tengo trabajo bastante discontinuo y con ello una economía precaria, pero por circunstancias de la vida no me falta techo y comida. Entiendo que es mi obligación ayudar. En mi caso, eso consiste en hacer ruido, informar, divulgar, llegar hasta donde pueda… Inventar formas de protesta».
Admite que ahora la cosa ha tomado un cariz más personal. «Todos conocemos directamente a algún desahuciado, a alguien que ha perdido su trabajo y nunca va a encontrar otro o a un migrante que se ha quedado sin acceso a la sanidad. Toda ha perdido abstracción para convertirse en una defensa de mínimos de subsistencia», dice Grueso.
Con su labor, amplifica la visibilidad de actos de protesta que, en otro caso, no saldrían de un ámbito vecinal. Cuenta que todos debemos «mirar alrededor, entrar en política y preocuparnos de lo común». Además, hay premio. «Cuando te sientes útil se te pone una sonrisa de oreja a oreja y duermes súper bien. Eso hay que vivirlo».

Compartir mesa camilla

Podríamos entrar en disquisiciones técnicas acerca de si hablamos de procomún o no, pero lo que está claro es que los programas de alojamiento compartido que se desarrollan en unas cuantas decenas de universidades europeas pintan de amabilidad un mundo que tiende a la amargura.
El beneficio generado por estos programas repercute en la sociedad si tenemos en cuenta que hacer lo correcto es la obligación de cualquier ciudadano, pero lo cierto es que los principales depositarios del amor generado en estos intercambios son los dos participantes.
En el lado joven del escenario se encuentran los estudiantes que carecen de recursos suficientes para sufragar un alojamiento en una universidad alejada de casa o los universitarios que, sencillamente, prefieren echar una mano a alguien en lugar de coleccionar botellines de cerveza en un piso de estudiantes.
En el otro lado de la escena, en el más preciado, se sitúan personas con necesidad de ayuda o compañía: ancianos que tienen una casa casi vacía o discapacitados que agradecen, además de la compañía, algo de ayuda en las tareas de casa. El paradigma de la relación win-win es este. Y se prodiga poco. Hagan correr la voz que muchas universidades españolas desarrollan el programa desde hace lustros.

Foto: Cancillería de Ecuador bajo licencia CC-BY-SA.

Para transformar los escenarios en los que vivimos hay, matices aparte, dos caminos diferenciados. El de la bronca funciona. Lo ha hecho siempre. Te levantas una mañana, te anexionas Crimea y aquí primero paz (bueno, paz, normalmente, no mucha) y después gloria. La otra vía es la del amor, la de los pequeños gestos que o bien se convierten en grandes por la heroicidad del proceso o bien sirven como semilla para que sean otros los que amplíen y desarrollen el hecho disruptivo.
Estas tres historias tienen algo que las une: han sido concebidas probablemente sin la intención de trascender, pero tienen el potencial diferenciador para transformar una parte del mundo.
Una de las muestras de amor más incondicional es el que impulsa a hacer algo solo por el mero hecho de hacer lo correcto. La búsqueda del procomún es, sin duda, amor con letras a escala catedralicia.

El pelotón camino al cole

El aire que respiras en Madrid cuenta con un poco menos de CO2 desde hace dos años. Algunos padres, un profesor y dos alumnos del madrileño Colegio Montserrat, en el distrito de Retiro, decidieron dejar de usar motores para alcanzar las aulas. «Queríamos conseguir que la bicicleta fuese un medio real de acceso al cole», explica José Rossi, uno de los padres integrantes de Biciclistas Montserrat.
Comenzaron construyendo un aparcamiento para las bicicletas. «Lo hicimos para 30 y lo estamos ampliando porque se ha quedado pequeño», cuenta Rossi. Poco después se sacaron de la manga el Bicibús, cuatro rutas de acceso al colegio que agrupan a varios ciclistas, aumentan la seguridad de los ruteros en su camino al Montserrat y admiten que los niños mayores de 8 años viajen sin sus padres. Ahora, las 31 familias que forman parte de la iniciativa, luchan para que el Ayuntamiento de Madrid mejore los accesos al centro y que su experiencia pueda exportarse a otros escenarios.
El grupo forma parte del programa europeo STARS, «que promueve la mejora y la adecuación de los accesos a los colegios, para poder ir andando o en bici de una forma sostenible y segura», explica el padre ciclista. Así, a base de talleres, cursos y un contacto directo con las instituciones, quieren hacer su gran contribución a su comunidad.

Importa mucho qué historias cuentas

Madrugar para que Dios te ayude es un acto egoísta. Sin embargo, madrugar para salir a echar un cable a quien lo necesita es algo mucho menos espiritual que puntúa doble en el marcador de Acciones Prácticas Para Mejorar el Mundo.
Stéphane M. Grueso cuenta historias. «Me dedico, o me dedicaba, no lo sé todavía, a la dirección y producción de cine documental de temática social y política», explica. Y, además, es periodista y escribe en el ElDiario.es.
No existe una línea que separe al creador del activista social. Cuenta que lo hace todo por empatía. «Tengo trabajo bastante discontinuo y con ello una economía precaria, pero por circunstancias de la vida no me falta techo y comida. Entiendo que es mi obligación ayudar. En mi caso, eso consiste en hacer ruido, informar, divulgar, llegar hasta donde pueda… Inventar formas de protesta».
Admite que ahora la cosa ha tomado un cariz más personal. «Todos conocemos directamente a algún desahuciado, a alguien que ha perdido su trabajo y nunca va a encontrar otro o a un migrante que se ha quedado sin acceso a la sanidad. Toda ha perdido abstracción para convertirse en una defensa de mínimos de subsistencia», dice Grueso.
Con su labor, amplifica la visibilidad de actos de protesta que, en otro caso, no saldrían de un ámbito vecinal. Cuenta que todos debemos «mirar alrededor, entrar en política y preocuparnos de lo común». Además, hay premio. «Cuando te sientes útil se te pone una sonrisa de oreja a oreja y duermes súper bien. Eso hay que vivirlo».

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Podríamos entrar en disquisiciones técnicas acerca de si hablamos de procomún o no, pero lo que está claro es que los programas de alojamiento compartido que se desarrollan en unas cuantas decenas de universidades europeas pintan de amabilidad un mundo que tiende a la amargura.
El beneficio generado por estos programas repercute en la sociedad si tenemos en cuenta que hacer lo correcto es la obligación de cualquier ciudadano, pero lo cierto es que los principales depositarios del amor generado en estos intercambios son los dos participantes.
En el lado joven del escenario se encuentran los estudiantes que carecen de recursos suficientes para sufragar un alojamiento en una universidad alejada de casa o los universitarios que, sencillamente, prefieren echar una mano a alguien en lugar de coleccionar botellines de cerveza en un piso de estudiantes.
En el otro lado de la escena, en el más preciado, se sitúan personas con necesidad de ayuda o compañía: ancianos que tienen una casa casi vacía o discapacitados que agradecen, además de la compañía, algo de ayuda en las tareas de casa. El paradigma de la relación win-win es este. Y se prodiga poco. Hagan correr la voz que muchas universidades españolas desarrollan el programa desde hace lustros.

Foto: Cancillería de Ecuador bajo licencia CC-BY-SA.

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Opiniones 5
  • Perroflautismo y geoestrategia de la mano. Si os lee Putin invade lo que le falta de Ucrania en bici. Fijo.

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