15 septiembre, 2017    /   BUSINESS
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‘Anti-goals’, la filosofía que te hará libre y feliz en el trabajo

15 septiembre, 2017    /   BUSINESS     por
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Si te arrastras por tu jornada laboral como por un lago de cieno; si las manillas del reloj te funcionan en sentido contrario; si llegas a casa y te duchas con un estropajo nanas para rascarte una suciedad que, en realidad, sabes que tienes dentro de la conciencia; si, en definitiva, trabajas resoplando, no te agobies: los amigos de Warren Buffet (ese que dijo «la lucha de clases sigue existiendo, pero la mía va ganando») tienen la solución.

En concreto, Charlie Munger, gran inversor y hombre de negocios, o sea: corbata, calcetines por las rodillas y mueca de arzobispo. En él se inspira Andrew Wilkinson, fundador de MetaLab, para lanzar un sistema al que llama anti-goals (antiobjetivos). El punto de partida es una frase de Munger: «Dime dónde voy a morir y nunca iré allí».

En consecuencia, Wilkinson proclama que para ser feliz en el trabajo, más que buscar lo que te gusta, hay que detectar lo que detestas y deshacerte de ello: lo llama la idea de la «inversión». Lo resume en un artículo para Medium: «Los problemas se resuelven mejor cuando se invierten. A menudo es más fácil pensar en lo que no quieres».

Según cuenta, Wilkinson se negó a acabar siendo como esos «ricos exitosos» que se sienten en el fondo como «una mierda». Porque tener dinero, si uno aprende de Munger, no debe estar reñido con la más absoluta placidez: eso sería una barbaridad.

Wilkinson hizo una lista de cosas que le incomodan:

– las reuniones largas

– el calendario repleto

– tratar con personas que no le gustan

– contraer deudas de favores con la gente

– tener que permanecer en la oficina

– y, por supuesto, estar cansado

Luego redactó la lista de procedimientos para evitar estos problemas. Figuran cosas como no programar reuniones en persona si pueden hacerse de otro modo; no hacer negocios ni relacionarse con personas que no te gusten o que generen aunque sea un ligero mal ambiente; trabajar desde una cafetería al lado de un bonito parque donde se pueda ir y venir como se quiera sin que nadie moleste; no programar reuniones por la mañana y dormir «cuando sea necesario».

Y la mejor: si te agobia viajar para encuentros y reuniones, aconseja hacerlo por videoconferencia (que está bien) o pagar a la gente para que vaya a ti (que está mejor). Solo hay un problema, si el otro miembro del encuentro también se agobia con los traslados, se crearía un bloqueo de situación. Sin embargo, los problemas, ya se sabe, solo son problemas si uno deja que lo sean: en este caso, se crearía una lucha de dinero, una subasta para ver quién ofrece más con la condición de ser él quien se queda en casa. Se haría engorroso, pero quizás inventarían una app para gestionarlo y quién sabe si acabarían cotizando en bolsa. Emprender: siempre emprender.

Tras esta enumeración, Wilkinson lo ve claro: «Problema resuelto», dice, y no hemos podido confirmar si se puso a fingir que tocaba el violín como Tamariz al final de sus trucos de magia.

Ahora, tú, currito, ¿te das cuenta de que si sufres en el trabajo es porque quieres? La clase obrera siempre ha sido muy autocompasiva. En virtud del espíritu democrático con que dice guiarse siempre la libre empresa, tienes derecho a aplicar esta filosofía.

Si tu superior te resulta molesto o si tu jefe te provoca aunque te sea un ligero desagrado, deja de relacionarte con él o dile que solo hablaréis por correo. Si has dormido cuatro o cinco horas porque al salir de la oficina tienes otro trabajo para llegar a fin de mes, fácil: cómprate un cojín de viaje y déjate ganar por la modorra en tu mesa. Si permanecer en la oficina oprime tu espíritu creador, baja a la cafetería el tiempo que necesites, trabaja desde allí.

Abrir la sinapsis, no dejar nunca de aprender… No tengas miedo, auxiliar administrativo de tercer grado, de trasgredir lo que todo el mundo considera correcto: el futuro es tuyo, y es un futuro feliz.

Además, la filosofía de Wilkinson y el amigo de Warren Buffet tiene otro punto a favor: la palabra anti-goals está muy bien. Veamos. Tiene un prefijo (que además es anti, o sea, que da la impresión de estar subvirtiendo alguna norma), tiene un guioncito (que siempre hace que las palabras parezcan producto de alguna innovación técnica) y está en inglés (que, aunque no tenía más remedio por ser su idioma, convierte a la propuesta automáticamente en exportable, y sobre todo a países como España, donde nos encanta que las cosas del dinero suenen anglosajonas).

No pienses que un sistema así solo se le puede ocurrir a gente que se baña en dinero. No pienses que es una ocurrencia de alguien que puede permitirse fusionar el funcionamiento de un trabajo con su satisfacción puramente personal, incluso en el plano sensorial. Esa no es la actitud, así no piensan los doers (también la hemos importado en inglés). Y si no piensas como un doer, nunca llegarás a serlo.

Si te arrastras por tu jornada laboral como por un lago de cieno; si las manillas del reloj te funcionan en sentido contrario; si llegas a casa y te duchas con un estropajo nanas para rascarte una suciedad que, en realidad, sabes que tienes dentro de la conciencia; si, en definitiva, trabajas resoplando, no te agobies: los amigos de Warren Buffet (ese que dijo «la lucha de clases sigue existiendo, pero la mía va ganando») tienen la solución.

En concreto, Charlie Munger, gran inversor y hombre de negocios, o sea: corbata, calcetines por las rodillas y mueca de arzobispo. En él se inspira Andrew Wilkinson, fundador de MetaLab, para lanzar un sistema al que llama anti-goals (antiobjetivos). El punto de partida es una frase de Munger: «Dime dónde voy a morir y nunca iré allí».

En consecuencia, Wilkinson proclama que para ser feliz en el trabajo, más que buscar lo que te gusta, hay que detectar lo que detestas y deshacerte de ello: lo llama la idea de la «inversión». Lo resume en un artículo para Medium: «Los problemas se resuelven mejor cuando se invierten. A menudo es más fácil pensar en lo que no quieres».

Según cuenta, Wilkinson se negó a acabar siendo como esos «ricos exitosos» que se sienten en el fondo como «una mierda». Porque tener dinero, si uno aprende de Munger, no debe estar reñido con la más absoluta placidez: eso sería una barbaridad.

Wilkinson hizo una lista de cosas que le incomodan:

– las reuniones largas

– el calendario repleto

– tratar con personas que no le gustan

– contraer deudas de favores con la gente

– tener que permanecer en la oficina

– y, por supuesto, estar cansado

Luego redactó la lista de procedimientos para evitar estos problemas. Figuran cosas como no programar reuniones en persona si pueden hacerse de otro modo; no hacer negocios ni relacionarse con personas que no te gusten o que generen aunque sea un ligero mal ambiente; trabajar desde una cafetería al lado de un bonito parque donde se pueda ir y venir como se quiera sin que nadie moleste; no programar reuniones por la mañana y dormir «cuando sea necesario».

Y la mejor: si te agobia viajar para encuentros y reuniones, aconseja hacerlo por videoconferencia (que está bien) o pagar a la gente para que vaya a ti (que está mejor). Solo hay un problema, si el otro miembro del encuentro también se agobia con los traslados, se crearía un bloqueo de situación. Sin embargo, los problemas, ya se sabe, solo son problemas si uno deja que lo sean: en este caso, se crearía una lucha de dinero, una subasta para ver quién ofrece más con la condición de ser él quien se queda en casa. Se haría engorroso, pero quizás inventarían una app para gestionarlo y quién sabe si acabarían cotizando en bolsa. Emprender: siempre emprender.

Tras esta enumeración, Wilkinson lo ve claro: «Problema resuelto», dice, y no hemos podido confirmar si se puso a fingir que tocaba el violín como Tamariz al final de sus trucos de magia.

Ahora, tú, currito, ¿te das cuenta de que si sufres en el trabajo es porque quieres? La clase obrera siempre ha sido muy autocompasiva. En virtud del espíritu democrático con que dice guiarse siempre la libre empresa, tienes derecho a aplicar esta filosofía.

Si tu superior te resulta molesto o si tu jefe te provoca aunque te sea un ligero desagrado, deja de relacionarte con él o dile que solo hablaréis por correo. Si has dormido cuatro o cinco horas porque al salir de la oficina tienes otro trabajo para llegar a fin de mes, fácil: cómprate un cojín de viaje y déjate ganar por la modorra en tu mesa. Si permanecer en la oficina oprime tu espíritu creador, baja a la cafetería el tiempo que necesites, trabaja desde allí.

Abrir la sinapsis, no dejar nunca de aprender… No tengas miedo, auxiliar administrativo de tercer grado, de trasgredir lo que todo el mundo considera correcto: el futuro es tuyo, y es un futuro feliz.

Además, la filosofía de Wilkinson y el amigo de Warren Buffet tiene otro punto a favor: la palabra anti-goals está muy bien. Veamos. Tiene un prefijo (que además es anti, o sea, que da la impresión de estar subvirtiendo alguna norma), tiene un guioncito (que siempre hace que las palabras parezcan producto de alguna innovación técnica) y está en inglés (que, aunque no tenía más remedio por ser su idioma, convierte a la propuesta automáticamente en exportable, y sobre todo a países como España, donde nos encanta que las cosas del dinero suenen anglosajonas).

No pienses que un sistema así solo se le puede ocurrir a gente que se baña en dinero. No pienses que es una ocurrencia de alguien que puede permitirse fusionar el funcionamiento de un trabajo con su satisfacción puramente personal, incluso en el plano sensorial. Esa no es la actitud, así no piensan los doers (también la hemos importado en inglés). Y si no piensas como un doer, nunca llegarás a serlo.

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