26 de diciembre 2019    /   IDEAS
por
 Juan Díaz-Faes

Los antinatalistas quieren que te extingas

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La justicia acostumbra a determinar quién es responsable de acabar con una vida, pero raras veces debe juzgar quién es culpable de engendrarla. Este es el dilema que elevó a denuncia Raphael Samuel, un ciudadano indio de 27 años que llevó a sus padres a los tribunales por haberlo tenido sin su consentimiento.

El caso se hizo viral cuando el denunciante colgó un vídeo en YouTube explicando sus motivos. En él, Samuel, gafas de aviador, barba falsa, postura hierática, comenta que sus padres, abogados ambos a la sazón, se tomaron la denuncia bastante bien. «Ha sido la sociedad la que se ha sentido ofendida», explica. «Es normal, estoy luchando contra un dogma, contra un pilar fundamental de nuestra civilización: la natalidad».

Puede que los argumentos de Raphael Samuel no tengan mucho recorrido jurídico (de hecho, el juez ya le ha amenazado con multarlo por hacerle perder el tiempo). Sin embargo, han generado un acalorado debate filosófico. Samuel no está loco ni está solo: es un seguidor del antinatalismo. Este movimiento defiende que vivir es una imposición egoísta de nuestros progenitores que solo lleva al dolor, el sufrimiento y, en última instancia, a la muerte. De acuerdo con esta creencia, tener hijos no es tanto una decisión personal como un dilema moral.

«Si bien las buenas personas hacen todo lo posible para evitar que sus hijos sufran, pocos parecen darse cuenta de que la única forma para conseguirlo es, en primer lugar, no tener esos niños», escribe el filósofo antinatalista David Benatar. Su libro Better Never to Have Been: The Harm of Coming Into Existence se convirtió en la biblia del antinatalismo moderno allá por 2007.

En él, Benatar reflexionaba sobre una idea que ha llamó «la asimetría». Según esta tesis, alguien que nace puede que disfrute de una vida de placeres (y eso está bien), pero también sufrirá (y eso está mal). En cambio, el nonato no sufrirá ningún daño (bien) ni disfrutará de ningún placer (algo que no está ni bien ni mal). Para Benatar, la ausencia de placer no es algo malo sino indiferente, y esto hace que, ante este dilema moral, debamos optar por no engendrar hijos.

El antinatalismo defiende que vivir es una imposición egoísta de nuestros progenitores que solo lleva al dolor, el sufrimiento y, en última instancia, a la muerte

Diez años después de su primer libro, Benatar vuelve a la carga con The Human Predicament: A Candid Guide to Life’s Biggest Questions. Este título pretende matizar, ampliar y contextualizar una postura que no ha parado de crecer en este tiempo. De hecho, los libros son el mejor termómetro de esta postura filosófica, y en los últimos años, las editoriales han publicado un buen puñado.

Sarah Perry ha escrito un ensayo de sugerente título, Cada cuna es una tumba. Thomas Ligotti tira de teoría conspiranoica en su ensayo La conspiración contra la raza humana. Estos dos autores se engloban bajo la etiqueta de «antinatalistas misantrópicos». Su idea es que el hombre es fuente de muerte y destrucción y merece extinguirse como especie. Alegan que si cualquier otro ser causara tanto daño al planeta y a sus semejantes, no dudaríamos en exterminarlo, y extrapolan esta conclusión a nosotros mismos. Que damos tanto asco que deberíamos extinguirnos, vaya.

Benatar es el mayor representante de los antinatalistas compasivos. Esta corriente no habla tanto del dolor que infligimos a nuestros semejantes, sino del que nos causan ellos a nosotros; de lo dura, triste e injusta que es la vida. El antinatalismo compasivo tiene una clase de negatividad ególatra más centrada en el individuo que en la sociedad. La vida es tan horrible que lo mejor es optar por una especie de suicidio preventivo.

VASECTOMÍAS MORALES Y HUELGAS DE VIENTRES

Les U. Knight nació en una familia numerosa en Portland, Oregón. Fue universitario en los locos años setenta y descubrió el ecologismo a través del movimiento hippie. Lo cierto es que Knight pudo disfrutar del amor libre mejor que nadie pues a los 25 años se hizo la vasectomía. Knight es el fundador del Movimiento por la Extinción Humana Voluntaria (VHEMT por sus siglas en inglés), una asociación que propone salvar el planeta erradicando al hombre del mismo.

Los motivos de Knight son ambientalistas y culpa a la sobrepoblación de la sexta extinción masiva en la que muchos biólogos creen que estamos inmersos. No hay ningún dato fiable sobre el número de afiliados a la VHEMT y su propio fundador reconoce el escaso recorrido real de su propuesta.

«Las posibilidades de que convenzamos a todo el mundo de que renuncie a la procreación son muy escasas», explicaba Knight en una entrevista en la revista Vice, «pero salen ganando frente a los planes que pretenden dar cabida a 10.000 millones de personas a finales de siglo». Esta es una de las grandes bazas de los antinatalistas.

La sobrepoblación del planeta es un problema real y hay algunas tesis de los llamados antinatalistas relativos (que no defienden la extinción humana, sino la reducción de su población) que han encontrado acogida en numerosos estudios. El científico británico David Attenborough es uno de ellos. El ganador del Premio Príncipe de Asturias en 2009 cree que los humanos son «una plaga sobre la Tierra» y asegura que urge controlar el crecimiento de la población.

En la cultura contemporánea occidental, aquellos que deciden no tener hijos se ven obligados a reflexionar y justificar su elección. No se cuestiona tanto a quienes eligen tenerlos

Estos insospechados apoyos dan una pátina de credibilidad a un pensamiento filosófico que corre el riesgo de ser caricaturizado y asimilado a otros movimientos absurdos como los terraplanistas o los negacionistas del cambio climático. Sin embargo, antinatalistas, al menos en un plano teórico y filosófico, ha habido siempre.

La temática del me phynai (mejor no haber nacido) era recurrente en el mundo clásico y fue abordada por autores como Esquilo, Eurípides, Sófocles o Teognis, solo por citar unos pocos. Posteriormente, filósofos como Schopenhauer (y una larga lista de seguidores como Philipp Mainländer o Eduard von Hartmann) han defendido los postulados antinatalistas.

El erudito Thomas Malthus, ya en el siglo XIX, abogaba por un antinatalismo relativo al alertar de que la población estaba creciendo a mayor velocidad que los recursos. Vaticinaba Malthus que en el futuro se produciría una sobrepoblación que traería desabastecimiento y hambrunas. En un ataque de egolatría catastrofista, Malthus llamó a esta situación la catástrofe malthusiana. Hay quien dice que ya estamos llegando a ella.

Son los seguidores de este autor los que presentan el ejemplo histórico de antinatalismo relativo más interesante. Los neomalthusianos reinterpretan estas ideas con una perspectiva de lucha de clases. Consideran el exceso de población del proletariado (cuyo origen etimológico, no por casualidad, es la palabra prole) como un problema para su calidad de vida.

El neomalthusianismo nace a finales del siglo XIX inspirado en el anarquismo socialista y su mayor aportación es la llamada huelga de vientres. Esta abogaba, por primera vez en la historia, por el uso de métodos anticonceptivos y la planificación familiar. Había un principio de feminismo en todo aquello, pues los neomalthusianos decían que la natalidad excesiva era un obstáculo para alcanzar la liberación de la mujer y, por tanto, de toda la sociedad.

Son estas tesis, que atemperan el antinatalismo absoluto y lo hibridan con otras disciplinas, las que ofrecen las lecturas más interesantes. Puede que ver a un señor con barba falsa en un vídeo de YouTube diciendo que ha denunciado a sus padres pueda parecer una ida de olla. Probablemente lo sea. Pero ese acto ha engendrado un debate filosófico interesante.

Muchos filósofos actuales han empezado discutiendo las ideas más extremistas de los antinatalistas para reconocer que hay puntos sobre los que merece la pena reflexionar. A fin de cuentas, en la cultura contemporánea occidental, aquellos que deciden no tener hijos son sometidos a cierta presión social y se ven obligados a reflexionar y justificar su elección. No se cuestiona tanto a quienes eligen tenerlos ni los motivos que les llevan a ello, cuando ambas decisiones tienen implicaciones éticas igual de importantes.

Parece que la extinción humana (si los meteoritos, los dioses y el calentamiento global lo permiten) está lejos de ser una realidad próxima, pero hay gente que sigue pregonando sus beneficios. Puede que su resultado no sea el más deseable para muchos, pero los motivos que les han llevado a defenderlo nos afectan en buena medida a todos. Y, quién sabe, igual en unos años el antinatalismo es tendencia. Roma no se construyó en un día, cierto, pero tampoco se destruyó en un par.

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La justicia acostumbra a determinar quién es responsable de acabar con una vida, pero raras veces debe juzgar quién es culpable de engendrarla. Este es el dilema que elevó a denuncia Raphael Samuel, un ciudadano indio de 27 años que llevó a sus padres a los tribunales por haberlo tenido sin su consentimiento.

El caso se hizo viral cuando el denunciante colgó un vídeo en YouTube explicando sus motivos. En él, Samuel, gafas de aviador, barba falsa, postura hierática, comenta que sus padres, abogados ambos a la sazón, se tomaron la denuncia bastante bien. «Ha sido la sociedad la que se ha sentido ofendida», explica. «Es normal, estoy luchando contra un dogma, contra un pilar fundamental de nuestra civilización: la natalidad».

Puede que los argumentos de Raphael Samuel no tengan mucho recorrido jurídico (de hecho, el juez ya le ha amenazado con multarlo por hacerle perder el tiempo). Sin embargo, han generado un acalorado debate filosófico. Samuel no está loco ni está solo: es un seguidor del antinatalismo. Este movimiento defiende que vivir es una imposición egoísta de nuestros progenitores que solo lleva al dolor, el sufrimiento y, en última instancia, a la muerte. De acuerdo con esta creencia, tener hijos no es tanto una decisión personal como un dilema moral.

«Si bien las buenas personas hacen todo lo posible para evitar que sus hijos sufran, pocos parecen darse cuenta de que la única forma para conseguirlo es, en primer lugar, no tener esos niños», escribe el filósofo antinatalista David Benatar. Su libro Better Never to Have Been: The Harm of Coming Into Existence se convirtió en la biblia del antinatalismo moderno allá por 2007.

En él, Benatar reflexionaba sobre una idea que ha llamó «la asimetría». Según esta tesis, alguien que nace puede que disfrute de una vida de placeres (y eso está bien), pero también sufrirá (y eso está mal). En cambio, el nonato no sufrirá ningún daño (bien) ni disfrutará de ningún placer (algo que no está ni bien ni mal). Para Benatar, la ausencia de placer no es algo malo sino indiferente, y esto hace que, ante este dilema moral, debamos optar por no engendrar hijos.

El antinatalismo defiende que vivir es una imposición egoísta de nuestros progenitores que solo lleva al dolor, el sufrimiento y, en última instancia, a la muerte

Diez años después de su primer libro, Benatar vuelve a la carga con The Human Predicament: A Candid Guide to Life’s Biggest Questions. Este título pretende matizar, ampliar y contextualizar una postura que no ha parado de crecer en este tiempo. De hecho, los libros son el mejor termómetro de esta postura filosófica, y en los últimos años, las editoriales han publicado un buen puñado.

Diez años después de su primer libro, Benatar vuelve a la carga con The Human Predicament: A Candid Guide to Life’s Biggest Questions. Este título pretende matizar, ampliar y contextualizar una postura que no ha parado de crecer en este tiempo. De hecho, los libros son el mejor termómetro de esta postura filosófica, y en los últimos años, las editoriales han publicado un buen puñado.

Sarah Perry ha escrito un ensayo de sugerente título, Cada cuna es una tumba. Thomas Ligotti tira de teoría conspiranoica en su ensayo La conspiración contra la raza humana. Estos dos autores se engloban bajo la etiqueta de «antinatalistas misantrópicos». Su idea es que el hombre es fuente de muerte y destrucción y merece extinguirse como especie. Alegan que si cualquier otro ser causara tanto daño al planeta y a sus semejantes, no dudaríamos en exterminarlo, y extrapolan esta conclusión a nosotros mismos. Que damos tanto asco que deberíamos extinguirnos, vaya.

Benatar es el mayor representante de los antinatalistas compasivos. Esta corriente no habla tanto del dolor que infligimos a nuestros semejantes, sino del que nos causan ellos a nosotros; de lo dura, triste e injusta que es la vida. El antinatalismo compasivo tiene una clase de negatividad ególatra más centrada en el individuo que en la sociedad. La vida es tan horrible que lo mejor es optar por una especie de suicidio preventivo.

VASECTOMÍAS MORALES Y HUELGAS DE VIENTRES

Les U. Knight nació en una familia numerosa en Portland, Oregón. Fue universitario en los locos años setenta y descubrió el ecologismo a través del movimiento hippie. Lo cierto es que Knight pudo disfrutar del amor libre mejor que nadie pues a los 25 años se hizo la vasectomía. Knight es el fundador del Movimiento por la Extinción Humana Voluntaria (VHEMT por sus siglas en inglés), una asociación que propone salvar el planeta erradicando al hombre del mismo.

Los motivos de Knight son ambientalistas y culpa a la sobrepoblación de la sexta extinción masiva en la que muchos biólogos creen que estamos inmersos. No hay ningún dato fiable sobre el número de afiliados a la VHEMT y su propio fundador reconoce el escaso recorrido real de su propuesta.

«Las posibilidades de que convenzamos a todo el mundo de que renuncie a la procreación son muy escasas», explicaba Knight en una entrevista en la revista Vice, «pero salen ganando frente a los planes que pretenden dar cabida a 10.000 millones de personas a finales de siglo». Esta es una de las grandes bazas de los antinatalistas.

La sobrepoblación del planeta es un problema real y hay algunas tesis de los llamados antinatalistas relativos (que no defienden la extinción humana, sino la reducción de su población) que han encontrado acogida en numerosos estudios. El científico británico David Attenborough es uno de ellos. El ganador del Premio Príncipe de Asturias en 2009 cree que los humanos son «una plaga sobre la Tierra» y asegura que urge controlar el crecimiento de la población.

En la cultura contemporánea occidental, aquellos que deciden no tener hijos se ven obligados a reflexionar y justificar su elección. No se cuestiona tanto a quienes eligen tenerlos

Estos insospechados apoyos dan una pátina de credibilidad a un pensamiento filosófico que corre el riesgo de ser caricaturizado y asimilado a otros movimientos absurdos como los terraplanistas o los negacionistas del cambio climático. Sin embargo, antinatalistas, al menos en un plano teórico y filosófico, ha habido siempre.

La temática del me phynai (mejor no haber nacido) era recurrente en el mundo clásico y fue abordada por autores como Esquilo, Eurípides, Sófocles o Teognis, solo por citar unos pocos. Posteriormente, filósofos como Schopenhauer (y una larga lista de seguidores como Philipp Mainländer o Eduard von Hartmann) han defendido los postulados antinatalistas.

El erudito Thomas Malthus, ya en el siglo XIX, abogaba por un antinatalismo relativo al alertar de que la población estaba creciendo a mayor velocidad que los recursos. Vaticinaba Malthus que en el futuro se produciría una sobrepoblación que traería desabastecimiento y hambrunas. En un ataque de egolatría catastrofista, Malthus llamó a esta situación la catástrofe malthusiana. Hay quien dice que ya estamos llegando a ella.

Son los seguidores de este autor los que presentan el ejemplo histórico de antinatalismo relativo más interesante. Los neomalthusianos reinterpretan estas ideas con una perspectiva de lucha de clases. Consideran el exceso de población del proletariado (cuyo origen etimológico, no por casualidad, es la palabra prole) como un problema para su calidad de vida.

El neomalthusianismo nace a finales del siglo XIX inspirado en el anarquismo socialista y su mayor aportación es la llamada huelga de vientres. Esta abogaba, por primera vez en la historia, por el uso de métodos anticonceptivos y la planificación familiar. Había un principio de feminismo en todo aquello, pues los neomalthusianos decían que la natalidad excesiva era un obstáculo para alcanzar la liberación de la mujer y, por tanto, de toda la sociedad.

Son estas tesis, que atemperan el antinatalismo absoluto y lo hibridan con otras disciplinas, las que ofrecen las lecturas más interesantes. Puede que ver a un señor con barba falsa en un vídeo de YouTube diciendo que ha denunciado a sus padres pueda parecer una ida de olla. Probablemente lo sea. Pero ese acto ha engendrado un debate filosófico interesante.

Muchos filósofos actuales han empezado discutiendo las ideas más extremistas de los antinatalistas para reconocer que hay puntos sobre los que merece la pena reflexionar. A fin de cuentas, en la cultura contemporánea occidental, aquellos que deciden no tener hijos son sometidos a cierta presión social y se ven obligados a reflexionar y justificar su elección. No se cuestiona tanto a quienes eligen tenerlos ni los motivos que les llevan a ello, cuando ambas decisiones tienen implicaciones éticas igual de importantes.

Parece que la extinción humana (si los meteoritos, los dioses y el calentamiento global lo permiten) está lejos de ser una realidad próxima, pero hay gente que sigue pregonando sus beneficios. Puede que su resultado no sea el más deseable para muchos, pero los motivos que les han llevado a defenderlo nos afectan en buena medida a todos. Y, quién sabe, igual en unos años el antinatalismo es tendencia. Roma no se construyó en un día, cierto, pero tampoco se destruyó en un par.

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