13 de junio 2016    /   CREATIVIDAD
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La Biblioteca Nacional expone los «antepasados» del libro pop-up

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Aunque la denominación pop-up para referirse a los libros que se despliegan o se mueven accionando determinados mecanismos no se creó hasta 1932 a iniciativa de la editorial norteamericana Blue Ribbon, los orígenes de este tipo de publicaciones se remontan al siglo XIII, más de un siglo antes de la invención de la imprenta.

La Biblioteca Nacional de España, que atesora verdaderas joyas bibliográficas, ha buscado en sus fondos y ha encontrado algunos de esos ejemplos, que expondrá hasta el 4 de septiembre dentro de la muestra Pop-up, libros móviles antiguos en la BNE.

«Las obras más antiguas que hemos localizado en la Biblioteca Nacional y que pueden verse en la exposición datan ambas del siglo XV», explica Gema Hernández Carralón, jefa de Museo de la
Biblioteca Nacional de España. «Una es un tratado de astrología manuscrito del Marqués de Villena y un Kalendarium de Johannes de Regiomontanus, en edición incunable impreso en Venecia en 1482».

Aunque en la actualidad este tipo de publicaciones suelen circunscribirse al ámbito infantil o a los experimentos artísticos en los que prima el efecto estético, en origen, la principal preocupación de este tipo de material «era el contenido y la funcionalidad. Esto no significa que se descuidara la presentación y la estética, pero en general eran libros didácticos con usos mnemotécnicos, de cálculo o adivinación».

En este sentido, aunque se abordaron un sinfín de temáticas, como los libros de anatomía con solapas, que permitían descubrir las diferentes partes del cuerpo y facilitar así el aprendizaje y la memorización, «estadísticamente podemos afirmar que la Astronomía, sobre todo en los siglos XVI y XVII, copó absolutamente la tipología».

La razón de publicar este tipo de libros tan particulares solía responder al deseo del propio autor, como sucedió con Apianus o Regiomontanus, que llegaron a tener sus propias imprentas para poder producirlos, pero junto a estos, también estaban «aquellos impresores que añaden estos elementos móviles a obras de autores antiguos que no los incluían en origen, como sucede con el el Tratado de la esfera de Sacrobosco».

Es evidente que en una época en la que la imprenta estaba todavía en pleno desarrollo, la producción de este tipo de libros proporcionaba al impresor, más allá de beneficios económicos, un prestigio ante sus clientes. Además de conocer las técnicas de impresión, la complejidad de estos libros exigía pericias en el manejo de troqueles o en el manipulado de las diferentes piezas que debían ser encajadas cada una en su lugar.

«Podríamos distinguir dos tipo de obras. Por un lado, las magnas obras de presentación, como el Astronomicum Caesareum, impreso en Ingolstadt en 1540, en el que Petrus Apianus invierte ocho años. Es un libro en gran folio, con 36 figuras de las cuales 21 son móviles y están completamente policromadas. Era un volumen dedicado a Carlos V y, por fuerza, tenía que ser una obra muy laboriosa. Por otro lado, estaban el resto de libros que no implicaban mayor dificultad de impresión, pues la parte móvil la construía el propietario o su encuadernador, porque no todos los libros salían de la imprenta con los móviles montados. De hecho, es frecuente encontrar ejemplares cuyas figuras nunca se recortaron y montaron», explica Hernández Carralón.

El atractivo estético de este tipo de productos, que lo acercan al capricho y al fetiche, así como su probada utilidad para el estudio determinadas ciencias, provocó que cada vez fueran más los impresores que se animaron a editar estos complejos libros, hasta convertirse en una moda que se extendió por todo el continente.

«Se produjeron en toda Europa, si bien es cierto que hay unos países de irradiación que concentraron la mayor producción. No hay un solo factor para explicar esta concentración geográfica, pero, en efecto, los orígenes alemanes de la imprenta sitúan en aquel país un buen porcentaje de ellos, así como en otros grandes centros tipográficos del periodo inmediato posterior, como Venecia, Lyon o Amberes».

De la misma manera que las cuestiones técnicas facilitaron la impresión de estos libros en algunos países, las restricciones religiosas o políticas provocaron que se imprimieran menos en otros territorios.

«La producción española de libros de navegación se focalizó en Sevilla, en relación con la Casa de Contratación pero autores de libros de este tipo, como Vesalio, Valverde de Amusco, Giovan Battista della Porta y muchos otros fueron perseguidos por la Inquisición por sus escritos, prácticas o ideas. Seguramente muchos ejemplares de estos han sido pasto de las llamas, incluso por el aspecto cabalístico de algunas ilustraciones».

La muestra que se presenta actualmente en la Biblioteca Nacional cuenta con varias decenas de libros desplegables, móviles y en 3D, entre los que destacan obras de Ramón Llull, el Grand cirque international de Meggendorfer, libros de arquitectura o tratados de anatomía.

«Es difícil quedarse sólo con una de estas obras. Impacta el Catoptrum microcosmicum de Remmelin por su superposición de hasta 15 solapas anatómicas y destaca el dibujo de Ventura Rodríguez con dos soluciones diferentes para un entablamento. También son muy curiosos el libro de emblemas del jesuita Jan David, Veridicus Christianus, que incluye una rueda de azar, o la confesión recortada del franciscano Leutbrewer, con 900 pecados impresos sobre solapas extraíbles para que el penitente los consulte sin necesidad de pasar por el trago del sacramento».

Para completar la muestra, la Biblioteca Nacional ha organizado talleres para niños y adultos en los que se enseñará a crear libros tan curiosos como los de la exposición o casi.

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La Biblioteca Nacional de España, que atesora verdaderas joyas bibliográficas, ha buscado en sus fondos y ha encontrado algunos de esos ejemplos, que expondrá hasta el 4 de septiembre dentro de la muestra Pop-up, libros móviles antiguos en la BNE.

«Las obras más antiguas que hemos localizado en la Biblioteca Nacional y que pueden verse en la exposición datan ambas del siglo XV», explica Gema Hernández Carralón, jefa de Museo de la
Biblioteca Nacional de España. «Una es un tratado de astrología manuscrito del Marqués de Villena y un Kalendarium de Johannes de Regiomontanus, en edición incunable impreso en Venecia en 1482».

Aunque en la actualidad este tipo de publicaciones suelen circunscribirse al ámbito infantil o a los experimentos artísticos en los que prima el efecto estético, en origen, la principal preocupación de este tipo de material «era el contenido y la funcionalidad. Esto no significa que se descuidara la presentación y la estética, pero en general eran libros didácticos con usos mnemotécnicos, de cálculo o adivinación».

En este sentido, aunque se abordaron un sinfín de temáticas, como los libros de anatomía con solapas, que permitían descubrir las diferentes partes del cuerpo y facilitar así el aprendizaje y la memorización, «estadísticamente podemos afirmar que la Astronomía, sobre todo en los siglos XVI y XVII, copó absolutamente la tipología».

La razón de publicar este tipo de libros tan particulares solía responder al deseo del propio autor, como sucedió con Apianus o Regiomontanus, que llegaron a tener sus propias imprentas para poder producirlos, pero junto a estos, también estaban «aquellos impresores que añaden estos elementos móviles a obras de autores antiguos que no los incluían en origen, como sucede con el el Tratado de la esfera de Sacrobosco».

Es evidente que en una época en la que la imprenta estaba todavía en pleno desarrollo, la producción de este tipo de libros proporcionaba al impresor, más allá de beneficios económicos, un prestigio ante sus clientes. Además de conocer las técnicas de impresión, la complejidad de estos libros exigía pericias en el manejo de troqueles o en el manipulado de las diferentes piezas que debían ser encajadas cada una en su lugar.

«Podríamos distinguir dos tipo de obras. Por un lado, las magnas obras de presentación, como el Astronomicum Caesareum, impreso en Ingolstadt en 1540, en el que Petrus Apianus invierte ocho años. Es un libro en gran folio, con 36 figuras de las cuales 21 son móviles y están completamente policromadas. Era un volumen dedicado a Carlos V y, por fuerza, tenía que ser una obra muy laboriosa. Por otro lado, estaban el resto de libros que no implicaban mayor dificultad de impresión, pues la parte móvil la construía el propietario o su encuadernador, porque no todos los libros salían de la imprenta con los móviles montados. De hecho, es frecuente encontrar ejemplares cuyas figuras nunca se recortaron y montaron», explica Hernández Carralón.

El atractivo estético de este tipo de productos, que lo acercan al capricho y al fetiche, así como su probada utilidad para el estudio determinadas ciencias, provocó que cada vez fueran más los impresores que se animaron a editar estos complejos libros, hasta convertirse en una moda que se extendió por todo el continente.

«Se produjeron en toda Europa, si bien es cierto que hay unos países de irradiación que concentraron la mayor producción. No hay un solo factor para explicar esta concentración geográfica, pero, en efecto, los orígenes alemanes de la imprenta sitúan en aquel país un buen porcentaje de ellos, así como en otros grandes centros tipográficos del periodo inmediato posterior, como Venecia, Lyon o Amberes».

De la misma manera que las cuestiones técnicas facilitaron la impresión de estos libros en algunos países, las restricciones religiosas o políticas provocaron que se imprimieran menos en otros territorios.

«La producción española de libros de navegación se focalizó en Sevilla, en relación con la Casa de Contratación pero autores de libros de este tipo, como Vesalio, Valverde de Amusco, Giovan Battista della Porta y muchos otros fueron perseguidos por la Inquisición por sus escritos, prácticas o ideas. Seguramente muchos ejemplares de estos han sido pasto de las llamas, incluso por el aspecto cabalístico de algunas ilustraciones».

La muestra que se presenta actualmente en la Biblioteca Nacional cuenta con varias decenas de libros desplegables, móviles y en 3D, entre los que destacan obras de Ramón Llull, el Grand cirque international de Meggendorfer, libros de arquitectura o tratados de anatomía.

«Es difícil quedarse sólo con una de estas obras. Impacta el Catoptrum microcosmicum de Remmelin por su superposición de hasta 15 solapas anatómicas y destaca el dibujo de Ventura Rodríguez con dos soluciones diferentes para un entablamento. También son muy curiosos el libro de emblemas del jesuita Jan David, Veridicus Christianus, que incluye una rueda de azar, o la confesión recortada del franciscano Leutbrewer, con 900 pecados impresos sobre solapas extraíbles para que el penitente los consulte sin necesidad de pasar por el trago del sacramento».

Para completar la muestra, la Biblioteca Nacional ha organizado talleres para niños y adultos en los que se enseñará a crear libros tan curiosos como los de la exposición o casi.

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Opiniones 3
  • Si son losmismos los libros pop-up, los veía y leía de chicos donde los cuentos infantiles tomaban tridimención y realidad en colecciones que no recuerdo; uno de los cuentos era “Alíbaba y los 40 ladrones”, condensado.

  • Comentarios cerrados.