24 de abril 2015    /   IDEAS
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¡Vota, hipster! (aunque te la sude la política)

24 de abril 2015    /   IDEAS     por          
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Hay algo muy jodido en mi generación relacionado con la política: la abulia papeletil. La falta de voluntad votante. Cuando realizo breves encuestas en mis círculos, la mayoría de mis amigos y conocidos confiesan que 1) Se la suda la política, 2) Creen que todos los políticos son iguales (sobreentiendo «igual de malos») y 3) Están seguros de no poder cambiar nada voten o no. Así que normalmente no lo hacen, o lo hacen dentro del contexto de una obligada tradición familiar. Como las uvas en nochevieja o los cinco días en agosto con los abuelos. ¿A quién votamos este año, mamá?
Luego los partidos electos cometen atrocidades y esos mismos amigos y conocidos empapelan los muros de sus redes con mensajes de protesta. El conocido fenómeno del pasado Día del Libro, que viene a ser: no he leído un puto libro en mi vida pero comparto mi amor por la lectura con el hashtag oficial. Esta necesidad de estar en tendencia social manifiesta el doble rasero de la generación Y: por una parte se declaran nihilistas sociales; por la otra son los perfectos hijos del sistema, incapaces de no aportar su granito de Twitter al hito diario.

La mayoría de mis amigos confiesan que se la suda la política


Me preocupa todo esto y me hace preguntarme si será problema de mis círculos. Quizá tenga que rechazar la compañía de tanto publicitario y acercarme a una facultad de Filosofía. Allí espero encontrarme grupos compactos de marxistas-leninistas orinando sobre el busto de Hobbes, pero ellos son lo que en mi profesión se conoce como «público nicho». No me sirven. Necesito detectar inquietudes en el target mainstream, cuyo mejor arquetipo está constituido por mis amigos. Los hipsters de profesión. Portadores de emblemas punk en camisetas de Zara.
¿Y si fuera yo el que se equivoca? ¿Y si cada uno de ellos tuviese razón en su pasotismo? Mi propio «compromiso» político me es ajeno. Inculcado por vía paterna. Dudo mucho que me pasase las mismas horas leyendo editoriales si en las sobremesas de mi vida se hubiese hablado de la Champions. Recuerdo vívidamente el disgusto de mi madre cuando Aznar fue reelegido presidente. La misma mujer que suele entonar La Internacional mientras cocina y habla con nostalgia del espíritu sindical de mi abuelo. En la entrada de la que era mi casa todavía hay una pancarta que mi padre dibujó para marchar contra la guerra de Irak. Una paloma con una rama de olivo en el pico sobre cartulina blanca.

Que lo banalicen, pero que voten. Que le resten trascendencia al acto, pero que lo lleven a cabo


Alejado del seno familiar, me descubro en mi vida adulta compartiendo el mismo gesto céreo ante las encuestas que los que me dieron apellido. Y tengo ganas de salir corriendo a pedir una solicitud de certificado de empadronamiento en Madrid, una partida de nacimiento en Lavapiés, un título de laísta; lo que haga falta para poder votar en la capital y evitar que repitan victoria las viejas gaviotas. Pero las municipales están demasiado cerca y dudo mucho que llegue a tiempo de legalizarme a la velocidad del caballo-malo-de-la-película en que se tramitan los asuntos ministeriales.
Por eso comienzo a escribir este texto populista, deseando que algún joven moderno censado en el Centro recoja el testigo y se acerque por su colegio. Sin importar que se haga o no un selfi con los miembros de la mesa electoral, escriba un tuit ácido en referencia a lo mal trazado que está el logo en la papeleta de Ganemos Madrid, o comparta un nostálgico estado en Facebook para hablar de las sensaciones de volver a pisar un aula de la ESO. Me la suda. Que lo banalicen, pero que voten. Que le resten trascendencia al acto, pero que lo lleven a cabo. Aun sin creer en ello. Aun creyendo que pierden el tiempo que podrían emplear en una sesión de Cross Fit. Podemos empezar a jugar con ventaja. Los malignos no cuentan con que nos aburramos de Instagram y salvemos el mundo.
 
Foto de portada: Everett Historical/Shutterstock

Hay algo muy jodido en mi generación relacionado con la política: la abulia papeletil. La falta de voluntad votante. Cuando realizo breves encuestas en mis círculos, la mayoría de mis amigos y conocidos confiesan que 1) Se la suda la política, 2) Creen que todos los políticos son iguales (sobreentiendo «igual de malos») y 3) Están seguros de no poder cambiar nada voten o no. Así que normalmente no lo hacen, o lo hacen dentro del contexto de una obligada tradición familiar. Como las uvas en nochevieja o los cinco días en agosto con los abuelos. ¿A quién votamos este año, mamá?
Luego los partidos electos cometen atrocidades y esos mismos amigos y conocidos empapelan los muros de sus redes con mensajes de protesta. El conocido fenómeno del pasado Día del Libro, que viene a ser: no he leído un puto libro en mi vida pero comparto mi amor por la lectura con el hashtag oficial. Esta necesidad de estar en tendencia social manifiesta el doble rasero de la generación Y: por una parte se declaran nihilistas sociales; por la otra son los perfectos hijos del sistema, incapaces de no aportar su granito de Twitter al hito diario.

La mayoría de mis amigos confiesan que se la suda la política


Me preocupa todo esto y me hace preguntarme si será problema de mis círculos. Quizá tenga que rechazar la compañía de tanto publicitario y acercarme a una facultad de Filosofía. Allí espero encontrarme grupos compactos de marxistas-leninistas orinando sobre el busto de Hobbes, pero ellos son lo que en mi profesión se conoce como «público nicho». No me sirven. Necesito detectar inquietudes en el target mainstream, cuyo mejor arquetipo está constituido por mis amigos. Los hipsters de profesión. Portadores de emblemas punk en camisetas de Zara.
¿Y si fuera yo el que se equivoca? ¿Y si cada uno de ellos tuviese razón en su pasotismo? Mi propio «compromiso» político me es ajeno. Inculcado por vía paterna. Dudo mucho que me pasase las mismas horas leyendo editoriales si en las sobremesas de mi vida se hubiese hablado de la Champions. Recuerdo vívidamente el disgusto de mi madre cuando Aznar fue reelegido presidente. La misma mujer que suele entonar La Internacional mientras cocina y habla con nostalgia del espíritu sindical de mi abuelo. En la entrada de la que era mi casa todavía hay una pancarta que mi padre dibujó para marchar contra la guerra de Irak. Una paloma con una rama de olivo en el pico sobre cartulina blanca.

Que lo banalicen, pero que voten. Que le resten trascendencia al acto, pero que lo lleven a cabo


Alejado del seno familiar, me descubro en mi vida adulta compartiendo el mismo gesto céreo ante las encuestas que los que me dieron apellido. Y tengo ganas de salir corriendo a pedir una solicitud de certificado de empadronamiento en Madrid, una partida de nacimiento en Lavapiés, un título de laísta; lo que haga falta para poder votar en la capital y evitar que repitan victoria las viejas gaviotas. Pero las municipales están demasiado cerca y dudo mucho que llegue a tiempo de legalizarme a la velocidad del caballo-malo-de-la-película en que se tramitan los asuntos ministeriales.
Por eso comienzo a escribir este texto populista, deseando que algún joven moderno censado en el Centro recoja el testigo y se acerque por su colegio. Sin importar que se haga o no un selfi con los miembros de la mesa electoral, escriba un tuit ácido en referencia a lo mal trazado que está el logo en la papeleta de Ganemos Madrid, o comparta un nostálgico estado en Facebook para hablar de las sensaciones de volver a pisar un aula de la ESO. Me la suda. Que lo banalicen, pero que voten. Que le resten trascendencia al acto, pero que lo lleven a cabo. Aun sin creer en ello. Aun creyendo que pierden el tiempo que podrían emplear en una sesión de Cross Fit. Podemos empezar a jugar con ventaja. Los malignos no cuentan con que nos aburramos de Instagram y salvemos el mundo.
 
Foto de portada: Everett Historical/Shutterstock

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Opiniones 5
  • De los fabulosos creadores de «es absurdo un diccionario politicamente correcto» en el que se defendian las actitudes racistas de los perros comepollas de la rae nos llega el fantastiquisimo «Vota hipster (aunque te sude la polla)» un escalofriante documento en el que el genial nestor gandara nos da las claves para la sociedad del futuro, aunque use racionamientos tan manidos como es el de recriminar a los abstencionistas su derecho a quejarse no os dejeis engañar, su mensaje es claro y potente:
    «Debes votar, es asi y punto, por que te lo digo yo, que soy listo de cojones y de esto entiendo que te cagas, que yo he mamado politica en mi casa por que mi mami cantaba la internacional, y mi papi hace pancartas pa manifas, ademas si no lo haces es por que eres un pasota hipster».
    Fuera de coña, no hay moscas en el mundo suficientes para comerse esa mierda.
    Ahora te voy a decir yo por que EN MI OPINIÓN hay que optar entre votar y NO votar:
    Hay que votar si estas de acuerdo con las reglas del juego, al partido que prefieras, por otro lado si estas de acuerdo con las reglas del juego pero ningun partido te gusta debes votar en blanco.
    Pero los que no estan deacuerdo con las reglas del juego no pueden votar en blanco por que eso reafirma y fortalece al sistema y tampoko debes votar a ningun partido, yo en concreto no lo hago por que son todos primariamente oligárquicos.
    La abstencion es un DERECHO tan importante como la de ejercer el voto, y de echo, si piensas como yo en conciencia debes abstenerte sin tener en cuenta las consecuencias de si favorece a un partido o a otro por que el dia que esta abstencion llegue a cotas altas no habra mas remedio que revisar y rediseñar la constitucion y esta es la unica manera real y pacifika para que la clase politica ceda a los derechos de las personas, revisar la constitucion.
    Me gusta yorokobu, el lenguaje, las formas.. pero cuando os liais a soltar conocimientos empiricos casi cientificos sobre asuntos en los que no deberiais mas que entonar una humilde opinion lo que haceis es CAGARLA.

    • Muy en desacuerdo con el artículo.
      Las tentativas reformistas izquierdosas de siempre. Votar es respaldar las reglas del juego, las reglas de un juego injusto y brutal. Hace poco pude ver que ofrecían algún puesto para escribir en la revista, a ver si dejan de ser tan «apolíticos» y contratan jóvenes con inquietudes filosoficas, sociales y políticas.

  • En serio?? Te han dejado publicar este artículo?
    Votar es un derecho. No votar es tan parte del juego y tan significativo como lo contrario. Mandar a tus amigos pasotas a votar sin que se informen o sin que tengan ni idea es casi más peligroso… Y sí, aunque no voten, pueden quejarse después, para eso forman parte del sistema.

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