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11 de junio 2014    /   BUSINESS
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Usar las manos para cambiar tu vida

11 de junio 2014    /   BUSINESS     por          
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La felicidad es un juego con reglas mutables y esquivas. Cada uno tiene su manual, su tablero, sus fichas y sus dados, pero, en muchas de sus versiones, el juego se gana cuando uno deja de depender del dado y decide tomar las riendas de su propia vida. Esta es una modesta historia acerca de cómo, con las propias manos, se puede cambiar el rumbo de la existencia personal en cualquier punto de la misma.
La empresa Antoñito y Manolín se llama de esa manera por culpa de Antoñito y Manolín. Esta frase, que parece una perogrullada, tiene una explicación algo más elaborada, aunque nada difícil de entender. Antoñito y Manolín no trabajan en Antoñito y Manolín. Antoñito y Manolín son los padres, guías e inspiradores de los dos fundadores de Antoñito y Manolín, Trinidad Salamanca y Pablo Párraga.
El padre de Trini, Antoñito, tenía un taller en casa y no podía «parar quieto», que es una expresión tremendamente sureña. Allí, la pequeña pasaba las horas trasteando con todo lo que encontraba. Manolín, padre de Pablo, es arquitecto técnico. «Siempre he visto a mi padre dibujando en casa. La parte más técnica de su trabajo me influyó. Es también inventor», cuenta. «Ellos fueron los responsables de esta bofetada creativa».
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A Trini y Pablo les llegó el momento en una unión de la necesidad con la voluntad, como explica Párraga. «Era gestor de seguros, pero hace tres años decidí comenzar un ciclo de ebanistería. Salía trajeado del trabajo y me iba con los chavales al instituto». Ese era el plan para poder hacer en casa cualquier cosa que necesitase: pringarse con dos años de formación en el poco tiempo libre que tenía. «Es muy obsesivo. Se convierte en experto de cualquier tema que le interesa», añade Trini.
Trinidad Salamanca es periodista. Llevaba, hasta que decidieron volver a Sevilla, la ciudad en la que viven ahora, cinco años trabajando en gabinetes de prensa de grandes agencias de publicidad. «Me saturé y comencé a estudiar un máster de gestión cultural, que era algo que me gustaba desde que me licencié en Humanidades». De ahí pasó a llevar la prensa de algunos músicos de clásica hasta que, hace un año, llegó Carmen, la hija de ambos. Se replantearon todo. «Nos dimos cuenta de que en todo lo que hablábamos como planes de futuro había algo en común: la parte artesanal», explica la sevillana. Así que dieron el volantazo, dejaron sus trabajos en Madrid y se fueron a Sevilla.
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Tiraron de ahorros porque «no hay ninguna ayuda de las administraciones para empezar», lamentan. El presupuesto emocional lo aportaron sus familias. «Madrid se convirtió en una ciudad muy cara para nosotros y en Sevilla, además, nos ayudaban a cuidar a Carmen». Les quedaba la duda de que al huir de Madrid se alejaban del epicentro de toda actividad, pero, como explica Párraga, «si yo trabajo en un taller, tengo un tren que me deja en Madrid en dos horas y toda la comunicación la hago con un teléfono y un ordenador, da igual donde estemos». Carretera, manta, ciudad nueva y vida nueva.
Como resultado de esto, Antoñito y Manolín está en una casa de dos plantas de la Avenida de la Cruz del Campo, y consiste en el cóctel de dos makers que se dedican a hacer piezas de mobiliario y accesorios de interiorismo únicos con madera y otros materiales. «En el estudio-taller, diseñamos, experimentamos y manufacturamos esos diseños que se nos ocurren», señala Pablo Párraga. «No queremos hacer nada estrambótico, queremos piezas cuyo diseño sea perdurable. Queremos materiales que resistan, pero también queremos mirar los diseños dentro de diez años y pensar que siguen siendo actuales», añade Salamanca. Por eso, dicen, no tiran mucho de revistas de tendencias o de las webs de moda sino de clásicos inmortales. Arquitectura, cine, futurismo, vanguardias de comienzos del siglo XX como la Bauhaus o el Art Decó y nombres como Jean Prouvé o Le Corbusier forman parte de su imaginario estético.
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Para diseñar cada uno es de su madre y, claro, de su padre, de Antoñito y Manolín. Pablo tiende a ir a diseñar al ordenador. La llamada de la técnica tira mucho. Sin embargo, Trini se encierra en el taller, como cuando se colaba de pequeña en el de su padre, y comienza a hacer probaturas reales con materiales reales. «A mí me gusta mucho trabajar sobre necesidades. Por eso, entre otras cosas, comenzamos por las lámparas, porque solucionan necesidades concretas en espacios concretos». La estética útil en un contexto determinado y único. Hay algo de herencia de las agencias de publicidad en las que trabajaba Salamanca: comienzan las piezas de encargo a partir de algo similar a los briefings que se manejan en ese sector.
Antoñito y Manolín hace lámparas, mesas, juguetes o tablas de cortar alimentos, por ejemplo. Y la filosofía de la empresa es clara y, de momento, inamovible. «No queremos salir de un trabajo hecho a mano, en taller pequeño y con cada pieza manufacturada una a una. Si crecemos lo suficiente como para tener que sacar fuera la fabricación, queremos trabajar con artesanos que sigan nuestra esencia de producto», declaran.
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Las jornadas de trabajo de la pareja sevillana responden a un modelo de articulación muy estricto. «Hemos vuelto al cole», dicen al unísono. Volvieron a Sevilla para conciliar un trabajo común con la organización familiar, pero eso requiere de una armonización de tiempos de rigor prusiano. Trinidad y Pablo tiran de un horario cuadrado al milímetro en el que programan cada cosa que tienen que hacer durante la semana.
«Empezamos cada día a las 6.30 de la mañana y, a partir de ahí, hay horas de taller, horas de distribución, horas de comunicación, horas de proveedores, horas dedicadas a la familia…». Nada queda a la improvisación por mucho que, en ocasiones, la realidad cotidiana obligue a amoldarse a ella.
El entusiasmo y la rigidez con la que se plantean cada proceso se aplica también a la concepción misma del modelo de negocio, que pasa por la renuncia a constreñir los límites de su creatividad al mercado local. «Nuestro objetivo a corto plazo es la internacionalización», dice Salamanca. «Esto es todo lo contrario a un negocio de artesanía local», añade Párraga. «Somos muy conscientes de que lo que hacemos se valora mucho fuera de España. Nos dicen mucho que lo que hacemos es muy bonito, pero aquí la situación es la que es. Por otro lado, si ves la “escena” artesana fuera de España, te das cuenta de que está mucho más profesionalizada. Aquí sigues pensando en mercadillos».
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Pablo Párraga es licenciado en Económicas y Empresariales. Fue de ahí, más alguna formación específica para el emprendimiento, de donde sacó lo que necesitaba para trazar un plan de negocio que dejase lo menos posible al azar. «Sin embargo, el día a día es tan maleable que la cosa va de apagar fuegos. Además, me preocupa que estos planes de negocio puedan inmovilizarte e infundirte miedo a avanzar». Lo que sí tuvieron claro es que tenían que comenzar lo antes posible y «confiar en que el Plan A iba a funcionar. Para comenzar con miedo era mejor no empezar», dice el maker.
La fe y el arrojo fue lo que les impulsó a la batalla más dura cuando alguien empieza un proyecto de estas características: el día a día con la Administración. «Tú crees que estás haciendo una cosa sencilla, pero te das cuenta de que te tienes que dar de alta como productor de aparatos eléctricos en el Ministerio de Industria, buscar una empresa de recogida de residuos porque parece que una no puede hacerlo por sí misma y mil cosas más», explica Salamanca. Lamenta que el problema es que la Administración o no contesta o te envía de un lugar a otro. «Fue un chocho burocrático».
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Piensan que el auge del do-it-yourself es una puesta en valor del sector. «Surge de una necesidad», explica Trini Salamanca. «Hay mucha gente que está saturada de ver lo mismo». El boom de cadenas como Ikea provoca un pernicioso efecto de homogeneización estética global que puede que tenga ventajas, pero hacen que el interior de una casa tenga el mismo aspecto en Campanillas (Málaga) que en Berlín. «Fue en la búsqueda de lo diferente donde muchas personas optaron por comenzar a hacerlo por sí mismas», dice Salamanca. «Surgieron productos atractivos, bien hechos, y que, además, eran apreciados por otra gente que también buscaba algo distinto».
Esa hipotética competencia se ha convertido en su arma de promoción más cercana. El subidón maker ha provocado el nacimiento de eventos como el Mercado Central del Diseño del Matadero de Madrid, como el Mercado de Motores o diferentes Maker Faires que ahora son su principal recurso para dar a conocer a la marca. «Somos conscientes de que nuestro público, además de estar formado por usuarios finales, está integrado por arquitectos e interioristas», cuenta Salamanca. Por eso ha vuelto a tiempo parcial a su trabajo en gabinete de prensa, esta vez en el de Antoñito y Manolín.
La empresa seguirá construyendo su pequeña historia, llena de mimo y manos, a base de tiradas pequeñas de productos. Mantener así las cosas, pequeñas y bellas, ayuda a no perder el control de la vida propia. Eso, a día de hoy, vale más que cualquier plan de negocio.
 

La felicidad es un juego con reglas mutables y esquivas. Cada uno tiene su manual, su tablero, sus fichas y sus dados, pero, en muchas de sus versiones, el juego se gana cuando uno deja de depender del dado y decide tomar las riendas de su propia vida. Esta es una modesta historia acerca de cómo, con las propias manos, se puede cambiar el rumbo de la existencia personal en cualquier punto de la misma.
La empresa Antoñito y Manolín se llama de esa manera por culpa de Antoñito y Manolín. Esta frase, que parece una perogrullada, tiene una explicación algo más elaborada, aunque nada difícil de entender. Antoñito y Manolín no trabajan en Antoñito y Manolín. Antoñito y Manolín son los padres, guías e inspiradores de los dos fundadores de Antoñito y Manolín, Trinidad Salamanca y Pablo Párraga.
El padre de Trini, Antoñito, tenía un taller en casa y no podía «parar quieto», que es una expresión tremendamente sureña. Allí, la pequeña pasaba las horas trasteando con todo lo que encontraba. Manolín, padre de Pablo, es arquitecto técnico. «Siempre he visto a mi padre dibujando en casa. La parte más técnica de su trabajo me influyó. Es también inventor», cuenta. «Ellos fueron los responsables de esta bofetada creativa».
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A Trini y Pablo les llegó el momento en una unión de la necesidad con la voluntad, como explica Párraga. «Era gestor de seguros, pero hace tres años decidí comenzar un ciclo de ebanistería. Salía trajeado del trabajo y me iba con los chavales al instituto». Ese era el plan para poder hacer en casa cualquier cosa que necesitase: pringarse con dos años de formación en el poco tiempo libre que tenía. «Es muy obsesivo. Se convierte en experto de cualquier tema que le interesa», añade Trini.
Trinidad Salamanca es periodista. Llevaba, hasta que decidieron volver a Sevilla, la ciudad en la que viven ahora, cinco años trabajando en gabinetes de prensa de grandes agencias de publicidad. «Me saturé y comencé a estudiar un máster de gestión cultural, que era algo que me gustaba desde que me licencié en Humanidades». De ahí pasó a llevar la prensa de algunos músicos de clásica hasta que, hace un año, llegó Carmen, la hija de ambos. Se replantearon todo. «Nos dimos cuenta de que en todo lo que hablábamos como planes de futuro había algo en común: la parte artesanal», explica la sevillana. Así que dieron el volantazo, dejaron sus trabajos en Madrid y se fueron a Sevilla.
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Tiraron de ahorros porque «no hay ninguna ayuda de las administraciones para empezar», lamentan. El presupuesto emocional lo aportaron sus familias. «Madrid se convirtió en una ciudad muy cara para nosotros y en Sevilla, además, nos ayudaban a cuidar a Carmen». Les quedaba la duda de que al huir de Madrid se alejaban del epicentro de toda actividad, pero, como explica Párraga, «si yo trabajo en un taller, tengo un tren que me deja en Madrid en dos horas y toda la comunicación la hago con un teléfono y un ordenador, da igual donde estemos». Carretera, manta, ciudad nueva y vida nueva.
Como resultado de esto, Antoñito y Manolín está en una casa de dos plantas de la Avenida de la Cruz del Campo, y consiste en el cóctel de dos makers que se dedican a hacer piezas de mobiliario y accesorios de interiorismo únicos con madera y otros materiales. «En el estudio-taller, diseñamos, experimentamos y manufacturamos esos diseños que se nos ocurren», señala Pablo Párraga. «No queremos hacer nada estrambótico, queremos piezas cuyo diseño sea perdurable. Queremos materiales que resistan, pero también queremos mirar los diseños dentro de diez años y pensar que siguen siendo actuales», añade Salamanca. Por eso, dicen, no tiran mucho de revistas de tendencias o de las webs de moda sino de clásicos inmortales. Arquitectura, cine, futurismo, vanguardias de comienzos del siglo XX como la Bauhaus o el Art Decó y nombres como Jean Prouvé o Le Corbusier forman parte de su imaginario estético.
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Para diseñar cada uno es de su madre y, claro, de su padre, de Antoñito y Manolín. Pablo tiende a ir a diseñar al ordenador. La llamada de la técnica tira mucho. Sin embargo, Trini se encierra en el taller, como cuando se colaba de pequeña en el de su padre, y comienza a hacer probaturas reales con materiales reales. «A mí me gusta mucho trabajar sobre necesidades. Por eso, entre otras cosas, comenzamos por las lámparas, porque solucionan necesidades concretas en espacios concretos». La estética útil en un contexto determinado y único. Hay algo de herencia de las agencias de publicidad en las que trabajaba Salamanca: comienzan las piezas de encargo a partir de algo similar a los briefings que se manejan en ese sector.
Antoñito y Manolín hace lámparas, mesas, juguetes o tablas de cortar alimentos, por ejemplo. Y la filosofía de la empresa es clara y, de momento, inamovible. «No queremos salir de un trabajo hecho a mano, en taller pequeño y con cada pieza manufacturada una a una. Si crecemos lo suficiente como para tener que sacar fuera la fabricación, queremos trabajar con artesanos que sigan nuestra esencia de producto», declaran.
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Las jornadas de trabajo de la pareja sevillana responden a un modelo de articulación muy estricto. «Hemos vuelto al cole», dicen al unísono. Volvieron a Sevilla para conciliar un trabajo común con la organización familiar, pero eso requiere de una armonización de tiempos de rigor prusiano. Trinidad y Pablo tiran de un horario cuadrado al milímetro en el que programan cada cosa que tienen que hacer durante la semana.
«Empezamos cada día a las 6.30 de la mañana y, a partir de ahí, hay horas de taller, horas de distribución, horas de comunicación, horas de proveedores, horas dedicadas a la familia…». Nada queda a la improvisación por mucho que, en ocasiones, la realidad cotidiana obligue a amoldarse a ella.
El entusiasmo y la rigidez con la que se plantean cada proceso se aplica también a la concepción misma del modelo de negocio, que pasa por la renuncia a constreñir los límites de su creatividad al mercado local. «Nuestro objetivo a corto plazo es la internacionalización», dice Salamanca. «Esto es todo lo contrario a un negocio de artesanía local», añade Párraga. «Somos muy conscientes de que lo que hacemos se valora mucho fuera de España. Nos dicen mucho que lo que hacemos es muy bonito, pero aquí la situación es la que es. Por otro lado, si ves la “escena” artesana fuera de España, te das cuenta de que está mucho más profesionalizada. Aquí sigues pensando en mercadillos».
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Pablo Párraga es licenciado en Económicas y Empresariales. Fue de ahí, más alguna formación específica para el emprendimiento, de donde sacó lo que necesitaba para trazar un plan de negocio que dejase lo menos posible al azar. «Sin embargo, el día a día es tan maleable que la cosa va de apagar fuegos. Además, me preocupa que estos planes de negocio puedan inmovilizarte e infundirte miedo a avanzar». Lo que sí tuvieron claro es que tenían que comenzar lo antes posible y «confiar en que el Plan A iba a funcionar. Para comenzar con miedo era mejor no empezar», dice el maker.
La fe y el arrojo fue lo que les impulsó a la batalla más dura cuando alguien empieza un proyecto de estas características: el día a día con la Administración. «Tú crees que estás haciendo una cosa sencilla, pero te das cuenta de que te tienes que dar de alta como productor de aparatos eléctricos en el Ministerio de Industria, buscar una empresa de recogida de residuos porque parece que una no puede hacerlo por sí misma y mil cosas más», explica Salamanca. Lamenta que el problema es que la Administración o no contesta o te envía de un lugar a otro. «Fue un chocho burocrático».
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Piensan que el auge del do-it-yourself es una puesta en valor del sector. «Surge de una necesidad», explica Trini Salamanca. «Hay mucha gente que está saturada de ver lo mismo». El boom de cadenas como Ikea provoca un pernicioso efecto de homogeneización estética global que puede que tenga ventajas, pero hacen que el interior de una casa tenga el mismo aspecto en Campanillas (Málaga) que en Berlín. «Fue en la búsqueda de lo diferente donde muchas personas optaron por comenzar a hacerlo por sí mismas», dice Salamanca. «Surgieron productos atractivos, bien hechos, y que, además, eran apreciados por otra gente que también buscaba algo distinto».
Esa hipotética competencia se ha convertido en su arma de promoción más cercana. El subidón maker ha provocado el nacimiento de eventos como el Mercado Central del Diseño del Matadero de Madrid, como el Mercado de Motores o diferentes Maker Faires que ahora son su principal recurso para dar a conocer a la marca. «Somos conscientes de que nuestro público, además de estar formado por usuarios finales, está integrado por arquitectos e interioristas», cuenta Salamanca. Por eso ha vuelto a tiempo parcial a su trabajo en gabinete de prensa, esta vez en el de Antoñito y Manolín.
La empresa seguirá construyendo su pequeña historia, llena de mimo y manos, a base de tiradas pequeñas de productos. Mantener así las cosas, pequeñas y bellas, ayuda a no perder el control de la vida propia. Eso, a día de hoy, vale más que cualquier plan de negocio.
 

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Opiniones 22
  • “Mantener así las cosas, pequeñas y bellas, ayuda a no perder el control de la vida propia. Eso, a día de hoy, vale más que cualquier plan de negocio.”….felicitaciones! Cuánta sabiduría! 😉

  • Preciosa historia. No hay nada más satisfactorio que reinventarse y sacar la parte creativa que uno lleva dentro.

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