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11 de julio 2018    /   CREATIVIDAD
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Para Ana Cuna, cada día es un nuevo ‘pattern’

11 de julio 2018    /   CREATIVIDAD     por          
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Calcetines, un brick de leche, pepinillos, un par de monetes, una raqueta, emoticonos, Alf… (sí, el alienígena de la serie de los 80). En los patrones de Ana Cuna hay sitio para cualquier objeto, animal o extraterrestre del día a día de la ilustradora.

«Me gusta mucho pararme a observar y pensar en combinar objetos cotidianos que juntos tengan algún tipo de gracia o chiste. Me gusta coger elementos costumbristas, por así decirlo, propios del pueblo o de los barrios, y darles un tratamiento que contraste».

Esa amalgama, a veces, transciende lo terrenal. «En ocasiones, mezclo todas eso con temas más serios como la sexualidad, la religión… Creando composiciones absurdas o con un toque ácido».

El caso, dice, es divertirse. «Me inspira ver las chorradas que la gente cuelga en internet», reconoce, pese a definirse como «una milenial de 30 que odia las redes sociales».

Si está por casa, hace acopio de los objetos que va encontrando para buscar la manera de ilustrarlos y que resulten atractivos. Lo mismo ocurre cuando está en su estudio. «Me atrae la idea de que cada uno tiene su filtro personal. A veces casi no importa lo que dibujas, sino el cómo. Creo que todo lo que ilustras, pasado por tu propio filtro, cuenta algo».

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La obsesión por los patterns la acompaña desde que tiene uso de razón. «En el colegio dibujaba objetos random o partículas pequeñas que colocaba de manera aleatoria para crear composiciones. Tenía una colección de bolitas que guardaba en una caja de regalices, y el reto era encontrar la pelota más pequeña. La más diminuta que encontré fue la bola de la punta de un boli. Tengo filia por las miniaturas y los objetos pequeños».

Con los bodegones le pasa algo parecido. «No soy demasiado ordenada, pero siempre me ha gustado colocar las cosas de una determinada manera para que adquieran cierta personalidad o queden cachondas. Cuadros, libros, figuras, juguetes… Mi casa es casi un vertedero de tesoros».

Lo hace, cree, porque lo que realmente le apasiona es la composición en el espacio, generar movimiento, equilibrio o contraste. «Por eso creo que son especiales para mí, porque tanto los patterns como los bodegones permiten este ejercicio».

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En su bodegón cotidiano no falta agua, música y cacao para los labios. Sin ellos a la vista (y al oído) no puede ponerse a trabajar. Tampoco puede hacerlo sin sus «paseíllos para que me dé el aire». A todo esto últimamente suma la necesidad de estar con gente: «Estuve unos meses trabajando sola en casa y me quise pegar un tiro. Le daba palique a todo aquel que se me ponía por delante cuando bajaba a por el pan, sin ser yo mucho de eso». Ahora, en Teta&Teta, que es donde trabaja, se lo pasa «teta», asegura.

Pese a haberse formado y haber trabajado durante años como tal (incluso «en mis años como directora de arte y diseñadora, la ilustración fue uno de los recursos que más empleaba para solucionar cosas»), Cuna dice que el de «ilustradora es un título que aún me viene grande, pero lo que sí tengo claro es que es lo que quiero ser de mayor».

Y mientras ese día llega, sigue aprendiendo de gente como Angela Dalinger («por los temas que ilustra y cómo usa el color y el trazo que tiene») o Chris Ware («por cómo usa el color y cómo mezcla escenarios con tipografía, texturas y escenarios habituales»).

Pero, sobre todo, de Conxita Herrero: «Por todo lo anterior y además por cómo usa las texturas y cómo crea las partes más abstractas. Todo lo que hace tiene una frescura que me pasma, además cuenta historias de una manera muy particular, muy sencilla y muy actual, y eso me gusta mucho».

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Ana Rodríguez Martín (así es su nombre completo) es natural de Palencia («ciudad que los guiris suelen confundir con Valencia», asegura en su CV), pero actualmente vive en Madrid. Callao es una de las zonas que más transita. «Y más durante el mes de julio, que con el Orgullo siempre hay cotarro». Este año cuenta con un aliciente más para pasear por allí porque buena parte de sus proyectos personales se exhiben en las pantallas gigantes de Callao City Lights durante estos días.

«Lo que allí se muestra son proyectos de los tres últimos años, con algunas cosas nuevas (pocas) de lo que me gustaría hacer de ahora en adelante. Supone un bonito cierre a esta etapa de trabajo intenso intentado sobrevivir :D».

En este tiempo, los encargos le han dejado poco tiempo para desarrollar proyectos personales, por eso se toma la proyección de estos en las céntricas pantallas madrileñas como un desquite. «Me gusta pensar en todas las veces que las he mirado mientras espera esperaba a alguien, y ahora ¡van a salir ahí mis tonterías, jeje!».

Calcetines, un brick de leche, pepinillos, un par de monetes, una raqueta, emoticonos, Alf… (sí, el alienígena de la serie de los 80). En los patrones de Ana Cuna hay sitio para cualquier objeto, animal o extraterrestre del día a día de la ilustradora.

«Me gusta mucho pararme a observar y pensar en combinar objetos cotidianos que juntos tengan algún tipo de gracia o chiste. Me gusta coger elementos costumbristas, por así decirlo, propios del pueblo o de los barrios, y darles un tratamiento que contraste».

Esa amalgama, a veces, transciende lo terrenal. «En ocasiones, mezclo todas eso con temas más serios como la sexualidad, la religión… Creando composiciones absurdas o con un toque ácido».

El caso, dice, es divertirse. «Me inspira ver las chorradas que la gente cuelga en internet», reconoce, pese a definirse como «una milenial de 30 que odia las redes sociales».

Si está por casa, hace acopio de los objetos que va encontrando para buscar la manera de ilustrarlos y que resulten atractivos. Lo mismo ocurre cuando está en su estudio. «Me atrae la idea de que cada uno tiene su filtro personal. A veces casi no importa lo que dibujas, sino el cómo. Creo que todo lo que ilustras, pasado por tu propio filtro, cuenta algo».

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La obsesión por los patterns la acompaña desde que tiene uso de razón. «En el colegio dibujaba objetos random o partículas pequeñas que colocaba de manera aleatoria para crear composiciones. Tenía una colección de bolitas que guardaba en una caja de regalices, y el reto era encontrar la pelota más pequeña. La más diminuta que encontré fue la bola de la punta de un boli. Tengo filia por las miniaturas y los objetos pequeños».

Con los bodegones le pasa algo parecido. «No soy demasiado ordenada, pero siempre me ha gustado colocar las cosas de una determinada manera para que adquieran cierta personalidad o queden cachondas. Cuadros, libros, figuras, juguetes… Mi casa es casi un vertedero de tesoros».

Lo hace, cree, porque lo que realmente le apasiona es la composición en el espacio, generar movimiento, equilibrio o contraste. «Por eso creo que son especiales para mí, porque tanto los patterns como los bodegones permiten este ejercicio».

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En su bodegón cotidiano no falta agua, música y cacao para los labios. Sin ellos a la vista (y al oído) no puede ponerse a trabajar. Tampoco puede hacerlo sin sus «paseíllos para que me dé el aire». A todo esto últimamente suma la necesidad de estar con gente: «Estuve unos meses trabajando sola en casa y me quise pegar un tiro. Le daba palique a todo aquel que se me ponía por delante cuando bajaba a por el pan, sin ser yo mucho de eso». Ahora, en Teta&Teta, que es donde trabaja, se lo pasa «teta», asegura.

Pese a haberse formado y haber trabajado durante años como tal (incluso «en mis años como directora de arte y diseñadora, la ilustración fue uno de los recursos que más empleaba para solucionar cosas»), Cuna dice que el de «ilustradora es un título que aún me viene grande, pero lo que sí tengo claro es que es lo que quiero ser de mayor».

Y mientras ese día llega, sigue aprendiendo de gente como Angela Dalinger («por los temas que ilustra y cómo usa el color y el trazo que tiene») o Chris Ware («por cómo usa el color y cómo mezcla escenarios con tipografía, texturas y escenarios habituales»).

Pero, sobre todo, de Conxita Herrero: «Por todo lo anterior y además por cómo usa las texturas y cómo crea las partes más abstractas. Todo lo que hace tiene una frescura que me pasma, además cuenta historias de una manera muy particular, muy sencilla y muy actual, y eso me gusta mucho».

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Ana Rodríguez Martín (así es su nombre completo) es natural de Palencia («ciudad que los guiris suelen confundir con Valencia», asegura en su CV), pero actualmente vive en Madrid. Callao es una de las zonas que más transita. «Y más durante el mes de julio, que con el Orgullo siempre hay cotarro». Este año cuenta con un aliciente más para pasear por allí porque buena parte de sus proyectos personales se exhiben en las pantallas gigantes de Callao City Lights durante estos días.

«Lo que allí se muestra son proyectos de los tres últimos años, con algunas cosas nuevas (pocas) de lo que me gustaría hacer de ahora en adelante. Supone un bonito cierre a esta etapa de trabajo intenso intentado sobrevivir :D».

En este tiempo, los encargos le han dejado poco tiempo para desarrollar proyectos personales, por eso se toma la proyección de estos en las céntricas pantallas madrileñas como un desquite. «Me gusta pensar en todas las veces que las he mirado mientras espera esperaba a alguien, y ahora ¡van a salir ahí mis tonterías, jeje!».

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