11 de junio 2021    /   IDEAS
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Ansiedad telefónica: el odio millennial a hablar por el móvil

Ni llaman ni contestan las llamadas. La 'generación muda', criada en plena revolución tecnológica, se enfrenta a un agobio paralizante cada vez que suena el teléfono

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Suena el teléfono y el pulgar se apresura a rechazar esa llamada inoportuna. La idea de contestar se antoja irritante o incluso angustiosa. Otro timbrazo y de nuevo el pulgar se estampa contra la tecla roja. Frente a tanta insistencia, los dedos acribillan el teclado y envían un mensaje: «Me has llamado. ¿Pasa algo? Mejor, escríbeme por aquí».

Hay quien califica de telefonofobia a este comportamiento, aunque la culpa de tal reacción a las llamadas no la tiene el aparato en sí. Más bien se trata del rechazo a descolgar y llevarse el auricular a la oreja, una aversión tan común entre los jóvenes que los milenials se han ganado el apodo de Generación Muda entre los profesionales de la comunicación.

Una reciente encuesta de la compañía BankMyCell revela que el 81% de los estadounidenses de entre 22 y 37 años siente aprensión ansiosa antes de reunir el valor suficiente para realizar una llamada. En España, WhatsApp fue el canal favorito del 96,8% de los jóvenes de entre 14 y 24 años para comunicarse con familiares y amigos en 2018, según el Panel de Hogares de la Comisión Nacional de los Mercados y la Competencia.

La ansiedad telefónica de los millennials resulta paradójica porque se da precisamente entre quienes usan el móvil todo el tiempo y para hacer de todo… menos hablar.

Pero es que esta generación es coetánea de internet, y maduró a la vez que se desarrollaron las apps, la mensajería instantánea y las redes sociales. No es raro, entonces, que sus usos y costumbres comunicativas sean distintas a los de sus padres y abuelos.

La ansiedad telefónica de los milenials resulta paradójica porque se da precisamente entre quienes usan el móvil todo el tiempo y para hacer de todo… menos hablar

DAME TU NÚMERO Y JAMÁS TE LLAMARÉ

Cecilia tiene 25 años y es estudiante de arquitectura. Hace un tiempo empezó a notar que le costaba hablar por teléfono, pero ahora lo pasa todavía peor. «Si la llamada es sin previo aviso, se me suelen acelerar el ritmo cardíaco y la respiración», relata. «Siempre usaré el chat como primera opción si debo contactar a alguien. Creo que todo puede hablarse por chat; las llamadas las veo como un recurso final, un caso de emergencia».

Para la gente de la edad de Cecilia no hay forma de comunicación más ineficiente que una llamada telefónica. Los jóvenes las evitan porque temen que se alarguen hasta el infinito, ya que no entienden sus dispositivos como artefactos diseñados para conversar horas y horas. Tampoco les gusta que la melodía o la vibración del móvil interrumpa sus actividades. Es más: llegan a considerarlo un gesto de prepotencia por parte del interlocutor, que impone su deseo de hablar sin importar que al otro le venga bien (o le apetezca) responder.

Ese es el quid de la cuestión: los milenials se desenvuelven con soltura siempre que puedan interactuar como y cuando quieran, pero las conversaciones a distancia en tiempo real les provocan ansiedad.

«La comunicación telefónica implica un diálogo, un ida y vuelta», explica Roberto Balaguer, psicólogo especializado en tecnología, educación y juventud. «El tema es esa bidireccionalidad sincrónica donde hay tiempos muertos, conversaciones con altos y bajos. Eso cuesta mucho».

Las expresiones faciales, los movimientos de las manos y otras herramientas de la expresividad no tienen cabida en una llamada de teléfono, lo cual da pie a un sinfín de situaciones incómodas como las que describe el experto. Por no hablar de que un mensaje de texto se puede redactar, editar, repasar e incluso mostrar a alguien de confianza antes de darle al botón de enviar. Al teléfono eso es imposible, y la tensión del directo bloquea a los jóvenes, que se sienten expuestos y vulnerables.

Así, las notas de voz no resultan tan desagradables (se pueden revisar antes de entregarlas y escuchar las respuestas en cualquier momento), mientras que las videollamadas constituyen el summum del agobio: no es solo que la otra persona te vea a través de la cámara, es que encima tienes que ver tu propia cara en la pantalla durante toda la conversación.

En las videollamadas, además, hay que hacer un esfuerzo especial por estar presente y demostrar interés. También hay que aguantar las vicisitudes técnicas del vis a vis en dos dimensiones, con sus voces medio electrónicas, la asincronía puntual de imagen y sonido y demás molestias que restan naturalidad a la interacción. La ansiedad derivada de esta forma de comunicación ya tiene nombre propio: es conocida como Zoom anxiety.

ansiedad teléfonica millenial

GENERACIÓN SILENCIOSA, GENERACIÓN ANSIOSA

Después de la llamada viene la rayada. Los milenials repasan mentalmente la conversación mantenida y se fustigan por sus errores: los silencios, las frases a trompicones, la información que se han perdido por distraerse (¡con lo fácil que es releer un mensaje guardado para siempre en el chat!), la despedida forzada. Sobre el malestar que se sufre antes y durante la llamada luego se amontona la comezón posterior.

Aunque la ansiedad telefónica no tiene por qué ir aparejada a la ansiedad social, puesto que para los jóvenes es peor marcar un número que hablar cara a cara, las consecuencias de rehuir el auricular pueden jugarles una mala pasada.

Acostumbrados a la palabra escrita, los likes, los emojis y los stickers, donde ni se la ve ni se la oye, la generación muda solo recurre al teléfono cuando no hay alternativa, como al atender una llamada de trabajo o concertar una cita médica. Si no se exponen al teléfono con regularidad, pierden práctica en la conversación, así como la oportunidad de atenuar poco a poco su tirria a hablar por el móvil. Por otro lado, el abuso de la mensajería instantánea puede conducir a carencias comunicativas también en lo personal.

Los milenials, que tienen la tecnología integrada en sus vidas, tienen pánico al teléfono, y no es solo una cuestión de cultura digital, sino que también les afecta el mundo caótico en el que han crecido. No solo es muda: esta también es la generación de la ansiedad.

«A los milenials nos ha tocado vivir en un contexto muy cambiante, con alta incertidumbre y sin precedentes. Somos la generación del empleo intermitente, de la emancipación intermitente, de las relaciones intermitentes y, en general, de las preguntas sin respuesta», declara Raquel Moyá, fundadora del portal de psicología online Y Psi Hablamos. «No estamos hechos para cambiar constantemente, y eso es un poco lo que nos está pasando».

Su compañero Luis Gómez, psicólogo del portal, piensa que el cambio de paradigma «no necesariamente tiene que ser concebido como un problema, sino como una evolución o transformación comunicativa debido también a los cambios en el estilo de vida de esta generación». Tal vez sean los mayores los que deban adaptarse a los jóvenes.

Muchas empresas ya lo están haciendo, por ejemplo, ofreciendo atención al cliente a través de chats y hasta en WhatsApp. Balaguer opina que en el futuro «la llamada se va a ver acotada porque no va a tener la misma utilidad que tenía en otro tiempo».

Hasta entonces, los psicólogos recomiendan aprender a gestionar la ansiedad telefónica: identificar y analizar la fuente del temor, trabajar el diálogo interno, practicar llamadas falsas o con amigos, imaginar resultados positivos… O, como hace Cecilia, «respirar profundo y esperar lo mejor cuando no queda otra opción que llamar o contestar la llamada».

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Hay quien califica de telefonofobia a este comportamiento, aunque la culpa de tal reacción a las llamadas no la tiene el aparato en sí. Más bien se trata del rechazo a descolgar y llevarse el auricular a la oreja, una aversión tan común entre los jóvenes que los milenials se han ganado el apodo de Generación Muda entre los profesionales de la comunicación.

Una reciente encuesta de la compañía BankMyCell revela que el 81% de los estadounidenses de entre 22 y 37 años siente aprensión ansiosa antes de reunir el valor suficiente para realizar una llamada. En España, WhatsApp fue el canal favorito del 96,8% de los jóvenes de entre 14 y 24 años para comunicarse con familiares y amigos en 2018, según el Panel de Hogares de la Comisión Nacional de los Mercados y la Competencia.

La ansiedad telefónica de los millennials resulta paradójica porque se da precisamente entre quienes usan el móvil todo el tiempo y para hacer de todo… menos hablar.

Pero es que esta generación es coetánea de internet, y maduró a la vez que se desarrollaron las apps, la mensajería instantánea y las redes sociales. No es raro, entonces, que sus usos y costumbres comunicativas sean distintas a los de sus padres y abuelos.

La ansiedad telefónica de los milenials resulta paradójica porque se da precisamente entre quienes usan el móvil todo el tiempo y para hacer de todo… menos hablar

DAME TU NÚMERO Y JAMÁS TE LLAMARÉ

Cecilia tiene 25 años y es estudiante de arquitectura. Hace un tiempo empezó a notar que le costaba hablar por teléfono, pero ahora lo pasa todavía peor. «Si la llamada es sin previo aviso, se me suelen acelerar el ritmo cardíaco y la respiración», relata. «Siempre usaré el chat como primera opción si debo contactar a alguien. Creo que todo puede hablarse por chat; las llamadas las veo como un recurso final, un caso de emergencia».

Para la gente de la edad de Cecilia no hay forma de comunicación más ineficiente que una llamada telefónica. Los jóvenes las evitan porque temen que se alarguen hasta el infinito, ya que no entienden sus dispositivos como artefactos diseñados para conversar horas y horas. Tampoco les gusta que la melodía o la vibración del móvil interrumpa sus actividades. Es más: llegan a considerarlo un gesto de prepotencia por parte del interlocutor, que impone su deseo de hablar sin importar que al otro le venga bien (o le apetezca) responder.

Ese es el quid de la cuestión: los milenials se desenvuelven con soltura siempre que puedan interactuar como y cuando quieran, pero las conversaciones a distancia en tiempo real les provocan ansiedad.

«La comunicación telefónica implica un diálogo, un ida y vuelta», explica Roberto Balaguer, psicólogo especializado en tecnología, educación y juventud. «El tema es esa bidireccionalidad sincrónica donde hay tiempos muertos, conversaciones con altos y bajos. Eso cuesta mucho».

Las expresiones faciales, los movimientos de las manos y otras herramientas de la expresividad no tienen cabida en una llamada de teléfono, lo cual da pie a un sinfín de situaciones incómodas como las que describe el experto. Por no hablar de que un mensaje de texto se puede redactar, editar, repasar e incluso mostrar a alguien de confianza antes de darle al botón de enviar. Al teléfono eso es imposible, y la tensión del directo bloquea a los jóvenes, que se sienten expuestos y vulnerables.

Así, las notas de voz no resultan tan desagradables (se pueden revisar antes de entregarlas y escuchar las respuestas en cualquier momento), mientras que las videollamadas constituyen el summum del agobio: no es solo que la otra persona te vea a través de la cámara, es que encima tienes que ver tu propia cara en la pantalla durante toda la conversación.

En las videollamadas, además, hay que hacer un esfuerzo especial por estar presente y demostrar interés. También hay que aguantar las vicisitudes técnicas del vis a vis en dos dimensiones, con sus voces medio electrónicas, la asincronía puntual de imagen y sonido y demás molestias que restan naturalidad a la interacción. La ansiedad derivada de esta forma de comunicación ya tiene nombre propio: es conocida como Zoom anxiety.

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GENERACIÓN SILENCIOSA, GENERACIÓN ANSIOSA

Después de la llamada viene la rayada. Los milenials repasan mentalmente la conversación mantenida y se fustigan por sus errores: los silencios, las frases a trompicones, la información que se han perdido por distraerse (¡con lo fácil que es releer un mensaje guardado para siempre en el chat!), la despedida forzada. Sobre el malestar que se sufre antes y durante la llamada luego se amontona la comezón posterior.

Aunque la ansiedad telefónica no tiene por qué ir aparejada a la ansiedad social, puesto que para los jóvenes es peor marcar un número que hablar cara a cara, las consecuencias de rehuir el auricular pueden jugarles una mala pasada.

Acostumbrados a la palabra escrita, los likes, los emojis y los stickers, donde ni se la ve ni se la oye, la generación muda solo recurre al teléfono cuando no hay alternativa, como al atender una llamada de trabajo o concertar una cita médica. Si no se exponen al teléfono con regularidad, pierden práctica en la conversación, así como la oportunidad de atenuar poco a poco su tirria a hablar por el móvil. Por otro lado, el abuso de la mensajería instantánea puede conducir a carencias comunicativas también en lo personal.

Los milenials, que tienen la tecnología integrada en sus vidas, tienen pánico al teléfono, y no es solo una cuestión de cultura digital, sino que también les afecta el mundo caótico en el que han crecido. No solo es muda: esta también es la generación de la ansiedad.

«A los milenials nos ha tocado vivir en un contexto muy cambiante, con alta incertidumbre y sin precedentes. Somos la generación del empleo intermitente, de la emancipación intermitente, de las relaciones intermitentes y, en general, de las preguntas sin respuesta», declara Raquel Moyá, fundadora del portal de psicología online Y Psi Hablamos. «No estamos hechos para cambiar constantemente, y eso es un poco lo que nos está pasando».

Su compañero Luis Gómez, psicólogo del portal, piensa que el cambio de paradigma «no necesariamente tiene que ser concebido como un problema, sino como una evolución o transformación comunicativa debido también a los cambios en el estilo de vida de esta generación». Tal vez sean los mayores los que deban adaptarse a los jóvenes.

Muchas empresas ya lo están haciendo, por ejemplo, ofreciendo atención al cliente a través de chats y hasta en WhatsApp. Balaguer opina que en el futuro «la llamada se va a ver acotada porque no va a tener la misma utilidad que tenía en otro tiempo».

Hasta entonces, los psicólogos recomiendan aprender a gestionar la ansiedad telefónica: identificar y analizar la fuente del temor, trabajar el diálogo interno, practicar llamadas falsas o con amigos, imaginar resultados positivos… O, como hace Cecilia, «respirar profundo y esperar lo mejor cuando no queda otra opción que llamar o contestar la llamada».

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