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27 de marzo 2018    /   DIGITAL
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¿Por qué necesitamos poder ser anónimos en las redes?

27 de marzo 2018    /   DIGITAL     por          
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El nombre, el apellido y la cara te definen, te hacen inconfundible, y en consecuencia sirven como forma de controlarte. Cuando te conviertes en sospechoso, la policía te fotografía de frente y de perfil, y graba tu nombre en una ficha: el primer paso para quedar a expensas del poder, para desarmarte, es atarte a tu nombre.

El mundo virtual ha permitido a todo usuario que lo desee desvincularse de su identidad y sentirse algo más libre. Como respuesta, surgen tentativas de limitarlo: de la última hace solo unas semanas y se escuchó en España. El Gobierno propuso acabar con el anonimato virtual para que la policía no pierda «un tiempo precioso» en detectar a quienes incurran en posibles delitos de odio.

La propuesta se anunció después de que un tuitero escribiera a la diputada Alicia Sánchez Camacho: «A ti te tendría que haber encontrado la manada», en alusión a los presuntos violadores de los Sanfermines. Pero también China cercenó el anonimato en 2017 en lo que se ha considerado como una invitación a los usuarios para que se autocensuren. Y Rusia, por su parte, lanzó un proyecto de ley para obligar a las redes a verificar la información personal de los usuarios.

Tuits amenazantes o insultantes de usuarios con menos de 100 seguidores salen publicados en televisión y adquieren una relevancia desproporcionada

La posibilidad de opinar y expresarse de incógnito se limitaba durante siglos a quienes escribían en la prensa y decidían trabajar bajo seudónimo y sin desvelar su autoría. La eclosión de internet y de las redes sociales abrió una esfera pública alternativa y de libre acceso: el derecho al anonimato se democratizó, pero trajo, a su vez, problemas: decenas de usuarios que se entretienen amenazando, calumniando e injuriando a otros.

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¿Serviría de algo prohibir el anonimato? ¿La medida afectaría más a los usuarios sádicos o a quienes emplean la red para ejercer su libertad de expresión? ¿Censurar el anonimato limita la libertad de expresión y de opinión?

El anonimato, en realidad, apenas existe. Lo explica el sociólogo experto en redes Javier de Rivera: «No se es anónimo a no ser que se usen mecanismos de encriptación de la IP muy complicados. Por lo general, es muy fácil saber quién eres. Tiene que haber una orden judicial y la empresa que da la conexión a internet debe proveer los datos». Rivera precisa que hay un anonimato de cara a otros usuarios, pero no un anonimato total.

Hace falta orden judicial. Es decir, si el usuario ha cometido un delito, se le localiza y se le procesa. La ley actual ya permite actuar contra los infractores. Entonces, ¿cuál es la intención de la propuesta? ¿Se quiere limitar otra cosa de forma colateral? Quizás se comprenda mejor la intención si se examina qué aporta el anonimato a quienes optan por emplearlo.

Facebook y Twitter: autocensura y libertad

En la primera etapa de evolución de las redes, la costumbre era usar nicks y seudónimos en chats y foros. Pero, paulatinamente, con la irrupción de Messenger, y más tarde de Facebook, la dinámica de relación social online se fue enfocando en las personas conocidas a las que había que agregar o aceptar. «Vamos cada vez a una mayor identificación como activo para la persona. En Facebook, muestras tu identidad de forma abierta y eso te da atractivo: gestionas lo que llaman marca personal. Las lógicas de gestión de empresa se trasladan al individuo», desarrolla De Rivera.

La posibilidad de esconderse tras un personaje garantiza una importante cuota de libertad, y esa opción encaja mejor en la lógica de Twitter. «El formato que propone Facebook es un modelo de autolimitación, de autocensura; modelas la expresión de ti mismo en función de objetivos personales. En cambio, Twitter pide lo contrario, que te expreses como se te ocurra». Servirse de una identidad anónima, argumenta el sociólogo, salvaguarda la privacidad y el derecho de hablar sin que te juzguen.

El tuitero @norcoreano lo expresó así en su cuenta: «Twitter se convirtió en un lugar diferente porque la gente debatía y bromeaba fuera de los márgenes de la corrección social. Twitter, sin anonimato, sería un lugar convencional de gente convencional; sería Facebook».

Por otro lado, en la cultura de la sobreexposición del yo, Twitter desahoga: «Prioriza la información; es una red de contenido y te permite esas identidades líquidas que no representan a una persona, sino a una parte de ella… Que se pida la identidad no tiene sentido», opina.

Se sobredimensionan las actuaciones reprochables y la limitación de la privacidad empieza a perfilarse como admisible para gran parte de la población

Un internet de usuarios fichados

Defender que, por principio, uno tiene que responsabilizarse de lo que piensa y de lo que comunica supone presumir que cualquier acto derivado de la libertad de expresión entraña un germen nocivo latente; implica asumir que las opiniones son materia imputable y, por lo tanto, deben rastrearse.

En 2015, el relator de la ONU en materia de libertad de expresión alentó a los Gobiernos a proteger el cifrado y el anonimato como garantías de la libertad y de la privacidad, es decir, como sustento de los pilares de sostenibilidad de todo sistema democrático. El relator rechazó que el uso del anonimato para cometer acciones delictivas legitimara a los Gobiernos a limitar ese derecho de manera automática.

En el caso de España, la medida que propuso el Gobierno, según explicaron, no trataría de imposibilitar el uso de nombres ficticios, sino de registrar y controlar la identidad que hay detrás de cada perfil. Es decir, internet se convertiría en un cosmos donde todos los usuarios estarían fichados (o más de lo que ya lo están).  

Sobre esto también habló el relator de la ONU: la ilusión de gozar de una protección de la privacidad al utilizar un seudónimo puede resultar más perjudicial que la prohibición a las claras porque el usuario se confía y, en cambio, después es fácilmente localizable.

La preservación de la identidad garantiza que ciertas críticas al poder y ciertos hechos puedan aflorar sin temor a represalias. Si quien ejerce el poder dispone de los datos de todos los usuarios, ese flujo de libertad y de cuestionamiento acabaría mermando.

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Durante el franquismo, algunos autores como Vázquez Montalbán escribían bajo seudónimo. No obstante, la censura, como ahora se pretende, conocía perfectamente al hombre que se parapetaba detrás.

Su historia refleja la libertad que concede a un autor cualquier tipo de cobijamiento de su nombre. Según contó en una entrevista con Roberta Erba, «el tono distante del que esté hablando otro personaje ayuda muchas veces a colar mensajes duros que a ti no te los aceptarían». Montalbán se sabía fichado, no tenía una ilusión de privacidad y, aun así, esa ocultación falsa, incluso en un régimen dictatorial, le permitía comunicarse con mayor holgura, aunque no con toda la que le habría otorgado permanecer totalmente oculto.

Las iniciativas para restringir el campo de libertad que despejaron las redes sociales e internet suelen apoyarse en argumentos de seguridad y de victimismo. En esto, la forma en que los medios masivos cubren lo que ocurre en el tejido virtual ha contribuido a exacerbar los recelos, sobre todo, entre quienes no conocen bien el funcionamiento de la red.

Tuits amenazantes o insultantes de usuarios con menos de 100 seguidores salen publicados en televisión y adquieren una relevancia desproporcionada. El victimismo es un argumento político y también un posicionamiento periodístico, editorial e ideológico (además de un efectivo cebo para la audiencia).

En este sentido, las redes ofrecen cantidades ingentes de alimento. «Internet tiene tal cantidad de opiniones y de material que prácticamente puedes hacerte un menú para decir o demostrar lo que quieras, pero no es representativo de nada. Se presta a una manipulación tremenda», medita De Rivera.

Como consecuencia, se sobredimensionan las actuaciones reprochables y la limitación de la privacidad empieza a perfilarse como admisible para gran parte de la población. Este tratamiento da alas a unos poderes políticos que saben bien que el primer paso para recortar un derecho es hacer que la gente lo contemple como un exceso intolerable.

El nombre, el apellido y la cara te definen, te hacen inconfundible, y en consecuencia sirven como forma de controlarte. Cuando te conviertes en sospechoso, la policía te fotografía de frente y de perfil, y graba tu nombre en una ficha: el primer paso para quedar a expensas del poder, para desarmarte, es atarte a tu nombre.

El mundo virtual ha permitido a todo usuario que lo desee desvincularse de su identidad y sentirse algo más libre. Como respuesta, surgen tentativas de limitarlo: de la última hace solo unas semanas y se escuchó en España. El Gobierno propuso acabar con el anonimato virtual para que la policía no pierda «un tiempo precioso» en detectar a quienes incurran en posibles delitos de odio.

La propuesta se anunció después de que un tuitero escribiera a la diputada Alicia Sánchez Camacho: «A ti te tendría que haber encontrado la manada», en alusión a los presuntos violadores de los Sanfermines. Pero también China cercenó el anonimato en 2017 en lo que se ha considerado como una invitación a los usuarios para que se autocensuren. Y Rusia, por su parte, lanzó un proyecto de ley para obligar a las redes a verificar la información personal de los usuarios.

Tuits amenazantes o insultantes de usuarios con menos de 100 seguidores salen publicados en televisión y adquieren una relevancia desproporcionada

La posibilidad de opinar y expresarse de incógnito se limitaba durante siglos a quienes escribían en la prensa y decidían trabajar bajo seudónimo y sin desvelar su autoría. La eclosión de internet y de las redes sociales abrió una esfera pública alternativa y de libre acceso: el derecho al anonimato se democratizó, pero trajo, a su vez, problemas: decenas de usuarios que se entretienen amenazando, calumniando e injuriando a otros.

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¿Serviría de algo prohibir el anonimato? ¿La medida afectaría más a los usuarios sádicos o a quienes emplean la red para ejercer su libertad de expresión? ¿Censurar el anonimato limita la libertad de expresión y de opinión?

El anonimato, en realidad, apenas existe. Lo explica el sociólogo experto en redes Javier de Rivera: «No se es anónimo a no ser que se usen mecanismos de encriptación de la IP muy complicados. Por lo general, es muy fácil saber quién eres. Tiene que haber una orden judicial y la empresa que da la conexión a internet debe proveer los datos». Rivera precisa que hay un anonimato de cara a otros usuarios, pero no un anonimato total.

Hace falta orden judicial. Es decir, si el usuario ha cometido un delito, se le localiza y se le procesa. La ley actual ya permite actuar contra los infractores. Entonces, ¿cuál es la intención de la propuesta? ¿Se quiere limitar otra cosa de forma colateral? Quizás se comprenda mejor la intención si se examina qué aporta el anonimato a quienes optan por emplearlo.

Facebook y Twitter: autocensura y libertad

En la primera etapa de evolución de las redes, la costumbre era usar nicks y seudónimos en chats y foros. Pero, paulatinamente, con la irrupción de Messenger, y más tarde de Facebook, la dinámica de relación social online se fue enfocando en las personas conocidas a las que había que agregar o aceptar. «Vamos cada vez a una mayor identificación como activo para la persona. En Facebook, muestras tu identidad de forma abierta y eso te da atractivo: gestionas lo que llaman marca personal. Las lógicas de gestión de empresa se trasladan al individuo», desarrolla De Rivera.

La posibilidad de esconderse tras un personaje garantiza una importante cuota de libertad, y esa opción encaja mejor en la lógica de Twitter. «El formato que propone Facebook es un modelo de autolimitación, de autocensura; modelas la expresión de ti mismo en función de objetivos personales. En cambio, Twitter pide lo contrario, que te expreses como se te ocurra». Servirse de una identidad anónima, argumenta el sociólogo, salvaguarda la privacidad y el derecho de hablar sin que te juzguen.

El tuitero @norcoreano lo expresó así en su cuenta: «Twitter se convirtió en un lugar diferente porque la gente debatía y bromeaba fuera de los márgenes de la corrección social. Twitter, sin anonimato, sería un lugar convencional de gente convencional; sería Facebook».

Por otro lado, en la cultura de la sobreexposición del yo, Twitter desahoga: «Prioriza la información; es una red de contenido y te permite esas identidades líquidas que no representan a una persona, sino a una parte de ella… Que se pida la identidad no tiene sentido», opina.

Se sobredimensionan las actuaciones reprochables y la limitación de la privacidad empieza a perfilarse como admisible para gran parte de la población

Un internet de usuarios fichados

Defender que, por principio, uno tiene que responsabilizarse de lo que piensa y de lo que comunica supone presumir que cualquier acto derivado de la libertad de expresión entraña un germen nocivo latente; implica asumir que las opiniones son materia imputable y, por lo tanto, deben rastrearse.

En 2015, el relator de la ONU en materia de libertad de expresión alentó a los Gobiernos a proteger el cifrado y el anonimato como garantías de la libertad y de la privacidad, es decir, como sustento de los pilares de sostenibilidad de todo sistema democrático. El relator rechazó que el uso del anonimato para cometer acciones delictivas legitimara a los Gobiernos a limitar ese derecho de manera automática.

En el caso de España, la medida que propuso el Gobierno, según explicaron, no trataría de imposibilitar el uso de nombres ficticios, sino de registrar y controlar la identidad que hay detrás de cada perfil. Es decir, internet se convertiría en un cosmos donde todos los usuarios estarían fichados (o más de lo que ya lo están).  

Sobre esto también habló el relator de la ONU: la ilusión de gozar de una protección de la privacidad al utilizar un seudónimo puede resultar más perjudicial que la prohibición a las claras porque el usuario se confía y, en cambio, después es fácilmente localizable.

La preservación de la identidad garantiza que ciertas críticas al poder y ciertos hechos puedan aflorar sin temor a represalias. Si quien ejerce el poder dispone de los datos de todos los usuarios, ese flujo de libertad y de cuestionamiento acabaría mermando.

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Durante el franquismo, algunos autores como Vázquez Montalbán escribían bajo seudónimo. No obstante, la censura, como ahora se pretende, conocía perfectamente al hombre que se parapetaba detrás.

Su historia refleja la libertad que concede a un autor cualquier tipo de cobijamiento de su nombre. Según contó en una entrevista con Roberta Erba, «el tono distante del que esté hablando otro personaje ayuda muchas veces a colar mensajes duros que a ti no te los aceptarían». Montalbán se sabía fichado, no tenía una ilusión de privacidad y, aun así, esa ocultación falsa, incluso en un régimen dictatorial, le permitía comunicarse con mayor holgura, aunque no con toda la que le habría otorgado permanecer totalmente oculto.

Las iniciativas para restringir el campo de libertad que despejaron las redes sociales e internet suelen apoyarse en argumentos de seguridad y de victimismo. En esto, la forma en que los medios masivos cubren lo que ocurre en el tejido virtual ha contribuido a exacerbar los recelos, sobre todo, entre quienes no conocen bien el funcionamiento de la red.

Tuits amenazantes o insultantes de usuarios con menos de 100 seguidores salen publicados en televisión y adquieren una relevancia desproporcionada. El victimismo es un argumento político y también un posicionamiento periodístico, editorial e ideológico (además de un efectivo cebo para la audiencia).

En este sentido, las redes ofrecen cantidades ingentes de alimento. «Internet tiene tal cantidad de opiniones y de material que prácticamente puedes hacerte un menú para decir o demostrar lo que quieras, pero no es representativo de nada. Se presta a una manipulación tremenda», medita De Rivera.

Como consecuencia, se sobredimensionan las actuaciones reprochables y la limitación de la privacidad empieza a perfilarse como admisible para gran parte de la población. Este tratamiento da alas a unos poderes políticos que saben bien que el primer paso para recortar un derecho es hacer que la gente lo contemple como un exceso intolerable.

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Opiniones 1
  • Si no fuéramos anónimos a mi ya me habrían matado unas 20 veces, la cantidad de amenazas de muerte que me he llevado por disentir con el pensamiento único que se está instalando en la sociedad española, donde sigue existiendo un número muy alto de analfabetos racistas, machistas y fascistas, dispuestos a resolver con violencia no que no saben argumentar con palabras.

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