4 de noviembre 2014    /   IDEAS
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Lo que la Antigua Roma puede enseñarnos sobre Podemos

4 de noviembre 2014    /   IDEAS     por          
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Decía Obélix eso de «están locos estos romanos». Locos no, pero un poco perjudicados sí. De hecho, eso de la conspiración política les encantaba. Lo malo es que no lo hacían de forma demasiado sana: entre conspiradores, pactos, herederos y cambios de régimen se pasaron a cepillo a no pocos líderes políticos. No sé si hay una forma ‘sana’ de montar una conjura, pero la de los romanos era la peor de todas: sangre y, eso sí, citas estupendas en latín que luego repetimos para hacernos los interesantes ¿Y qué tiene todo esto que ver con Podemos? Mucho.
(Opinión)
Los contemporáneos debemos mucho a la Antigua Grecia y al Imperio Romano (curioso esto, habida cuenta de que ahora son los griegos los que deben mucho a los contemporáneos, pero esa es otra historia). De ambas civilizaciones -dudo que el término sea correcto, pero para entendernos- heredamos la idea de democracia (un poco peculiar, pero era una beta), de ciudad moderna, de diplomacia (estilo un poco duro de diplomacia, eso sí), de retórica, de conocimiento, de Europa…
Y de política como la que sale en las series de la tele y sospechamos que existe en realidad: zancadillas, lameculos, conspiradores, trepas, corruptos y, con ellos, un puñado de gente de bien que trabaja por cambiar las cosas. La diferencia es que en Roma y Grecia eso de matar al discrepante no salía tan caro como sale ahora robar dinero público: allí uno que mataba a su predecesor podía ocupar su lugar y aquí uno que defrauda millones sale en tres meses de la cárcel. El rollito Mediterráneo es lo que tiene.
Valga como ejemplo, este rosco


Me van a perdonar la comparación, pero Pablo Iglesias es un poco Lucio Sergio Catilina. Les presento, por si no conocen al personaje en cuestión (a Catilina, presumo que tendrán tele y ojos y habrán visto alguna vez en alguna cadena a Iglesias -sale poquito, eso sí-). Era un político romano que estuvo intentando cambiar la política pero el establishment del momento no le dejaba. Llamemos a este primer momento ‘fase 15M’ (aunque auguro algún comentario diciendo que Podemos no es el 15M y todas esas cosas).
Ese ‘momento 15M’ de la Antigua Roma coincidió con la década de los 60. La de los hippies no, la de los 60 antes de Cristo, cuando Roma llevaba cuatro siglos siendo una República y controlaba buena parte del litoral mediterráneo, más de media Península Ibérica, toda Grecia y media Turquía, alguna franja al norte de África… y no, las ‘Galias’ aún no eran romanas. Obélix estaba por ahí.
El bueno de Catilina llevó sus propuestas y las lanzó al aire, esperando algún eco de la casta política romana. Sin suerte. De hecho, se presentó a las elecciones para ser cónsul en el año 63 a.C., pero perdió contra sus dos rivales: el poderoso Cicerón y Cayo Antonio Hybrida, que resulta que era un conspirador que había atacado al régimen romano. ¿Tan malas eran las propuestas de Catilina para que se prefiriera a un golpista? No, no eran malas. Eran peligrosas.
La propuesta de nuestro ‘coletas’ romano iba en un doble sentido: por una parte, elevar el poder de la plebe (dicho esto no como despectivo, sino que era como se llamaba al ‘pueblo’ por aquel entonces) y abolir el pago de las deudas, una propuesta conocida como ‘tabulae novae’. No, entonces no existía Angela Merkel, ni la ‘troika’, ni la prima de riesgo, los rescates o la deuda soberana. Entonces la cosa no funcionaba así, pero ya por entonces ese rollo no terminaba de gustar.
Catilina estuvo intentando ocupar plazas políticas (nótese el doble sentido) durante un tiempo, hasta que se cansó. Entonces montó lo que la historia ha dado en recordar como ‘la conspiración de Catilina’. La cosa era que, mosqueado como estaba nuestro Pablo Iglesias con túnica, devino en posturas abiertamente populistas hasta el punto que el resto de políticos, incluso los más cercanos a su visión ideológica -entonces no había partidos- se mantuvieron al margen. Estamos en el momento Podemos, dicen.
Aquí (esperemos) hacemos un parón con las similitudes
Lo que pasó después es que montó un pequeño ejército, se alió con algunos golpistas e intentaron asaltar el poder consciente de que si el establishment le ilegalizaba le impedía salir elegido en una votación, sólo la revolución le permitiría cambiar las cosas. Lo ‘malo’ es que un tránsfuga se chivó a Cicerón, este le atacó duramente en sede parlamentaria (las célebres ‘Catilinarias’), el Senado le dio poderes extraordinarios y se procedió a apresar y ejecutar a varios de los conspiradores en Roma. A Catilina sólo le quedó al final combatir en campo abierto contra las tropas leales a Roma y morir con la espada en la mano.
Pero volvamos a las similitudes.
La historia ha hecho que la mayoría de la gente no sepa quién fue Catilina. Es un golpista más, como aquel Guy Fawkes que no era tan bueno y que ahora sirve de icono a Anonymous. Sin embargo sí que sabemos quién fue Cicerón. La cosa es que tanto este último como Cayo Salustio Crispo, historiador leal al establishment,  son los ‘biógrafos de facto’ de Catilina, y dejaron para la historia una imagen depravada de un personaje del que no se sabe gran cosa más allá de los propios relatos de Salustio y las referencias de las Catilinarias.
Dicho de otra forma, sus principales enemigos fueron los encargados de crear la imagen de Catilina ante los ojos de los romanos y de la historia. No le acusaron de chavista, comunista, populista o utópico, ni usaron columnas de opinión y medios de comunicación o encuestas para hacer que la gente le temiera y denostara. Allí eran menos sutiles: directamente le llamaban «maligno» y decían que sacrificaba a humanos. Y, claro, que sus ideas querían acabar con la República romana. Al menos no llevaba camisas de cuadros y coletas ni quería acabar con la democracia nacionalizando todo, como Iglesias.
La cosa es ver cómo acaba todo esto con los idus de marzo. Porque desde hace unas cuantas legislaturas las elecciones generales se han celebrado en marzo (hasta que Zapatero las puso en noviembre, el día 20, que es un día bien simbólico en España). Dado que este año que viene coincidirán elecciones generales con autonómicas y municipales (que suelen ser en mayo) -y vete tú a saber si también con las catalanas-, seguramente las generales no sean en marzo… pero lo de los idus de marzo nos viene al pelo igual por su simbología política.
Igual que Zapatero eligió casualmente el 20 de noviembre como fecha para que el PP ganara por mayoría absoluta, los idus de marzo de los romanos tenían mucho de coincidencia en el calendario: eran días concretos a mediados del mes de marzo que generalmente se asociaban a los buenos augurios. Bueno, para todos menos para Julio César, que fue asesinado en el 44 a.C., y eso que le habían avisado. Los líderes romanos morían y se mataban mucho, ya ves.
¿A qué llevaron los idus de marzo? A una película de George Clooney sobre la corrupción política (fíjate) y, en su versión original romana, a un triunvirato de líderes que acabó matándose entre ellos para que ganara César Augusto, sobrino-nieto del asesinado Julio César, que le adoptó el mismo año en que murió. ¿Y por qué pasó a la historia César Augusto? Por ser el primer emperador de Roma, es decir, el primer líder del nuevo régimen, es decir, el Imperio, que vino después de la República que supuestamente Catilina quería destruir dos décadas antes. ¿Sabes qué año nació César Augusto? El mismo año en el que Catilina intentó ser elegido cónsul, y cuyo rechazo hizo que se prendiera la llama de su intento de golpe de estado. Fallido, sí… pero al final la República acabó cayendo igual.
Y, cosas del tiempo y el olvido, el lugar donde mataron al César es hoy el mayor refugio de gatos callejeros de toda Roma. Qué ingrato es el tiempo con los cambios de régimen.
Catilina, populismo, poder para el pueblo, anulación de la deuda, bloqueo del establisment, difamación de su memoria, conspiración, idus de marzo, caída del régimen. Todo esto no son más que casualidades temporales de una historia que sucedió dos milenios atrás.
Casualidades como que quien firma escuchara por primera vez el nombre de Catilina en una canción de Def Con Dos sobre la corrupción y el establishment de hace nada menos que diez años. Casualidades como que este artículo se publique horas antes del CIS en el que se espera que Catilina encabece el partido con mayor intención de voto por primera vez. O casualidades como este gráfico de aquí abajo de esa conspiración de Catilina que tuvo lugar en Sol (donde no hay gatos, pero sí predicadores)


Al final, qué cosas, el Imperio fue más grande de lo que fue la República. Menos democrática también, pero esa es otra historia que ya veremos si se repite.

Decía Obélix eso de «están locos estos romanos». Locos no, pero un poco perjudicados sí. De hecho, eso de la conspiración política les encantaba. Lo malo es que no lo hacían de forma demasiado sana: entre conspiradores, pactos, herederos y cambios de régimen se pasaron a cepillo a no pocos líderes políticos. No sé si hay una forma ‘sana’ de montar una conjura, pero la de los romanos era la peor de todas: sangre y, eso sí, citas estupendas en latín que luego repetimos para hacernos los interesantes ¿Y qué tiene todo esto que ver con Podemos? Mucho.
(Opinión)
Los contemporáneos debemos mucho a la Antigua Grecia y al Imperio Romano (curioso esto, habida cuenta de que ahora son los griegos los que deben mucho a los contemporáneos, pero esa es otra historia). De ambas civilizaciones -dudo que el término sea correcto, pero para entendernos- heredamos la idea de democracia (un poco peculiar, pero era una beta), de ciudad moderna, de diplomacia (estilo un poco duro de diplomacia, eso sí), de retórica, de conocimiento, de Europa…
Y de política como la que sale en las series de la tele y sospechamos que existe en realidad: zancadillas, lameculos, conspiradores, trepas, corruptos y, con ellos, un puñado de gente de bien que trabaja por cambiar las cosas. La diferencia es que en Roma y Grecia eso de matar al discrepante no salía tan caro como sale ahora robar dinero público: allí uno que mataba a su predecesor podía ocupar su lugar y aquí uno que defrauda millones sale en tres meses de la cárcel. El rollito Mediterráneo es lo que tiene.
Valga como ejemplo, este rosco


Me van a perdonar la comparación, pero Pablo Iglesias es un poco Lucio Sergio Catilina. Les presento, por si no conocen al personaje en cuestión (a Catilina, presumo que tendrán tele y ojos y habrán visto alguna vez en alguna cadena a Iglesias -sale poquito, eso sí-). Era un político romano que estuvo intentando cambiar la política pero el establishment del momento no le dejaba. Llamemos a este primer momento ‘fase 15M’ (aunque auguro algún comentario diciendo que Podemos no es el 15M y todas esas cosas).
Ese ‘momento 15M’ de la Antigua Roma coincidió con la década de los 60. La de los hippies no, la de los 60 antes de Cristo, cuando Roma llevaba cuatro siglos siendo una República y controlaba buena parte del litoral mediterráneo, más de media Península Ibérica, toda Grecia y media Turquía, alguna franja al norte de África… y no, las ‘Galias’ aún no eran romanas. Obélix estaba por ahí.
El bueno de Catilina llevó sus propuestas y las lanzó al aire, esperando algún eco de la casta política romana. Sin suerte. De hecho, se presentó a las elecciones para ser cónsul en el año 63 a.C., pero perdió contra sus dos rivales: el poderoso Cicerón y Cayo Antonio Hybrida, que resulta que era un conspirador que había atacado al régimen romano. ¿Tan malas eran las propuestas de Catilina para que se prefiriera a un golpista? No, no eran malas. Eran peligrosas.
La propuesta de nuestro ‘coletas’ romano iba en un doble sentido: por una parte, elevar el poder de la plebe (dicho esto no como despectivo, sino que era como se llamaba al ‘pueblo’ por aquel entonces) y abolir el pago de las deudas, una propuesta conocida como ‘tabulae novae’. No, entonces no existía Angela Merkel, ni la ‘troika’, ni la prima de riesgo, los rescates o la deuda soberana. Entonces la cosa no funcionaba así, pero ya por entonces ese rollo no terminaba de gustar.
Catilina estuvo intentando ocupar plazas políticas (nótese el doble sentido) durante un tiempo, hasta que se cansó. Entonces montó lo que la historia ha dado en recordar como ‘la conspiración de Catilina’. La cosa era que, mosqueado como estaba nuestro Pablo Iglesias con túnica, devino en posturas abiertamente populistas hasta el punto que el resto de políticos, incluso los más cercanos a su visión ideológica -entonces no había partidos- se mantuvieron al margen. Estamos en el momento Podemos, dicen.
Aquí (esperemos) hacemos un parón con las similitudes
Lo que pasó después es que montó un pequeño ejército, se alió con algunos golpistas e intentaron asaltar el poder consciente de que si el establishment le ilegalizaba le impedía salir elegido en una votación, sólo la revolución le permitiría cambiar las cosas. Lo ‘malo’ es que un tránsfuga se chivó a Cicerón, este le atacó duramente en sede parlamentaria (las célebres ‘Catilinarias’), el Senado le dio poderes extraordinarios y se procedió a apresar y ejecutar a varios de los conspiradores en Roma. A Catilina sólo le quedó al final combatir en campo abierto contra las tropas leales a Roma y morir con la espada en la mano.
Pero volvamos a las similitudes.
La historia ha hecho que la mayoría de la gente no sepa quién fue Catilina. Es un golpista más, como aquel Guy Fawkes que no era tan bueno y que ahora sirve de icono a Anonymous. Sin embargo sí que sabemos quién fue Cicerón. La cosa es que tanto este último como Cayo Salustio Crispo, historiador leal al establishment,  son los ‘biógrafos de facto’ de Catilina, y dejaron para la historia una imagen depravada de un personaje del que no se sabe gran cosa más allá de los propios relatos de Salustio y las referencias de las Catilinarias.
Dicho de otra forma, sus principales enemigos fueron los encargados de crear la imagen de Catilina ante los ojos de los romanos y de la historia. No le acusaron de chavista, comunista, populista o utópico, ni usaron columnas de opinión y medios de comunicación o encuestas para hacer que la gente le temiera y denostara. Allí eran menos sutiles: directamente le llamaban «maligno» y decían que sacrificaba a humanos. Y, claro, que sus ideas querían acabar con la República romana. Al menos no llevaba camisas de cuadros y coletas ni quería acabar con la democracia nacionalizando todo, como Iglesias.
La cosa es ver cómo acaba todo esto con los idus de marzo. Porque desde hace unas cuantas legislaturas las elecciones generales se han celebrado en marzo (hasta que Zapatero las puso en noviembre, el día 20, que es un día bien simbólico en España). Dado que este año que viene coincidirán elecciones generales con autonómicas y municipales (que suelen ser en mayo) -y vete tú a saber si también con las catalanas-, seguramente las generales no sean en marzo… pero lo de los idus de marzo nos viene al pelo igual por su simbología política.
Igual que Zapatero eligió casualmente el 20 de noviembre como fecha para que el PP ganara por mayoría absoluta, los idus de marzo de los romanos tenían mucho de coincidencia en el calendario: eran días concretos a mediados del mes de marzo que generalmente se asociaban a los buenos augurios. Bueno, para todos menos para Julio César, que fue asesinado en el 44 a.C., y eso que le habían avisado. Los líderes romanos morían y se mataban mucho, ya ves.
¿A qué llevaron los idus de marzo? A una película de George Clooney sobre la corrupción política (fíjate) y, en su versión original romana, a un triunvirato de líderes que acabó matándose entre ellos para que ganara César Augusto, sobrino-nieto del asesinado Julio César, que le adoptó el mismo año en que murió. ¿Y por qué pasó a la historia César Augusto? Por ser el primer emperador de Roma, es decir, el primer líder del nuevo régimen, es decir, el Imperio, que vino después de la República que supuestamente Catilina quería destruir dos décadas antes. ¿Sabes qué año nació César Augusto? El mismo año en el que Catilina intentó ser elegido cónsul, y cuyo rechazo hizo que se prendiera la llama de su intento de golpe de estado. Fallido, sí… pero al final la República acabó cayendo igual.
Y, cosas del tiempo y el olvido, el lugar donde mataron al César es hoy el mayor refugio de gatos callejeros de toda Roma. Qué ingrato es el tiempo con los cambios de régimen.
Catilina, populismo, poder para el pueblo, anulación de la deuda, bloqueo del establisment, difamación de su memoria, conspiración, idus de marzo, caída del régimen. Todo esto no son más que casualidades temporales de una historia que sucedió dos milenios atrás.
Casualidades como que quien firma escuchara por primera vez el nombre de Catilina en una canción de Def Con Dos sobre la corrupción y el establishment de hace nada menos que diez años. Casualidades como que este artículo se publique horas antes del CIS en el que se espera que Catilina encabece el partido con mayor intención de voto por primera vez. O casualidades como este gráfico de aquí abajo de esa conspiración de Catilina que tuvo lugar en Sol (donde no hay gatos, pero sí predicadores)


Al final, qué cosas, el Imperio fue más grande de lo que fue la República. Menos democrática también, pero esa es otra historia que ya veremos si se repite.

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  • Muy gráfico, me ha gustado mucho y además he aprendido algo de la antigua Roma. Entiendo la comparación en esencia siendo consciente de las diferencias de contexto histórico.
    La palabra «golpe de estado» suena violenta y trae muy malos recuerdos. Pero extirpar un tumor es un «golpe de estado» al cáncer.
    A mí no me asustan los cambios políticos bruscos, me asustan las personas que no miran por las personas. Y eso es lo que hoy nos gobierna. Que se vayan o que los echen.

  • Querido Borja,
    me he leído el artículo enterito, es muy ameno, pero no he retenido ni una sola palabra.
    No sé si el problema es el fondo político, que ha dejado de interesarme, o que es tan entretenida la lectura que he acabado leyendo por leer.
    gracias

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