12 de diciembre 2022    /   IDEAS
por
Ilustración  Glez Studio

El apocalipsis climático al que estamos abocados si no lo remediamos antes

12 de diciembre 2022    /   IDEAS     por        Ilustración  Glez Studio
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—¿Te imaginas aplastar a pisotones microondas, lavadoras, coches… hasta que no quedara más que polvo? —dijo el abuelo.

El nieto se encogió de hombros. Estaban en el utilitario eléctrico del abuelo, en una caravana de vehículos retenida por drones policiales en mitad de una vasta extensión yerma. El nieto deseaba cargar el móvil para aislarse con los cascos. 

—En las antiguas ciudades de Mesopotamia, lo que ahora es Irak, Turquía y Siria, no había un lugar donde tirar la basura —dijo el abuelo.

El nieto suspiró. 

— La basura se acumulaba en las calles y era aplastada por la gente y los animales que iban y venían. 

—Te lo estás inventando —dijo el nieto.

—¿Cuándo me invento yo algo? 

El nieto intentó recordar. El abuelo sonrió y prosiguió:

—Lo escribió un hombre que sabía mucho: Isaac Asimov. Búscalo luego.

El abuelo podría haber dicho cualquier otro nombre y hubiera sonado igualmente exótico al nieto.

—El problema es que con el tiempo… las calles tenían más altura… —continuó el abuelo— y había que subir el suelo de las casas. 

—Pero ¿qué pisaban? ¿Comida o qué?

—Sí. Restos de comida y las cosas que se rompían en la casa: cerámica, ropa vieja y hasta mierda. No era raro que las ciudades atrajeran a hienas, buitres y ratas. 

A kilómetros de la caravana retenida, un tornado se desplazaba de derecha a izquierda. 

El abuelo tomó los prismáticos y salió del coche como otros curiosos. Enfocó al tornado. Dentro giraban bolsas de basura rotas y el contenido desperdigado, móviles, perros y gatos muertos, portátiles, microondas, lavadoras y un coche. 

El abuelo introdujo la cabeza en el utilitario. 

—Tendrá el tamaño de diez campos de fútbol. Mira.

El nieto salió con desgana del vehículo. El abuelo le pasó los prismáticos. El nieto apuntó al tornado. No temía que cambiara de rumbo. La inteligencia artificial meteorológica había previsto el recorrido del tornado desde su nacimiento hasta el momento de estamparse contra los rascacielos de una ciudad abandonada.

No era el primer tornado de basura errante que miraba y apuntó los prismáticos a un joven con pantalón corto que observaba el fenómeno natural.

apocalipsis climático

—¿Imaginas aplastar con los pies las lavadoras o el coche? —dijo el abuelo.

—Sí. No.

El joven del pantalón corto se giró y el nieto devolvió los prismáticos al abuelo. El huracán había desaparecido a la izquierda en el horizonte, pero el nieto no se había percatado.

El abuelo y el nieto volvieron al coche. La circulación no tardó en reanudarse. Por delante tenía dos días de carretera.

—Cuéntame un poco más de cómo eran las cosas antes —dijo el nieto, y al hacerlo se arrepintió. 

—Sabíamos lo que estaba pasando… pero no lo sabíamos. Te hablo de hace treinta años o así. Vivíamos como los personajes de una película de miedo: parece que nada pasa hasta que todo pasa. Pero pasaban cosas delante de nuestros ojos, sin cortes publicitarios, pero a una velocidad ínfima que hacía imperceptible lo peor. Éramos como la rana en la olla de agua fría.

—¿Qué rana?

—Es una fábula antigua: si metes una rana en una olla de agua fría, quizá se quede en ella. Si poco a poco subes el calor de la olla, la rana se acomodará al calor creciente. Antes de que se percate del peligro habrá perdido el sentido por el calor y morirá hervida. 

—Muy fuerte.

—Así vivíamos, pero la gente solo hablaba de cuánto calor hacía. 

—¿Más que ahora?

—Mucho menos que ahora. Los ricos que querían ser más ricos, los políticos que lo permitían y sus fanáticos decían: «Calor siempre ha hecho». Sacaban recortes de periódicos antiguos y decían: «¿Veis?, lo del cambio climático es de rojos y maricones».

—¡Abuelo!

—Es lo que decían. Y también decían: «¿Cómo va a hacer más calor si yo pongo el aire acondicionado y sale frío? Calor antes de cuándo tenías diez años e ibas al pueblo, y tu abuela solo tenía un abanico y se enfriaba el agua en un búcaro». 

—¿Búcaro?

—Piensa en… en una garrafa de aceite, pero de barro duro. Más o menos. Ahí enfriaban el agua los antiguos, búscalo luego. 

—¿Puedo enchufar un momentito el móvil al coche?

—No. Tenemos lo justo para llegar.

El nieto suspiró.

—Y luego hablábamos de lo poco que llovía, que era importante que lloviera para que se refrescara el aire. Nadie pensaba que el agua se estaba acabando porque abrías un grifo y salía agua. Pero las cosas estaban pasando. Todos los días teníamos noticias de edificios antiguos, hasta pueblos enteros que aparecían en el fondo de un lago que se había secado. 

—Nunca he visto un lago. Un lago de verdad.

—Ya. Entonces, los ignorantes y los políticos decían: «Unas veces llueve y otras no llueve. No hay por qué alarmarse». Y sacaban recortes de periódicos antiguos que hablaban de sequías prolongadas. Pero me di cuenta de que algo pasaba una tarde que tu abuela y yo fuimos al parque a pasear. Yo tenía muchas ganas de ver a los patos que estaban alrededor de un pequeño lago. Pero no había patos ni agua, solo un par de conejos en lo que antes había sido el fondo del lago y ahora no era más que un montón de juncos secos y aplastados. Me preocupé por los patos. Quería saber qué había pasado con ellos, pero no encontré noticias. Y los políticos imbéciles seguían diciendo «ya lloverá». 

Los problemas del cambio climático

El abuelo tomó aire y continuó: 

—Y lo hizo una vez: con tanta fuerza que volvió a enterrar bajo el agua los pueblos de los lagos secos… Y los pueblos nuevos. El agua arrancó árboles, arrastró coches, derribó obras a medio construir, inundó las plantas bajas de casas y negocios… Inundó el parque de los patos por completo. Murieron los conejos. ¿Y sabes qué?

El nieto sabía que el abuelo no esperaba respuesta. 

—«Estas cosas pasan», decían los de siempre, los incompetentes a los que se les permitía hablar en la televisión —dijo el abuelo. Y que igual la lotería caería en el pueblo inundado como había pasado otros años con otras inundaciones. Pero no cayó la lotería y no volvió a llover hasta un año después… con la misma violencia. Pero el calor no se fue… nunca se iría. Recuerdo que muchos años atrás, en una tienda de ropa del barrio, la dueña nos dijo a tu abuela y a mí que no vendía ropa de invierno desde hacía años y que por eso algunas tiendas habían cerrado. Nadie compraba suéteres de lana ni bufandas ni vestidos de algodón calentito hasta los pies. Como decía Gila: Solo los ricos tienen ropa de entretiempo.

—¿Gila?

—Búscalo luego.

 —Así que hacía calor, pero no brindabas en el balcón como decía una canción antigua. Era octubre y el aire afuera estaba estancado. Dentro, el ventilador que compraste en el chino en junio agonizaba por sus servicios 24 horas. Los telediarios sacaban a osos muertos de hambre en terrenos baldíos, hasta que dejaron de ser noticia los osos muertos. Para la gente eran menos interesantes que los programas de gente famosa por nada. En el wasap vecinal la gente se quejaba por el precio del agua. 

—¿Wasap?

—No lo busques. «El agua cuesta más por la sequía», decían algunos. «Qué va», decían otros, «abres el grifo y sale agua como siempre». Y la siguiente vez que abres el grifo tus manos están arrugadas y amoratadas. Y del grifo sale un hilo de agua. Has pasado medio millón de horas en una olla de agua fría que ha estado calentándose poco a poco.

—Como la rana.

—Como la rana, sí. Y mientras, el periodista virtual comenta las guerras de agua: en África se matan por controlar el Nilo. La India y Bangladesh colocan soldados a cada orilla del Ganges. Y eso te pilla lejos, sí, pero por la ventana ves la primera basura errante que arrasa un asentamiento chabolista donde la gente muere de malaria, la fiebre de Crimea-Congo y el dengue. 

—¿Y tú qué hiciste?

—Lo que había que hacer para que la cosa no fueran a peor. Lo que había que hacer.

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—¿Te imaginas aplastar a pisotones microondas, lavadoras, coches… hasta que no quedara más que polvo? —dijo el abuelo.

El nieto se encogió de hombros. Estaban en el utilitario eléctrico del abuelo, en una caravana de vehículos retenida por drones policiales en mitad de una vasta extensión yerma. El nieto deseaba cargar el móvil para aislarse con los cascos. 

—En las antiguas ciudades de Mesopotamia, lo que ahora es Irak, Turquía y Siria, no había un lugar donde tirar la basura —dijo el abuelo.

El nieto suspiró. 

— La basura se acumulaba en las calles y era aplastada por la gente y los animales que iban y venían. 

—Te lo estás inventando —dijo el nieto.

—¿Cuándo me invento yo algo? 

El nieto intentó recordar. El abuelo sonrió y prosiguió:

—Lo escribió un hombre que sabía mucho: Isaac Asimov. Búscalo luego.

El abuelo podría haber dicho cualquier otro nombre y hubiera sonado igualmente exótico al nieto.

—El problema es que con el tiempo… las calles tenían más altura… —continuó el abuelo— y había que subir el suelo de las casas. 

—Pero ¿qué pisaban? ¿Comida o qué?

—Sí. Restos de comida y las cosas que se rompían en la casa: cerámica, ropa vieja y hasta mierda. No era raro que las ciudades atrajeran a hienas, buitres y ratas. 

A kilómetros de la caravana retenida, un tornado se desplazaba de derecha a izquierda. 

El abuelo tomó los prismáticos y salió del coche como otros curiosos. Enfocó al tornado. Dentro giraban bolsas de basura rotas y el contenido desperdigado, móviles, perros y gatos muertos, portátiles, microondas, lavadoras y un coche. 

El abuelo introdujo la cabeza en el utilitario. 

—Tendrá el tamaño de diez campos de fútbol. Mira.

El nieto salió con desgana del vehículo. El abuelo le pasó los prismáticos. El nieto apuntó al tornado. No temía que cambiara de rumbo. La inteligencia artificial meteorológica había previsto el recorrido del tornado desde su nacimiento hasta el momento de estamparse contra los rascacielos de una ciudad abandonada.

No era el primer tornado de basura errante que miraba y apuntó los prismáticos a un joven con pantalón corto que observaba el fenómeno natural.

apocalipsis climático

—¿Imaginas aplastar con los pies las lavadoras o el coche? —dijo el abuelo.

—Sí. No.

El joven del pantalón corto se giró y el nieto devolvió los prismáticos al abuelo. El huracán había desaparecido a la izquierda en el horizonte, pero el nieto no se había percatado.

El abuelo y el nieto volvieron al coche. La circulación no tardó en reanudarse. Por delante tenía dos días de carretera.

—Cuéntame un poco más de cómo eran las cosas antes —dijo el nieto, y al hacerlo se arrepintió. 

—Sabíamos lo que estaba pasando… pero no lo sabíamos. Te hablo de hace treinta años o así. Vivíamos como los personajes de una película de miedo: parece que nada pasa hasta que todo pasa. Pero pasaban cosas delante de nuestros ojos, sin cortes publicitarios, pero a una velocidad ínfima que hacía imperceptible lo peor. Éramos como la rana en la olla de agua fría.

—¿Qué rana?

—Es una fábula antigua: si metes una rana en una olla de agua fría, quizá se quede en ella. Si poco a poco subes el calor de la olla, la rana se acomodará al calor creciente. Antes de que se percate del peligro habrá perdido el sentido por el calor y morirá hervida. 

—Muy fuerte.

—Así vivíamos, pero la gente solo hablaba de cuánto calor hacía. 

—¿Más que ahora?

—Mucho menos que ahora. Los ricos que querían ser más ricos, los políticos que lo permitían y sus fanáticos decían: «Calor siempre ha hecho». Sacaban recortes de periódicos antiguos y decían: «¿Veis?, lo del cambio climático es de rojos y maricones».

—¡Abuelo!

—Es lo que decían. Y también decían: «¿Cómo va a hacer más calor si yo pongo el aire acondicionado y sale frío? Calor antes de cuándo tenías diez años e ibas al pueblo, y tu abuela solo tenía un abanico y se enfriaba el agua en un búcaro». 

—¿Búcaro?

—Piensa en… en una garrafa de aceite, pero de barro duro. Más o menos. Ahí enfriaban el agua los antiguos, búscalo luego. 

—¿Puedo enchufar un momentito el móvil al coche?

—No. Tenemos lo justo para llegar.

El nieto suspiró.

—Y luego hablábamos de lo poco que llovía, que era importante que lloviera para que se refrescara el aire. Nadie pensaba que el agua se estaba acabando porque abrías un grifo y salía agua. Pero las cosas estaban pasando. Todos los días teníamos noticias de edificios antiguos, hasta pueblos enteros que aparecían en el fondo de un lago que se había secado. 

—Nunca he visto un lago. Un lago de verdad.

—Ya. Entonces, los ignorantes y los políticos decían: «Unas veces llueve y otras no llueve. No hay por qué alarmarse». Y sacaban recortes de periódicos antiguos que hablaban de sequías prolongadas. Pero me di cuenta de que algo pasaba una tarde que tu abuela y yo fuimos al parque a pasear. Yo tenía muchas ganas de ver a los patos que estaban alrededor de un pequeño lago. Pero no había patos ni agua, solo un par de conejos en lo que antes había sido el fondo del lago y ahora no era más que un montón de juncos secos y aplastados. Me preocupé por los patos. Quería saber qué había pasado con ellos, pero no encontré noticias. Y los políticos imbéciles seguían diciendo «ya lloverá». 

Los problemas del cambio climático

El abuelo tomó aire y continuó: 

—Y lo hizo una vez: con tanta fuerza que volvió a enterrar bajo el agua los pueblos de los lagos secos… Y los pueblos nuevos. El agua arrancó árboles, arrastró coches, derribó obras a medio construir, inundó las plantas bajas de casas y negocios… Inundó el parque de los patos por completo. Murieron los conejos. ¿Y sabes qué?

El nieto sabía que el abuelo no esperaba respuesta. 

—«Estas cosas pasan», decían los de siempre, los incompetentes a los que se les permitía hablar en la televisión —dijo el abuelo. Y que igual la lotería caería en el pueblo inundado como había pasado otros años con otras inundaciones. Pero no cayó la lotería y no volvió a llover hasta un año después… con la misma violencia. Pero el calor no se fue… nunca se iría. Recuerdo que muchos años atrás, en una tienda de ropa del barrio, la dueña nos dijo a tu abuela y a mí que no vendía ropa de invierno desde hacía años y que por eso algunas tiendas habían cerrado. Nadie compraba suéteres de lana ni bufandas ni vestidos de algodón calentito hasta los pies. Como decía Gila: Solo los ricos tienen ropa de entretiempo.

—¿Gila?

—Búscalo luego.

 —Así que hacía calor, pero no brindabas en el balcón como decía una canción antigua. Era octubre y el aire afuera estaba estancado. Dentro, el ventilador que compraste en el chino en junio agonizaba por sus servicios 24 horas. Los telediarios sacaban a osos muertos de hambre en terrenos baldíos, hasta que dejaron de ser noticia los osos muertos. Para la gente eran menos interesantes que los programas de gente famosa por nada. En el wasap vecinal la gente se quejaba por el precio del agua. 

—¿Wasap?

—No lo busques. «El agua cuesta más por la sequía», decían algunos. «Qué va», decían otros, «abres el grifo y sale agua como siempre». Y la siguiente vez que abres el grifo tus manos están arrugadas y amoratadas. Y del grifo sale un hilo de agua. Has pasado medio millón de horas en una olla de agua fría que ha estado calentándose poco a poco.

—Como la rana.

—Como la rana, sí. Y mientras, el periodista virtual comenta las guerras de agua: en África se matan por controlar el Nilo. La India y Bangladesh colocan soldados a cada orilla del Ganges. Y eso te pilla lejos, sí, pero por la ventana ves la primera basura errante que arrasa un asentamiento chabolista donde la gente muere de malaria, la fiebre de Crimea-Congo y el dengue. 

—¿Y tú qué hiciste?

—Lo que había que hacer para que la cosa no fueran a peor. Lo que había que hacer.

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