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10 de febrero 2017    /   DIGITAL
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El viejo y querido manzanófono

10 de febrero 2017    /   DIGITAL     por          
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En 1983, el iPhone tenía el aspecto de un teléfono fijo, con su cable en espiral saliendo de un auricular sinuoso que se posaba sobre una base enorme, con una rudimentaria pantalla táctil en blanco y negro que se manejaba con un lápiz. Era un diseño de Hartmut Esslinger, fundador de Frog Design, el hombre que convenció a Steve Jobs de iniciar una colaboración histórica mostrándole cuarenta prototipos entre los que se encontraba este primitivo manzanófono que hoy es una pieza de museo.

Un cachivache extraño, sin duda, aunque conservador si se compara con el terminal de una patente que Apple presentó un año antes, en 1982. Un móvil vetusto, de los de tapa, bastante aparatoso y pesado, con la forma (literal) de una manzana mordida, rabo incluido a modo de antena.

Aquellas tentativas lucen tan nefastas que no cuesta entender por qué el proyecto se quedó en un cajón hasta 2002, cuando Apple comenzó a trabajar en su 035, un prototipo con pantalla táctil que, por forma y tamaño, parecía más un iPad que un teléfono. Sin embargo, fue el origen del dispositivo revolucionario que sentó las bases de lo que debía ser un smartphone.

El concepto de iPhone siguió evolucionando. Un año antes de ver la luz, en 2006, en el seno de Apple se vivió una discusión sobre el aspecto que debía tener la interfaz. Por un lado, la de iOS que todos conocemos; por otro, la de un llamado AcornOS que replicaba, con escaso acierto, la experiencia de la rueda del iPod.

Afortunadamente, Jobs se decantó por la primera. «El iPhone es un producto mágico y revolucionario que está literalmente cinco años por delante de cualquier otro teléfono móvil», decía el fundador de Apple en la nota de prensa con que se anunciaba el iPhone original. «Todos hemos nacido con el puntero definitivo —nuestros dedos— y el iPhone los usa para crear la interfaz de usuario más revolucionaria desde el ratón». Tremendo acierto.

No hay ninguna posibilidad de que el iPhone vaya a tener una cuota significativa de mercado. Ninguna posibilidad

El invento más famoso de los últimos tiempos se presentó el 9 de enero de 2007, a eso de las 9:41 (ante merídiem de la costa oeste de los Estados Unidos), o al menos esa es la hora que ha quedado fijada para la posteridad en todo el material promocional del iPhone. Si el manzanófono aparece en un anuncio, eso es lo que pone en la parte superior de su pantalla.

Sin embargo, el terminal que acompañaba a Steve Jobs cuando subió al escenario del Macworld funcionaba a duras penas. Los ingenieros de Apple habían descubierto, a golpe de ensayo y error, que ciertas funciones del teléfono tendían a fallar después de otras, así que diseñaron una ruta perfecta (la llamada golden path) que, seguida a rajatabla, permitió al visionario mostrar al mundo las virtudes del teléfono sin el bochorno de un fallo inesperado.

Estaba tan seguro de sí mismo que se permitió una broma. La primera falsa llamada con un iPhone, cual Bart Simpson telefoneando al bar de Moe, la realizó el mismísimo cofundador de Apple durante la presentación. Una anónima empleada de Starbucks levantó el auricular al otro lado de la línea. No sabía que estaba haciendo historia.

De hecho, nadie era capaz de vislumbrar el alcance que tendría aquel dispositivo. Precisamente en 2007, la revista Time proclamó a Nokia «invicto rey de los smartphones» en su prestigiosa portada. El fabricante coreano LG llegó a decir del diseño del primer iPhone que era un plagio de su LG Prada. El presidente de Samsung afirmó que «la popularidad del iPhone era simple consecuencia de la emoción causada por algunos fanáticos» de Apple. Las palabras de Steve Ballmer, por aquel entonces al frente de Microsoft, son inolvidables: «No hay ninguna posibilidad de que el iPhone vaya a tener una cuota significativa de mercado. Ninguna posibilidad».

Según cuentan, Mike Lazaridis, cofundador de RIM (la empresa detrás de la Blackberry) estaba en su casa, ejercitándose en su cinta de correr, cuando vio por primera vez el iPhone en la tele. Había algo en aquel nuevo dispositivo que no le cuadraba: era como si Apple hubiera metido un Mac dentro de un móvil. No tenía sentido.

Sin embargo, se dice que los ingenieros que estaban trabajando por aquel entonces en el desarrollo de Android lo vieron de otra forma. Toda su labor hasta el momento se había centrado en diseñar un sistema operativo para terminales tipo Blackberry, con teclado QWERTY. El iPhone vio la luz y tuvieron que empezar de cero. Hasta Hugo Chávez, líder de Venezuela e icono del socialismo, quiso ser Steve Jobs con Vergatario, su «iPhone bolivariano». Lo presentó con todo el ceremonial de una keynote en Aló, Presidente allá por mayo de 2009.

Objeto de deseo y controversia versión tras versión, el iPhone lleva diez años dando guerra. Como un estudio demostró en 2011 analizando el cerebro de los usuarios mediante resonancias magnéticas, lo que sienten por el manzanófono es amor, no se llama obsesión. Quizá son adictos al smartphone, pero el buque insignia de Apple es más una novia que un efímero rollete de Tinder. Feliz cumpleaños, iPhone. Que cumplas muchos más.

En 1983, el iPhone tenía el aspecto de un teléfono fijo, con su cable en espiral saliendo de un auricular sinuoso que se posaba sobre una base enorme, con una rudimentaria pantalla táctil en blanco y negro que se manejaba con un lápiz. Era un diseño de Hartmut Esslinger, fundador de Frog Design, el hombre que convenció a Steve Jobs de iniciar una colaboración histórica mostrándole cuarenta prototipos entre los que se encontraba este primitivo manzanófono que hoy es una pieza de museo.

Un cachivache extraño, sin duda, aunque conservador si se compara con el terminal de una patente que Apple presentó un año antes, en 1982. Un móvil vetusto, de los de tapa, bastante aparatoso y pesado, con la forma (literal) de una manzana mordida, rabo incluido a modo de antena.

Aquellas tentativas lucen tan nefastas que no cuesta entender por qué el proyecto se quedó en un cajón hasta 2002, cuando Apple comenzó a trabajar en su 035, un prototipo con pantalla táctil que, por forma y tamaño, parecía más un iPad que un teléfono. Sin embargo, fue el origen del dispositivo revolucionario que sentó las bases de lo que debía ser un smartphone.

El concepto de iPhone siguió evolucionando. Un año antes de ver la luz, en 2006, en el seno de Apple se vivió una discusión sobre el aspecto que debía tener la interfaz. Por un lado, la de iOS que todos conocemos; por otro, la de un llamado AcornOS que replicaba, con escaso acierto, la experiencia de la rueda del iPod.

Afortunadamente, Jobs se decantó por la primera. «El iPhone es un producto mágico y revolucionario que está literalmente cinco años por delante de cualquier otro teléfono móvil», decía el fundador de Apple en la nota de prensa con que se anunciaba el iPhone original. «Todos hemos nacido con el puntero definitivo —nuestros dedos— y el iPhone los usa para crear la interfaz de usuario más revolucionaria desde el ratón». Tremendo acierto.

No hay ninguna posibilidad de que el iPhone vaya a tener una cuota significativa de mercado. Ninguna posibilidad

El invento más famoso de los últimos tiempos se presentó el 9 de enero de 2007, a eso de las 9:41 (ante merídiem de la costa oeste de los Estados Unidos), o al menos esa es la hora que ha quedado fijada para la posteridad en todo el material promocional del iPhone. Si el manzanófono aparece en un anuncio, eso es lo que pone en la parte superior de su pantalla.

Sin embargo, el terminal que acompañaba a Steve Jobs cuando subió al escenario del Macworld funcionaba a duras penas. Los ingenieros de Apple habían descubierto, a golpe de ensayo y error, que ciertas funciones del teléfono tendían a fallar después de otras, así que diseñaron una ruta perfecta (la llamada golden path) que, seguida a rajatabla, permitió al visionario mostrar al mundo las virtudes del teléfono sin el bochorno de un fallo inesperado.

Estaba tan seguro de sí mismo que se permitió una broma. La primera falsa llamada con un iPhone, cual Bart Simpson telefoneando al bar de Moe, la realizó el mismísimo cofundador de Apple durante la presentación. Una anónima empleada de Starbucks levantó el auricular al otro lado de la línea. No sabía que estaba haciendo historia.

De hecho, nadie era capaz de vislumbrar el alcance que tendría aquel dispositivo. Precisamente en 2007, la revista Time proclamó a Nokia «invicto rey de los smartphones» en su prestigiosa portada. El fabricante coreano LG llegó a decir del diseño del primer iPhone que era un plagio de su LG Prada. El presidente de Samsung afirmó que «la popularidad del iPhone era simple consecuencia de la emoción causada por algunos fanáticos» de Apple. Las palabras de Steve Ballmer, por aquel entonces al frente de Microsoft, son inolvidables: «No hay ninguna posibilidad de que el iPhone vaya a tener una cuota significativa de mercado. Ninguna posibilidad».

Según cuentan, Mike Lazaridis, cofundador de RIM (la empresa detrás de la Blackberry) estaba en su casa, ejercitándose en su cinta de correr, cuando vio por primera vez el iPhone en la tele. Había algo en aquel nuevo dispositivo que no le cuadraba: era como si Apple hubiera metido un Mac dentro de un móvil. No tenía sentido.

Sin embargo, se dice que los ingenieros que estaban trabajando por aquel entonces en el desarrollo de Android lo vieron de otra forma. Toda su labor hasta el momento se había centrado en diseñar un sistema operativo para terminales tipo Blackberry, con teclado QWERTY. El iPhone vio la luz y tuvieron que empezar de cero. Hasta Hugo Chávez, líder de Venezuela e icono del socialismo, quiso ser Steve Jobs con Vergatario, su «iPhone bolivariano». Lo presentó con todo el ceremonial de una keynote en Aló, Presidente allá por mayo de 2009.

Objeto de deseo y controversia versión tras versión, el iPhone lleva diez años dando guerra. Como un estudio demostró en 2011 analizando el cerebro de los usuarios mediante resonancias magnéticas, lo que sienten por el manzanófono es amor, no se llama obsesión. Quizá son adictos al smartphone, pero el buque insignia de Apple es más una novia que un efímero rollete de Tinder. Feliz cumpleaños, iPhone. Que cumplas muchos más.

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