20 de octubre 2021    /   CREATIVIDAD
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André Ricard: reflexiones del rey del diseño

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Puede que, si no sabes mucho de diseño, no sepas quién es André Ricard. Pero conoces su trabajo. Es posible, incluso, que lo hayas tenido entre tus manos. Suyos son los frascos de colonia de Agua Brava, la batidora Moulinex, los ceniceros Copenhage o la antorcha olímpica de Barcelona 92. Puede que, si no estabas leyendo revistas y periódicos en los noventa, no recuerdes a André Ricard, pues a sus 92 años ya no se prodiga mucho en entrevistas. Y sin embargo, es uno de los hombres que más ha marcado el diseño español.

Sus reflexiones siguen siendo tan certeras y necesarias como antaño. Sus productos, sencillos y funcionales, reflejan una búsqueda constante de lo que él denomina la ética y estética de la utilidad. Porque el diseño también es política. Ricard fue una figura clave en el bum del diseño patrio allá por los ochenta, ayudó a crear una identidad española en un campo en el que aún no era muy conocida.

No solo ha trabajado el diseño desde la práctica. Sus aportaciones desde el plano teórico son muy celebradas. Empezó a escribir tarde, pasados los 50. «Es que antes de enseñar tenía que aprender algo», apunta con sorna. Desde entonces ha escrito 12 tratados sobre diseño, numerosos artículos en revistas y periódicos, ha dado clases durante décadas. Ha ocupado los cargos más relevantes dentro de asociaciones internacionales de diseñadores. Y ha amasado una importante colección de premios.

Hablamos con Ricard con motivo del último, el premio a toda una carrera DesignEuropa Awards, organizados por la Oficina de Propiedad Intelectual de la Unión Europea (EUIPO).

Ha sido galardonado con once premios Delta, con la Medalla de Oro del FAD, con el Premio Nacional de Diseño… Ahora recibe el Design Europe Awards, ¿cómo se toma el reconocimiento y, sobre todo, dónde guarda tantos premios? 

A nadie le amarga un dulce. Hay gente que los desprecia; para mí es siempre muy agradable recibir un premio, lo veo cómo un gesto afectuoso. Tengo aquí una estantería donde los voy colocando. No suelen ser inmensos, no son como las copas de los mundiales de fútbol. Así que no tengo problemas.

¿Y están bien diseñados los premios de diseño?

Bueno, algunos están mejor que otros, pero se aprecia la voluntad.  No lo juzgo como diseño, sino como gesto. Y es un gesto que agradezco siempre.

En los últimos años se centra más en la labor divulgativa del diseño que en la práctica. ¿Por qué? ¿El diseño también se debe contar?

Lo que ocurre es que yo estoy jubilado. Superjubilado. Por lo tanto, ya no tengo equipo, aunque tengo algunos colaboradores; pero el estudio está cerrado. Así que, bueno, trabajo algo desde el despacho. Pero el diseño ha sido importante en mi vida y sigue siéndolo, así que no puedo evitar juzgar y analizar lo que se hace. A veces en privado y otras en público.

 Pero antes de este retiro ya se centraba mucho en la parte teórica, el análisis del diseño ha sido una constante en su carrera. ¿Por qué?

Tardé en hacerlo. Empecé a diseñar a los 25 años y hasta que superé los 50 no me atreví a escribir. Porque tenía que aprender algo, tenía que saber antes de escribir. Cuando lo hice, escribí cuatro o cinco libros, artículos en revistas, periódicos, he dado conferencias… Esto también lo estoy reduciendo porque ocupa mucho tiempo y reflexión. Y yo ahora quiero dedicar más tiempo a mi familia y menos a mi trabajo.

Y esta labor divulgativa del diseño, ¿está dirigida a diseñadores o a la gente de a pie? ¿Cree que la sociedad es consciente de la importancia del diseño o debería serlo?

Sin duda, debería serlo. Pero no sé si mis libros pueden ayudar. No son muy divertidos, ¿sabe? Expongo puntos de vista y lo que le gusta a la gente es ojear revistas de diseño; bueno, de decoración. La gente busca cosas más fáciles, con mucha imagen, que no tengan que leerse. Y mis libros son de texto. Pero bueno, son libros que pueden gustar a gente más interesada en el diseño teórico. O en lo que yo creo que es el diseño.

Usted ha vivido el denominado bum del diseño español de los años ochenta. ¿Qué queda de todo aquello?

Queda el término diseño. Cuando empecé, en los años cincuenta, era un término que la gente utilizaba con otra acepción. Diseñar era proyectar. Pero en el sentido que lo entendemos ahora, es decir, el de crear una obra original que aporta novedades, no se usaba. Fue a partir de los años ochenta, cuando en las revistas se empezó a mencionar la palabra diseño. Incluso el Gobierno inició una campaña para potenciar diseño y moda, que para mí fue un error porque son términos distintos. Pero, bueno, el caso es que el término se volvió popular en esos años. Y eso ha perdurado. 

¿Y en Barcelona, su ciudad? Siempre ha estado asociada al diseño. ¿Por qué cree que es así? ¿Sigue siendo la urbe más puntera en este sentido?

Conozco menos el resto de España, solo como turista, así que ignoro si otras ciudades tienen la misma relación con el diseño, tan intensa. Desde mi punto de vista, Barcelona sí ha sido pionera. No sé muy bien por qué. Por un lado, tenemos una cantidad de casas estilo art nouveau y modernismo que no hay en otras ciudades. También ha estado siempre muy abierta hacia tendencias e ideas del resto de Europa. Quizá el hecho de ser un puerto y de estar más cerca de Europa ayudó a esa apertura.

El cambio más profundo que ha sufrido está ciudad en los últimos años, a nivel de diseño y urbanismo, fueron los Juegos Olímpicos. Y no hay icono que mejor lo represente que su antorcha. ¿Cómo fue el proceso de creación?

Mi primer contacto con el movimiento olímpico, y concretamente con la candidatura de Barcelona, no fue con la antorcha. Fue con el dosier de candidatura. Barcelona, para presentarse como candidata, tenía que presentar un dosier en el que se dieran respuestas a todas las preguntas. Tuve que preparar este dosier y ese fue mi primer contacto con el espíritu olímpico que rodea este movimiento.

Cuando ganamos los juegos, la antorcha vino casi como consecuencia. Me dijeron: «¿Qué quieres diseñar para agradecerte tu contribución?».  Y pensé: en realidad hay poco que diseñar en unos Juegos Olímpicos porque todo es deporte y elementos relacionados con este… Pero la antorcha me parecía un elemento que podía diseñar, que podía resolver satisfactoriamente.

Y vaya si lo hizo, se ha convertido quizá en su diseño más reconocible. ¿Le molesta que le sigamos preguntando siempre por la antorcha?

No me molesta en absoluto, me parece muy normal porque es lo más popular que he hecho. No olvidemos que se hicieron 10.000 antorchas que se pasearon por 40.000 kilómetros en España, con lo cual me gusta pensar que ha dejado una huella. 

Otro de sus diseños más icónicos es el cenicero Copenhague, aunque no sé yo si es tan ubicuo ahora que fuma mucha menos gente… ¿Le da pena que se esté quedando como una reliquia? ¿Cómo vive usted que objetos que diseñó pierdan su utilidad?

No me da pena, la verdad. Yo fumaba y hace 20 o 30 años dejé de fumar. Y creo que es lo que tiene que hacer la gente, fumar es un suicidio lento. Pero el Copenhague, es cierto, cambió la forma de entender los ceniceros. Hasta entonces eran planos, más parecidos a platos, y al moverlos se desparramaban las cenizas. Las colillas estaban a la vista y estéticamente no era agradable.

Este cenicero aportó una solución a esos problemas y creó una tendencia, la de hacer ceniceros profundos. Su diseño tenía una función, la cumplió; ahora no la cumple más, me parece normal que desaparezca. Pero no es por rechazo del producto, sino por el hecho de fumar. Hay diseños que se rechazan porque no cumplen. Este cumplió, así que me quedo tranquilo.

Y usted, aunque no fume, ¿tiene alguno en su casa?

Sí, tengo alguno en el despacho, porque cuando viene alguien y me habla del cenicero, es más fácil hacerlo con el cenicero delante.

El capitalismo y la rapidez de los tiempos actuales hacen que consumamos más cantidad y que los objetos sean más efímeros, que duren menos. ¿Cómo afecta esto al diseño? 

Depende de qué entendamos por diseño. El diseño mal entendido puede fomentar que haya más consumismo. Si proyectas cosas que son inútiles, innecesarias, pero atractivas, porque son divertidas o están de moda, eso es carne del consumismo desbordado. Si tratas el diseño como yo entiendo que tiene que ser, creas soluciones que mejoran la vida de la gente. Ambos tipos de diseño se diferencian muy claramente. Creo que hemos de diseñar lo indispensable, lo necesario. No lo superfluo y lo inútil.

Otro de los signos de los tiempos actuales es la globalización. ¿Es el diseño de hoy más homogéneo en todo el mundo? Usted ayudó a crear la marca España en el diseño. ¿Queda algo de todo eso? ¿Hay menos particularidades locales o nacionales?

Yo creo que hay menos, precisamente porque a través de los medios de comunicación, a través de las películas, se globaliza todo mucho. Estoy hablando del mundo occidental.

El 75% del planeta está todavía en una época difícil de supervivencia, pero en la sociedad de la opulencia donde vivimos se ha homogeneizado mucho. Lo que ocurre en Nueva York un día se replica a la semana siguiente en todo el mundo occidental. Y lo que se usa en Alemania se utiliza en todas partes. Sí que se ha ido perdiendo cierta personalidad que había más en el pasado, cuando era todo, quizá, más artesano. 

¿Y la tecnología? ¿Qué relación guardan nuestros móviles, nuestros ordenadores, con el diseño industrial?

Cada vez menos. Yo los admiro porque son muy ingeniosos y un prodigio técnico. Yo no critico el objeto en sí, sino la forma en la que lo materializan.

Los famosos iPads, desde el punto de vista del servicio que ofrecen, tienen fallos. Es una tecnología extraordinaria, no cabe ninguna duda. Pero yo creo que hay cosas… Si quieres quitar el sonido tienes que pulsar un botón a los lados de la pantalla, que no sabes si es para apagarlo, o para qué.

También critico, como usuario, que si es un objeto pensado para tenerlo en el regazo, por qué es tan resbaladizo. Se desliza muy fácilmente; hasta tiene una forma que lo favorece porque sus bordes tienen una forma como de proa de barco. Tienes que comprar añadidos de goma en los móviles y las tabletas, pero ¿por qué no lo ponen de entrada?

Gracias por su tiempo. No sé si quiere añadir alguna reflexión más para cerrar la entrevista.

Sí. Igual me gustaría añadir… Creo que deberíamos centrarnos más en lo esencial y desechar lo superficial, creo que en la sociedad industrial en la que estamos metidos estos países opulentos nos ofrece más de lo que necesitamos.

Como dijo alguien, «nos hacen publicidad para que compremos productos que no necesitamos y que no podemos pagar». Es un poco lo que está ocurriendo.

Y creo que tenemos que salir de esta crisis, y no me refiero tanto a la sanitaria, sino a la ambiental, centrándonos en la austeridad, en lo que es esencial y en respetar más la naturaleza. Si no lo hacemos, vamos a acabar mal.

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Puede que, si no sabes mucho de diseño, no sepas quién es André Ricard. Pero conoces su trabajo. Es posible, incluso, que lo hayas tenido entre tus manos. Suyos son los frascos de colonia de Agua Brava, la batidora Moulinex, los ceniceros Copenhage o la antorcha olímpica de Barcelona 92. Puede que, si no estabas leyendo revistas y periódicos en los noventa, no recuerdes a André Ricard, pues a sus 92 años ya no se prodiga mucho en entrevistas. Y sin embargo, es uno de los hombres que más ha marcado el diseño español.

Sus reflexiones siguen siendo tan certeras y necesarias como antaño. Sus productos, sencillos y funcionales, reflejan una búsqueda constante de lo que él denomina la ética y estética de la utilidad. Porque el diseño también es política. Ricard fue una figura clave en el bum del diseño patrio allá por los ochenta, ayudó a crear una identidad española en un campo en el que aún no era muy conocida.

No solo ha trabajado el diseño desde la práctica. Sus aportaciones desde el plano teórico son muy celebradas. Empezó a escribir tarde, pasados los 50. «Es que antes de enseñar tenía que aprender algo», apunta con sorna. Desde entonces ha escrito 12 tratados sobre diseño, numerosos artículos en revistas y periódicos, ha dado clases durante décadas. Ha ocupado los cargos más relevantes dentro de asociaciones internacionales de diseñadores. Y ha amasado una importante colección de premios.

Hablamos con Ricard con motivo del último, el premio a toda una carrera DesignEuropa Awards, organizados por la Oficina de Propiedad Intelectual de la Unión Europea (EUIPO).

Ha sido galardonado con once premios Delta, con la Medalla de Oro del FAD, con el Premio Nacional de Diseño… Ahora recibe el Design Europe Awards, ¿cómo se toma el reconocimiento y, sobre todo, dónde guarda tantos premios? 

A nadie le amarga un dulce. Hay gente que los desprecia; para mí es siempre muy agradable recibir un premio, lo veo cómo un gesto afectuoso. Tengo aquí una estantería donde los voy colocando. No suelen ser inmensos, no son como las copas de los mundiales de fútbol. Así que no tengo problemas.

¿Y están bien diseñados los premios de diseño?

Bueno, algunos están mejor que otros, pero se aprecia la voluntad.  No lo juzgo como diseño, sino como gesto. Y es un gesto que agradezco siempre.

En los últimos años se centra más en la labor divulgativa del diseño que en la práctica. ¿Por qué? ¿El diseño también se debe contar?

Lo que ocurre es que yo estoy jubilado. Superjubilado. Por lo tanto, ya no tengo equipo, aunque tengo algunos colaboradores; pero el estudio está cerrado. Así que, bueno, trabajo algo desde el despacho. Pero el diseño ha sido importante en mi vida y sigue siéndolo, así que no puedo evitar juzgar y analizar lo que se hace. A veces en privado y otras en público.

 Pero antes de este retiro ya se centraba mucho en la parte teórica, el análisis del diseño ha sido una constante en su carrera. ¿Por qué?

Tardé en hacerlo. Empecé a diseñar a los 25 años y hasta que superé los 50 no me atreví a escribir. Porque tenía que aprender algo, tenía que saber antes de escribir. Cuando lo hice, escribí cuatro o cinco libros, artículos en revistas, periódicos, he dado conferencias… Esto también lo estoy reduciendo porque ocupa mucho tiempo y reflexión. Y yo ahora quiero dedicar más tiempo a mi familia y menos a mi trabajo.

Y esta labor divulgativa del diseño, ¿está dirigida a diseñadores o a la gente de a pie? ¿Cree que la sociedad es consciente de la importancia del diseño o debería serlo?

Sin duda, debería serlo. Pero no sé si mis libros pueden ayudar. No son muy divertidos, ¿sabe? Expongo puntos de vista y lo que le gusta a la gente es ojear revistas de diseño; bueno, de decoración. La gente busca cosas más fáciles, con mucha imagen, que no tengan que leerse. Y mis libros son de texto. Pero bueno, son libros que pueden gustar a gente más interesada en el diseño teórico. O en lo que yo creo que es el diseño.

Usted ha vivido el denominado bum del diseño español de los años ochenta. ¿Qué queda de todo aquello?

Queda el término diseño. Cuando empecé, en los años cincuenta, era un término que la gente utilizaba con otra acepción. Diseñar era proyectar. Pero en el sentido que lo entendemos ahora, es decir, el de crear una obra original que aporta novedades, no se usaba. Fue a partir de los años ochenta, cuando en las revistas se empezó a mencionar la palabra diseño. Incluso el Gobierno inició una campaña para potenciar diseño y moda, que para mí fue un error porque son términos distintos. Pero, bueno, el caso es que el término se volvió popular en esos años. Y eso ha perdurado. 

¿Y en Barcelona, su ciudad? Siempre ha estado asociada al diseño. ¿Por qué cree que es así? ¿Sigue siendo la urbe más puntera en este sentido?

Conozco menos el resto de España, solo como turista, así que ignoro si otras ciudades tienen la misma relación con el diseño, tan intensa. Desde mi punto de vista, Barcelona sí ha sido pionera. No sé muy bien por qué. Por un lado, tenemos una cantidad de casas estilo art nouveau y modernismo que no hay en otras ciudades. También ha estado siempre muy abierta hacia tendencias e ideas del resto de Europa. Quizá el hecho de ser un puerto y de estar más cerca de Europa ayudó a esa apertura.

El cambio más profundo que ha sufrido está ciudad en los últimos años, a nivel de diseño y urbanismo, fueron los Juegos Olímpicos. Y no hay icono que mejor lo represente que su antorcha. ¿Cómo fue el proceso de creación?

Mi primer contacto con el movimiento olímpico, y concretamente con la candidatura de Barcelona, no fue con la antorcha. Fue con el dosier de candidatura. Barcelona, para presentarse como candidata, tenía que presentar un dosier en el que se dieran respuestas a todas las preguntas. Tuve que preparar este dosier y ese fue mi primer contacto con el espíritu olímpico que rodea este movimiento.

Cuando ganamos los juegos, la antorcha vino casi como consecuencia. Me dijeron: «¿Qué quieres diseñar para agradecerte tu contribución?».  Y pensé: en realidad hay poco que diseñar en unos Juegos Olímpicos porque todo es deporte y elementos relacionados con este… Pero la antorcha me parecía un elemento que podía diseñar, que podía resolver satisfactoriamente.

Y vaya si lo hizo, se ha convertido quizá en su diseño más reconocible. ¿Le molesta que le sigamos preguntando siempre por la antorcha?

No me molesta en absoluto, me parece muy normal porque es lo más popular que he hecho. No olvidemos que se hicieron 10.000 antorchas que se pasearon por 40.000 kilómetros en España, con lo cual me gusta pensar que ha dejado una huella. 

Otro de sus diseños más icónicos es el cenicero Copenhague, aunque no sé yo si es tan ubicuo ahora que fuma mucha menos gente… ¿Le da pena que se esté quedando como una reliquia? ¿Cómo vive usted que objetos que diseñó pierdan su utilidad?

No me da pena, la verdad. Yo fumaba y hace 20 o 30 años dejé de fumar. Y creo que es lo que tiene que hacer la gente, fumar es un suicidio lento. Pero el Copenhague, es cierto, cambió la forma de entender los ceniceros. Hasta entonces eran planos, más parecidos a platos, y al moverlos se desparramaban las cenizas. Las colillas estaban a la vista y estéticamente no era agradable.

Este cenicero aportó una solución a esos problemas y creó una tendencia, la de hacer ceniceros profundos. Su diseño tenía una función, la cumplió; ahora no la cumple más, me parece normal que desaparezca. Pero no es por rechazo del producto, sino por el hecho de fumar. Hay diseños que se rechazan porque no cumplen. Este cumplió, así que me quedo tranquilo.

Y usted, aunque no fume, ¿tiene alguno en su casa?

Sí, tengo alguno en el despacho, porque cuando viene alguien y me habla del cenicero, es más fácil hacerlo con el cenicero delante.

El capitalismo y la rapidez de los tiempos actuales hacen que consumamos más cantidad y que los objetos sean más efímeros, que duren menos. ¿Cómo afecta esto al diseño? 

Depende de qué entendamos por diseño. El diseño mal entendido puede fomentar que haya más consumismo. Si proyectas cosas que son inútiles, innecesarias, pero atractivas, porque son divertidas o están de moda, eso es carne del consumismo desbordado. Si tratas el diseño como yo entiendo que tiene que ser, creas soluciones que mejoran la vida de la gente. Ambos tipos de diseño se diferencian muy claramente. Creo que hemos de diseñar lo indispensable, lo necesario. No lo superfluo y lo inútil.

Otro de los signos de los tiempos actuales es la globalización. ¿Es el diseño de hoy más homogéneo en todo el mundo? Usted ayudó a crear la marca España en el diseño. ¿Queda algo de todo eso? ¿Hay menos particularidades locales o nacionales?

Yo creo que hay menos, precisamente porque a través de los medios de comunicación, a través de las películas, se globaliza todo mucho. Estoy hablando del mundo occidental.

El 75% del planeta está todavía en una época difícil de supervivencia, pero en la sociedad de la opulencia donde vivimos se ha homogeneizado mucho. Lo que ocurre en Nueva York un día se replica a la semana siguiente en todo el mundo occidental. Y lo que se usa en Alemania se utiliza en todas partes. Sí que se ha ido perdiendo cierta personalidad que había más en el pasado, cuando era todo, quizá, más artesano. 

¿Y la tecnología? ¿Qué relación guardan nuestros móviles, nuestros ordenadores, con el diseño industrial?

Cada vez menos. Yo los admiro porque son muy ingeniosos y un prodigio técnico. Yo no critico el objeto en sí, sino la forma en la que lo materializan.

Los famosos iPads, desde el punto de vista del servicio que ofrecen, tienen fallos. Es una tecnología extraordinaria, no cabe ninguna duda. Pero yo creo que hay cosas… Si quieres quitar el sonido tienes que pulsar un botón a los lados de la pantalla, que no sabes si es para apagarlo, o para qué.

También critico, como usuario, que si es un objeto pensado para tenerlo en el regazo, por qué es tan resbaladizo. Se desliza muy fácilmente; hasta tiene una forma que lo favorece porque sus bordes tienen una forma como de proa de barco. Tienes que comprar añadidos de goma en los móviles y las tabletas, pero ¿por qué no lo ponen de entrada?

Gracias por su tiempo. No sé si quiere añadir alguna reflexión más para cerrar la entrevista.

Sí. Igual me gustaría añadir… Creo que deberíamos centrarnos más en lo esencial y desechar lo superficial, creo que en la sociedad industrial en la que estamos metidos estos países opulentos nos ofrece más de lo que necesitamos.

Como dijo alguien, «nos hacen publicidad para que compremos productos que no necesitamos y que no podemos pagar». Es un poco lo que está ocurriendo.

Y creo que tenemos que salir de esta crisis, y no me refiero tanto a la sanitaria, sino a la ambiental, centrándonos en la austeridad, en lo que es esencial y en respetar más la naturaleza. Si no lo hacemos, vamos a acabar mal.

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